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Platino Brillante
elimpactoboricua
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UNA GRAN HISTORIA LA DEL CUBANO-BORICUA GUILLERMO MARTINEZ!

UNA GRAN HISTORIA LA DEL CUBANO-BORICUA GUILLERMO MARTINEZ , ME ENCANTAN ESAS HISTORIAS Y A USTEDES?:cara_yes:

Guillermo Martínez y sus cosas del alma

Domingo, 20 de marzo de 2005

Por Mario Alegre Barrios, El Nuevo Dia , Puerto Rico

Llegó a San Juan por barco desde La Habana sin otra cosa que sus veinte años, una caja de cartón con varios discos de ópera y 2 dólares en el bolsillo. Poco más de cuatro décadas después, el recuerdo de aquel día permanece intacto en la memoria de Guillermo Martínez, quien ha hecho del arte y su mecenazgo el coro perfecto y perpetuo de su éxito empresarial.

Hombre que es incapaz de provocar indiferencia -sus fieles lo veneran y sus detractores lo detestan, con una exigua legión de indecisos- Martínez ha cincelado una imagen de proporciones compartidas entre el mundo de los negocios y el ámbito cultural, sin que ninguna de ellas eclipse a la otra y ambas cultivadas a partir de la noción de que sólo la excelencia justifica cualquier esfuerzo en el que se inviertan alma, vida y corazón.

Con una portentosa trayectoria como empresario en el proteico mundo de la tecnología computacional y sus ramas afines, Guillermo prefiere hablar de las cosas que, lejos de nutrir sus arcas, le acarician el alma: las artes, y de ellas, la más entrañable para él: la música.

"Llevo más de 50 años con mi afición por la ópera", dice este bajo barítono con ansias de tenor que nunca debutó profesionalmente como cantante. "Mi primer disco lo compré el 30 de septiembre de 1957: Il Trovatore, con Jussi Boerling. Me costó 13 pesos en una librería de La Habana llamada La Biblioteca, donde uno llevaba sus discos usados y los cambiaba por otros. Pero ya desde 1952 había descubierto la ópera cuando vi a Mario Lanza en El Gran Caruso. Entonces yo tenía doce años y de ahí seguí descubriendo ese mundo fascinante y a otros cantantes de música semiclásica, como el enorme Gordon McRae, quien hizo películas como Carrusel y Oklahoma".

De hecho, aquel niño que Guillermo fue y que soñaba con ser actor de cine -"el muchacho de la película", dice- y luego cantante de ópera, inspirado por Lanza, pocas razones tuvo entonces para ser demasiado feliz. "Ese era el tiempo de Batista... un día me despertaron y me dijeron que no iba a ir a la escuela porque había habido un golpe de Estado", recuerda. "Esa revolución mató mucha gente y no fue espacio en el que abundaran los buenos recuerdos, aunque sí para cultivar mis tres grandes pasiones: la ópera, el cine y el béisbol".

Su pasión temprana como cinéfilo lo estimuló a enviar una carta -a los 15 años- al recientemente fallecido escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, entonces director de la revista Carteles y quien firmaba sus notas como "G. Caín". Fue la primera vez que escribió a un medio de comunicación. Le pedía a Cabrera Infante que le diera su opinión sobre sus artistas predilectos de Hollywood: John Wayne, Burt Lancaster, Richard Widmark, Gleen Ford y William Holden.

Platino Brillante
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Re: UNA GRAN HISTORIA LA DEL CUBANO-BORICUA GUILLERMO MARTINEZ!

"Aún recuerdo su respuesta en la siguiente edición de la revista: 'Estimado William Martínez', -así me llamaban entonces, apunta- 'Wayne es alto; Lancaster, atlético; Widmark mete miedo con facilidad; Ford, gris pero eficaz; Holden, el mejor del grupo... capaz, seguro, confiable'. Ese fue el inicio de una gran amistad con Cabrera Infante que duró hasta su muerte".

De la mano de su acendrado amor por la ópera, Guillermo obtuvo literalmente su salvoconducto para abandonar Cuba, cuando el advenimiento del régimen castrista marcó de manera indeleble las vidas de cientos de miles de seres que tuvieron que decidir entre su futuro y el amor por los suyos y su tierra natal. En marzo de 1959 fue a Miami a escuchar cantar al barítono Humberto Diez -un vecino suyo- en una producción de Rigoletto y obtuvo así su visa sin mayores problemas. "Poco después, cuando se vino encima el problema de Castro, yo era el único en mi familia con visa", recuerda. "Si no hubiera sido por la ópera, habría tenido que salir de Cuba a nado. Llegué a Puerto Rico en barco a principios de los 60 con mis discos de ópera en una caja de cartón y dos dólares, luego de dormir algunas noches en un matress sobre cuatro ladrillos".

Con un diploma como contador público, Guillermo obtuvo un empleo en Albert Lee & Son, distribuidora de los productos Remington Rand y Univac, con un sueldo de $60 semanales. Esa "fortuna" se incrementaba hasta límites épicos con los $70 que ganaba su esposa en ese entonces, quien también había salido de Cuba. "Con esos $130 nos sentíamos millonarios. Vivíamos en un cuarto alquilado en Punta Las Marías a unas amistades, con una parrilla y nevera. Nuestro presupuesto para hacer la compra en Pueblo era de $15 y a veces se 'colgaba' el mantecado Lady Richmond porque era caro... costaba $1.55 y mi esposa me decía cuando esa semana no se podía comprar".

Mientras Guillermo fraguaba los cimientos de su emporio empresarial, la ópera se consolidó como su pasión y también como la piedra de toque para abrir nuevas puertas en su vida. "A los pocos meses de estar en la Univac, me enviaron a un curso en Caracas de seis meses, experiencia que fue para mí como una maestría", apunta. "Eso me permitió sentar las bases de lo que sería mi proyecto profesional no como contable o programador, sino como empresario, con la habilidad de hacer negocios, administrar y dirigir".

Pese a lo que muchos pueden pensar, Guillermo rechaza que sea "arrogante". "Seguro de mi mismo, sí", dice. "Estoy absolutamente seguro de lo que soy y me importa un bledo lo que piense la gente. Sé perfectamente cuáles son mis fortalezas y también mis debilidades, sin estar pendiente de lo que opinen los demás... I don't play for people".

En esa misma línea de pensamiento, Guillermo reconoce que su mayor defecto es la impaciencia, sobre todo en sus relaciones personales. "También me cuesta mucho trabajo aceptar otros puntos de vista si confligen con los míos y éstos están fundamentados en hechos irrefutables", ilustra. "De la misma manera, creo que mi mejor virtud es la compasión por los demás, por los que no tienen. Con esos nunca peleo... me gusta pelear con los grandes y poderosos".

Amigo de infinidad de varias de las más grandes estrellas del mundo musical, especialmente operísticas, Guillermo ha sido el orquestador de las visitas a Puerto Rico de figuras de la talla de Luciano Pavarotti, su compadre Plácido Domingo, Alfredo Kraus, Mirella Freni, José Carreras, Katia Riccciareli, Roberto Alagna, Marcelo Alvarez, Juan Diego Flores, Ben Hepner y Jennifer Larmore, entre una pléyade bastante extensa.

"Conocí a Plácido en 1970 en Un baile de máscaras, en el MET y lo vi periódicamente los años siguientes, hasta que la amistad se fue consolidando y lo mismo pasó con Pavarotti, a quien conocí en el 74 en París gracias a mi hermana", explica. "Después de escucharlo en una Bohéme, lo invitamos a cenar. Era su cumpleaños y le dije que quería llevarlo a cantar en Puerto Rico... sin la menor idea de cómo se hacía eso exactamente. Me dijo que sí, que lo arreglaríamos después. Yo volví a Puerto Rico y pregunté qué tenía que hacer y me sugirieron que hablara con Alfredo Matilla de Opera de Puerto Rico. Así conocí también a Howie de Jesús. Me invitaron a ser miembro de la Junta de Directores cuando iban a traer a Plácido para hacer una Carmen. Les dije que sí, siempre y cuando hiciéramos lo mismo con Pavarotti. Así fue que traje a Luciano, quien cantó en Puerto Rico por primera vez el 13 de diciembre de 1975 por $6 mil".

En 1976 resurgió Pro Arte Musical con Guillermo como uno de sus miembros y quien lo dirigió entre 1977 y 1981, para luego convertirse en director artístico de Opera de Puerto Rico hasta 1986, cuando se separó para fundar CulturArte de Puerto Rico, entidad que celebrará sus dos décadas de vida el año próximo con tres funciones de Luisa Fernanda, con Plácido Domingo. Antes de eso, Guillermo presentará -el 15 de octubre de este año- a la soprano Angela Gheorghiu- y el 11 de noviembre el retorno del tenor Juan Diego Flórez acompañado de la soprano Mariola Cantarero, de gratos recuerdos en Operalia en su edición de 1999 celebrada en Puerto Rico, gracias también a la gestión de Martínez, quien ya hace gestiones para presentar en 2007 a la soprano dramática Karita Mattila.

Miembro de la Junta de Directores de la Opera de Washington y Managing Director del Metropolitan Opera House, Guillermo Martínez es también, junto a su esposa Bertita, el "donor" de la próxima presentación de Plácido Domingo en Cyrano de Begerac.

Asimismo, Guillermo y su esposa auspician la sala que lleva su nombre en el Museo de Arte de Puerto Rico y él está totalmente comprometido con el proyecto millonario que persigue dotar con un órgano al Teatro del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.

Con una vida en la que parece tenerlo todo, Guillermo señala que su mayor preocupación es que sus hijos varones -Héctor Guillermo y Guillermito- salgan adelante. "Mis dos hijas ya están casadas y encaminadas. También pienso en mis nietos, pero sé que tienen el amor y el cuidado que necesitan", reflexiona. "Por lo demás, puedo decirte que las enfermedades no me atemorizan, sino simplemente me ponen de mal humor. Lo que sí me da temor a veces es quedarme en la miseria y tener que empezar de nuevo... porque ha sido muy duro llegar a donde estoy".

Hacia el final de la conversación, Guillermo asegura que la mejor lección que le ha dado la vida es que la única persona que puede permitirse despreciar a los demás es aquella que tiene la absoluta seguridad de que jamás va a caer. "De lo contrario, puedes tener la seguridad de que la vida te pasará la factura y tendrás que pagar ese capricho miserable", asevera. "También he aprendido a no tomarme muy en serio y saber que muchos de los que dicen que me aceptan lo hacen por lo que represento y no por lo que soy. Lo importante para mí es saber que también hay muchas personas que me quieren por lo que soy y no por lo que represento o por lo que tengo. Creo en Dios y rezo todas las noches... no por otra cosa a veces que por el consuelo de mirar más arriba y pedir ayuda. Paso revista todos los días a mis aciertos y mis equivocaciones y, cuando me levantó al otro día, trato de enmendar mis errores".