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kubiche

Re: Cubanos famosos alrededor del mundo

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Ernesto Lecuona

El 20 de enero de 1952, Ernesto Lecuona recibió un muy merecido homenaje nacional. Patrocinó la idea el entonces Ministro de Educación Félix Lancís. En un artículo, enviado desde Madrid por Joaquín Aristiguetta, y citado por Orlando Martínez, se decía lo siguiente : Cuba debía este homenaje a su músico máximo del último cuarto del siglo, por cuanto Lecuona paseó por todas las fronteras el nombre de su patria. Lecuona hizo cantar al mundo con acentos cubanos. Los que vivimos ausentes, sabemos como las melodías de Lecuona has conquistado para Cuba los corazones ajenos. Yo, que estoy en España, puedo decir que por las melodías de Lecuona se ha entrado Cuba en el corazón de los españoles al punto de que hoy no se concibe un solo espectáculo lírico en que no figure algún número "guaracha", o "conga", "son", o "rumba", en imitaciones de Lecuona. Y si, como bien decía Eça de Queiroz, "un soneto puede salvar a un pueblo del olvido", también una frase del pentagrama que prenda en el sentimiento de los demás, puede dar vida perdurable al pueblo feliz que tuvo al poeta capaz de producir el imán poético del pensamiento musical. Y si Lecuona tuvo genio para hacer que se amara a su patria desde todos los pueblos lejanos, bien ganado tiene que Cuba lo pague, a su vez, con el más grande amor. Por eso, sumo el mío al de todos los cubanos, en ocasión de este homenaje que se le debía. En 1953, de nuevo en Madrid, llevó a aquella plaza El Cafetal y María la O, donde fueron recibidas de una manera extraordinaria. Ya la capital española esperaba por sus obras, por las que eran tradicionales en su repertorio y por las nuevas que pudiera crear. Es que Lecuona, después de su cubanía defendida a toda costa, era en España donde mejor se imbricaba social y artísticamente. El 1 de agosto de 1954, el Maestro celebró sus "Bodas de Oro" con el piano y la música, con un gran espectáculo en el Teatro Payret. El acto, desarrollado a las 10 de la mañana, tuvo un programa con obras de figuras señeras de la música cubana, entre ellas, Sindo Garay, Jorge Ankerman, Antonio María Romeu, Eliseo Grenet y Eduardo Sánchez de Fuentes. Dirigió la orquesta Gonzalo Roig, quien, además, estrenó su bolero Nunca te lo diré, en la voz de Esther Borja. Lecuona, por su parte, hizo la primera presentación de su obra Preludio en la noche. En 1955, Lecuona, junto a Gonzalo Roig como máximos impulsores, creó la Sociedad Nacional de Autores de Cuba. Ernesto tenía la Secretaría de Relaciones Exteriores y era consejero de esta agrupación que firmó ventajosos convenios con instituciones similares de España, Estados Unidos, Argentina, Alemania y otros países. Debemos, a estas alturas de la vida de Lecuona analizar que, como músico, a la vez que como persona, evolucionó, sin dejar nunca al pairo sus cualidades humanas. Aunque enormemente fiel a sí mismo y a su obra, no era el mismo de joven que de mayor. Es apreciable que la frescura de la juventud, aplicada a obras como La Comparsa o María la O, no es la misma que años después, aunque en temas de calidad fue el más uniforme de los creadores. Sus compositores favoritos, por ejemplo, eran al final de su vida Beethoven, Chopin, Debussy y Gershwin. Sin embargo, en épocas tempranas sentía una atracción enorme por Gottschalk, Ernky, Grieg y otros. Quizás el que estuvo entre sus favoritos desde siempre fue Debussy, pero esto es casi una conjetura. Lo cierto es que en su aventura vital, trató de estar cerca de lo mejor, de sumar a sí mismo la herencia universal más valiosa y de apor-tar a aquella lo propio. Respecto a lo que decimos, su biógrafo Orlando Martínez establece tres épocas para clasificar su creación: 1) De los comienzos a 1930; 2) De 1930 a 1940 y; 3) De este año al final de su vida. Y abunda que a lo largo de su carrera hizo canciones de gran belleza, pero en las dos primeras etapas escribió joyas cuyos méritos especiales no repitió después con tanta abundancia. Este juicio de Martínez es una gran verdad. Es que el oficio en el arte lleva implícito que, a través del tiempo, supere a los elementos de inspiración del creador. Muchas veces oficio y creación se enemistan y las obras tardías del artista son puras extensiones de su vida fértil. Claro que en el caso de Lecuona, su fertilidad musical fue de las más amplias . El nuevo tiempo Al triunfo revolucionario de 1959 Lecuona, quien veía con pesar los desafueros de la dictadura batistiana -aunque siempre se consideró una persona apolítica-, regresó a Cuba desde los Esta-dos Unidos y organizó en el teatro Auditórium tres conciertos los días 23, 27 y 30 de mayo de ese año. En junio de 1959, la Productora Fílmica Continental S.A. de Cuba, elaboró un proyecto para realizar una película que llevaría el título de Malagueña, y que trataría sobre la vida de Ernesto Lecuona. Este, como siempre, dio calor a la iniciativa y viajó a los Estados Unidos para hacer gestiones a fin de abaratar los derechos de sus obras de cara a poder realizar el proyecto. Al descubrirse que eran agentes del gobierno del dictador domini-cano Rafael Leónidas Trujillo tres funcionarios de la Mutual Broadcasting System, ocurrió un escándalo político internacional que impidió la realización del film. Según Orlando Martínez, el cineasta Walfredo Piñera, asesor cinematográfico del Banco Agrí-cola e Industrial de Cuba, fue uno de los más entusiastas colaboradores en aquella importante y frustrada idea. Por ese tiempo, además, el naciente Gobierno Revolucionario puso en circulación un sello de correos con la cara de Lecuona y la partitura de La Comparsa. Y es que, precisamente la idea de hacer de lo cubano algo trascendente, se venía convirtiendo en ideal del desarrollo de la cultura cubana desde entonces. Respecto a la participación de Lecuona en los eventos políticos vertiginosos vividos en Cuba desde 1952 y hasta su muerte, ha dicho su amigo el músico y, ya citado, biógrafo Orlando Martínez : Ernesto Lecuona nunca disfrutó de ayuda de gobierno alguno. Ni en su hogar ni en sus visitas al extranjero, permitió jamás que en su presencia se mencionaran temas políticos de su país. En tiempos de la Dictadura de Machado- y solo con un fin artístico-, compuso en la clandestinidad el bellísimo Himno del Partido A.B.C., que compite en calidad con el similar de Amadeo Roldán. Como es sabido, Lecuona fue un producto del genio y esfuerzo propio. Por esta razón, y por su edad, no era sensato ni presumible que cambiara su sentido de la vida ni que renunciara a sus ideas religiosas... Al momento de su muerte, el periódico tinerfeño La Tarde informaba que : Desde su partida de Cuba a consecuencia de la situación política de aquel país, pasó a Nueva York, luego a España, a la cual consideró siempre como su segunda patria, y fijó más tarde su residencia en Tampa, Flo-rida. Respecto a las posiciones políticas, o, mejor, a las lecturas políticas que se han querido hacer de la personalidad y la obra de Ernesto Lecuona, bien que pasadas por alto a veces y otras exacerbadas, vale la pena hacer algunas apreciaciones, sólo para no dejar a este trabajo en el campo de la oscuridad en este tema. Sucede que, para ser fiel al legado del Maestro en este aspecto, se debe tener en cuenta que Lecuona no fue un hombre político. El mismo lo decía a sus amigos. Ni aún en los más tristes momentos de las tiranías de Machado o Batista se proyectó con fuerza en los temas políticos. Acaso cuando más cerca estuvo de esto fue cuando creó -y valórese que lo hizo principalmente mediante su obra artística-, un himno dedicado al Partido ABC en tiempos de la lucha antimachadista.

 

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Re: Cubanos famosos alrededor del mundo

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Ernesto Lecuona

Ernesto Lecuona con el Trio Matamoros

 

Por sus opiniones artísticas cercanas al rescate de lo patrimo-nial cubano y su proyección en tanto que identidad de la nación, es posible acercarlo -no sin un esfuerzo de análisis-, a co-rrientes tendientes a la izquierda. Pero esto no significa iden-tificación con postulados de ninguna clase en el contexto de las luchas políticas cubanas en este convulso siglo XX. Más bien, y precisamente por lo que decíamos, fue su gran valor en el campo político llegar a criticar la no asistencia estatal a las artes en alguna que otra entrevista, específicamente en la década de 1950. Nada más. Su arte fue la expresión de su personalidad. La política no estaba entre sus intereses, como tampoco cedió a presiones de tipo alguno para apuntalar a alguna figura del mundo del poder, ni solicitó u obtuvo ayuda estatal para ninguna de sus iniciati-vas culturales. Antes bien, puso su prestigio en función de ayudar a los artistas que se iniciaban, a las buenas ideas de elevación del arte y la identidad cubanos, esas fueron sus carac-terísticas esenciales y fueron buenos motivos de cubanía, acaso los mejores que tuvo para legar su figura como intelectual im-prescindible para la cultura de hoy en la mayor de las Antillas. Lecuona no fue un "exiliado político anticastrista" como se ha dicho en algunos trabajos acerca de su figura. El nunca hizo declaraciones agresivas en contra de la Revolución Cubana que triunfó en 1959. Las ideas acerca de esto las dijeron otros y las pusieron en su boca. Según una sobrina suya, casada con el crítico y periodista ex-iliado Arturo Ramírez, Ernesto había pedido que se le enterrara en su amada Cuba, cuando fuera libre de nuevo ; según el periódico Revolución, editado en La Habana, Lecuona había pedido ser ente-rrado en Cuba, a secas. Como se ve las partes encontradas en el acontecer político protagonizado en torno a Cuba desde 1959 tienen opiniones encontradas acerca de las posiciones del maravi-lloso músico. Pero él no hizo estas declaraciones, en ninguno de los sentidos citados, aunque, por su manera de ser, es casi seguro que pidiera que sus restos fueran llevado a su país, al que amaba por encima de consideraciones políticas. Por demás, nada tenía que agradecer a los gobiernos pre-revolucionarios, como no fuera la desatención a su obra que, incluso en el cincuentenario de la República (en 1952), cuando acaso por única vez Lecuona pidió ayuda oficial para llevar a escena su opera El Sombrero de Yarey, esta le fue negada por las autoridades de turno, tanto las salientes del gobierno de Prío, como las entrantes " a la fuerza" del gobierno dictatorial del Fulgencio Batista. De otra parte en el análisis está su propia vida, Ernesto Lecuona era, al momento de triunfar la Revolución de Fidel Castro, una figura del arte mundial, como no existía otra en Cuba. Regresó, como se ha dicho, y realizó actuaciones en La Habana. Pero él, a estas alturas, tampoco necesitaba nada del recién inaugurado poder . No podía pensar, por otra parte, que a partir de entonces muchas de las cosas que había pensado en el campo de la educación artística se harían realidad. El Maestro tenía su propia vida, sus pensamientos y métodos con los cuales no podía romper, ni quería hacerlo. Sus ideas reli-giosas -era católico practicante-, sus amigos del arte que gozaban de prestigio, sus relaciones en el seno de la sociedad habanera que, por fuerza, conocía, todo lo hacía no ser un hombre a llevar a las nuevas condiciones que se instauraban en Cuba. Por demás, no le interesaba entrar a la vorágine revolucionaria, pues, como hemos indicado, la política nunca le interesó para nada y él era para ese entonces alguien marcado por una vida larga y exitosa con relaciones en intercambios, contratos, com-promisos contraídos fuera de Cuba y necesidades artísticas que no entraría de manera natural en los nuevos tiempos con el vigor de otros que comenzaban. Lecuona vivía viajando, nadie podía a esta altura negarle lo que había hecho hasta entonces, incluso residir en el extranjero o donde quisiese. Tenía amigos, colegas y derechos de autor logra-dos con su trabajo que le permitían ir, trabajar, estrenar, en fin, hacer de su vida, ya en la cúspide de la gloria creativa, lo que mejor estimase. Y no se le acosó, como se ha dicho a veces, ni existieron contradicciones serias entre el poder nuevo y el músico. Al momento de su muerte, un amigo suyo, quien lo había conocido años atrás en La Habana, el periodista "isleño" Felipe Lorenzo hablaba de Lecuona : ...no hacía tantos días nos dimos un abrazo en Tenerife. El Maestro venía de Florida, con emoción de exiliado voluntario... Indicaba el autor que Hablamos de algunas cosas. Evocamos otras que nos hicieron revivir horas gratas. Saltó Cuba con el inte-rrogante que la envuelve y la locura que la asalta... Lorenzo, evidentemente, dio su opinión acerca de la conversación sostenida con el Maestro. Dadas sus características personales, es posible que haya conversado de estos temas con el periodista, pero no para ser publicado, lo cual sólo se hizo, precisamente por la muerte del artista. Lecuona, persona de educación y trato afable, de interioridades grandes y pocas revelaciones exteriores, es poco probable que se dejara llevar a temas no interesantes para él. Pero todo esto, lo que ahora decimos y lo que se dijo en su momento, está en el campo de la especulación, así que no vale la pena abundar en ello. De todas formas, Ernesto Lecuona estaba por encima de la políti-ca. Su obra, iniciada en el tan lejano año de 1912 -como compo-sitor-, sus tiempos vivenciales amarrados a todo tipo de hura-canes vistos en su tierra caribeña y en otras riberas le confir-maron siempre que su mejor papel era, precisamente, hacer de lo cubano su forma superior de ver el arte, para universalizar las propuestas de la cultura antillana, más allá cualquier opinión política que, para él, no tenía mayor interés. Lecuona se resiste a morir En 1963 falleció el maestro Ernesto Lecuona en Santa Cruz de Tenerife (Canarias). Si su padre nació y murió en aquella ciudad canaria, con una rica vida realizada en Cuba, este gran músico comenzó en la Perla de las Antillas su aventura vital y la terminó en el mismo lugar que su progenitor. Pero su obra, genial como pocas, ha hecho una colosal resistencia al olvido. Los últimos momentos del Maestro eran previsibles. Fumador durante una gran parte de toda su vida, ya por este tiempo su salud estaba quebrada. En mayo de 1963 en la ciudad floridana de Tampa, Lecuona enfermó gravemente, pero rebasó la crisis. Después pasó a España por consejo médico. Fue a Santa Cruz de Tenerife y después pasó a Málaga, cuya Alcaldía le obsequió una casa en la playa de Torreledones, en gratitud por su obra Malagueña que tanto de espíritu expresó de aquella zona andaluza. Fue declarado también "Hijo Adoptivo" de Málaga. En correspondencia a aquellos gestos, donó a la ciudad una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre y logró que se diera una misa en la iglesia por las víctimas del ciclón Flora, que azotó a Cuba en aquel tiempo. Después regresó a la ciudad natal de su padre, Santa Cruz de Tenerife y se hospedó en el Hotel Mencey. Allí mejoró su salud, pero sólo fue momentáneo. Según refiere Orlando Martínez : A las 11.30 de la noche del viernes 29 de noviembre de 1963, el corazón que tan cercano a España había latido, se detuvo para siempre en aquella tierra de embrujo. Por una rara coincidencia, en esa fecha se cumplían treinta y un años del sepelio de Hubert de Blanck, el maestro inolvidable. Según el certificado médico la causa inicial de la muerte de Lecuona fue bronconeumonía, y la causa direc-ta asistolia por fibrilación ventricular. Al morir Lecuona, junto a él se encontraban Armando de la Torre, su secretario particular; Gaspar Adomal ( su médico de cabecera); Arturo Alquízar y el enfermero Jesús Martí-nez. El 3 de diciembre, ante el cadáver, se le ofreció una misa de "corpus insepultos", en la iglesia del cemente-rio de Santa Lastenia, en Santa Cruz de Tenerife, ofrecida por el Círculo de Bellas Artes y el Conservatorio de Música de Santa Cruz, en la que actuó la coral sacra del Círculo de la Amistad. El día 6, también ante los restos mortales, se le cantó una imponente misa en la iglesia de Santa Bárbara, organizada por la Sociedad de Autores de España. Oficiaron doce sacerdotes ante cuarenta y ocho can-delabros. Actuó la Orquesta Sinfónica de Madrid, con un coro de doscientas voces. El féretro estaba envuelto en la bandera cubana. El acto fue presidido por grandes personalidades de la cultura española, como Calvo Sotelo, Moreno Torroba, Fernández Shaw, José María Pemán y toda la directiva de la Sociedad de Autores españoles. Aquella misma noche el cadáver de Lecuona - embalsamado con una técnica nueva que garantiza su efecto, por lo menos treinta y cinco años-, salió en viaje directo hacia Nueva York, en avión especial, acompañado por sus sobrinos. Allí fue tendido en la funeraria Campbell. Durante todo el tiempo se escucharon tenuemente discos de buena música cubana y del propio Lecuona, in-terpretada por él mismo. El 13 de diciembre los restos mortales fueron inhumados en el cementerio de Westchester, en el estado de Nueva York...

 

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Ernesto Lecuona

Por sus opiniones artísticas cercanas al rescate de lo patrimo-nial cubano y su proyección en tanto que identidad de la nación, es posible acercarlo -no sin un esfuerzo de análisis-, a co-rrientes tendientes a la izquierda. Pero esto no significa iden-tificación con postulados de ninguna clase en el contexto de las luchas políticas cubanas en este convulso siglo XX. Más bien, y precisamente por lo que decíamos, fue su gran valor en el campo político llegar a criticar la no asistencia estatal a las artes en alguna que otra entrevista, específicamente en la década de 1950. Nada más. Su arte fue la expresión de su personalidad. La política no estaba entre sus intereses, como tampoco cedió a presiones de tipo alguno para apuntalar a alguna figura del mundo del poder, ni solicitó u obtuvo ayuda estatal para ninguna de sus iniciati-vas culturales. Antes bien, puso su prestigio en función de ayudar a los artistas que se iniciaban, a las buenas ideas de elevación del arte y la identidad cubanos, esas fueron sus carac-terísticas esenciales y fueron buenos motivos de cubanía, acaso los mejores que tuvo para legar su figura como intelectual im-prescindible para la cultura de hoy en la mayor de las Antillas. Lecuona no fue un "exiliado político anticastrista" como se ha dicho en algunos trabajos acerca de su figura. El nunca hizo declaraciones agresivas en contra de la Revolución Cubana que triunfó en 1959. Las ideas acerca de esto las dijeron otros y las pusieron en su boca. Según una sobrina suya, casada con el crítico y periodista ex-iliado Arturo Ramírez, Ernesto había pedido que se le enterrara en su amada Cuba, cuando fuera libre de nuevo ; según el periódico Revolución, editado en La Habana, Lecuona había pedido ser ente-rrado en Cuba, a secas. Como se ve las partes encontradas en el acontecer político protagonizado en torno a Cuba desde 1959 tienen opiniones encontradas acerca de las posiciones del maravi-lloso músico. Pero él no hizo estas declaraciones, en ninguno de los sentidos citados, aunque, por su manera de ser, es casi seguro que pidiera que sus restos fueran llevado a su país, al que amaba por encima de consideraciones políticas. Por demás, nada tenía que agradecer a los gobiernos pre-revolucionarios, como no fuera la desatención a su obra que, incluso en el cincuentenario de la República (en 1952), cuando acaso por única vez Lecuona pidió ayuda oficial para llevar a escena su opera El Sombrero de Yarey, esta le fue negada por las autoridades de turno, tanto las salientes del gobierno de Prío, como las entrantes " a la fuerza" del gobierno dictatorial del Fulgencio Batista. De otra parte en el análisis está su propia vida, Ernesto Lecuona era, al momento de triunfar la Revolución de Fidel Castro, una figura del arte mundial, como no existía otra en Cuba. Regresó, como se ha dicho, y realizó actuaciones en La Habana. Pero él, a estas alturas, tampoco necesitaba nada del recién inaugurado poder . No podía pensar, por otra parte, que a partir de entonces muchas de las cosas que había pensado en el campo de la educación artística se harían realidad. El Maestro tenía su propia vida, sus pensamientos y métodos con los cuales no podía romper, ni quería hacerlo. Sus ideas reli-giosas -era católico practicante-, sus amigos del arte que gozaban de prestigio, sus relaciones en el seno de la sociedad habanera que, por fuerza, conocía, todo lo hacía no ser un hombre a llevar a las nuevas condiciones que se instauraban en Cuba. Por demás, no le interesaba entrar a la vorágine revolucionaria, pues, como hemos indicado, la política nunca le interesó para nada y él era para ese entonces alguien marcado por una vida larga y exitosa con relaciones en intercambios, contratos, com-promisos contraídos fuera de Cuba y necesidades artísticas que no entraría de manera natural en los nuevos tiempos con el vigor de otros que comenzaban. Lecuona vivía viajando, nadie podía a esta altura negarle lo que había hecho hasta entonces, incluso residir en el extranjero o donde quisiese. Tenía amigos, colegas y derechos de autor logra-dos con su trabajo que le permitían ir, trabajar, estrenar, en fin, hacer de su vida, ya en la cúspide de la gloria creativa, lo que mejor estimase. Y no se le acosó, como se ha dicho a veces, ni existieron contradicciones serias entre el poder nuevo y el músico. Al momento de su muerte, un amigo suyo, quien lo había conocido años atrás en La Habana, el periodista "isleño" Felipe Lorenzo hablaba de Lecuona : ...no hacía tantos días nos dimos un abrazo en Tenerife. El Maestro venía de Florida, con emoción de exiliado voluntario... Indicaba el autor que Hablamos de algunas cosas. Evocamos otras que nos hicieron revivir horas gratas. Saltó Cuba con el inte-rrogante que la envuelve y la locura que la asalta... Lorenzo, evidentemente, dio su opinión acerca de la conversación sostenida con el Maestro. Dadas sus características personales, es posible que haya conversado de estos temas con el periodista, pero no para ser publicado, lo cual sólo se hizo, precisamente por la muerte del artista. Lecuona, persona de educación y trato afable, de interioridades grandes y pocas revelaciones exteriores, es poco probable que se dejara llevar a temas no interesantes para él. Pero todo esto, lo que ahora decimos y lo que se dijo en su momento, está en el campo de la especulación, así que no vale la pena abundar en ello. De todas formas, Ernesto Lecuona estaba por encima de la políti-ca. Su obra, iniciada en el tan lejano año de 1912 -como compo-sitor-, sus tiempos vivenciales amarrados a todo tipo de hura-canes vistos en su tierra caribeña y en otras riberas le confir-maron siempre que su mejor papel era, precisamente, hacer de lo cubano su forma superior de ver el arte, para universalizar las propuestas de la cultura antillana, más allá cualquier opinión política que, para él, no tenía mayor interés. Lecuona se resiste a morir En 1963 falleció el maestro Ernesto Lecuona en Santa Cruz de Tenerife (Canarias). Si su padre nació y murió en aquella ciudad canaria, con una rica vida realizada en Cuba, este gran músico comenzó en la Perla de las Antillas su aventura vital y la terminó en el mismo lugar que su progenitor. Pero su obra, genial como pocas, ha hecho una colosal resistencia al olvido. Los últimos momentos del Maestro eran previsibles. Fumador durante una gran parte de toda su vida, ya por este tiempo su salud estaba quebrada. En mayo de 1963 en la ciudad floridana de Tampa, Lecuona enfermó gravemente, pero rebasó la crisis. Después pasó a España por consejo médico. Fue a Santa Cruz de Tenerife y después pasó a Málaga, cuya Alcaldía le obsequió una casa en la playa de Torreledones, en gratitud por su obra Malagueña que tanto de espíritu expresó de aquella zona andaluza. Fue declarado también "Hijo Adoptivo" de Málaga. En correspondencia a aquellos gestos, donó a la ciudad una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre y logró que se diera una misa en la iglesia por las víctimas del ciclón Flora, que azotó a Cuba en aquel tiempo. Después regresó a la ciudad natal de su padre, Santa Cruz de Tenerife y se hospedó en el Hotel Mencey. Allí mejoró su salud, pero sólo fue momentáneo. 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El día 6, también ante los restos mortales, se le cantó una imponente misa en la iglesia de Santa Bárbara, organizada por la Sociedad de Autores de España. Oficiaron doce sacerdotes ante cuarenta y ocho can-delabros. Actuó la Orquesta Sinfónica de Madrid, con un coro de doscientas voces. El féretro estaba envuelto en la bandera cubana. El acto fue presidido por grandes personalidades de la cultura española, como Calvo Sotelo, Moreno Torroba, Fernández Shaw, José María Pemán y toda la directiva de la Sociedad de Autores españoles. Aquella misma noche el cadáver de Lecuona - embalsamado con una técnica nueva que garantiza su efecto, por lo menos treinta y cinco años-, salió en viaje directo hacia Nueva York, en avión especial, acompañado por sus sobrinos. Allí fue tendido en la funeraria Campbell. Durante todo el tiempo se escucharon tenuemente discos de buena música cubana y del propio Lecuona, in-terpretada por él mismo. 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La vedette sin tiempo, Rosa Fornes
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Maria Conchita Alonso

 

 

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