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Cristal
miguelina071959
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Meditacion de las 7 palabras, por San Roberto Belardino- Jesuista

MEDITACION SOBRE LAS SIETE PALABRAS

 

San Roberto Belarmino. Jesuita, Cardenal y Arzobispo de Capua (1542-1621) (Canonizado en 1930 y declarado Doctor de la Iglesia en 1931)

 

“Antes de empezar a escribir sobre las palabras que Nuestro Señor manifestó desde la Cruz, parece apropiado que deba decir algo de la Cruz misma, que fue el Púlpito del Predicador, altar del Sacerdote Víctima, campo del Combatiente, el taller del que obra maravillas.  Cristo Jesús, el Verbo del Padre Eterno, de quien el mismo Padre había dicho «Escúchenlo», quien había dicho de sí mismo «Porque uno solo es vuestro Maestro», para realizar la tarea que había asumido, nunca dejó de instruirnos. No solamente durante su vida, sino incluso en los brazos de la muerte, desde el púlpito de la Cruz, nos predicó pocas palabras, pero ardientes de amor, de suma utilidad y eficacia, y en todo sentido dignas de ser grabadas en el corazón de todo cristiano, para ser ahí preservadas, meditadas, y realizadas literalmente y en obras.

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miguelina071959
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Re: Meditacion de las 7 palabras, por San Roberto Belardino- Jesuista

Primera Palabra: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».  Plegaria que, aun siendo nueva y nunca antes escuchada, quiso el Espíritu Santo que sea predicha por el Profeta Isaías en estas palabras: «e intercedió por los transgresores». Y las peticiones de Nuestro Señor en la Cruz prueban cuán verdaderamente habló el Apóstol San Pablo cuando dijo: «la Caridad no busca su provecho», pues de las siete palabras que habló nuestro Redentor, tres fueron por el bien de los demás, tres por su propio bien, y una fue común tanto para Él como para nosotros. Su atención, sin embargo, fue primero para los demás. Pensó en sí mismo al final.  De las tres primeras palabras que Él habló, la primera fue para sus enemigos, la segunda para sus amigos, y la tercera para sus parientes. Ahora bien, la razón por la cual oró, entonces, es que la primera demanda de la caridad es socorrer a aquellos que están necesitados, y aquellos que estaban más necesitados de socorro espiritual eran sus enemigos, y lo que nosotros, discípulos de tan gran Maestro, necesitamos más es amar a nuestros enemigos, virtud que sabemos muy difícil de obtener y que raramente encontramos.

 

Segunda Palabra: «Amén, yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».  El ladrón pide con confianza, «Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino». El Apóstol Santo Tomás declara que no creerá en la Resurrección hasta que haya visto a Cristo; el ladrón, contemplando a Cristo a quien vio sujeto a un patíbulo, nunca duda de que Él será Rey después de su muerte.

¿Quién ha instruido al ladrón en misterios tan profundos? Llama Señor a ese hombre a quien percibe desnudo, herido, en desgracia, insultado, despreciado, y colgando de una Cruz a su lado: dice que después de su muerte Él vendrá a su reino. De lo cual podemos aprender que el ladrón no se figuró el reino de Cristo como temporal, como se lo imaginaron los judíos, sino que después de su muerte Él sería Rey para siempre en el cielo. ¿Quién ha sido su instructor en secretos tan sagrados y sublimes? Nadie, por cierto, a menos que sea el Espíritu de Verdad, que lo esperaba con sus más dulces bendiciones. Cristo, luego de su Resurrección dijo a Sus Apóstoles: «¿No era necesario que el Cristo padeciera todo eso y entrara así en su gloria?». Pero el ladrón milagrosamente previó esto, y confesó que Cristo era Rey en el momento en que no lo rodeaba ninguna semblanza de realeza. Los reyes reinan durante su vida, y cuando cesan de vivir cesan de reinar; el ladrón, sin embargo, proclama en alta voz que Cristo, por medio de su muerte heredaría un reino.

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miguelina071959
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Re: Meditacion de las 7 palabras, por San Roberto Belardino- Jesuista

Los foros estan tan raros, no me deja seguir poniendo el tema.

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holguinero007
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Re: Meditacion de las 7 palabras, por San Roberto Belardino- Jesuista

Tercera palabra: La muerte y la Madre

“Mujer, mira, es tu hijo... Mira, es tu madre” (Jn 19, 26s)


Jesús, al ver a la madre, y de pie junto a ella al discípulo al que prefería, dice a la madre: “Mujer, mira, es tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Mira, es tu madre” Y, desde aquella hora, el discípulo la acogió como riqueza suya (Jn 19. 26-27).

Una madre es una riqueza inconmensurable. Y más, una madre como aquélla. Jesús ha pedido el perdón del Padre para quienes lo escarnecen, le ha dado la Gloria a quien le había pedido tan sólo un beneficio, y ahora, a punto ya de entregarse a la muerte, le revela a Juan que, en adelante, “la madre” - así llama la llama aquí el evangelista a María Santísima - será también “su” madre. Jesús no puede dar ya más: perdón del Padre, gloria del Hijo (en el Espíritu) y amor de Madre. Es lo último que hace antes de morir aquella muerte horrible de la cruz.

Las madres están siempre, como la Madre, como María, junto a las cruces de sus hijos. Pero ¿quién estará junto a las cruces de ellas?

Esta sociedad nuestra occidental, opulenta y malamente satisfecha de sí misma, está alimentando una inaudita y cruel “cultura de la muerte”, ferozmente antimaternal. Ahí están los hechos. Nos estamos acostumbrando a un modo violento de vivir, sin Padre que perdone y sin Gloria que ilumine, como si eso fuera bueno, natural e inteligente. Pero ahí están los hechos. Europa y, en particular, España no tienen hijos, envejecen sin nadie de casa a quien entregar la antorcha de la vida. ¡Nunca había pasado eso!: que en circunstancias de bonanza económica y sanitaria, la población disminuyese sin parar. ¿Qué está pasando?

Las madres tienen hoy muchas cruces que llevar y muy pesadas. Tienen que trabajar y que hacerse valer, frecuentemente con los mismos parámetros que los varones. Tienen que retrasar la maternidad o renunciar a ella. Tienen, por eso, que forzar sus cuerpos de mil maneras. La maternidad no encuentra su sitio: forzada, fragmentada, retrasada, negada. Y, luego, tal vez lo más terrible y lo que menos desea el corazón de una madre: verse, en tantas ocasiones, casi forzada a arrancarse el fruto de sus entrañas. Sobre un millón de vidas humanas segadas por el aborto, en España, desde que se profetizó hace veinticinco años que las nuevas leyes acabarían por reducir su número. También como consecuencia de esa maternidad acosada y tantas veces humillada, ¿cuántos embriones, es decir, seres humanos incipientes, son utilizados como cobayas para la experimentación, o condenados al hielo y al destino incierto que para ellos determinen sus prepotentes productores? Ni siquiera lo podemos saber. Decenas y decenas de miles. Pero, ¡aunque fuera uno solo!...

No. No son las madres las protagonistas de la cultura de la muerte. Son los ideólogos e ideólogas de tal aberración: son quienes promueven esa mentalidad antimaternal que se empeña en hacernos creer que no está mal - o es, al menos, justificable - disponer de la vida de los seres humanos más indefensos; son quienes trabajan por convencer a la sociedad de que todo eso es progreso y que no perjudica a nadie: mentira que encubre la muerte culpablemente causada y que nos atrapa en sus garras letales. Porque, naturalmente, una sociedad que mata a sus hijos como si no pasara nada, es una sociedad gravemente enferma de egoísmo. Es una sociedad que, así, no tiene futuro; que no es solidaria con los suyos y que, por eso, no puede serlo tampoco con los pobres del mundo. Sí, el hambre que mata a tantos niños en los países más pobres tiene difícil solución, si la cultura de la muerte sigue haciéndonos egoístas e insolidarios.

¿Y qué decir de la eliminación de la palabra “madre” del Código Civil (también de la palabra “padre”)? Nuestras leyes se han convertido en leyes injustas que ni siquiera contemplan la realidad humana del matrimonio en su especificidad, pues el matrimonio no es hoy en España la unión de un hombre y de una mujer ¿No es éste también un síntoma muy preocupante del triunfo pírrico de la cultura de la muerte? ¡Todo un entramado de anticultura! Anticultura que, además, se intenta imponer a nuestros hijos en el sistema educativo, como forma mental y de conciencia, a través de una asignatura obligatoria para todos los centros y todos los alumnos.

Cuando las madres son presionadas y sufren, es el ser humano quien padece y es la sociedad la que se ve amenazada en el hontanar más entrañable y profundo de su humanidad. Pero ellas, especialmente ellas, han de saber y saben que la Madre, María, está junto a su cruz de hoy. La que estaba en pié junto a la Cruz de Cristo, su madre, es, desde entonces, nuestra madre, la madre de todos aquéllos a quienes Él nos la entrega el Viernes Santo. Pero ella es, de modo muy particular, la madre de las madres; de las madres que tienen que aguantar hoy la pesada cruz de una cultura de la muerte hostil a la maternidad: de las madres maltratadas física y espiritualmente; de las que trabajan en casa y fuera de casa; de las que, a lo mejor, se han visto arrastradas por la presión cultural y la soledad espiritual a acciones o actitudes contrarias a su genio de mujeres y de madres.

María, está hoy aquí sobre todo para ellas, y, a través de ellas, para todos los adultos y niños del mundo. La vida que Jesús nos está dando con su muerte, es la que su Madre le había dado a él, por la fuerza del Espíritu, Señor y dador de Vida. María es la mujer fuerte, la nueva Eva que da a luz a la nueva Humanidad, renacida de la sangre de Cristo. Esa Humanidad que tiene a Dios como Padre y la Gloria como patria.Una humanidad más fuerte que la muerte.

La Virgen está dolorida; pero no vencida. La Dolorosa no es la imagen de la resignación fatal ni de la sumisión no emancipada. Por el contrario, sus dolores espirituales son los del parto un Pueblo nuevo, del “Pueblo de la vida” ¿De qué vida? De la única vida del hombre: la que recibimos de Dios por medio de un padre y una madre. Es la vida que gozamos en este mundo, en fraternidad con todos los hermanos; la misma que, transfigurada, gozaremos para siempre en el Cielo, en comunión con Dios y con sus santos. Porque “la gloria de Dios es que el ser humano viva y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo de Lyon, Adv. Haer. IV, 20, 7)

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holguinero007
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Re: Meditacion de las 7 palabras, por San Roberto Belardino- Jesuista

Cuarta palabra: Dios contra Dios, pero con nosotros

“Elohí, Elohí, l´má sabaqtani, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 33 / Mt 27, 45)

La cuarta palabra, en el medio de las siete, hace de corazón de todas ellas y las resume, al modo como en la fuente se halla recogido todo el río. Es una palabra tremenda. Sólo la conocemos por el evangelio de Marcos - y el de Mateo. De las siete, estos evangelistas no traen más que esta palabra misteriosa y, sin embargo, algunos copistas primitivos, al reproducir los textos evangélicos la suprimían o la retocaban. Era muy dura de oir en los labios de Jesús. Pero era tan auténtica y les quedó tan grabada a sus oyentes, que la tradición evangélica griega la sigue recordando en arameo-hebreo, el idioma originalmente empleado por Jesús:

“Elohí, Elohí, l´má sabaqtani, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

La oscuridad se ha abatido sobre Jerusalén al mediodía. Jesús sufre el tormento de la cruz y de la muerte. Pero sufre, sobre todo, el escarnio que le inflinge el Pueblo de Dios, su pueblo, con sus dirigentes a la cabeza; sufre el golpe que le asesta Gestas, con todos los cínicos del mundo, que viven y mueren sin permitir que la verdad logre ni siquiera rozarles la piel; sufre Jesús la muerte humillante de todas las víctimas de la cultura de la muerte: los ancianos, los niños no nacidos o los eliminados por las guerras y por el hambre; sin olvidar la muerte de las víctimas del terrorismo, humilladas, además, por quienes pretenden legitimar o disculpar tal crimen, sistematizado en gravísima estructura de pecado, como si fuera consecuencia casi inevitable de supuestos o reales conflictos nacionales, raciales, culturales o religiosos.

¿Cómo es posible que ante tanto escarnio, tanto cinismo y tanta muerte sean todavía posibles el perdón, la Gloria y la Vida? ¿Cómo? Y además, Jesús ha otorgado, sí, perdón, Gloria y Madre, pero ¿qué ha conseguido realmente con ello? ¿Se ha restablecido el orden? ¿Se le ha dado a cada uno lo suyo? ¿Se han asegurado, con tales dones, la justicia y la paz en el mundo? Parece que no. La oscuridad se cierne sobre Jerusalén y Dios no interviene para imponer la luz de la justicia. Ni siquiera para salvar a su Hijo ¿Es realmente la hora del absurdo? ¿Será verdad que el Padre en el que Jesús confiaba no era más que un Dios de juguete, una ilusión infantil de la Humanidad que, ahora, por fin, va a morir para siempre con el mismo Jesús?

Preguntas como éstas se agolparon seguramente en el corazón de Jesús, que iba a ser roto enseguida por el golpe de la lanza. Son preguntas que a todos nos acechan cada Viernes Santo. Jesús no tenía menos sensibilidad que nosotros, ni ojos menos capaces de ver lo que estaba sucediendo y lo que seguiría sucediendo en este mundo. Al contrario, su capacidad de ver y sentir era infinitamente mayor que la nuestra. Por eso clama, con el grito de la muerte: ¿Por qué? ¿Para qué? Es el grito del justo que sufre en el mundo ante un Dios que calla y que no interviene para salvarlo; es el grito de Job, es el clamor que recoge el Salmo 21, cuyo primer verso salta ahora a los labios de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué?...”

La humanidad doliente del Verbo encarnado recoge en ese grito el dolor de todos los que sufren las consecuencias terribles de la injusticia, del cinismo, de la autosuficiencia, de la ceguera de la razón, en definitiva, del pecado. Gestas, como el viejo Adán, también sufría tales consecuencias y se rebelaba. En cambio, Jesús, como nuevo Adán, como el hombre renovado por su completa y libre unión de querer con el Hijo de Dios, se entrega por completo a las cosas del Padre. ¿Qué cosas son esas, a las que ya el Jesús niño se sabía y se quería dedicado?

Son las cosas de la justicia de Dios. Porque Dios no deja de lado su justicia. El pecador morirá para siempre por su pecado. Si alguien se niega a la Vida eterna, no la tendrá. Pero Dios no habrá dejado de ofrecer el remedio más eficaz e inimaginable, haciendo en Cristo una justicia divina. A saber: cargando sobre sí mismo la muerte del pecador. Lo ha escrito muy bien el Papa en su encíclica Dios es amor: “Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor” (nº 10). Por darle al pecador todas las posibilidades de salvación y de Vida, por estar con nosotros, aun en nuestro desvarío, Dios llega a “ponerse contra sí mismo, al entregarse” (nº 12) a la muerte en su Hijo. Jesús sabe que ésas son las cosas de Dios. Por eso, aun sufriendo realmente el abandono del Padre - que, en el sentido que acabamos de decir, se ha puesto en contra de él - Jesús conoce también que es así como se cumple plenamente toda la justicia: la del amor de un corazón divino apasionado por sus creaturas.

¿Por qué? - Porque se ha de cumplir la justicia de Dios.

¿Para qué? - Para que así se nos revele lo que “es amor en su forma más radical” (ibid.); y, en definitiva, quién es Dios de verdad y a qué podemos y debemos aspirar.

¿Sabían esto los judíos? No lo podían saber del todo. Ellos conocían, es cierto, que Yahvé amaba con pasión a su Pueblo. Sabían que Dios tenía un corazón que se le revolvía en su interior ante la infidelidad de los suyos (cf. Oseas 11, 8-9); sabían que los profetas (Is 52, 13-53) y los salmos (21; 30; 68) hablaban del sufrimiento redentor padecido ante un Dios silencioso, por un misterioso siervo sin nombre, quien, a pesar de todo, no renegaba nunca del Altísimo. Pero no sabían que quien daba cumplimiento real a tales misteriosas promesas era precisamente aquél a quien ellos habían colgado de aquella cruz.

Sin saberlo los hombres, la justicia quedaba reconciliada con el amor.

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holguinero007
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Re: Meditacion de las 7 palabras, por San Roberto Belardino- Jesuista

Quinta palabra: El amor y la copa de la amargura

“¡Tengo sed!” (Jn 19, 28)


La quinta palabra y las otras dos que Jesús dirá todavía desde la cruz, después de aquel desgarrador grito de muerte, cargado de Vida, son también - como la cuarta - palabras tomadas de salmos de sufrimiento o directamente conectadas con ellos. Son palabras que, según han dicho algunos, se refieren al mismo Jesús. Pero no tanto en el sentido de que si con las tres primeras Jesús les había dado a los demás perdón, Gloria y Madre, ahora vaya a pedir algo para sí mismo. No. Jesús se dispone a morir como siempre había vivido: en oración, inmerso en la intimidad con el Padre. Si Jesús muere perdonando y ofreciendo a todos gloria, vida y Madre, es porque muere para el Padre, porque muere orando, en supremo ejercicio de amor, de fidelidad y de confianza.

Leemos en el Evangelio de San Juan:“Sabiendo Jesús que ya estaba cumplido todo... dice: ¡Tengo sed!”

Jesús ha sufrido un terrible suplicio, desde la flagelación a la crucifixión pasando por las espinas, los golpes y el camino al Calvario arrastrando el madero. Pero no se había quejado, ni pedido algo; apenas había hablado ni respondido nada. Ahora parece que pide agua. Es cierto que la sed le atormentaría especialmente en aquel momento final, cuando su cuerpo estaba ya casi sin sangre y sus células sin oxígeno. Pero seguro que Jesús no pide ahora simplemente que le calmen la sed por un instante. Pide algo más.

El Evangelio dice que esta palabra fue pronunciada “para que se cumpliera la Escritura”. El Salmo 21, al describir el sufrimiento del justo desamparado por Dios, dice que su garganta está seca como una teja. Y el Salmo 68 cuenta cómo fue escarnecido con vinagre para calmar su sed. Eso se cumple también ciertamente en Jesús. Pero todo ello sucede, porque el Hijo siempre había querido cumplir la voluntad del Padre, costara lo que costase. Es esta entrega total de su vida en manos del Padre la que se expresa en esta quinta palabra: el Crucificado tiene sed sobre todo porque pide y desea terminar de apurar la copa que el Padre le ha ofrecido y que él, aunque repugnante para su sensibilidad humana, no ha querido apartar de sí (cf. Mc 14, 35 y Mt 20, 22). Quiere y desea beber hasta el final el cáliz de la amargura. Jesús sabe que, de este modo, pronto beberá también la copa del vino nuevo en el Reino de Dios, como había anunciado a los suyos en la Última Cena (cf. 14, 25), es decir, que es así como actúa con su fuerza divina el Dios omnipotente y justo, el Dios de la Vida.

El amor apasionado (erótico), con que Dios nos ama, llega a ser en la Cruz de Cristo una amor radical, sacrificado y gratuito (agápico), que ama incluso lo no amable, como es el caso de los pecadores. Por ellos, por nosotros, Cristo se entrega libremente en manos de sus enemigos. De este modo, la muerte, deseada como camino del amor, ha perdido su frialdad y desprende ya ella misma el calor de la Vida eterna.

La caridad tiene a veces mala prensa. El sacrificio, también. Pero ni la caridad se reduce a dar de lo que sobra para acallar la mala conciencia, ni el sacrificio se ha de confundir con la negación patológica de la vitalidad y del deseo de lo bello y de lo bueno. No. Ama con caridad verdadera quien comparte la entrega de Cristo, quien ha sido alcanzado por su amor, sí, por su muerte. Ése tal no teme ya perder la vida - no teme el sacrificio - y queda liberado de la esclavitud a la que la muerte somete a los mortales. La caridad nos une a Cristo y, en cierto modo, nos hace capaces de hacer justicia al modo divino.

No es misión de la Iglesia en cuanto tal organizar este mundo en la justicia, entrando en la legítima batalla de la política (cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Dios es amor, nº 28). Ésa es la misión del Estado. Los católicos prestan su colaboración a esa tarea común de muchas maneras, que pueden ir desde la dedicación profesional a la política hasta el ejercicio del voto responsable; y otras muchas. Pero tanto la Iglesia misma, como cada uno de sus miembros prestan a la sociedad el servicio de la caridad, cuando realizan tareas asistenciales, o tareas profesionales de cualquier otro tipo, en las que se refleja la generosidad infinita del amor divino manifestado en la sed de Cristo.

Cierta ideología totalitaria del pasado siglo creyó que la justicia hacía superflua la caridad. Pero aun suponiendo - con manifiesta hipérbole - que la justicia pudiera ser perfectamente realizada en este mundo, y a todos y cada uno se les diera realmente lo que les pertenece, todavía faltaría lo más importante. Porque el ser humano necesita precisamente - y más que nada - algo que no puede tener ni reclamar como propio: necesita el corazón de otro ser humano y también, el corazón de Dios.

Si pudiera darse un mundo justo y sólo justo - completamente ayuno de caridad - ése sería un mundo frío, helador, literalmente mortal para el ser humano. La justicia necesita la compañía del amor. Es más, la caridad, por la que el hombre se da a sí mismo, es en realidad el motor de la justicia. Sin caridad, no podrá realizarse la justicia, pero, aun sin justicia, puede y debe darse la caridad.

Gracias, oh Cristo, por tu sed; porque al beber hasta el final el cáliz del sacrificio redentor, nos has dado lo que no podíamos ni imaginar: el corazón de Dios.

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holguinero007
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Re: Meditacion de las 7 palabras, por San Roberto Belardino- Jesuista

Sexta palabra: Fidelidad

“Está cumplido” (Jn 19, 30)


Jesús bebe el vinagre y dice: “Está cumplido”. Esta sexta palabra no es cita ni eco de ningún salmo en concreto, de ninguna oración de las que él conocía de memoria y le venían continuamente a los labios. Pero las resume todas. Jesús sigue haciendo de su muerte una oración, un acto de infinito amor.

Con su inminente muerte, libremente asumida, el Hijo cumple hasta el final la misión que había recibido del Padre. Y para terminar el diálogo constante que había mantenido con él día y noche, durante toda su vida, se lo va a decir ahora con el hilo de voz que le quedaba: está cumplido. La misión fue dura. Pero está cumplida. Ha sido duro revelar a Dios como quien sufre con el hombre el precio de sus culpas. Tuvo que haber cruel oposición. Pero Dios se ha revelado así y, al mismo tiempo, el ser humano por fin ha cumplido su parte: ha cumplido en Jesús. Adán tiene un nuevo punto de partida para llegar a Dios, porque Dios mismo ha venido a cogerlo sobre sus hombros. El ser humano ha sido rescatado de su absurdo, de su sinrazón culpable. La creación atisba el cumplimiento de su destino de Gloria y de Vida. El enemigo del Creador y del género humano ha perdido la batalla. La creación no fracasará. Está ya convirtiéndose en libre y gozosa alabanza del Amor creador, en gloria de Dios. Porque Jesús lo ha cumplido todo.

Queridos amigos, ¡imagináos el regocijo del Padre con tal Hijo! Lo había enviado lejos, lejísimos de él: nada menos que hasta la muerte, ¡el lugar más apartado de Dios! Pero ha sido fiel a su misión. No se ha echado atrás. No ha sucumbido a la tentación de buscar caminos distintos de los que el Padre tenía preparados. ¡Y eso que el tentador no había cejado en su intento de sugerirle caminos supuestamente mejores! Pero no, el Hijo ha sido fiel, “obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Filp 2, 8).

No es verdad: la autonomía desvinculada no es la fuente de la felicidad. ¡Cuánto confudimos hoy con la libertad la “real gana”, eso sí: muy “razonada, razonable y reponsable”! No es cosa que hayan inventado los jóvenes de hoy. Es el error fatal de una cierta cultura moderna de siglos del que muchos de ellos - y tantos otros - somos a un tiempo transmisores y víctimas. Pero la autonomía sin vínculos no es libertad; es soledad solipsista, narcisista, aisladora, mortal.

No se puede empezar la vida cuatro veces y siempre desde cero. No se puede navegar por ella como piloto sin carta de marear. La nave acabaría a la deriva de los vientos y estrellada contra cualquier arrecife. No hay buen viaje por la vida sin los mapas de la voluntad de Dios. Es cierto que muchas veces marcan rutas estrechas por los anchos mares de la imaginación y de la sinrazón. Pero son las que nos llevan al puerto de la felicidad. Sin mapas no hay ruta. Sin obediencia no hay libertad. Sin el otro, a quien hacer entrega de sí, no hay identidad madura.

Gracias, oh Cristo, por tu fidelidad, por tu obediencia. Ella nos cura de nuestras infidelidades, de nuestras desobediencias, de nuestros espejismos de autonomía. Gracias, oh Cristo, por haberlo cumplido todo. Has cumplido la humaniad más bella y la libetad más completa.

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holguinero007
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Re: Meditacion de las 7 palabras, por San Roberto Belardino- Jesuista

Séptima palabra: Confianza, serenidad

“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46)


Me ha impresionado el rostro de ese Cristo imponente, el Cristo de la Misericordia, titular de la benemérita Cofradía de las Siete Palabras. Es el rostro de la suprema serenidad en la muerte, el hermoso rostro de la paz. Las gubias y los pinceles de los artistas cristianos han acertado con frecuencia a ofrecernos un destello del alma de Cristo. En la última palabra Jesús nos revela el secreto de la paz.

Nosotros andamos demasiadas veces ansiosos o hundidos (deprimidos), a lo mejor, después del frenesí adormecedor del trabajo y de la actividad descontrolados. Otras veces, apenas podemos soportar el hastío de vivir sin norte, sin causa, en la soledad de un “yo” cultivado largo tiempo en el amor sólo a sí mismo, en el celo irracional de la propia libertad vagabunda y sin arraigo en nada ni en nadie. Pero así no podemos vivir ni morir; así andamos sin paz, desterrados del hogar añorado de la libertad creativa para la que hemos sido creados. Así andamos temerosos de la vida y de la muerte.

Jesús, en el momento mismo de expirar, vuelve a traer muy suavemente a sus labios la misma invocación de su palabra primera: ¡Padre! ¡Padre, perdónalos! ¡Padre, a tus manos...! Realmente la primera y la última palabra de Jesús es ésa: ¡Padre!. Ahora la antepone él al Salmo 30 para decir con sus palabras:

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor;
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.


Ahí está, amigos, el secreto de la paz y de la serenidad, de la verdadera alegría. Son muchos los hombres y las mujeres a quienes Jesucristo les ha comunicado su secreto y les ha regalado el mismo don de su paz y serenidad. A todos y cada uno de vosotros, que habéis escuchado sus palabras en este Viernes Santo de 2007, también os lo quiere comunicar. Como se lo comunicó a aquel joven de 28 años que murió cerca de aquí, en San Isidro de Dueñas, en 1938: el Hermano Rafael. O como a Teresa de Jesús, a quien el Beato Rafael recuerda tantas veces. Dos místicos españoles - de ayer y de hoy - entrañables y cercanos. Como tantos otros, son testigos de la mística de Cristo, que no es un arcano sólo para los sabios, sino una oferta de amor para la gente corriente, para todos nosotros. Éste es el testimonio de la pluma de Rafael:

“Persuadámonos (los trapenses) de que Dios está con nosotros en todo momento... Prescindamos de nuestras impresiones que engañan nuestros sentidos... Arrojemos fuera de nosotros el «yo» que tanto daño nos hace, y lancémonos en los brazos de Dios, tal como somos, con flaquezas y virtudes, con pecados y miserias; pongamos en su regazo nuestras almas, lo mismo cuando ríen que cuando lloran. Y si de veras lo hacemos así, y conseguimos que nuestra vida sea toda para Él, y Él, el todo en nuestra vida, habremos conseguido la verdadera paz del corazón, estaremos más cerca del cielo que de la tierra y entonces..., ¿qué más te da, hermano Rafael, que llueva o que haga sol?” (Meditaciones de un trapense, 8 de agosto de 1936, en: Obras completas, 739)

Y sigue, en otro lugar:

“Qué importa la salud... Qué más da el sitio éste o aquél..., ser querido o despreciado, ser pobre o ser rico... Todo eso es nada [y dejan de ser “ídolos inertes”] para el alma que de veras vive más de la ilusión de cielo, que de realidades terrenas. Qué bien se entienden aquellos versos de santa Teresa que dicen:

«Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero»”.



Cristal
pazybien
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Re: Meditacion de las 7 palabras, por San Roberto BelarMino- Jesuita

Primera Palabra 

«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23:34).

Segunda Palabra 

«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43).

Tercera Palabra 

«Mujer, ahí tienes a tu hijo», y al discípulo: «ahí tienes a tu madre» (Juan 19:26 ).

Cuarta Palabra 

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» ( Mt 27:46 ).

Quinta Palabra 

«Tengo sed» (Jn 19:28).

Sexta Palabra 

«Consumado es» (Jn 19:30).

Séptima Palabra 

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23:46).

"El Senor sea benigno y vuelva su rostro hacia ti." PAX et BONUM
Cristal
pazybien
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Re: Meditacion de las 7 palabras, por San Roberto Belardino- Jesuista

"El Senor sea benigno y vuelva su rostro hacia ti." PAX et BONUM