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Diamante
holguinero007
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Registrado: ‎04-20-2005

QUE PASA DESPUES QUE MORIMOS ?

En estos cuarenta días que median entre la Pascua y la Ascensión del Señor, la Iglesia nos invita a tener los ojos puestos en el Cielo, nuestra Patria definitiva, a la que el Señor nos llama. Esta invitación se hace más apremiante cuando se acerca el día en que Jesús sube a la derecha del Padre.

El Señor había prometido a sus discípulos que después de un poco de tiempo estaría con ellos para siempre. Todavía un poco y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis.... El Señor ha cumplido su promesa en estos días en que permanece junto a los suyos, pero esta presencia no se terminará cuando suba con su Cuerpo glorioso al Padre, pues con su Pasión y Muerte nos ha preparado un lugar en la casa del Padre, donde hay muchas moradas. De nuevo vendré –les dice– y os llevaré junto a mí para que donde yo estoy estéis también vosotros.

Los Apóstoles, que habían quedado entristecidos por la predicción de las negaciones de Pedro, son confortados con la esperanza del Cielo. La vuelta a la que hace referencia Jesús incluye su segunda venida al fin de mundo y el encuentro con cada alma cuando se separe del cuerpo. Nuestra muerte será eso: el encuentro con Cristo, a quien hemos procurado servir a lo largo de nuestra vida. Él nos llevará a la plenitud de la gloria, al encuentro con su Padre celestial, que es también Padre nuestro. Allí, en el Cielo, donde tenemos preparado un lugar, nos espera Jesucristo, a quien tenemos presente y hablamos en nuestra oración, con el que hemos dialogado tantas veces.

Del trato habitual con Jesucristo nace el deseo de encontrarnos con Él. La fe lima muchas asperezas de la muerte. El amor al Señor cambia por completo el sentido de ese momento final que llegará para todos. «Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados solo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. Vultum tuum, Domine, requiram, buscaré, Señor, tu rostro».

El pensamiento del Cielo nos ayudará a vivir el desprendimiento de los bienes materiales y a superar circunstancias difíciles. Es muy agradable a Dios que fomentemos esta esperanza teologal, que está unida a la fe y al amor, y en muchas ocasiones tendremos especial necesidad de ella. «A la hora de la tentación piensa en el Amor que en el cielo te aguarda: fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad». También en los momentos en que el dolor y la tribulación arrecien, cuando cueste la fidelidad o la perseverancia en el trabajo o en el apostolado. ¡El premio es muy grande! Y está a la vuelta de la esquina, dentro de no mucho tiempo.

La meditación sobre el Cielo, hacia donde nos encaminamos, debe espolearnos para ser más generosos en nuestra lucha diaria, «porque la esperanza del premio conforta el alma para realizar las buenas obras».

El pensamiento de ese definitivo encuentro de amor, al que somos llamados, nos ayudará a estar vigilantes en las cosas grandes y en las pequeñas, haciéndolas acabadamente, como si fueran las últimas antes de irnos al Padre.

II. No existen palabras para expresar, ni de lejos, lo que será nuestra vida en el Cielo que Dios ha prometido a sus hijos. Sabemos, como recientemente se ha recordado, que «estaremos con Cristo y veremos a Dios (cfr. 1 Jn 3, 2); promesa y misterio admirables en los que consiste esencialmente nuestra esperanza. Si la imaginación no puede llegar allí, el corazón llega instintiva y profundamente».

Será una realidad dichosísima lo que ahora entrevemos por la revelación y que apenas podemos imaginar en nuestro ser actual. En el Antiguo Testamento se describe la felicidad del Cielo evocando la tierra prometida después de tan largo y duro caminar por el desierto. Allí, en la nueva y definitiva patria, se encuentran todos los bienes, allí se terminarán las fatigas de tan largo y difícil peregrinaje.

El Señor nos habló de muchas maneras de la incomparable felicidad de quienes en este mundo amen con obras a Dios. La eterna bienaventuranza es una de las verdades que con más insistencia predicó nuestro Señor: La voluntad de mi Padre, que me ha enviado –declara–, es que yo no pierda a ninguno de los que me ha dado, sino que los resucite a todos en el último día. Por tanto, la voluntad de mi Padre... es que todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él, tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Oh Padre, dirá en la Última Cena, yo deseo ardientemente que aquellos que Tú mes has dado estén conmigo allí donde yo estoy, para que contemplen mi gloria, que Tú me has dado, porque Tú me amaste antes de la creación del mundo.

La bienaventuranza eterna es comparada a un banquete que Dios prepara para todos los hombres, en el que quedarán saciadas todas las ansias de felicidad que lleva en el corazón el ser humano.

Los Apóstoles nos hablan frecuentemente de esa felicidad que esperamos. San Pablo enseña que ahora vemos a Dios como en un espejo y bajo imágenes oscuras; pero entonces le veremos cara a cara, y que la alegría y la felicidad allí son indescriptibles.

La felicidad de la vida eterna consistirá ante todo en la visión directa e inmediata de Dios. Esta visión no es solo un perfectísimo conocimiento intelectual, sino también comunión de vida con Dios, Uno y Trino. Ver a Dios es encontrarse con Él, ser felices en Él. De la contemplación amorosa de las Tres divinas Personas se seguirá en nosotros un gozo ilimitado. Todas las exigencias de felicidad y de amor de nuestro pobre corazón quedarán colmadas, sin término y sin fin. «Vamos a pensar lo que será el Cielo. Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman. ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: ni ojo vio, ni oído oyó... Vale la pena, hijos míos, vale la pena».

III. Además del inmenso gozo de contemplar a Dios, de ver y de estar con Jesucristo glorificado, existe una bienaventuranza accidental, por la que gozaremos de los bienes creados que responden a nuestras aspiraciones. La compañía de las personas justas que más hemos querido en este mundo: familia, amigos; y también la gloria de nuestros cuerpos resucitados, porque nuestro cuerpo resucitado será numérica y específicamente idéntico al terreno: es preciso –indica San Pablo– que «este» ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que «este» ser mortal se revista de inmortalidad16. «Este», el nuestro, no otro semejante o muy parecido. «Importa mucho –afirma el Catecismo Romano– estar persuadidos de que este mismo cuerpo, y sin duda el mismo cuerpo que ha sido propio de cada uno, aunque se haya corrompido y reducido a polvo, sin embargo de eso ha de resucitar»17. Y San Agustín afirma con toda claridad: «Resucitará esta carne, la misma que muere y es sepultada (...). La carne que ahora enferma y padece dolores, esa misma ha de resucitar». Nuestra personalidad seguirá siendo la misma, y tendremos el propio cuerpo, pero revestido de gloria y esplendor, si hemos sido fieles. Nuestro cuerpo tendrá las cualidades propias de los cuerpos gloriosos: agilidad y sutileza –es decir, no estar sometidos a las limitaciones del espacio y del tiempo–, la impasibilidad –no habrá ya muerte, ni llanto ni gemido, ni habrá más dolor..., ni tendrán ya más hambre, ni más sed..., enjugará Dios toda lágrima de sus ojos19–, la claridad, la belleza.

«Creo en la resurrección de la carne», confesamos en el Símbolo Apostólico. Nuestros cuerpos en el Cielo tendrán características diferentes de las actuales, pero seguirán siendo cuerpos y ocuparán un lugar20, como ahora el Cuerpo glorioso de Cristo y el de la Virgen. No sabemos cómo ni dónde está ni cómo se forma ese lugar. La tierra de ahora se habrá transfigurado: vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habrán desaparecido... he aquí que hago todas las cosas nuevas21. Muchos Padres y Doctores de la Iglesia, y también muchos santos, piensan que la renovación de todo lo creado se desprende de la misma revelación.

El recuerdo del Cielo, próxima ya la fiesta de la Ascensión del Señor, nos debe llevar a una lucha decidida y alegre por quitar los obstáculos que se interpongan entre nosotros y Cristo, nos impulsa a buscar sobre todo los bienes que perduran y a no desear a toda costa los consuelos que acaban.

Pensar en el Cielo da una gran serenidad. Nada aquí es irreparable, nada es definitivo, todos los errores pueden ser reparados. El único fracaso definitivo sería no acertar con la puerta que lleva a la Vida. Allí nos espera también la Santísima Virgen.

OPUS DEI

Cristal
flex031056
Mensajes: 6,131
Registrado: ‎12-09-2009

Re: QUE PASA DESPUES QUE MORIMOS ?

:angelito:

Senior
reportero21
Mensajes: 935
Registrado: ‎05-08-2010

Re: QUE PASA DESPUES QUE MORIMOS ?

Pregúntale a Marcial Maciel

 

Junior
nosasa
Mensajes: 185
Registrado: ‎03-16-2009

Re: QUE PASA DESPUES QUE MORIMOS ?

Al morir, el cuerpo vuelve al polvo y el soplo de vida que Dios nos dio vuelve a El.

El muerto duerme en espera de la Segunda Venida de Cristo y la resurreccion.

Algunos dicen que las almas de los malos van al infierno y que los buenos van a la presencia de Dios.

El alma de todos los muertos deja de existir cuando el cuerpo y el soplo de vida se separan.

El malo no puede ir al infierno porque Dios no lo va a castigar sin habelo juzgado antes.

El bueno no va al cielo porque eso indicaria que esta vivo y se elimina la necesidad de ser resucitado por Cristo.

Cuando seamos resucitados por Jesus, los malos seran juzgados y destruidos y los buenos seran recompensados con la vida eterna para gobernar la tierra con El.

A algunos esto les suena como testigo de Jehova pero no es asi.

La Biblia lo dice muy claro que los santos heredaran la tierra con Cristo.

Muchos dicen que la recompensa del santo es el cielo y eso es mentira.

La promesa de Dios a sus seguidores es la tierra para gobernarla con Jesus.

Diamante
ateo666
Mensajes: 28,306
Registrado: ‎09-20-2004

Re: QUE PASA DESPUES QUE MORIMOS ?

La promesa de Dios a sus seguidores es la tierra para gobernarla con Jesus.

 

 

La promesa de Dios es la tierra, polvo eres y en polvo te convertirás.

Gen 3:19 Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado, ya que polvo eres y al polvo volverás.”

Diamante
gasarita
Mensajes: 32,031
Registrado: ‎08-29-2001

Re: QUE PASA DESPUES QUE MORIMOS ?

EL ALMA MUERE CON EL CUERPO

Como en tantos otros aspectos, se fundan en ciertos textos bíblicos, tomados aisladamente del Antiguo Testamento, cuando todavía la Revelación no había llegado a su total plenitud. Como siempre, los Testigos se han quedado con 2,000 años de retraso.

Para saber qué dice la Biblia hay que examinar todos los pasajes referentes a un tema dado y no aislar un texto y absolutizarlo. La iglesia Católica tiene 20 siglos de experiencia en el estudio de la Biblia y nos ofrece en el nuevo Catecismo Católico, editado por orden del Papa Juan Pablo II, todo la sabiduría que se puede extraer de la Sagrada Escritura. Lo mejor para estudiar la Biblia, es tener el Catecismo a mano, como libro de consulta. La Biblia sola puede conducirnos a errores fatales como a los Testigos de Jehová o al a secta Davidiana de Waco, Texas, que acabaron con la Biblia en la mano, por suicidarse de la manera más absurda.

Para aclarar el tema de la supuesta “muerte del alma”, veamos algunos textos del Antiguo y del Nuevo Testamentos:

“Dios creó al hombre para que no pereciera y lo hizo inmortal como es ÉL” (Sab. 2,23).

No teman podemos argumentar lo siguiente: si el alma muere con el cuerpo y de paso no hay infierno como ellos dicen, ¿para qué molestan a los demás con sus visitas domiciliarias?, ¿Por qué no nos dejan en paz pasar a la nada?, ¿Qué ganaríamos con cambiar de religión?