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maricela25207
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Historia Sonorense

Cananea Sonora... En la casona contigua al Palacio Municipal, por el año de 1913 vivió una señorita de cabellos ensortijados y casi blancos de tan luminosos. Se llamaba Rosalba Guadalupe y tenía su habitación en el segundo piso. 

Y al transformarse en una bella muchacha, la más pretendida del pueblo mineral, por sus sobrados atributos todos la empezaron a llamarla "La Güerrita".

Rosalba Guadalupe Elías,  jamás imaginó que el destino le había marcado con una suerte poco vista en la Cananea.

Su señor padre, don José Francisco Elías Pesqueira, a pesar de ser acaudalado, su carácter tan tosco no le permitía tener relaciones con la burguesía local, la mayoría anglosajona, socios de las empresas ganaderas del latifundio fundado por William C. Greene. 

Pero como en la cría de ganado, don José Francisco era un experto, sólo por ello empezaron a buscar un acercamiento varios de estos extranjeros administradores de los ranchos de la gigantesca The Cattle Co, cuyas propiedades llegaban hasta Chihuahua por este lado y que brincaba la línea al sur de Arizona con tan fértiles terrenos de agostadero.

El señor Elías Pesqueira, además de cauteloso y severo amante de las pocas palabras, era con los suyos muy celoso, cuidaba a su familia, y sin ambages trataba a los pretendientes que inútilmente trataba de acercarse a la Güerita. 

La belleza de la rica heredera era inocultable, y don José Franciscos temeroso de que ella se pudiera fijar en un sibarítico, decidió amurallar la casona, bloqueando todo acceso transitable. 

Llegando al colmo de hacer notificar por el The Cananea Herald, a quien osara trasponer ese acordonamiento sería recibido con una ráfaga de balas de grueso calibre....

The Cananea Herald, puso una nota de la Redacción en donde especificaba, no se hacía responsable de lo que pudiera acontecer con estas drásticas amenazas hechas públicas, vía la prensa libre, de parte de un caballero sin decoro, por el prurito de salvaguardar a su heredera, que por lo demás era ella, tan sociable y debería tener el derecho de libremente de elegir su vida pese a lo iracundo de su padre. 

Pero cuando la Güerita vio lo drástico de las medias de su padre que eran incontestables, prefirió encerrarse en su cuarto para no contrariar más el anublado carácter de su progenitor.

Con ello llegó la tristeza a la vida de Rosalba Guadalupe, la cual pudo embeber todas las gracias de esta bella señorita. Desde la ventana la bella y desdichada muchacha sólo veía tapiales y sobre estos enormes sauces que tapaban toda posibilidad de vista. A veces se entretenía con el repique cada cuarto de hora media, pues así estaban programadas las acongojado campanas de la torres del Palacio, que estaba a un costado de la casa, sólo separado por un muro de piedra habitado por gastos grises tendidos al sol.

Todo un ambiente entenebrecido reinaba en la casa de la Elías Pesqueira, por lo que el inflexible de don José Ignacio, cayó en un estado de apatía crónica. Su carácter impenitente no concebía, cómo su propia hija pudiera pronunciarse de tal manera ya que ni a tomar sus alimentos salía de su cuarto.

Con ese quebranto de espíritu por el comportamiento adoptado por la inexcusable de Rosalba Guadalupe, otrora dócil, ahora le parecía abyecto a don José Francisco.

Y al parecerle fatal no contar ya con el amor de su niña, aquel amo y señor de carácter redomón, arisco y firme, en forma imprevista entró en crisis, el apartadizo, huidizo y esquivo señor, fue a encerrase aún más a su biblioteca, pudiendo agotar cien cigarrillos al día, lo que a la postre le acareó un depresivo estado y un decaimiento físico.

El enfisema se hizo presente en aquella robustez de hombre de campo, quedando en pocos meses con sus antes robustos brazos, ya carniseco, sólo piel y huesos, y así escuálido y casi sin aliento, salió una tarde de su habitáculo para subir las penosas escaleras y tocar a la puerta de su amada hija.

Por una fisura vio el centello de la chimenea, era cruel el invierno que azotaba al mineral; ella adentro ensimismada como novicia haciendo prolongadas oraciones, no escuchó el toquido leve de quien apenas si tenía fuerzas para mantenerse en pie. 

Después de gargajear, don José Francisco cayó en el piso, estaba ya muerto.

La puerta al fin se abrió, el rostro de la muchacha al ver a su padre dio una exhalación, fue a su chiffonnier, tomó unas tijeras y se las fileteó en el vientre.

Allí fueron hallados ambos, padre e hija muertos, ella abrazada a su padre y la sangre desparramada por toda la planta alta de la casona.

Vinieron otras épocas pero nadie lograba poder habitar esa parte de la casa.