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Acero
fulguroso
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BABILONIA EN LA HISTORIA BÍBLICA

Babilonia en la historia bíblica

 

 

EN UNA fértil llanura a unos 80 kilómetros (50 millas) de la actual Bagdad se erguía antiguamente la impresionante ciudad de Babilonia. Parecía inexpugnable, rodeada como estaba por descomunales muros dobles y un enorme foso. Era una de las ciudades más grandes del mundo antiguo y se hizo célebre por sus majestuosos templos, jardines colgantes y zigurats (torres templo). No es de extrañar que últimamente haya recibido el calificativo de ciudad de maravillas.
En la Biblia se la llamó “Señora de Reinos”, y fue la capital de la tercera potencia mundial de la historia bíblica (Isaías 47:5). El Imperio babilónico, al igual que el egipcio y el asirio que le precedieron, desempeñó un destacado papel en la historia bíblica. Esto nos permite comparar lo que la Biblia dice sobre Babilonia con lo que dicen las fuentes profanas.

 

Historia fiable
El libro bíblico de Daniel habla de un rey de Babilonia llamado Belsasar (Daniel 5:1). Pero tiempo atrás, algunas fuentes profanas afirmaban que Belsasar, aunque poderoso, nunca fue rey. ¿Estaba equivocada la Biblia? Veamos. En las ruinas de la ciudad mesopotámica de Ur se desenterraron unos cilindros de arcilla. En uno de ellos aparecía grabada en escritura cuneiforme una oración del rey babilonio Nabonido en favor de su hijo, que en parte decía: “Bel-sar-ussur [es decir, Belsasar], mi hijo mayor”. Hallazgos arqueológicos posteriores confirmaron que Belsasar “actuó como regente durante más de la mitad del reinado de su padre, durante cuyo tiempo era, en realidad [...], rey”, según comenta el Nuevo Diccionario Bíblico Certeza.
La historia también indica que Babilonia era una ciudad sumamente religiosa, donde la astrología y la adivinación estaban muy extendidas. Por ejemplo, en Ezequiel 21:21 leemos que el rey de Babilonia recurrió a la adivinación para decidir si atacaría Jerusalén o no. Dicho versículo añade que “mir[ó] en el hígado”. ¿Por qué? Porque los babilonios se valían del hígado de animales sacrificados para buscar agüeros. El libro Mesopotamian Astrology dice que en tan solo un yacimiento arqueológico de Babilonia se desenterraron “32 modelos de hígado [en arcilla], todos grabados” con inscripciones de agüeros.
El arqueólogo Nelson Glueck, por su parte, dijo en cierta ocasión: “Llevo treinta años excavando con la Biblia en una mano y la pala en otra, y en cuestión de perspectiva histórica nunca he visto que la Biblia esté equivocada”.

 

Profecía confiable
¿Cómo reaccionaría usted si alguien le dijera que una capital importante —como Pekín, Moscú o Washington— va a quedar deshabitada y en ruinas? Seguramente no se lo creería. Pues eso fue justo lo que se predijo de Babilonia. Con unos doscientos años de antelación, alrededor del 732 antes de nuestra era, Jehová Dios inspiró al profeta hebreo Isaías para que pusiera por escrito una profecía sobre la caída de la poderosa Babilonia. Esta decía en parte: “Babilonia, la decoración de reinos, [...] tiene que llegar a ser como cuando Dios derribó a Sodoma y Gomorra. Nunca será habitada, ni residirá por generación tras generación” (Isaías 13:19, 20).
Pero ¿por qué predijo Dios la destrucción de Babilonia? En 607, el ejército babilonio destruiría Jerusalén y se llevaría a los supervivientes a Babilonia, donde recibirían un trato cruel (Salmo 137:8, 9). Dios predijo que su pueblo tendría que aguantar —merecidamente— esa difícil situación durante setenta años, pero que después los liberaría y los dejaría regresar a su tierra (Jeremías 25:11; 29:10).
La Palabra profética de Dios se cumplió. En el año 539, cuando los judíos estaban a punto de terminar sus setenta años de exilio, la “inexpugnable” ciudad de Babilonia fue conquistada por los medos y los persas. Con el tiempo, la ciudad quedó convertida en un montón de ruinas, exactamente como estaba profetizado. Ningún ser humano podía predecir algo semejante. La acción de profetizar, o predecir hechos futuros, distingue al Autor de la Biblia —el Dios verdadero, Jehová— de cualquier otro dios (Isaías 46:9, 10).

 

SE LLAMARÍA CIRO
  Una de las profecías más extraordinarias tocante a la caída de Babilonia es la que tiene que ver con su conquistador, el rey Ciro de Persia. Casi dos siglos antes de que Ciro subiera al poder, Jehová Dios predijo que el conquistador de Babilonia se llamaría Ciro.
  Así fue como lo escribió Isaías por inspiración divina: “Esto es lo que ha dicho Jehová a su ungido, a Ciro, a quien he asido de la diestra, para sojuzgar delante de él naciones, [...] para abrir delante de él las puertas de dos hojas, de modo que las puertas mismas no estén cerradas”. Dios también predijo que el río Éufrates se secaría (Isaías 45:1-3; Jeremías 50:38).
  Los historiadores griegos Heródoto y Jenofonte confirman el cumplimiento de esta asombrosa profecía. Explican que Ciro hizo bajar las aguas desviando el río Éufrates. Entonces el ejército de Ciro entró en la ciudad por sus puertas, que se habían quedado abiertas. Tal como se había profetizado, la poderosa Babilonia cayó “de repente”, en una sola noche (Jeremías 51:8).

BABILONIA LA GRANDE
  El libro bíblico de Revelación (Apocalipsis) menciona a una ramera simbólica llamada “Babilonia la Grande” (Revelación 17:5). Todo apunta a que esa prostituta simboliza una entidad religiosa.
  La antigua Babilonia era una ciudad sumamente religiosa, con más de cincuenta templos dedicados a diversas deidades. Los babilonios adoraban trinidades de dioses y creían que el hombre tenía un alma inmortal que en el momento de la muerte descendía a un oscuro mundo de ultratumba. Allí continuaba su existencia “en las tinieblas y en la melancolía de la otra vida”, como lo describe la obra Las grandes religiones.

Los babilonios adoraban tríadas de deidades.

 

Esas doctrinas acabaron diseminándose por todo el mundo. Tanto es así que hoy día siguen enseñándolas, igual o con algunas modificaciones, las religiones de la cristiandad. Todas esas religiones, en conjunto, constituyen una parte muy destacada de la entidad religiosa mundial denominada en la Biblia “Babilonia la Grande”.

Una esperanza en la que usted puede confiar
Y hay otra profecía cuyo sorprendente cumplimiento se está viendo en nuestros días. Esta tiene que ver con el rey Nabucodonosor de Babilonia y un sueño que tuvo sobre una imagen inmensa. El cuerpo de la imagen estaba dividido en cinco partes: la cabeza; los pechos y los brazos; el vientre y los muslos; las piernas, y los pies. Cada parte tenía una composición metálica diferente (Daniel 2:31-33). Las cinco partes representaban una sucesión de reinos —o gobiernos— que empezó con Babilonia y que continúa hasta el día de hoy con la potencia mundial angloamericana, la séptima de la historia bíblica (Daniel 2:36-41).
El profeta Daniel señaló que en la composición de los pies y los dedos de los pies de la imagen había una diferencia notable. En lugar de ser de un metal puro, estaban hechos de hierro mezclado con barro húmedo. Daniel le dio la siguiente explicación a Nabucodonosor: “Como contemplaste hierro mezclado con barro húmedo, llegarán a estar mezclados con la prole de la humanidad; pero no resultará que se mantengan pegados, este a aquel, tal como el hierro no se mezcla con barro moldeado” (Daniel 2:43). Y es cierto, la mezcla de hierro y barro resulta frágil: los dos materiales no se “mant[ienen] pegados”. ¡Qué bien le encaja esta descripción al mundo políticamente dividido en el que vivimos!

 

Daniel también reveló otro importante dato. En el sueño, el rey Nabucodonosor vio una piedra cortada de una montaña que “dio contra la imagen en sus pies de hierro y de barro moldeado, y los trituró” (Daniel 2:34). ¿A qué se refieren esas palabras? Daniel mismo lo explicó: “En los días de aquellos reyes [durante el tiempo de la última potencia mundial] el Dios del cielo establecerá un reino que nunca será reducido a ruinas. Y el reino mismo no será pasado a ningún otro pueblo. Triturará y pondrá fin a todos estos reinos, y él mismo subsistirá hasta tiempos indefinidos” (Daniel 2:44). Esta profecía señaló a un Reino muy diferente de los gobiernos que el hombre conoce. Su Rey es Jesucristo, el Mesías. Y como se ha indicado previamente en esta serie de artículos, este Rey aplastará a Satanás y a todos sus seguidores —tanto humanos como espirituales—, logrando con ello que impere la paz y la armonía en todo el universo (1 Corintios 15:25).

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