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fyfaae
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Re: ((¯`»¦«´¯))PASION SICILIANA((¯`»¦«´¯)) (Lucy Monroe)

[ Editado ]
Capítulo 9
DULCE no podía contestar. Sentía la garganta seca y le faltaba oxígeno. Alfonso acercó el rostro hasta que sus labios estuvieron a escasos milímetros de los de ella.
—Creo, cara mia, que estás muy sola, pero esto no debe preocuparte, porque yo sé cómo solucionarlo.
Entonces humedeció con la lengua los labios secos de Dulce y después los cubrió con los suyos. Dulce no pudo detener el impulso de probar su sabor ligeramente especiado, un sabor que era su marca. Alfonso lo tomó como una señal y al segundo su boca devoraba la de ella con carnal intensidad.
Dulce sintió sus manos por todas partes. Alfonso retiró el edredón y le quitó el camisón y las braguitas, que tiró al suelo. A continuación se desnudó él y se lanzó sobre la cama. En segundos ambos estaban completamente desnudos y abrazados como ella había deseado momentos antes.
—Eres tan deseable, dolcezza.
Ella elevó las caderas presionando con su monte pélvico el excitado sexo de él y gimió.
—Tú también.
—Estamos hechos el uno para el otro.
En el área del sexo no había ninguna duda. Aunque fuera virgen la primera vez que hizo el amor con él, sabía lo suficiente como para asegurar que la pasión que había entre ambos era muy especial.
Dulce lo besó bajo la barbilla y después lamió su piel ligeramente salada. Al hacerlo, su cuerpo experimento una contracción de puro placer.
Alfonso la besó en el cuello, la oreja, los párpados, cada vez más levemente. Dulce abrió los ojos y lo miró.
—¿Alfonso?
—¿Mmm? —dijo él besándola detrás de la oreja.
—Tú... —pero se detuvo al no encontrar las palabras que pudieran describir lo que estaba sintiendo.
—Shh… dolcezza. Esta vez, iremos muy despacio. Te acariciaré todo el cuerpo.
Y eso fue lo que hizo. Cubrió todo su cuerpo de diminutos besos, deteniéndose a saborear los puntos más erógenos, haciéndola contorsionarse de deseo, pero en ningún momento hizo ademán de unir su cuerpo al de ella penetrándola.
—Por favor, Alfonso, te deseo.
Alfonso sonrió pero no hizo caso. En vez de eso, descendió hasta que su boca se halló sobre el húmedo vello púbico. Y descendió. Dulce respiró entrecortadamente mientras veía cómo Alfonso se abría paso con los dedos buscando el lugar más sensible para posar la lengua.
Y gimió de placer mientras se dejaba llevar de un estado de placer a otro superior, soportando la culminación en el orgasmo hasta que creyó que se volvería loca de deseo. En ese momento, Alfonso cerró la boca sobre el clítoris al tiempo que introducía dos dedos en la vagina.
Dulce gritó de placer. La sensación se hizo demasiado intensa y trató de soltarse pero él continuó torturándola y en segundos su cuerpo empezó a convulsionarse de nuevo en la experiencia más increíble que había tenido jamás.
El placer siguió aumentando hasta que cada músculo de su cuerpo se contrajo en éxtasis y finalmente se derrumbó sobre la cama cuando los espasmos cedieron.
Entonces él se colocó sobre ella abriéndole con suavidad las piernas, donde él quería estar. La punta de su miembro erecto presionó para abrirse paso y Dulce gimió de placer. Alfonso le levantó las rodillas para tener un mejor ángulo y la penetró profundamente, ansioso por saborearla. Comenzó lentamente, tomándose su tiempo, mientras iba levantando de nuevo la excitación en ella, y terminó cabalgando como una fiera hasta que ambos llegaron al éxtasis.
Alfonso se derrumbó entonces sobre ella, su boca prácticamente rozando el oído de Dulce.
—Dime ahora que vas a dejarme. Dime que no te casarás conmigo y nunca más volverás a sentir lo que sientes estando conmigo.
Las palabras penetraron en su mente ligeramente mientras su cerebro comenzaba a funcionar de nuevo. Al mismo tiempo, Dulce se dio cuenta de algo más.
—Hemos vuelto a hacerlo.
—Sí. Es inevitable que hagamos el amor.
—Quiero decir que no hemos usado protección.
—Sí.
—Supongo que has vuelto a hacerlo a propósito.
Alfonso rodó fuera de ella y se colocó de espaldas sobre la cama llevando con él a Dulce, abrazándola fuertemente contra su cuerpo.
—¿Es que acaso lo dudas?
—Eres implacable cuando deseas algo.
—Eso es cierto.
—Y ahora deseas casarte conmigo.
—Eso es lo que estoy intentando decir.
—Alfonso, ¿crees que aquel bebé era tuyo?
Alfonso guardó silencio largo rato. Dulce creyó que no quería responder pero entonces pareció tomar aire y se separó de ella para que pudiera verle bien la cara.
—Sí, creo que el bebé que yo maté era mi hijo.
Dulce se quedó sin aliento, incapaz de aceptar que Alfonso pudiera albergar esa idea.

Message Edited by fyfaae on 8/26/08 12:34 PM


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fyfaae
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Re: ((¯`»¦«´¯))PASION SICILIANA((¯`»¦«´¯)) (Lucy Monroe)

—Alfonso, amore, te equivocas. ¡Tú no lo mataste! Las posibilidades de aborto natural en los primeros tres meses de embarazo son mayores de lo que la gente cree. El médico me lo dijo en el hospital. La pérdida de nuestro hijo no fue culpa nuestra.
—Mi médico me dijo que el estrés puede ser la causa de un aborto. Mi rechazo te destrozó —dijo él y una lágrima rodó hacia su sien.
Alfonso giró la cabeza para que Dulce no pudiera verlo, pero ella le tomó el rostro entre las manos y acarició el rastro húmedo sobre su piel.
—Por favor, créeme. Perder a nuestro bebé no fue culpa tuya.
—Yo no lo veo así.
—¡Pero te equivocas! —dijo ella elevando la voz pero aquel hombre testarudo no era capaz de comprenderlo.
—Las acciones de cada uno acarrean unas consecuencias. Yo he aceptado ésta.
—Alfonso. No fue culpa tuya. Estaba escrito que ocurriera y ninguno de nosotros podría haberlo evitado —dijo Dulce abrazándolo con los brazos y las piernas.
Ella misma también necesitaba saber que no era culpable del aborto.
—Muchas mujeres están más estresadas que yo en aquel momento y llevan sus embarazos a buen fin. Tienes que aceptarlo —añadió Dulce.
—Yo quería ser padre, Dulce.
Sí, Dulce lo creía ahora. La ira de Alfonso se había debido a que pudiera estar embarazada de otro hombre, no ante la idea de ser padre.
—Alfonso, no ha habido ningún otro hombre. No sé por qué mi padre cree que así ha sido, pero tú eres el único hombre con el que he estado.
El silencio se apoderó de la situación y Dulce esperó consciente de lo mucho que dependía de la reacción de Alfonso a sus palabras. Quizá nunca tuviera su amor, pero al menos necesitaba su respeto, o de lo contrario nunca podría casarse con él. Pero si Alfonso no la creía, no había futuro para ellos. No importaba lo que la prueba de embarazo dijera.
—¿Eras virgen?
Al menos era una pregunta y no sonaba incrédulo.
—Sí.
—Tenías veinticuatro años.
—Lo sé.
—Eso no es habitual.
—Pasé mi infancia viviendo con una mujer que trataba la intimidad sexual como si fuera una chuchería barata. Nunca se unió a ninguno de sus amantes, aunque yo lo intenté. Yo sólo quería ser parte de una familia. Ya había empezado a ir al colegio cuando me di cuenta de que Shawna no quería formar una. Ni siquiera quería a su hija. Su estilo de vida me quitó todas las ganas de experimentar con el sexo. Ni siquiera dejaba que los chicos me metieran mano cuando empecé a salir con ellos en la universidad.
—¿No empezaste a salir con chicos hasta la universidad?
—Shawna me envió a un internado femenino. Papá estuvo de acuerdo y allí no tenía muchas oportunidades de salir con chicos. Si las hubiera tenido, las habría rechazado también. Tenía una enorme cicatriz, Alfonso.
—¿A qué te refieres? —preguntó él acariciándole la espalda en forma de suaves círculos.
—Para mí el sexo era el dolor de ser una hija no deseada, la amargura de la soledad. Hasta que te conocí, nunca había sentido una pasión igual por un hombre.
—Y yo hice que te rebajaras al tomar lo que no debería haber tomado hasta haberme casado contigo.
Pero Dulce no quería volver al pasado. El presente y el futuro era lo que interesaba.
—¿Me crees?
Alfonso hablaba como si así fuera pero Dulce buscaba leer entre líneas lo contrario. Era demasiado importante.
—Sí. Si hubiera estado menos seguro de tu experiencia, me habría dado cuenta de tu inocencia. Había suficientes evidencias.
—Pero papá dijo lo que dijo y tú diste por hecho que sabía de lo que hablaba.
—Tu padre y yo hablaremos de eso —dijo él, el cuerpo tenso bajo el de ella.
—Creo que yo debería hablar con él primero —dijo ella mirándolo a los ojos.
Alfonso parecía no estar de acuerdo pero Dulce le puso un dedo en los labios para que no hablara.
—No, esto es algo entre él y yo. Deja que yo hable con él, ¿de acuerdo?
Alfonso le mordisqueó el dedo y después lo besó.
—Si es tu deseo...
Dulce agradeció que no se lo discutiera. Podía ser un hombre primitivo en muchos sentidos, pero no era en absoluto un dinosaurio.
Pero tres horas después, habría estado dispuesta a etiquetarlo como un tiranosaurus rex. Cruzando los brazos sobre el pecho, miró al hombre que antes le había parecido tan razonable.
—Pero no quiero ir a cenar con mi padre esta noche.
Dulce estaba en el porche leyendo relajadamente un libro tratando de alejar de su mente la forma en que Alfonso y ella habían pasado la tarde.
—Ni siquiera estoy vestida adecuadamente —añadió. Vestida con pantalones cortos y alpargatas, no le apetecía cenar con la familia perfecta de su padre.
—Pues cámbiate de ropa. Aún faltan cuarenta minutos.
—No quiero ir.

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Re: ((¯`»¦«´¯))PASION SICILIANA((¯`»¦«´¯)) (Lucy Monroe)

—Hace unas horas no querías estar en esta casa. ¿A qué viene ahora esa aversión a cenar con él?
Si Alfonso no pareciera verdaderamente sorprendido, le habría pegado.
—Viene a que aún no estoy lista para hablar con él.
Los oscuros ojos de Alfonso se mostraron cálidamente comprensivos y acabaron con la determinación de Dulce de mantenerse alejada de él. Aunque el hecho de haber pasado toda la tarde haciendo el amor con él tampoco había contribuido demasiado a sus intenciones.
—Yo estaré contigo, cara.
—¿Y se supone que eso cambiará las cosas? —dijo ella. No lo sorprendió ver que Alfonso fruncía el ceño ante su sarcasmo y giró la cabeza para no ver su gesto de desaprobación—. Piensa que soy una fulana.
Se había comprometido a hablar con su padre y seguía dispuesta a ello pero la propia necesidad de hacerlo le dolía. Quería tiempo para prepararse emocionalmente.
—Estoy convencido de que Francesco habló con absoluta ignorancia -dijo Alfonso retirándole el cabello de la cara—. Tal vez interpretara mal algo que tú dijiste.
Dulce lo miró preguntándose si su vulnerabilidad era tan evidente. Alfonso veía muchas cosas que ella no quería que viera.
—¿Qué podría haber dicho que le hiciera creer que tengo tan pobre concepto del acto amoroso?
—No lo sé, cara, pero llegaremos al fondo de esto.
No se molestó en discutir el empleo del plural. Lo cierto era que, por muy disparatado que pudiera haberle parecido un minuto antes, le agradaba que Alfonso estuviera de su parte.
 

—Pero esto es una atrocidad, Dulce. ¿En qué estabas pensando para correr semejante riesgo? —preguntó su padre con expresión profundamente alterada. Se había levantado de golpe de la silla y caminaba por el salón.
—No me pareció que fuera un riesgo tan alto. Las joyas fueron transportadas en secreto. Nadie debería haber sabido que se dirigían a la cámara del señor Di Adamo.
—No puedes estarte quieta nunca —dijo su padre, el típico siciliano de constitución fuerte y estatura media, frunciendo el ceño con todo el poder de intimidación de un hombre más joven—. Nunca deberías haber negociado esa subasta para Di Adamo. ¿Qué habría sucedido si no hubiera enviado a Alfonso a vigilarte?
—No lo sé —dijo Dulce equivocadamente.
—Habrías muerto o algo peor, pequeña.
Preocupada por el estado de salud de su padre, Dulce se levantó del asiento y le puso la mano en el brazo para que dejara de hacer aquellos aspavientos.
—Cálmate, papá. Estoy bien y enviaste a Alfonso.
—Y eso que no querías mi ayuda al principio.
Dulce se giró y miró a Alfonso con mirada acusadora.
—No escuchaste lo que te dije, ¿verdad? -dijo ella con los dientes apretados—. No creo que sea necesario sacar este tema ahora.
Sorprendentemente, Francesco se echó a reír.
— Me alegro de haber enviado a alguien tan testarudo porque tú eres como tu madre en esto! -dijo su padre guiñándole a Alfonso un ojo—. ¿No te lo dije? Independiente como Shawna. Sólo podemos dar gracias a Dios de que mi hija no tenga otros parecidos con su madre.
La sonrisa de Alfonso se le heló en la cara. La condescendencia desapareció al comprender de repente. Francesco frunció el ceño.
—Lo siento, Dulce. No está bien que yo hable mal de tu madre.
Sintiéndose desorientada pero muy aliviada, Dulce sacudió la cabeza.
—No te preocupes por eso. Sé cómo es. Me crió ella, después de todo.

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Re: ((¯`»¦«´¯))PASION SICILIANA((¯`»¦«´¯)) (Lucy Monroe)

Sí -dijo su padre desplomándose sobre una silla como si hubiera perdido toda la energía—. Y por eso me lamentaré toda la vida. Si hubiera forzado la situación, tú habrías crecido en el mismo hogar seguro que le di a Ana María, pero no lo hice. Pensé que una niña necesitaría a su madre -dijo con un suspiro y sacudiendo la cabeza—. Shawna llenó tu vida de incertidumbre.
El corazón de Dulce dio un vuelco al conocer los lamentos de su padre por las elecciones que había tomado respecto a ella. De pie en medio de la habitación, se sintió como si no estuviera en un plano real.
—No creo que me hubiera adaptado a tu familia con Teresa. Dudo que a ella le hubiera gustado tener que criar a la hija ilegítima de una antigua amante.
Se mordió el labio al darse cuenta de lo amargas que habían sonado sus palabras, pero no era eso lo que ella había deseado. Era simplemente la verdad.
—No. Te equivocas. Yo habría disfrutado teniéndote en la familia, Dulce. Yo quería tener más hijos, pero no pudo ser -dijo Teresa, que había entrado en la habitación sin hacer ruido y en ese momento estaba de pie junto a la silla de Alfonso, con su habitual expresión de serenidad—. Ana María habría disfrutado con una hermana mayor. Sentirá mucho no haberte visto, pero no llegará hasta dentro de unos días de un viaje que está haciendo con unos amigos.
Aquello fue demasiado. Dulce adoraba a su hermanita, pero eran muy diferentes y no podía creer que Ana María sintiera haberse perdido la visita de su hermana mayor, a la que apenas veía.
—No estamos muy unidas.
—Podríais haberlo estado si las cosas hubieran sido diferentes —dijo su padre, lleno de un tremendo sentimiento de culpa.
Y no había duda de que él sería más feliz si Dulce fuera más amable, como su hermana, pero tenía veinticinco años. Ya no podía hacer nada por eso.
—Es un poco tarde para esos pensamientos.
—No lo he dicho con mala intención. Sólo quiero decir que no te estás haciendo ningún favor dándole vueltas a algo que pasó hace tanto tiempo.
Teresa le puso la mano en el hombro a su marido.
—Tiene razón, amore. Has estado rememorando esos sentimientos desde el ataque, pero no te hacen ningún bien. Lo que pasó, pasado está. Debemos vivir el presente y ahora tu hija está con nosotros. Deberías disfrutar con su visita en vez de malgastar el tiempo quejándote por lo que sucedió.
El rostro de Francesco se iluminó de amor por su esposa.
—Si, bella mia, como siempre tienes razón.
Las mejillas de Teresa se tintaron de rosa mientras apretaba el hombro de su marido.
—¡Cómo te atreves! No conseguirás que te dé licor esta noche por utilizar palabras dulces. Ya oíste lo que te dijo el médico tan bien como yo.
Continuaron con sus bromas amables durante la cena pero el buen humor de Francesco se esfumó cuando Alfonso anunció que no tenía intención de dejar a Dulce con ellos.
—Tu padre está en América y tu abuelo está en un crucero por las islas griegas con la viuda de Genose. No me parece muy adecuado que mi hija se quede a solas contigo.
Dulce tenía ganas de reír. Podía comprender la preocupación de su padre si fuera Ana María, pero ella llevaba viviendo sola años. Sin embargo, no dijo nada. Que Alfonso librara sus propias batallas. La idea de dónde tenía que quedarse había sido sólo de él.
—Por eso precisamente vamos a quedarnos en mi casa en vez de aquí. Hasta que pase la subasta, la vida de Dulce está en peligro y, por tanto, cualquiera que esté con ella también lo estará. Puedo vigilarla mejor si no tengo que dividir mi atención en otras personas.
Francesco se mostró mucho menos impresionado por ese argumento de lo que se había mostrado Dulce. Entornó los ojos y el pecho se le llenó de orgullo masculino.
—Yo puedo vigilar perfectamente a mi familia. Tu empresa se asegura de que el sistema de seguridad funcione.
—Aun así, Dulce se quedará conmigo —dijo Alfonso. El, que se había acercado al señor Di Adamo con suavidad hasta convencerlo, se enfrentaba en ese momento a Francesco con una agresividad primitiva que no dejaba sitio para la conciliación.
—Vaya, una discusión entre dos testarudos y orgullosos hombres no es mi idea de una agradable sobremesa —dijo Teresa mirando a Dulce—. Ven, hija, saldremos al jardín y te enseñaré mi nueva orquídea Mariposa Rosa. La planté cuando nos visitaste el año pasado y acaba de florecer.
Dulce no comprendía por qué Alfonso no trataba a su padre con más cuidado, pero no tenía intención de dejar que los dos tomaran decisiones sobre su vida.
—Me encantaría ver esas orquídeas, pero primero...
-dijo mirando a su padre—. Estoy de acuerdo con Alfonso. No os pondré a Teresa y a ti en peligro. Antes me iría de aquí sola a cualquier otro sitio.
Su padre abrió la boca para decir algo, pero Alfonso se adelantó.
—Eso no va a ocurrir.

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Re: ((¯`»¦«´¯))PASION SICILIANA((¯`»¦«´¯)) (Lucy Monroe)

Dulce no se molestó en discutir, simplemente alzó la ceja de modo inquisitivo y salió al jardín con Teresa.

Al rato salieron los dos hombres.
—Hace una noche maravillosa, ¿no creéis? El aroma de las flores, el aire cálido, la buena compañía.
—Parece que habéis arreglado vuestras diferencias -dijo Teresa.
—Sí -dijo Francesco y, con extrema falta de sutileza a juicio de Dulce, le susurró algo al oído a su mujer. Esta sonrió.
—Es hora de irnos, cara -dijo Alfonso deslizando un brazo alrededor de Dulce como si fueran pareja.
Dulce se puso rígida por la sorpresa pero Alfonso no se arredró y la mantuvo a su lado durante la despedida.
Notó que su padre no se había mostrado sorprendido y que Teresa la miraba como si ya le estuviera organizando la boda.

Ya en el coche, Alfonso esperó a que empezara el interrogatorio. Dulce se había mostrado sospechosamente silenciosa desde que su padre y él salieron al jardín. Era demasiado inteligente para no darse cuenta de que los dos hombres habían tenido una conversación.
Dulce se removió en el asiento y finalmente se quedó mirándolo.
—¿Qué le dijiste a mi padre?
—La verdad.
—¿Qué parte de la verdad?
—Que quiero casarme contigo.
—¿Eso es todo? —preguntó ella sin mostrar sorpresa.
—No exactamente, pero es todo lo que necesitas saber.
Cuando Francesco le hizo prometer que no se aprovecharía de ella, Alfonso se comprometió conscientemente. Hacerle el amor no era aprovecharse de ella. Era absolutamente necesario para lograr que aceptara casarse con él y también para la salud de ambos. Aunque ella no quisiera admitirlo, lo necesitaba tanto como él a ella.
—Ya veo.
—Tengo la intención de casarme contigo.
—Eso dices.
—Es la verdad —murmuró él.
Pero era la intención de ella lo que no se sabía. El esperaba convencerla. Quería que admitiera que su vida sin él no era opción por mucho que hubiera pasado todo un año fingiendo que sí podía.
—¿Y eso bastó para convencer a mi padre de que mi virtud no se vería comprometida viviendo a solas con un hombre soltero?
Al mencionar su virtud, Alfonso apretó con fuerza el volante.
—Mi despiace.
—¿Qué es lo que sientes? —preguntó ella ligeramente interesada. No podía engañarla.
—Entendí mal a tu padre y mi error es el responsable de la enorme pena que los dos sentimos.
—¿No se te ocurrió, ni siquiera una vez, que mi padre no se refería a valores morales cuando .dijo que yo era como Shawna?
—Para mi vergüenza, no.
—¿Por qué? ¿Acaso hice algo que te hiciera pensar lo contrario? —preguntó ella con un tono de absoluto desconcierto.
__No.
—No lo entiendo.
Odiaba admitir lo que lo había llevado a ello, pero ella merecía la verdad.
—Te deseaba mucho.
—Sí, eso ya lo has dejado claro.
—No podía tenerte si creía que eras virgen.
—Porque no estabas pensando en el matrimonio.
—Sí —contestó él. La rabia y el asco por sí mismo le hicieron apretar los dientes.
Un año antes había considerado el matrimonio, pero no con ella. No quería que los sentimientos que él relacionaba con la humillación sufrida a manos de Sofía formaran parte de su vida matrimonial y Dulce conseguía sacar sus sentimientos más arraigados: la pasión y la posesión.
—Y te convenciste de que era una mujer experimentada. ¿Por Sofía?
—Por mi estúpido orgullo, ¿vale?
No le gustaba aquella conversación. Una cosa era reconocer los sentimientos pero hablar de ellos era una absoluta tortura.
—Vale.

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Re: ((¯`»¦«´¯))PASION SICILIANA((¯`»¦«´¯)) (Lucy Monroe)

De nuevo el silencio. Alfonso esperaba que Dulce siguiera preguntando pero no dijo nada. Llegaron a casa y él la ayudó a salir del coche. Ella se lo agradeció pero no volvió a sacar el tema. Aquello lo molestó. Sintió como si Dulce no estuviera muy interesada. El no deseaba hablar de sus sentimientos pero pensaba que ella sí querría. Si le importara realmente. No había vuelto a decirle que lo amaba desde su regreso. Tal vez los sentimientos de ternura hubieran desaparecido pero, cuando estaba en sus brazos, no respondía como una mujer que sólo buscara gratificación sexual.
Lo que compartían cuando sus cuerpos se unían era sagrado. Tal vez estuviera intentando distanciarse de nuevo de él, huir al lugar en el que había conseguido ocultarse de él durante un año, donde no lo había necesitado. Pero él no iba a dejar que eso ocurriera.
Abrió la puerta de la casa y dejó que ella entrara primero, pero no le dio oportunidad a irse a su propia habitación. Simplemente, la tomó en brazos y la subió escaleras arriba. Ella le rodeó el cuello con los brazos con expresión indescifrable.
—¿Adónde me llevas?
—A la cama.
—¿A la de quién?
—A la mía.
—¿Tengo algo que decir al respecto?
—¿Quieres dormir sola? —preguntó él en tensión.
Esperó durante lo que le pareció una eternidad aunque Dulce sólo tardó unos segundos lo que tardó en responder acurrucando la cabeza en el hueco de su cuello:
-No.
 

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Re: ((¯`»¦«´¯))PASION SICILIANA((¯`»¦«´¯)) (Lucy Monroe)

Capitulo 10
ALFONSO dejó escapar el aire que había estado aguantando y la llevó a su dormitorio. Estaba realmente aliviado. No podía obligarla a compartir su cama si ella realmente no quería hacerlo y no sabía muy bien cómo habría llevado el rechazo. No se entretuvo en dar las luces. Quería que el sexo fuera elemental, sin distracciones.
No podía ir despacio. El deseo que sentía era demasiado potente. La desnudó y acarició sus curvas con candente ardor hasta que hizo que se rindiera. Ella lo animó con gemidos y gritos que incrementaban su propia excitación hasta proporciones increíbles. Acarició con los dedos los húmedos rizos púbicos.
—Te deseo, Dulce.
Ella respondió abriendo las piernas y dejó que él introdujera los dedos en el cálido hueco. Alfonso acarició el punto en el que se arracimaban todas aquellas terminaciones nerviosas, un punto que le producía un placer extremo.
Arqueándose al sentir el contacto, empezó a jadear y a gemir. Se contorsionaba sin descanso mientras él le acariciaba el clítoris con movimientos circulares.
—Yo también te deseo.
—¿Tanto como para vivir conmigo toda tu vida?
—No juegues!
Se vio tentado a continuar presionando por todos los medios hasta que aceptara su propuesta, pero al final no tuvo el control suficiente. La deseaba con locura. Rodó sobre su espalda arrastrándola con él.
—Si me deseas, tómame.
Quería tener la satisfacción de saber que la seducción era mutua. Y ella no dudó. Se colocó sobre su miembro abriendo su propio sexo para darle la bienvenida en su interior. Sus tejidos internos, hinchados por la excitación, se cerraron sobre el sexo de él acariciándolo con suaves contracciones.
Alfonso gimió mientras empujaba hacia arriba, sujetándola con firmeza por las caderas.
Dulce echó la cabeza hacia atrás y su cabello cayó como una cascada por la espalda. El no podía ver la expresión de su rostro en la semioscuridad de la habitación pero su postura era la de una mujer totalmente abandonada al placer del sexo.
—Me encanta tenerte dentro de mí. Es como si sólo fuéramos uno.
El sí lo pensaba pero no sabía si ella también. Para él estaba claro que eran uno solo pero ya no pudo seguir pensando conscientemente porque Dulce siguió cabalgando sobre él incrementando la velocidad hasta hacerle llegar a un clímax que sacudió su cuerpo bajo el de ella.
Dulce cayó sobre su pecho, aún gimiendo. No supo muy bien cuánto tiempo estuvo así, pero finalmente rodó hacia un lado.
Alfonso no quiso que se alejara mucho y la acercó a él, reconfortándola con sus fuertes brazos. Ella se acurrucó contra él, repleta y físicamente saciada. Pero era algo más. Sentía un bienestar emocional que había creído perdido para siempre.
—Alfonso?
—,Mmmm? —dijo él mientras le acariciaba las costillas distraídamente.
—6Cómo es que ahora te parece bien hacerme el amor aquí, en Sicilia, pero la última que estuve aquí te parecía una falta de respeto hacia mi familia?
Su mano se detuvo.
—,Ta1 vez porque no estoy en casa de mi padre?
Sorprendentemente, sacudió la cabeza.
—¿Es porque quieres casarte conmigo?
-No.
Eso pensaba ella. No podía convencerse de que su padre fuera tan moderno como para aceptar que su hija se acostase delante de él con su futuro marido.
—¿Entonces por qué?
—Porque, amore, en mi mente, has sido mi esposa desde la noche que me dijiste lo del bebé.
—Bromeas —susurró ella casi sin aliento. No era original, pero el cerebro había dejado de funcionar al oírlo.
—No bromeo con el matrimonio -dijo él.
—Si tan en serio hablas, entonces no creo que seas un buen marido -dijo ella medio en broma.

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Re: ((¯`»¦«´¯))PASION SICILIANA((¯`»¦«´¯)) (Lucy Monroe)

El la tumbó boca arriba y se inclinó sobre ella ejerciendo su dominio, aunque Dulce no se sentía dominada. El nunca le haría daño físico, pero Dulce estaba empezando a ver que las heridas emocionales que le había causado le dolían tanto en la consciencia como en el corazón.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, si en tu mente has estado casado conmigo durante este último año, entonces no eres un marido fiel —dijo ella con intención de sonar frívola, pero sus palabras parecieron más serias y evidenciaban su vulnerabilidad.
La idea de que le hubiera hecho el amor a otra mujer, probablemente una mucho más sofisticada y experimentada que ella, le provocaba un dolor indecible en el corazón.
—¿Por qué dices eso?
—Por favor —rogó ella—. No eres un hombre que se ciña al celibato precisamente, Alfonso —afirmó, sin creer que hubiera podido estar un año entero sin sexo.
—Pues lo he ejercitado durante este año -dijo él con un tono de total sinceridad.
Dulce se quedó sin palabras. Sacudió la cabeza sin poder hacer otra cosa.
—Sí. Sólo deseaba a una mujer pero ella me evitó con la profesionalidad de un evasor de impuestos.
__¿Eso cierto?
—Nunca te mentiría.
Dulce trató de leer sus ojos. Ni siquiera la oscuridad podía ocultar la sinceridad que ardía en su interior. Lo creyó.
—¿Qué habrías hecho si hubieras descubierto que había otro?
—Nunca habría ocurrido algo así. Siempre fuiste mía por mucho que te empeñaras en negarlo.
—¿Pero qué hubiera sucedido?
—No sucedió —dijo él y la abrumadora furia que parecía hervir en su interior hizo que Dulce se sintiera feliz de que nunca hubiera ocurrido.
—No, no ocurrió. Yo no quise que ocurriera.
—¿Lo ves? En tu interior, bajo la rabia y la decepción por nuestra relación, sabías que eras mía.
—Entonces supongo que te he decepcionado como esposa en el pasado año —Dulce necesitaba hacer una broma después de la increíble afirmación.
Pero él no se rió. Ni siquiera sonrió.
—Lo has pasado mal. Yo lo sabía. Quería arreglarlo pero no sabía cómo.
—Ayuda saber que me crees en lo de nuestro bebé, que lamentas su muerte tanto como yo —las palabras salieron más como una pregunta que como una afirmación.
El le besó la frente con ternura y ella sonrió.
—Te creo y lo lamento mucho. La pena es algo que también nos mantiene unidos, algo que compartimos que nadie más puede comprender.
Dulce consideró sus palabras y también lo que le había dicho antes sobre el beneficio que otro embarazo podría tener en su salud mental.
—Has vuelto a hacerme el amor sin protección.
—No es cierto.
—Pues yo tengo la prueba de que así ha sido -dijo ella sintiendo la humedad entre los muslos.
—Has sido tú quien me ha hecho el amor a mí esta vez.
Al recordarlo, se sonrojó.
—¿Así que esta vez es culpa mía?
—De los dos. Siempre ha sido de los dos.
Había prometido no mentirle nunca. Ella también tendría que decirle la verdad.
—Sí —admitió ella.
—Di que te casarás conmigo.
—¿Porque te sientes culpable por la pérdida de nuestro hijo? —preguntó ella sin poder evitar sentir que eso formaba gran parte del deseo de Alfonso por casarse.
—Porque no quiero enfrentarme al futuro sin ti.
De nuevo, empleó un tono de absoluta sinceridad que no dejaba sitio a la desconfianza. Y ella no tenía la intención de desconfiar. Quería creerlo. Podía ser que no la amara, pero la necesitaba y ella también a él.
—Sí.
El pulso de Dulce se aceleró bajo la mano de Alfonso y éste alargó el brazo para encender la luz. Ella guiñó los ojos al verse sorprendida por la luz.
—Dilo otra vez —pidió él, inclinado con actitud triunfante sobre ella.
—Sí, me casaré contigo.
Vio entonces una gran sonrisa de felicidad en el rostro de Alfonso un momento antes de que se acercara a su boca para besarla y conducirla a través de un sensual viaje hasta los confines de un placer nunca antes conocido.
Los siguientes días pasaron volando en un remolino de actividad. No sólo tenía que dejar cerrados los últimos detalles de la subasta sino que también tenía que atender las llamadas de su madrastra cada quince minutos para darle nuevas sugerencias para la boda.
Teresa se había decepcionado al saber que la fecha sería en dos semanas, argumentando que una boda no podía organizarse con menos de seis meses. Francesco, por su parte, había dicho que quería que su hija tuviera una boda siciliana tradicional, pero tanto Dulce como Alfonso se habían mantenido firmes.
Dulce no sabía muy bien por qué Alfonso tenía la necesidad de casarse tan rápidamente, pero sí conocía sus propios motivos. No podía evitar tener la seguridad de que estaba embarazada desde la noche que pasaron en la cámara. Aunque para él era como si ya estuvieran casados, ella quería hacerlo legal si era cierto que estaba embarazada.

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Re: ((¯`»¦«´¯))PASION SICILIANA((¯`»¦«´¯)) (Lucy Monroe)

—¿Cómo se tomó Shawna la noticia de la boda?
Dulce levantó la vista de la lista de invitados a la subasta. Alfonso le había dicho que podía trabajar en la biblioteca y le había facilitado todos los instrumentos que ella le había pedido: un fax, un ordenador con conexión a Internet, un teléfono con dos líneas; todo lo que le pedía, se lo daba. Sonrió al hombre que actuaba como si nada fuera suficiente para ella.
—A mi madre no le gusta la institución del matrimonio, ya sabes.
El asintió sin perder la luminosidad de su rostro satisfecho. Que Shawna no lo aprobara no iba a amargarle la fiesta.
—Me ha deseado lo mejor.
—¿Vendrá a la boda?
—No. Está trabajando y no tiene tiempo.
Aquello no parecía haberla molestado. Había terminado por comprender que ella no tenía la culpa de que su madre no mostrase afecto, sino que era más bien un defecto de su maquillaje emocional.
—¿Estás bien? —dijo él poniéndole la mano en el hombro.
—Sí. Shawna no debería haber tenido una hija nunca.
—Me alegro de que se diera cuenta después de que tú hubieras nacido, cara.
El corazón de Dulce se llenó de ternura y se inclinó sobre él.
—Casi he terminado con la lista de invitados a la subasta.
—La necesitaré para hacer la comprobación de última hora de los asistentes.
—El señor Di Adamo no puede permitirse ese nivel de seguridad.
—No me importa lo que pueda permitirse. Se trata de tu seguridad y no correré ningún riesgo —dijo él mirándola como si hubiera perdido la cabeza.
—En otras palabras, no vas a cobrarle nada.
—Eres mía. Yo protejo lo que es mío.
—Te has preguntado alguna vez si has nacido en el milenio adecuado? Eres un dinosaurio en lo que se refiere a las relaciones.
—¿Y eso es malo o no? —preguntó él con una expresión que ella no pudo descifrar. Era algo que parecía preocuparlo.
—Está bien. Si pensara que me agobias o te metes demasiado en mi camino, te lo diría.
—Es cierto. No eres tímida a la hora de dar tu opinión.
—Y tampoco corro peligro. Hemos contratado al mejor subastador y dos de tus hombres se ocuparán de mostrar las joyas. Mi papel será muy secundario. Será el señor Di Adamo quien estará en la tarima, no yo.
Alfonso la miró con expresión de granito.
—Está bien. Te daré la lista -dijo finalmente—. Ni siquiera sé por qué me molesto en discutir. Y dime, ¿está todo listo para que la joyería Di Adamo vuelva a abrirse?
—Sí. Tu jefe está contento con el nuevo sistema de seguridad.
—Estoy segura de ello -dijo ella mientras seguía comprobando los nombres de la lista. Entonces levantó de nuevo la cabeza—. ¿Alfonso?
—¿Sí?
—Milán está demasiado lejos para que pueda ir desde allí a trabajar.
—Es cierto —afirmó él con cautela.
—No me gusta dejar tirado a mi jefe. Ha dependido mucho de mí en los últimos años. Le rompería el corazón si perdiera la tienda después de todo esto por no tener la fuerza para dirigirla.
No sabía cuál podría ser la solución. Alfonso no podía cambiar la sede principal de Milán y ella no estaba muy segura de querer seguir trabajando después del nacimiento del bebé. Quería ser madre más que nada en el mundo. Su pasión por la gemología había pasado a un segundo término.
Pero pensar en la confianza que el señor Di Adamo tenía en ella y que iba a traicionar al abandonarlo le dejaba un vacío en el estómago.
—¿Qué ocurre? —preguntó al estudiar con más detalle los ojos negros de Alfonso.
—Nada malo.
Ella entornó los ojos tratando de interpretar el tono de su voz y la expresión de su rostro.
—¿Qué me estás ocultando?
—He buscado un nuevo ayudante para el señor Di Adamo -dijo Alfonso poniéndose rígido.
—¿Cuándo?
—Empecé la búsqueda el día que vinimos a Sicilia.
Tal vez debería estar enfadada, pero lo conocía demasiado bien para que algo así la sorprendiera. Desde el principio había tenido la intención de casarse con ella y sabía que el dilema de su jefe pesaba sobre ella. Simplemente se había ocupado de todos los obstáculos que conducían a la obtención de su objetivo.
—El señor Di Adamo no me ha dicho nada.
—Le dije que lo guardara en secreto.
—Ya veo —dijo al tiempo que volvía su atención de nuevo a la lista y escribía algo que quería preguntar al servicio de catering. Entonces sacó el cuaderno que estaba utilizando para apuntar los detalles de la boda y puso la misma nota sobre el catering.

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Re: ((¯`»¦«´¯))PASION SICILIANA((¯`»¦«´¯)) (Lucy Monroe)

—No ibas a poder trabajar en Di Adamo y vivir en Milán.
—Cierto -dijo ella entrando en el correo y descargándose los mensajes.
—Habría sido una situación imposible. Seguro que tú también lo pensaste.
—Imposible. Sí —no le estaba prestando mucha atención porque de pronto se le había ocurrido que quería una boda tradicional, con vestido blanco, y no sabía si podría conseguir uno con tan poco tiempo de antelación—. Apuesto a que Shawna conoce a alguien
—murmuró mientras buscaba la dirección de su madre. Llamaría a su secretaria. Aquella mujer conocía a muchos diseñadores de Nueva York.
—No tienes motivos para enfadarte conmigo.
—¿Enfadarme? —dijo descolgando el teléfono y marcando el número, pero entonces se dio cuenta de la diferencia horaria y colgó.
—Una mujer embarazada no debería trabajar en un lugar tan peligroso. Te dispararon.
El tono urgente en la voz de Alfonso hizo que le prestara atención de nuevo.
—¿Qué?
—Es lo mejor -dijo con determinación mirándola con los ojos marrón oscuro.
—¿Qué es lo mejor? —preguntó ella segura de que se había perdido algo.
—El nuevo ayudante para el señor Di Adamo.
—¿He dicho yo que no lo fuera?
—No podrías continuar tras la boda. No sería práctico.
—Estoy de acuerdo.
Más que tranquilizarlo, su docilidad parecía hacerle buscar más motivos que apoyaran la decisión que había tomado.
—Estás segura de estar embarazada de mi hijo. Supongo que no querrás que vuelvan a dispararle. El estrés podría ser demasiado para ti.
—Realmente te preocupa mucho el estrés durante el embarazo, ¿verdad?
—Sí.
—Alfonso, ¿te he dicho yo que no aprecie todos tus esfuerzos para encontrar a alguien que me sustituya en Di Adamo?
—No, pero eres demasiado independiente y está claro que lo ves como una intromisión por mi parte.
—Yo tampoco he dicho algo así, ¿verdad?
-No.
—Lo hiciste porque sabías que ibas a casarte conmigo, ¿verdad?
—Sí.
—Nunca se te ocurrió que yo podría haber rechazado tu proposición?
—No. Y probablemente te parezca un arrogante por ello.
—Bueno, sí, pero no me importa.
—¿De veras?
—No. Y no soy tan independiente.
—Perdona que lo diga, pero sí lo eres.
Ella deseaba formar una familia y eso significaba que tendría que aceptar cierto nivel de dependencia, lo cual no significaba hacerse totalmente dependiente de Alfonso tampoco. Lo necesitaba hasta un nivel que la hacía más vulnerable de lo que jamás se había sentido, y eso la asustaba un poco pero estaba aprendiendo a aceptar los sentimientos que experimentaba.
—¿Y este cambio se debe a que ahora confías en mí?
—Así es —dijo él inclinándose para besarla lenta pero profundamente.
—Me gusta el cambio.
Ana María regresó antes de su viaje para ayudar con los preparativos de la boda. Las tres mujeres estaban inmersas en la organización de la boda sobre la mesa del comedor cuando Alfonso y Francesco entraron.
Alfonso besó a Dulce en la boca haciendo que Teresa sonriera y Ana María se sonrojara.
—Todo está preparado para la subasta.
—No entiendo por qué tienes que asistir. Todo ha sido cuidado al detalle —dijo Francesco frunciendo el ceño a su hija.

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