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fyfaae
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Re: ~^~♥~^~♥ Siempre Junto A Ti ♥~^~♥~^~ Dulce Maria Y Poncho(Rancho Circle K02)

Capítulo  6
Dulce se apartó de Poncho antes de que pu­diera olvidársele que no estaban solos. Pero le resultó difícil.
—Ah, Poncho, cariño, los niños lo saben. La mirada de él, fija en su boca, no indicó que hu­biera entendido el mensaje.
—¿Eh? —murmuró Poncho, atrayéndola de nuevo hacia él.
Tras otro beso intoxicante, Dulce se separó de Poncho.
—Poncho, los niños.
Poncho los miró y, de nuevo, a ella.
—Los  niños. Terri rio.
—Te acuerdas de nosotros, ¿verdad, papá?
—Sí, claro.
Dulce, disimuladamente, le dio un pellizco en la cintura.
      —Los niños se han enterado de nuestro noviazgo. Ya no es ningún secreto.
Poncho se la quedó mirando con lo que ella interpre­tó como expresión de horror. Había llegado el mo­mento de mandar a los chicos a otro sitio.
—Chicos, ayer compré otro vídeo, ¿por qué no empezáis a verlo? Como no os va a dar tiempo para verlo entero, mañana lo terminaréis.
—A mí me parece más divertido veros a vosotros dos —comentó Terri riendo.
Por suerte, Wayne era de diferente opinión.
—Venga, Terri, vamos a dejarlos solos. Vamos a ver el vídeo.
Wayne agarró a su hermano del brazo y se lo lle­vó de la cocina. Terri le siguió.
Dulce lanzó un suspiro de alivio y cerró la puer­ta. Después, se enfrentó a Poncho.
—Lo siento.
—¿Qué ha pasado? Dijiste que no se enterarían. Cuando ella se sentó, Poncho la imitó.
—El señor Graham nos ha hecho hoy una visita sorpresa. Los niños solo llevan conmigo cuatro días:
—Supongo que no esperaba verme aquí, ¿verdad? Quiero decir que sabe que trabajo.
—No, claro que no esperaba verte aquí —respon­dió ella sacudiendo la cabeza—. Pero he tenido que presentarle a Terri, y... y él le ha preguntado que qué le parecía que tú y yo fuéramos a casarnos.
Poncho lanzó un gruñido y se cubrió el rostro con las manos. Unas manos grandes, endurecidas por el tra­bajo, pero tiernas cuando acariciaban. Las mejillas se le encendieron.
Poncho bajó las manos.
—¿Qué ha dicho Terri?
Dulce se humedeció los labios.
—Le dije al señor Graham que aún no se lo había­mos dicho a los niños. Terri se puso toda entusiasmada y... quería incluso ir a buscarte.
Poncho se estremeció.
—No era mi intención... no sabía qué hacer — dijo Dulce.
—Sí, lo entiendo.
Podía haberse puesto a gritarle, pero Poncho no lo hizo.
—Poncho, espero que no te enfades conmigo.
—No, lo comprendo. Pero supongo que vamos a tener que contarles a los chicos la verdad y, quizá, también al señor Graham. No podemos fingir que va­mos a casarnos cuando no vamos a hacerlo.
Ella se miró las manos, sin contestar.
—¿No te parece? —insistió él.
— ¡No puedo permitir que se lleven a los chicos! —exclamó Dulce desesperada.
—Quizá si yo hablara con el señor Graham...
— ¡No! Si se entera de que no estamos prometidos y no vamos a casarnos, perderé a los chicos —Dulce ya no pudo controlar las lágrimas, que le resbala­ron por las mejillas.
—Maldita sea, ¿y qué se supone que tengo que hacer? ¿Casarme contigo?
Tras unos momentos de silenciosa tensión, ella le preguntó con voz débil:
—¿Tan terrible sería para ti?
Poncho se la quedó mirando como si hubiera perdido la cabeza.
¿Terrible? Sería el paraíso. Y el infierno. ¿Casarse con una mujer a la que deseaba con locura? ¿Casarse con una mujer que le controlaría completamente, ha­ciéndole imposible negarle nada?
El miedo se apoderó de él. Lo que sentía por Dulce no era amor, se aseguró a sí mismo, aunque era algo muy potente que aumentaría cuanto más tiempo pasara con ella.
—Eso es ridículo.
Dulce dio la impresión de sentirse insultada.
—Dulce, tú te mereces algo más que... te mere­ces  un  matrimonio de verdad. Ella alzó la barbilla.
—No tengo esa opción. Quiero hacerme cargo de estos niños. Se trata  solo de un papel, yo me encarga­ría de pagarlo todo.
—¿Crees que me niego porque no quiero pagar una licencia matrimonial? —preguntó él irritado al tiempo que se ponía en pie, incapaz de seguir sentado mientras mantenían aquella extraña conversación.
— ¡No! No, no he pensado eso. Pero... escucha, sé que es una inconveniencia, pero...
—¿Una inconveniencia? Una inconveniencia mentirle a mi hija, casarme contigo cuando nada más lejos de mi intención que...
Poncho se interrumpió. No amaba a Dulce, se repi­tió a sí mismo. Le atraía, pero no la amaba.
Además, ella estaba hablando del matrimonio como si se tratara de acercarse a la tienda a comprar algo que necesitaba. ¿Acaso no comprendía que su matrimonio cambiaría  las  vidas de todos  para  siempre?
—¿No podríamos seguir fingiendo un poco más? ¿Crees necesario decir la verdad hoy?
Poncho frunció el ceño. Había llegado el momento de hacerla enfrentarse a la realidad.
—¿Es que de verdad crees que el señor Graham se va a dar por satisfecho aunque no nos casemos? Si ha venido aquí a los cuatro días de que tú te hicie­ras cargo de los chicos, ¿crees que no va a volver? ¿Crees que se va a olvidar de sus prejuicios porque tú le hayas sonreído?
Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Dulce. Él se sintió impotente. ¿Qué podía hacer?
Poncho se le acercó, la hizo levantarse y la estrechó en sus brazos.
—No llores, Dulce.
—No puedo evitarlo. ¿Qué tiene de malo querer ayudar a unos niños que necesitan ayuda? ¿Por qué no puedo hacer algo para lo que sé que sirvo? Me en­canta cuidar del hogar, me encanta cuidar a niños.
Dulce ocultó el rostro en el pecho de él y sollo­zó.
Poncho no podía aguantarlo más. Dulce estaba tra­tando de hacer algo bueno, pero necesitaba ayuda. Cierto que quizá nunca lograra recuperarse de su pro­ximidad con ella, pero esos chicos necesitaban ayu­da.
Poncho la besó en la cabeza, olió su perfume y murmuró:
—De acuerdo.
—No lo entiendes, Poncho. Yo... —Dulce se inte­rrumpió inmediatamente; después, levantó el rostro y lo miró a los ojos—. ¿De acuerdo? ¿De acuerdo, qué?
—Que podemos seguir fingiendo que estamos prometidos.
—Pero tú mismo has dicho que el señor Graham no va a esperar mucho. Vendrá todas las semanas para ver si es verdad que vamos a casamos. El sábado... le dije que íbamos a casamos al mes que viene, pero me parece que no se lo creyó.
Poncho la hizo apoyar el rostro en su pecho otra vez porque, si continuaba mirándola, iba a besarla y per­dería el control.
—Lo sé. Haré lo que creas necesario que haga.
—¿Te casarás conmigo... por los niños?
—Sí.
Una expresión de inmensa felicidad iluminó el rostro de Dulce. Poncho deseó poder hacerla feliz siempre. No podía soportar  verla llorar.
— ¡Oh, Poncho, eres maravilloso!
—Sí —tan maravilloso como cualquier hombre que accediera a hacer lo que ella quisiera.
Sintió un profundo pánico al darse cuenta de lo que acababa de hacer y de cómo eso afectaría a su hija. Firmemente, se prometió hacer todo lo que estu­viera en su mano por proteger a su hija.
—¿Vamos a firmar un contrato? —preguntó él con la idea de definir aquel desafío que se le había presentado—. Quiero decir que si vamos a poner un tiempo límite.
La expresión feliz de Dulce desapareció y se apartó de él.
—Sí, por supuesto. Haremos el contrato que tú quieras —dijo ella; de repente, tensa y formal.
—¡Eh, no el contrato que yo quiera! Eres tú quien tiene millones. Yo tengo algo de dinero, pero ni re­motamente el que tú tienes.
Dulce volvió a acercársele y, de improviso, le acarició la mejilla.
—¿Estás tratando de protegerme?
—Alguien tiene que hacerlo —murmuró él cu­briéndole la mano.

Una sonrisa volvió a iluminar el rostro de Dulce.
—No creo que tengamos que firmar nada. Estoy segura de que no vas a intentar aprovecharte de mí.
— ¡Maldita sea! ¡Cómo es posible que seas tan inocente! Escucha, tienes que hablar con Abby y ex­plicarle lo que vamos a hacer. Ella te dirá, mejor que nadie, los pasos a seguir.
—Hablaré con ella —le aseguró Dulce aún son­riente.
El creciente deseo de saborearla de nuevo le indi­có a Poncho que había llegado la hora de volver a su casa.
—Tengo que acostarme ya. Mañana me espera un día duro.
—Está bien. Poncho... gracias por ser tan comprensi­vo.
—Sí, ya —respondió él, preguntándose si Dulce iba a acabar volviéndole loco de remate.


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Re: ~^~♥~^~♥ Siempre Junto A Ti ♥~^~♥~^~ Dulce Maria Y Poncho(Rancho Circle K02)

Al la mañana siguiente, muy temprano, Dulce llamó por teléfono a la casa principal del rancho.
—Ellen, necesito hablar con Abby. ¿Tendrá tiem­po de pasarse por aquí antes de ir a trabajar?
—Se lo preguntaré —contestó Ellen. En vez de la voz de Ellen, la de Abby fue la si­guiente que oyó.
—¿Ocurre algo?
—Sí, más o menos. Tengo que hablar contigo. ¿Tienes tiempo?
Abby era su hermana mayor; a veces, era algo au­toritaria, pero siempre dispuesta a ayudarla. No la sorprendió que Abby le prometiera ir a su casa en cuanto pudiera.
Lo que sí la sorprendió fue oír unos golpes en su puerta nada más colgar el teléfono. Abby no era tan rápida. . Al abrir, encontró a su hermana menor en el porche.
—¡Beth! Ya has vuelto.
—Sí, volvimos anoche —Beth entró y abrazó a su hermana—. He oído que han ocurrido bastantes co­sas desde que me marché.
—¿Qué has oído? —Dulce no quería darle más explicaciones de las necesarias.
—¿Que Abby tiene un encargado?
—Sí. Poncho Hanson. Creo que conoce a Jed.
—¿En serio? ¿Quieres decir que se conocen per­sonalmente?
—No estoy segura, pero Poncho sabe quién es. Creo que me dijo que se conocieron personalmente. Beth sacó del bolso su teléfono móvil.
—Vamos a preguntárselo —dijo Beth.
—Ven a la cocina mientras llamas, estoy prepa­rando café.
Beth la siguió a la cocina mientras murmuraba al teléfono. Después, le dijo:
—¿De dónde es?
—Del sur de Texas, aunque no sé de qué sitio exactamente.
Beth repitió las palabras de Dulce por el teléfo­no. Después de colgar, dijo:
—A Jed le parece recordarlo. Si es el hombre que cree que es, dice que el tal Poncho y su padre tenían un rancho al sur de Texas. Él y Jed son aproximadamen­te de la misma edad, y Poncho quería trabajar en los ro­deos, pero su padre se lo impidió.
—Sí, podría ser él. Y sí, es de la misma edad que Jed.
Algo en la forma de hablar debió alertar a su her­mana porque se acercó a ella y se la quedó mirando.
—¿Es guapo?
Dulce se humedeció los labios.
—¿Qué importancia tiene eso?
—No sé, depende de lo que estés pensando — Beth sonrió maliciosamente—. Pero has hablado como lo hacía yo cuando estaba atontada con Jed.
—¿Cuando estabas? —bromeó Dulce, esperan­do distraer a su hermana—. La última vez que os vi juntos no podías separarte de él.
—Exacto. ¿Te pasa a ti también?
— ¡No! Claro que no. Pero ha habido más cam­bios, ahora estoy a cargo de cinco niños.
Beth sabía lo que eso significaba para Dulce. Volvió a abrazar a su hermana y empezó a hacerle miles de preguntas sobre los niños.
Antes de que Dulce pudiera contestar a todas las preguntas, Abby entró en la cocina.
— ¡Beth! No sabía que habías vuelto.
Tras hablar del viaje de Beth y Jed, Abby se diri­gió a Dulce. Las tres estaban sentadas alrededor de la mesa de la cocina tomando café.
—Bueno, ¿qué era lo que querias decirme? Dulce bebió un sorbo de café y se aclaró la gar­ganta.
—Está bien, ahí va. Poncho y yo... Es decir, el señor Graham vino ayer a ver cómo estaban los niños. Abby frunció el ceño.
—¿Puede hacer eso?
—Puede hacer lo que quiera —contestó Dulce amargamente.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Beth.
—El señor Graham es de la opinión de que no debo encargarme de niños a menos que esté casada.
—En ese caso, ¿por qué te los dejó? —preguntó Beth.
Dulce intercambió una mirada con Abby. Tras un suspiro, admitió:
—Porque le dije que estaba prometida y que iba a casarme.
—¿Qué?
Abby lanzó una carcajada.
—Mi reacción fue la misma. La tranquila y res­ponsable Dulce mintiendo por los codos.
—Un momento —dijo Beth empequeñeciendo los ojos—. Has empezado diciendo que tú y Poncho... ¿Qué tiene él que ver con esto?
De repente, el rostro de Beth cambió de expresión y contestó a su propia pregunta.
—¿Le dijiste al señor Graham que estabais pro­metidos? Pero Dulce, si lleva aquí menos de dos semanas. ¡Dulce!
—Ya lo sé, pero... pero pasé un día entero con él en el centro comercial y se portó muy bien con Jessica y Mary Ann. Y luego, cuando el señor Graham me preguntó el nombre de mi prometido, se me escapó el nombre de Poncho.
Beth, atónita, se la quedó mirando.
Abby, sin embargo, quería hacer preguntas.
—Eso yo ya lo sabía. Ahora, lo que quiero saber es qué querías decirme. Eso era lo difícil.
—Poncho ha accedido a casarse conmigo. Tanto Abby como Beth se pusieron en pie.
—¿Te has vuelto loca? —preguntó Beth.
—Dulce, no es posible que hables en serio — añadió Abby.
Dulce no se movió del asiento.
—Es un buen hombre y está dispuesto a casarse conmigo para que me quede con los niños. Voy a ca­sarme con él.
Sus hermanas se la quedaron mirando sin saber qué decir. Por fin, Abby, volvió a sentarse.
—¿Qué quieres que hagamos?
Sus hermanas siempre habían sido sus mejores amigas. Dulce estrechó la mano de Abby. Beth le agarró la otra mano.
Poncho trabajó con desesperación aquel día, era la única forma de evitar pensar. La única  forma de con­trolar el pánico que sentía.
Abby se reunió con él a las cinco de la tarde. Él tenía la intención de seguir trabajando unas horas más, pero ella le ordenó que volviera a su casa.
—Es demasiado temprano —protestó Poncho.
—Agradezco tu dedicación, pero vamos a cenar juntos esta noche para celebrar la vuelta de Beth y Jed.
—En ese caso, si quieres que haga lo que tú tienes que hacer, dime lo que es.
—No, Poncho. Lo que quiero es que vuelvas a tu casa para que te dé tiempo a ducharte y a prepararte para la cena. Vamos a cenar en casa de Dulce a las seis y media.
—¿Vamos a ir todos? —preguntó él sorprendido. Abby tenía buenas relaciones con los que trabajaban para ella pero no esperaba que fuera tan amistosa.
—No, solo la familia.
De repente, Poncho se dio cuenta de que Abby debía haberse enterado de lo del matrimonio.
—Dulce te lo ha dicho.
      —Sí.
—Abby, te aseguro que intenté quitárselo de la cabeza.
—Lo sé, Poncho. No te preocupes por eso.
—¿Le has dicho que tiene que hacerme firmar un contrato prematrimonial? —Poncho quería asegurarse de que Dulce había hablado de ese asunto con su hermana.
—No. Me ha dicho que te casas con ella por ha­cerle un favor. Me ha dicho que sería un insulto ha­certe firmar nada.
— ¡Maldita sea, Abby, alguien tiene que hacerla entrar en razón!
Abby se echó a refr.
—Dulce toma sus propias decisiones, Poncho. Si quieres, hazla entrar en razón tú. A las seis y media, no lo olvides.
Una hora más tarde, con el cabello mojado de la ducha, vestido con pantalones vaqueros y una cami­sa, Poncho se dirigió a casa de Dulce.
Wayne le abrió la puerta.
—Entra. Dulce está en la cocina.
—Gracias. ¿Estáis todos los niños...?
—Terri está ayudando a preparar la cena y yo es­toy al cuidado de los pequeñajos —respondió el chi­co, pero inmediatamente se dio cuenta de que había utilizado una terminología errónea—. Quiero decir, de los pequeños.
Poncho sonrió.
—Estupendo.
Al entrar en la cocina, Terri y Dulce le saluda­ron, y él asintió con la cabeza.
— ¡Papá! —protestó su hija—. Esa no es forma de saludar a tu novia.
La niña se le acercó y le empujó hacia Dulce.
Poncho no sabía qué hacer. Sabía lo que su hija espe­raba que hiciera, pero no sabía qué era lo que Dulce  quería.
Como si se hubiera dado cuenta de su dilema, Dulce dio un paso hacia él y lo abrazó.
Poncho la estrechó contra sí y dejó satisfecha a Terri, también dejó satisfecho el deseo contra el que lleva­ba  luchando todo el día.


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Re: ~^~♥~^~♥ Siempre Junto A Ti ♥~^~♥~^~ Dulce Maria Y Poncho(Rancho Circle K02)

Capítulo o  7        
  Dulce no supo cuánto tiempo pasó en los brazos de Poncho. No el suficiente. Pero nunca sería suficiente. Se separaron cuando Terri saludó a alguien.
Dulce, devorando con los ojos a Poncho, tragó sali­va. ¿Qué demonios le ocurría? Aquel matrimonio iba a ser ficticio...
Era lo que Poncho quería.
—Supongo que no necesitáis ayuda en la cocina—comentó Beth con una carcajada.
Dulce fue a abrazar a su hermana y luego a Jed, que estaba al lado de Beth.
—No, lo tenemos todo bajo control.
«Excepto mi libido».
—Jed, te presento a Poncho Hanson y a su hija Terri. Poncho, este es  Jed  Davis, mi cuñado. Ah, y esta es  Beth.
Aunque aún estaba sonrojado, Poncho se acercó para estrecharles la mano a Jed y a Beth.
—Me parece que nos conocemos —dijo Jed con una sonrisa. Jed sonreía mucho últimamente—. Pero cuando te conocí, está jovencita aún no estaba en el mundo.
Poncho colocó un brazo alrededor de los hombros de su hija.
—No. Pero es lo mejor que he hecho en mi vida.
— ¡Papá! —protestó Terri, aunque sonriendo. Los hombres se sonrieron.
—He seguido tu carrera profesional de cerca — comentó Poncho—. Has tenido mucho éxito.
—Gracias. Es extraño que hayamos acabado en el mismo sitio, ¿verdad? ¿Qué tal está tu padre?
Dulce intervino antes de que Poncho pudiera con­testar.
—Terri, sírveles dos vasos de té con hielo para que puedan charlar en el porche. Salid si queréis, Te­rri os llevará el té.
Poncho le lanzó una extraña mirada, pero ambos hombres se marcharon de la cocina. Tan pronto como hubieron salido, Dulce llenó un cuenco con patatas fritas y lo puso en una bandeja.
—¿Puedes poner el té en la bandeja y llevárselo al porche, Terri?
—Sí, claro.
—Estupendo. Supongo que tienen hambre. Con esto se entretendrán hasta la cena.
Terri salió de la cocina, dejando a Beth y a Dulce solas.
—Por lo que he visto, me parece que Poncho ya está satisfecho.
—¡Beth!
—Bueno, no parecía descontento. ¿Creía que lo de vuestro  matrimonio era solo en papel?
       —Y lo es, pero Terri cree que es de verdad. Ella le ha empujado hacia mí y...
—Podrías contratarla.
—¡Beth, para!
—¿Todo bien por aquí? —preguntó Abby desde la puerta.
—Abby, entra —dijo Dulce—. Beth estaba to­mándome el pelo.
—Solo porque, cuando he entrado, he encontrado a Dulce y a Poncho con los labios pegados y la tem­peratura aumentando por momentos.
Abby agarró una patata frita de la bolsa que Dulce había dejado encima de un mostrador de la cocina
—Tú debes saberlo, Beth, eres una experta. Me parece que, durante un tiempo, tenías al pobre Jed del revés.
A Dulce le gustó ver enrojecer a su hermana Beth.
—¿A ti tampoco te vendría mal buscarte a alguien, Abby —comentó Beth—. No puedes pasar todo el tiempo entre vacas.
—Si quiero obtener beneficios este año será me­jor que me centre en las vacas. El mercado está enlo­quecido.
Dulce lanzó un suspiro de alivio al ver que la conversación empezaba a ir por otros derroteros.
Poncho lo pasó bien charlando con Jed, ambos tenían mucho en común. Y cuando Jed le contó que estaba buscando unos broncos para entrenar para rodeos, a él se le ocurrieron varios que había visto en el ran­cho, en el Circle K.
Tras hacerle unas preguntas sobre esos caballos, Jed pareció satisfecho. La conversación pasó a versar sobre las características de los animales apropiados para los rodeos, lo que hizo que a  Jed se le ocurriera una idea que decidió consultar con Abby cuando tu­viera  ocasión.
—La cena está lista —anunció Abby desde la puerta.
Los dos se levantaron y entraron en la casa. Con once sentados a la mesa, seis de ellos niños, no nece­sitaron que les guiaran hasta el comedor. El ruido era un perfecto guía. Dulce les estaba diciendo a los ni­ños dónde tenían que sentarse. Poncho interceptó su mi­rada y arqueó una ceja, esperando a que le indicara su  sitio.
Ella le sonrió y le indicó la cabecera de la mesa, el puesto tradicional del cabeza de familia.
Poncho se quedó helado. El significado de su lugar le sobrecogió. ¿Qué estaba haciendo? Sin embargo, to­dos los adultos estaban enterados y eran participantes del engaño.
Abby, que estaba a su lado, le agarró del brazo y tiró de él hasta su asiento como si hubiera compren­dido su aprensión.
Pronto se encontraron todos pasándose bandejas y charlando. Las tres mujeres ayudaron a los chicos a servirse. Terri, sentada entre Jessica y Mary Ann, también  ayudó.
Poncho se dio cuenta de que nunca había visto a su hija tan contenta. Con sorpresa, se dio cuenta de que él también estaba contento, a pesar de la frustración que sentía al no poder tocar a la mujer que ocupaba el lugar opuesto al suyo en la mesa.
Miró a Dulce. Ella captó su mirada y le sonrió, fue una sonrisa que le hizo desear agarrarla en sus brazos y subir al piso de arriba para tumbarla en la primera cama que encontrara.
No era una buena idea.
-Oye, Abby, Poncho ha dicho que tienes un par de caballos que servirían para entrenar para el rodeo — comentó Jed—. ¿Estarías interesada en vender?
Abby miró a Jed y luego a Poncho.
—¿Nos interesa? Poncho le aseguró que sí.
—Está bien, hablaremos de ello después de la cena —contestó Abby sonriendo a ambos  hombres.
Jed, satisfecho, asintió.
Poncho sabía que preparar toros para tos rodeos era negocio, pero a él le interesaban los caballos. Se pre­guntó si a Abby le interesaría diversificar el negocio y entrenar a caballos para rodeos. Esa noche, iba a utilizar el ordenador de Terri para ver qué informa­ción podía encontrar en internet.
Cuando llegó la hora de los postres, las mujeres se retiraron a la cocina y volvieron con una enorme tarta de chocolate.
Beth volvió a su lugar, al lado Jed.
—Antes de empezar a tomar el postre, Jed y yo queremos daros una noticia.
—¿Una noticia? ¿Qué noticia? —preguntó Dulce  con  curiosidad.
Beth lanzó a su marido una mirada llena de amor, y Poncho tuvo qué apartar el rostro de ellos para evitar que la envidia le invadiera.
—Vamos a tener un niño —declaró Beth feliz.
Se formó una algarabía. Dulce y Abby se acer­caron a Beth y a Jed para abrazarlos. Transcurrieron unos minutos hasta que todos se calmaron; entonces, Dulce empezó a servir la tarta.
—Cuando venga el niño nuevo, ¿vamos a tener que marchamos? —preguntó Jessica con voz temblorosa. Dulce dejó el cuchillo y se sentó de nuevo.
—Jessica, ¿por qué preguntas eso?
—Porque es por eso por lo que papá y mamá nos dejaron. Papá dijo que no había sitio para un maldito niño más y que tenía que deshacerse de nosotras. Y eso hizo.
A Poncho se le encogió el corazón.
Dulce se arrodilló delante de la niña y la abrazó; después, abrazó a Mary Ann.
—No, mi cielo, no va a pasar nada de eso. Beth tie­ne su casa. Además, aquí tenemos sitio para todos, siempre habrá un sitio para vosotras, para vosotras dos.
Beth sonrió.
—Lo único que va a pasar es que vais a tener un primo —dijo Beth mirando a las niñas con una sonri­sa—. ¿Habéis tenido alguna vez un primo?
Las dos pequeñas negaron con la cabeza.
—Bueno, pues es casi como un hermano, solo que vive en otra casa. Ya veréis, os gustará.
— ¡Eh! —exclamó Terri con una enorme sonri­sa— . Yo también voy a tener un primo porque, cuan­do papá se case con Dulce, tú serás mi tía.
—Exacto —respondió Beth—. Y me alegro, por­que así tendré  niñera.
Todos sonrieron, menos Poncho. Por supuesto, se alegraba por Beth y Jed. A él mismo no le importaría tener más niños, pero para eso necesitaba una esposa. Una esposa de verdad.


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Re: ~^~♥~^~♥ Siempre Junto A Ti ♥~^~♥~^~ Dulce Maria Y Poncho(Rancho Circle K02)

Al día siguiente, Poncho no dejó de pensar en los problemas que aquella boda ficticia les podía presentar. Por fin, mientras cabalgaba de vuelta a la casa, decidió que, al menos, Wayne y Terri debían enterar­se de la verdad.
Eran suficiente mayores para comprender la situa­ción.
Después de llevar al caballo al establo, se dirigió a su casa. Con un suspiro, notó que no había luces encendidas. ¿Se suponía que tenía que ir a casa de Dulce todas las tardes?
Tampoco encontró ninguna nota, ni comida. La idea de los guisos de Dulce fue suficiente para diri­girse a su casa, aunque no hubiera tenido que ir para hablar con ella.
Eran las ocho cuando acabó de ducharse y em­prendió el camino a casa de Dulce. Pero, al encon­trarse a Wayne en el porche, solo, con la cabeza ocul­ta entre los brazos, se vio obligado a cambiar sus planes.
Sin decir nada, Poncho se sentó al lado del chico.
Los sollozos Wayne se acallaron cuando se dio cuenta de que no estaba solo. Rápidamente, se secó las lágrimas y. murmuró:
—Se me ha metido algo en los ojos — explicó el chico, pero  no  miró a Poncho.
—Sí, eso solía pasarme a mí cuando mi madre murió.
Wayne se sonó la nariz.
—Apuesto a que eras más pequeño que yo.
—Un poco, pero la edad da igual. Cuando se muere alguien a quien quieres es muy duro.
—Sí.
—¿Ha ocurrido algo en especial que te haya he­cho entristecer?
Tras un prolongado silencio, Wayne contestó:
—Ha sido una tontería. Poncho esperó.
—Susie le ha llamado mamá a Dulce. Poncho reflexionó antes de contestar.
—Es muy pequeña.
—Sí, ya lo sé. Pero, cuando menos lo espere, Billy te va a llamar papá y no se... —otro sollozo es­capó de la garganta del chico.
—¿Y no se van a acordar de tus padres? Claro que se acordarán. Se trata solo de una forma de so­portar lo que les ha pasado. Es como llorar, ayuda bastante.
Poncho pensó que no debía haber acertado con su su­posición, porque Wayne no respondió. Fue entonces cuando lo comprendió.
—¿Estás preocupado porque crees que ya no te necesitarán? ¿Es eso?
Wayne apartó la mirada de Poncho.
—Sé que es egoísta, pero he hecho lo que he po­dido. No puedo...
Poncho le pasó un brazo al chico por los hombros.
—Hijo, has estado maravilloso con tus hermanos. Terri me ha contado que los abrazas cuando lloran. Has tratado de ser una madre y un padre para ellos. Nadie podría decir jamás que no te has portado excepcionalmente. Tus hermanos siempre te necesita­rán, eres su hermano mayor. Y si encontraran a dos adultos que pudieran hacer las veces de padres, eso solo significaría que tú puedes volver a ser lo que eres; un hermano mayor sumamente especial.
—No quiero decepcionar a mi padre ni a mi ma­dre —declaró Wayne con voz ahogada.
—Ni se te ocurra pensarlo. Seguro que están ahí arriba presumiendo de ti delante de todos los ángeles.
Wayne bajó la cabeza y se quedó callado durante varios minutos. Después miró a Poncho.
—¿Lo dices en serio? —preguntó, aún con voz temblorosa.
—Lo sé. Porque si fueras mi hijo estaría a reven­tar de orgullo.
, Unas lágrimas corrieron por las mejillas de Way­ne, pero sonrió por fin.
—Gracias, Poncho.
—De nada, hijo.
—¿Crees que podremos quedarnos aquí? —pre­guntó Wayne.
Poncho notó ansiedad en su voz.
—Creo que Dulce va a luchar con uñas y dien­tes para que a nadie se le ocurra ni siquiera pensar en llevaros a ningún sitio.
Wayne lanzó una queda carcajada.
—Sí, tiene su genio, ¿verdad?
—Sí, lo tiene.
Continuaron sentados varios minutos, Poncho seguía con el brazo sobre los hombros del chico. Por fin, su estómago protestó.
—Lo siento» Wayne, pero tengo un hambre de muerte.
—Será mejor que entres. Dulce te ha dejado co­mida aparte, la cena estaba buenísima.
—¿Y tu, no vas a entrar? —preguntó Poncho mien­tras se levantaba.
—Sí, pero dentro de un momento. Poncho se quedó mirando al chico.
—A propósito, no estoy seguro, pero creo que se me ha olvidado cerrar la puerta del cobertizo de las herramientas. ¿Te importaría acercarte a ver si está cerrada o no? Tengo tanta hambre que...
Wayne ya estaba en pie.
—Ahora mismo voy. Ah, quería preguntarte si podría ayudar en algo, pero no sabía si...
—Has trabajado en el rancho, con tu padre, ¿ver­dad?
—Sí, y eso también me preocupa.
—Cuando vuelvas del cobertizo, hablaremos de lo que puedes hacer por aquí. Y también hablaremos con Dulce para ver qué hay que hacer respecto a tu rancho.
Wayne enderezó los hombros y volvió a sonreír.
—Gracias, Poncho. Volveré en un momento.
Poncho se acababa de dar cuenta de que el chico ne­cesitaba algo que hacer y se sintió mal por no haber pensado antes en ello, había estado demasiado ocu­pado pensando en Dulce. Pero Wayne había sufrido una tragedia que había transformado su vida, y nece­sitaba hacer algo que le hiciera sentirse mejor.
Poncho se volvió y llamó a la puerta. Fue Terri quien le abrió.
—Estábamos preocupadas por ti —dijo la  niña, poniéndose de puntillas para mirar a espaldas de su padre.
—¿En serio? —preguntó él burlonamente.
—Sí, es tarde.
Poncho se quedó mirando a su hija.
—¿Estás mirando por si alguien me ha seguido?
— ¡Oh! No, pero Wayne estaba... creíamos que es­taba ahí fuera. Parecía preocupado... —Terri se inte­rrumpió y encogió los hombros—. Estaba preocupa­da por él.
Poncho venció la tentación de volver a gastarle una broma.
—Está bien. Le he mandado a un recado.
      —Ah. Bueno, entra.
En vez de esperar a que entrara su padre, Terri fue a la cocina a contarle a Dulce lo que estaba hacien­do Wayne.
Cuando Poncho entró en la cocina, Dulce estaba sa­cando un plato del homo.
—Debes estar muerto de hambre. ¿Qué quieres beber? —le preguntó ella con una sonrisa que le des­hizo.
—Agua con hielo.
—Está bien. Luego te prepararé un café descafeinado —Dulce miró a Terri—. Terri acaba de decir­me que has mandado a Wayne a hacer un recado. No ocurre nada malo, ¿verdad?
—No estoy seguro de haber cerrado el cobertizo de las herramientas y le he mandado a verlo. Un chi­co muy atento.
—Sí, lo es. Terri, ¿por qué no vas a hacer compa­ñía a Billy hasta que Wayne vuelva? Puede que se sienta solo.
Como Poncho sabía que ocurriría, Terri inmedia­tamente siguió la sugerencia de Dulce y salió de la cocina.
—¿Están las pequeñas acostadas?
—Sí. Han jugado mucho hoy. Dime la verdad, ¿está bien Wayne? —Dulce se sentó a la mesa para hacerle compañía.
—Sí, está bien. Pero tenemos que hablar, hay que organizar  tareas  para él.
—Todavía no. Hace muy poco tiempo de lo de sus padres.
—Ya ha pasado casi una semana, Dulce —dijo él con voz queda—. El chico necesita sentirse útil. Necesita sentir que la vida sigue su curso.
—¿Es eso lo que...? —Dulce se interrumpió un momento—. Oh, Dios mío, no lo había comprendido. Quizá tenga razón el señor Graham, es posible que yo no entienda bien a los chicos. Debería haberme dado cuenta de ello.
Dulce se levantó de la silla y empezó a pasearse por la cocina.
—De repente, le vi estallar y salir de casa. No sabía qué hacer. Decidí esperar, dejarle que volviera por su propia voluntad, pero estaba muy asustada.
Poncho no pudo soportarlo más. Se levantó y la es­trechó en sus brazos.
Acariciándole el cabello, Poncho le susurró:
—Sss, Dulce, no seas tonta. Has hecho lo que tenías que hacer, no pasa nada. El chico está bien.
—Oh, Poncho, estaba muy asustada. Creía que, con cariño, todo se arreglaba.
—El cariño es lo que más necesitan esos chicos ahora.
—Pero ni siquiera sé qué es lo que le ha disgusta­do.
—Eso te lo puedo decir yo. Dulce se apartó de él.
—¿Lo sabes tú? ¿Has hablado con él?
—Sí, he hablado con él. Lo que le ha pasado es que Susie te ha llamado mamá.
—Bueno, sí, pero ha sido un accidente. No com­prendo cómo...
—Wayne ha estado haciendo las veces de madre y padre de sus hermanos. Cuando Susie te ha llamado mamá, él se ha sentido como si hubiera traicionado a sus padres.
Dulce volvió a abrazarse a él.
—Vamos, Dulce, no llores. Sabes lo mucho que me afectan las lágrimas —bromeó Poncho—. Si lloras, no te puedo negar  nada.
Dulce lanzó una queda y temblorosa carcajada. Él le besó la sien y luego lanzó un dramático suspiro.
—No quiero  parecer  un quejica, pero... ¿crees que podría cenar antes de desayunar  mañana?


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Re: ~^~♥~^~♥ Siempre Junto A Ti ♥~^~♥~^~ Dulce Maria Y Poncho(Rancho Circle K02)

Capítulo 8
A LA mañana siguiente, Dulce, no podía dejar de mirar a Poncho. Había insistido en que fuera a su casa a desayunar como recompensa por lo bien que había manejado la situación con Wayne. No solo había consolado a Wayne antes de cenar, sino que después, con Abby, con Wayne y con ella, había discutido la situación. Había demostrado gran senti­do común e imaginación a la hora de lanzar ideas so­bre la forma de manejar el rancho de la familia de Wayne. Aquella mañana, iba a llevar a Wayne a su rancho.
Volvía a ser un hombre perfecto.
—¿Por qué yo no puedo ir también? —preguntó Billy, atrayendo la atención de todos.
—Porque va a ser un día de mucho trabajo y poca diversión —Poncho sonrió al niño—. Además, sin Way­ne y sin mí por aquí, alguien va a tener que quedarse al cuidado de las chicas.
       — ¡Eh! —protestó Terri. Dulce arqueó las cejas.
—Estoy de acuerdo con Terri, nosotros podemos arreglárnoslas solas perfectamente.
Poncho se acercó a Billy y le dijo en tono confiden­cial:
—Siempre dicen eso, pero cuando ven un animal por la casa, como, por ejemplo, una araña...
— ¡Las arañas son bonitas! —protestó Billy.
—Por eso es precisamente por lo que queremos que te quedes con ellas. A las chicas les asustan.
—De eso no te quepa la menor duda —susurró Dulce al pasar al lado de Poncho de camino al fregade­ro.
Él le sonrió maliciosamente, lo que le hizo pare­cer aún más guapo si cabía, antes de volver su aten­ción de nuevo a Billy.
—Dentro de unos días volveremos a tu rancho y tú también vendrás. Pero hoy, Wayne y yo tenemos mucho que hacer allí.
Dulce notó la expresión decidida de Wayne. Se lo veía satisfecho, al contrario que durante los dos úl­timos días. Poncho había estado en lo cierto al decir que Wayne necesitaba hacer algo, sentirse útil. Y ahora también le estaba dando a Billy una tarea; matar ara­ñas para proteger a las chicas.
—¿Cuándo va a hablar Abby con el abogado? Poncho miró a Dulce, esperando respuesta.
—Ha dicho que iba a llamarlo hoy por la mañana. De todos modos, va a hacer que nuestro abogado pre­pare los papeles de la empresa.
La noche anterior, Poncho había sugerido que el rancho Prine y el Circle K formaran una empresa que proporcionara ganado para los rodeos. Podían utilizar el terreno del rancho Prine y pagar un alqui­ler, a mitad de precio de mercado, que depositarían en una cuenta a nombre de los tres hermanos huér­fanos. De esa manera, mantendrían el rancho hasta que los chicos fueran mayores y decidieran qué ha­cer con él.
Abby se había mostrado de acuerdo, pero insistió que hubiera un tercer socio, Poncho. Wayne accedió, y Poncho, con cierta reluctancia, aceptó la oferta; al fin y al cabo, él pondría la experiencia y gran conocimien­to del negocio. Sabía que podía encargarse de eso sin perjudicar su trabajo en el Circle K.
Así pues, en una tarde, Poncho había solucionado va­rios problemas.
Dulce se sentía muy afortunada.
—Bueno, Wayne, ¿listo? Le hemos dicho a Duffy que estaríamos allí a eso de las ocho —le recordó Poncho.
El chico se levantó de la mesa y llevó el plato de su desayuno al fregadero.
—Un momento, voy a por mi sombrero.
—Papá —dijo Terri cuando Wayne se marchó.
—¿Sí?
—Se me ha ocurrido un nombre para la empresa.
—¿Qué nombre se te ha ocurrido? —le preguntó Dulce.
—ProRide —contestó Terri mirando a su padre y a Dulce—. Con la P y la R en mayúsculas, las de­más letras minúsculas.
—Me gusta —respondió Dulce inmediatamente.
—A mí también —dijo Poncho sonriendo—. Buen trabajo, Terri.
Wayne volvió a la cocina.
—¿Qué ha hecho Terri? —preguntó el chico.
     —Se le ha ocurrido un nombre para nuestra em­presa —contestó Poncho.
Dulce advirtió la tímida mirada que Terri lanzó a Wayne. Terri deseaba la aprobación de Wayne más que la  de  su  padre.
—Eh, es un nombre estupendo —dijo Wayne cuando lo oyó—. Me gusta, es corto. ¿Creéis que le gustará  a  Abby?
—Le va a encantar —les aseguró Dulce—. Des­pués de que os vayáis, Terri y yo la llamaremos para decírselo y también para ver si ha hablado con los abogados.
—En ese caso, será mejor que nos pongamos en marcha —dijo Poncho mientras llevaba su plato al fregadero.
Poncho notó la angustia de Wayne cuando entró con el coche en el camino que llevaba a la propiedad de su familia.
—Tu padre sabía llevar el rancho —comentó Poncho en tono casual—. Se ve que está muy cuidado.
—Sí —respondió Wayne aclarándose la gargan­ta— . Trabajaba mucho.
—Supongo que tendremos que contratar a varios hombres para poder llevar a cabo todo el trabajo que tenemos que realizar aquí y en el Circle K. ¿Plantó tu padre paja para el invierno?
—Sí, tenemos un campo bastante grande de paja —contestó Wayne—. La última vez que pasé por ahí estaba en muy buenas condiciones.
—Podemos hacer con la paja lo mismo que con el alquiler, pagar la mitad del precio del mercado y me­ter el dinero en vuestra cuenta.
Wayne lanzó un suspiro, parecía más tranquilo.
—Poncho, estaba preocupado por cómo íbamos a mantenernos mis hermanos y yo, tú has hecho que todo parezca muy fácil.
A Poncho se le encogió el corazón al ver que aquel chico estaba tratando de hacer el trabajo de un hom­bre.
—A lo mejor no dices éso dentro de unos días — bromeó Poncho—. Vas a trabajar de lo lindo. Ya verás como vas a estallar de alegría cuando empiece el co­legio.
—Sería la primera vez —dijo Wayne—. La gra­mática no se me da nada bien.
—En ese caso sé simpático con Terri; siempre saca sobresaliente. Te ayudará con la gramática, ya verás.
Wayne le lanzó una mirada. En ese momento lle­garon a la casa. Era hora de ponerse a trabajar.
Cuando regresaron a casa de Dulce a la hora de la cena aquella noche, Poncho se sentía satisfecho. Habí­an solucionado muchos problemas y también estaba entusiasmado con las posibilidades de su nueva em­presa. Sabía que Wayne estaba mucho más contento. Todo era perfecto.
Excepto su noviazgo.
Poncho paró la furgoneta delante de la casa de Dulce para que Wayne saliera.
—¿No entras tú también? — preguntó el chico.
—Volveré dentro de unos minutos, antes quiero ir a ver un par de caballos en el establo y también la­varme un poco.
—¿Quieres que vaya contigo a ayudarte?
Poncho agradeció el ofrecimiento.
—No, gracias hijo, no me va a llevar nada de tiempo. Ahora lo que tienes que hacer es ver cómo están tus hermanos.
—Sí, gracias.
Cuando al fin se encontró solo, Poncho pudo volver a pensar en su verdadero problema. Dulce. O, mejor dicho, lo que él sentía por Dulce, que cada minuto que pasaba era más intenso y también inapropiado.
Quizá pudieran prolongar su noviazgo un poco más, eso les daría tiempo para buscar una salida.
Sí, hablaría con Dulce de ello esa misma noche. Entre los dos, podrían pensar en algo que hiciera al señor Graham mostrarse un poco más paciente.
—¿Estás seguro de que ha dicho que va a volver? —volvió a preguntarle Dulce a Wayne.
Había dado la cena ya a los pequeños. Terri había esperado a Wayne para cenar con él.
—Así, si yo ceno con Wayne, tú y papá podréis cenar solos tranquilamente —le había dicho Terri.
Dulce no protestó, ya que lo que había ocurrido aquel día hacía absolutamente necesario que hablara con Poncho.
Sin discutirlo con él había fijado la fecha de la boda.
Dulce lo vio llegar y abrió la puerta sin darle oportunidad a llamar.
—Vaya, buenas noches —dijo él sonriente.
—Buenas noches.
Dulce le devolvió el beso que él le había dado aquella mañana. Breve, más breve de lo que le habría gustado.
JÉ*
—Wayne ha dicho que habéis hecho un montón de cosas hoy —añadió Dulce con voz ronca.
Se estaba comportando como una adolescente, pensó Dulce, asqueada de sí misma.
Poncho se aclaró la garganta.
—Sí.
—¿Tienes hambre? He preparado pastel de carne. El sonido de ligeras pisadas le hizo volver la ca­beza, eran las tres pequeñas seguidas de Billy.
—He matado a todos los insectos —le informó Billy hinchando el pecho.
—Como todo un hombre —dijo Poncho con una son­risa.
—Hemos sido buenas —le dijo Jessica. Poncho se agachó delante de la niña.


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Re: ~^~♥~^~♥ Siempre Junto A Ti ♥~^~♥~^~ Dulce Maria Y Poncho(Rancho Circle K02)

—No me cabe ninguna duda. Yo también he sido bueno. ¿Me vais a dar un abrazo por haber sido bueno?
Las tres niñas se arrojaron a sus brazos. Entre car­cajadas, él las levantó y les dio unas vueltas antes de volverlas a dejar en el suelo.
Mary Ann, aún muy callada, le sonrió y le puso una mano en la mejilla. Las otras dos niñas rieron; pero Billy, con los ojos muy abiertos, se había queda­do a un lado.
Poncho se levantó y se dirigió al niño:
—Yo no discrimino —le dijo Poncho a Billy.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Billy acer­cándose a Poncho.
—Quiere decir que tú también te has ganado un abrazo —tras esas palabras, Poncho abrazó al niño.
Dulce contuvo las lágrimas. Ella se había dado cuenta de que Billy se había sentido marginado, pero no había esperado que Poncho lo hubiera notado. Evi­dentemente le había subestimado.
    — ¡Otra vez, otra vez! —gritó Susie.
Poncho repitió la ronda de abrazos, pero Dulce sa­bía que debía estar cansado y hambriento. Y aún no se había enterado de lo que ella había hecho.
—Bueno, ya está bien. Cuando estéis todos en la cama, Poncho irá a daros un beso de buenas noches. Va­mos, todos arriba. Yo iré enseguida a prepararos los baños.
Billy, Jessica y Susie empezaron a subir las escaleras: Mary Ann, sin embargo, se quedó al lado de Poncho, agarrándole los pantalones.
—¿Qué te pasa, cielo? —le preguntó él, volvien­do a agacharse.
La niña le rodeó el cuello con los brazos y le su­surró:
—Te quiero —inmediatamente después salió co­rriendo escaleras arriba. Poncho enrojeció.
—Poncho, eso ha sido maravilloso —le dijo Dulce, encantada.
—¿El qué? —preguntó él con el ceño fruncido.
—Mary Ann casi no habla y tanto a ella como a su hermana les asustan los hombres. Pero tú te has ganado su confianza.
Poncho encogió los hombros.
—Es fácil querer a los niños.
Dulce sintió deseos de decir que ella también era fácil de querer, pero Poncho ya le había dicho que no quería enamorarse.
—Vamos, voy a ponerte la cena en la mesa antes de subir a bañar a los niños. Terri y Wayne están ce­nando, así que te harán compañía.
Cuando le hubo puesto la cena, Dulce corrió es­caleras arriba, contenta de tener un rato más antes de darle la noticia. No estaba segura de la reacción de Poncho cuando se enterase.

Poncho disfrutó de la deliciosa cena, y el apetito de Wayne rivalizó con el suyo.
Por primera vez desde que conociera a los hijos de Prine, vio a Wayne hablar como un niño, charlar del colegio con Terri.
Por fin, Dulce regresó a la cocina.
—Vaya, parecéis satisfechos todos.
Poncho paseó la mirada por el cuerpo de aquella mu­jer. De repente, le pareció que nunca la había visto tan bonita.
Sus miradas se encontraron; él rápidamente bajó los ojos y agarró otra pasta de las que ella había pre­parado.
—No es de extrañar que uno se sienta satisfecho con pastas así. Están buenísimas.
—Así que la forma de ganarse el corazón de un hombre es con pastas, ¿eh? —bromeó Dulce.
¿Qué se podía contestar a eso? Ella ya se había ganado su corazón aunque no lo quisiera.
—Sí, claro.
—Los pequeños están esperándote para que subas a darles un beso de buenas noches, si no te importa. Luego te podrás terminar las pastas.
—Está  bien.
Poncho se levantó, encantado de poner distancia en­tre él y Dulce.
Cuando volvió al cabo de unos minutos, encontró a Dulce esperándolo a solas en la cocina.
—¿Dónde están Terri y Wayne?
—Están viendo la televisión, aunque no creo que Wayne dure mucho despierto. Debe haber pasado el día trabajando.
—Sí, es verdad. Además, ha sido duro para el chi­co volver a su casa por primera vez después de la tra­gedia. Pero se ha portado como un hombre.
—Tú has debido ayudarle. Anoche, me impresio­nó la forma en que te acercaste a él. Además de eso has encontrado la solución para conservar su rancho, hacerles ganar dinero y, por si fuera poco, tener tú también un negocio.
—Sí. Y hoy se me ha ocurrido otra idea.
Poncho frunció el ceño al verla, de repente, retraída.
—¿Dulce?
—Sí, ¿qué?
—Se me ha ocurrido que podríamos vallar la zona alrededor de la casa del rancho Prine y alquilarla. El alquiler iría a la cuenta de los chicos y los inquilinos mantendrían la casa en buen estado; de quedarse va­cía acabará siendo una ruina.
—Es una buena idea. Por supuesto, tendremos que hablarlo con los chicos y con el abogado, pero no veo ningún problema.
—A menos que los chicos vayan a vivir allí con alguien que les cuide —comentó él, aunque sabía que Dulce se opondría.
—¡No!
—No he querido decir que sea la mejor idea, solo lo he comentado a modo de opción.
—No. Susie y Billy necesitan... una madre, son demasiado pequeños.
Poncho asintió; después agarró otra pasta.
—Dentro de poco va a ser el Cuatro de Julio. Poncho se la quedó mirando.
—¿Y?
—Aquí se celebra mucho.
—Estupendo.
—Todo el mundo se toma vacaciones ese día, na­die trabaja —dijo Dulce acercándose al fregadero y quedándose de espaldas a él.
—Está bien, ¿qué pasa? —preguntó Poncho por fin. Dulce se volvió de cara a él.
— ¡Nada! Bueno, casi nada. Verás... el señor Graham ha vuelto aquí hoy.
—¿Y?
—Le ha gustado que Wayne estuviera contigo.
—Muy bien.
¿Qué querría ahora ese hombre?, se preguntó Poncho al ver a Dulce frotándose los dedos de las manos con gesto nervioso.
—Le he dicho que vamos a casamos el Cuatro de Julio.


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Re: ~^~♥~^~♥ Siempre Junto A Ti ♥~^~♥~^~ Dulce Maria Y Poncho(Rancho Circle K02)

Capítulo 9
El Cuatro de Julio caía en lunes. Faltaban me­nos de dos semanas para el Cuatro de Julio. —Sé que debería habértelo consultado antes, pero me estaba presionando para darle una fecha — se apresuró ella a decir—. En ese momento, me pare­ció una buena idea.
—Cielo, ¿estás segura de que quieres seguir ade­lante con esto? Solo hace un par de semanas que me conoces?
—¿Te estás echando atrás? —preguntó ella alar­mada.
—No, no es eso. Pero se nos van a presentar pro­blemas a los que no hemos prestado ninguna consi­deración.
—¿Como qué?
—Como, por ejemplo, cuánto tiempo vamos a te­ner que pasar fingiendo. Y cómo vamos a explicárse­lo todo a Terri... y a los demás.
Dulce se acercó a la ventana y miró a la oscuri­dad.
—¿Quieres un límite de tiempo?
Poncho la siguió, incapaz de permanecer separado de ella. Le puso las manos en los hombros y la hizo apo­yar la espalda en su pecho.
—Dulce, estoy tratando de ser práctico. Llegará el día en el que quieras un matrimonio de verdad y tener tus propios hijos. Lo entiendo, pero tengo que proteger a Terri.
Dulce se volvió de cara a él y se lo quedó mi­rando.
—¿Protegerla de qué?
—De sufrir. Mi hija te adora. ¿Cómo crees que se va a sentir cuando se entere de que lo nuestro es un engaño, de que tiene que dejar de formar parte de tu familia? ¿Como se va a sentir cuando pierda a otra madre?
Dulce lo miró con fiereza.
— ¡Terri jamás me perderá! Yo también la quiero. Siempre la querré y siempre será parte de mi familia.
Poncho no pudo evitar comparar a su ex mujer con Dulce. La madre natural de Terri la había abando­nado sin más. Dulce, que solo había conocido a Te­rri hacía unas semanas, la quería y se negaba a sepa­rarse de ella.
Poncho la miró a los ojos y se dio cuenta de que no podía seguir protestando. Si Dulce estaba dispues­ta a sacrificar su vida privada por los niños, él lo aceptaría. Al fin y al cabo, lo único importante en su vida privada era Terri, y Terri estaría en buenas manos.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo qué?
     —Que de acuerdo, que nos casaremos el Cuatro de Julio. ¿Vamos a tener fuegos artificiales?
—¿Quieres fuegos artificiales? —preguntó ella sonriendo.
Los únicos fuegos artificiales que a él le interesa­ban eran los relacionados con la cama, pero eso no entraba a formar parte del trato.
—Sí.
—En ese caso tendremos fuegos artificiales. Poncho sonrió, pero se apartó unos pasos de ella. Era difícil resistirse a Dulce.
—Bueno, dime, ¿qué es lo que tengo que hacer?
— ¡Un traje...! No, se me ha ocurrido una idea, podríamos tener una boda estilo vaquero —sugirió ella—. Va a hacer demasiado calor para una boda formal con traje.
—¿Vamos a casarnos al aire libre?
—Yo creo que sí. El Cuatro de Julio es un día per­fecto para tener una gran barbacoa. Así que, si tú vas con unos vaqueros y una camisa, yo me pondré algo informal y los dos nos sentiremos más cómodos.
—¿Estás segura? Lo que quiero decir es que a la mayoría de las mujeres les gustan las bodas formales.
—Yo creo que así será más divertido. Además, a los niños les gustará más, formarán más parte de la boda. ¿Te importa?
—No, en absoluto —Poncho retrocedió unos pasos más. Estaba enfebrecido solo de pensar en Dulce de novia—. Bueno, será mejor que vaya a casa, estoy cansado.
—¿No quieres que aclaremos algunos detalles más?
—No. Los detalles te los dejo a ti. Tú dime qué es lo que quieres que haga y lo haré.
Poncho logró retroceder hasta la puerta de la cocina. Asintiendo con la cabeza, se dio la vuelta y llamó a Terri antes de salir al porche.
—¿Sí, papá?
—Es hora de volver a casa, cielo. ¿Estás lista?
—Sí —respondió la niña con un suspiro—. Wayne se está quedando dormido.
El chico, que había seguido a Terri, protestó.
—Eh, yo solo estaba descansando la vista. Terri miró a Dulce, que había seguido a Poncho afuera.
—Ya, seguro.
Poncho tendió una mano a su hija y ella se la agarró.
— ¡Eh, espera! —protestó Terri.
—¿Qué? ¿Qué he hecho ahora?
—Qué es lo que no has hecho. No le has dado a Dulce un beso de buenas noches.
Poncho miró a Dulce, la tentación personificada. Pero no, no podía ponerse a prueba aquella noche,
—Yo... ya me he encargado de eso en la cocina. Por suerte, Terri lo creyó.
—Ah. Bueno, buenas noches.
Padre e hija se alejaron en la oscuridad.
Dulce empezó con los preparativos de la boda inmediatamente.
Los niños, después de convencer a Jessica y a Mary Ann de que la boda no iba a cambiar en nada sus vidas, estaban entusiasmados. Terri se volvió loca de alegría cuando Dulce le pidió que fuera su dama de honor.
—¿Yo? ¿Tu dama de honor? ¡Dulce, eso es mara­villoso? Pero... ¿y tus hermanas? ¿No van a protestar?
     —Si fuera una boda formal, quizá sería diferente; pero como es informal y la vamos a celebrar al aire libre, no hay problema. Además, ahora ya eres parte de mi familia. Vas a  ser  mi  hija  mayor.
Dulce se alarmó al ver qué los ojos de Terri se llenaban de lágrimas.
—Terri, ¿qué te pasa?
—Me... me va a encantar que seas  mi  madre. ¿Po­dré llamarte  mamá?
Dulce abrazó a la niña mientras recordaba la advertencia de Poncho. La estrechó contra su pecho y se prometió a sí misma que jamás abandonaría a Te­rri.
Terri se apartó de ella y se secó las lágrimas.
— ¡Es todo tan maravilloso! ¿Dónde voy a dor­mir? ¿Voy a  tener  una  habitación  para  mí  sola?
—Por supuesto —respondió Dulce automática­mente.
La casa tenía seis dormitorios. En esos momentos, los dos chicos compartían una habitación y las tres chicas dormían en otra. Le había parecido que Susie querría estar acompañada, en vez de dormir sola. Por lo tanto, quedaban bastantes habitaciones vacías.
—¿Quieres que subamos arriba para que elijas una? Puedes elegir entre dos.
Uno de los dormitorios estaba en el piso de abajo, pero su dormitorio estaba arriba con el fin de poder atender a los niños si alguno la necesitaba en medio de la noche.
Todos, excepto Wayne, subieron con ella y con Terri. Wayne se había ido con  Poncho otra  vez.
Terri eligió su dormitorio, el que estaba al final del pasillo y cuya ventana daba a los establos. Jessica le tomó la mano mientras volvían a la cocina.
—¿Vas a dormir aquí esta noche? ¿Vas a leernos un cuento?
Terri miró a Dulce.
—Podría dormir aquí... si tú quieres.
—Cielo, me encantaría que durmieras aquí, pero no sé que va a decir tu padre. Si duermes aquí, él va a estar solo en la otra casa —a veces, Dulce había notado cierta soledad en Poncho.
—Se lo preguntaré. ¿Han vuelto hoy al rancho de Wayne?
—No, creo que están mirando caballos aquí, en el Circle K. Pero van a venir a almorzar aquí, me lo han prometido.
Dulce dejó a las niñas dibujando en la cocina y le pidió a Terri que les echara un ojo. Tenía que llamar al padre Jessup para pedirle que celebrara la boda. Tam­bién tenía que llamar a la pastelería para encargarles la tarta, y a la floristería Después, tenía que...
Una llamada en la puerta la interrumpió. Era su hermana Beth.
—Entra. ¿Cómo es que has venido?
—Porque desde que Jed se ha enterado de que es­toy embarazada no me deja hacer nada. Estoy muerta de aburrimiento.
—No te preocupes, voy a poner fin a tu problema. Necesito ayuda y tú eres la persona perfecta.
—¿Ayuda para qué?
—Para preparar mi boda. Beth se la quedó mirando.
—¿Ya has fijado la fecha?
—El Cuatro de Julio.
—¿Lo dices en serio? ¡Faltan menos de dos sema­nas!
—Lo sé, por eso necesito que me ayudes.
Dulce volvió la cabeza, incapaz de seguir sopor­tando la mirada penetrante de Beth.
—Tengo que hacerlo. No puedo permitir que se lleven a los hermanos Prine.
Beth le puso un brazo sobre los hombros.
—¿Se lo has dicho a Abby?
—No he tenido ocasión. Se lo dije a Poncho anoche, después de otra visita del señor Graham.
—Así que es por el señor Graham, ¿en? Creía que podía ser porque no soportabas ya estar separada del atractivo señor Hanson —Beth sonrió traviesamente, pero observando a su hermana con preocupación.
A pesar de haber enrojecido, Dulce sacudió la cabeza.
—Claro que no. Ha sido por el señor Graham. Cuando vino ayer, empezó a presionarme, a insistir. en querer saber cuándo íbamos a casarnos, y... bueno, me salió el cuatro de julio.
—Ya, siempre te han gustado los fuegos artificia­les.
Poncho

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Re: ~^~♥~^~♥ Siempre Junto A Ti ♥~^~♥~^~ Dulce Maria Y Poncho(Rancho Circle K02)

Poncho se preguntó muchas cosas mientras traslada­ba la manada de caballos, como dónde iba a dormir cuando estuviera casado. Y como cuántas duchas de agua fría iba a tener que darse al día.
—¿Qué te parece ese caballo? —le preguntó Wayne.
—¿Mmmmm? Ah, sí, ese parece bueno. Vamos a separarlo. Y después de meterlo en el corral, será mejor que paremos para ir a almorzar. Tenemos que lavarnos antes de entrar en la casa.
Después de regresar a los establos y encargarse de los caballos, Poncho sugirió ir a lavarse a su casa.
—¿Quién va a vivir aquí después de que te cases con  Dulce? —le preguntó Wayne. Poncho arqueó las cejas.
—¿Estás pensando en ocupar  tú esta casa?
—¿Yo? ¿Y perderme la comida de Dulce? — respondió el chico con una sonrisa traviesa—. Ni en sueños.
—Chico listo —Poncho le devolvió la sonrisa—. Es maravilloso que alguien se encargue de tu ropa y te prepare la comida, ¿verdad? Pero que no se te olvide nunca  dar  las  gracias  y  mostrar  agradecimiento.
—No sé me olvidará. ¿Terri  hace  todo eso  por  ti?
—No, la mayor parte del tiempo lo hacemos jun­tos. Pero, desde que estamos aquí, es Dulce quien nos da de cenar. Ellen me prepara comida para al­morzar en el campo, y yo me preparo el desayuno. Siempre que puedo, dejo que Terri duerma hasta más tarde.
—Terri  ayuda  mucho  a   Dulce.
—Sí. Dulce le está enseñando cosas que yo no sé,  y  me  alegro.
Poncho puso la cabeza bajo el grifo, cosa que le re­frescó inmediatamente. Después, se peinó el cabello mojado. A continuación, se subió las mangas de la camisa y empezó a enjabonarse las manos.
Wayne hizo exactamente lo que él. Poncho sonrió. Terri, de pequeña, le había imitado, pero nunca había tenido un chico que le siguiera y le acompañara en el trabajo. Le gustaba.
De camino a casa de Dulce, Wayne le preguntó:
—¿Cuándo os vais a casar?
—El Cuatro de Julio. Vamos a preparar una bar­bacoa y nos casaremos aquí, al aire libre.
— ¡Guau! ¡Apenas faltan  unos  días!
      —Sí.
—Eh, eso es estupendo. ¿Nosotros estamos invi­tados?
—Claro, naturalmente.
—Es casi como si fuéramos familia.
—¿Qué quieres decir? Wayne se encogió de hombros.
—Ya sabes, las familias celebran cosas juntos, ha­cen cosas juntos. Ser invitado de la boda es como ser parte de la familia.
—Me alegra que lo pienses porque iba a pedirte que fueras mi padrino.
—¿Yo? ¿Quieres que yo sea tu padrino de boda? —preguntó Wayne entusiasmado.
—Bueno, todavía no conozco a mucha gente por aquí. Con quien más tiempo paso es contigo y, ade­más, eres quien más me gusta —declaró Poncho con una sonrisa.
— ¡Sí, gracias! Bueno, supongo que a Dulce no le importará.
—No, en absoluto. Y soy yo quien elige mi padri­no.
—¿Qué voy a tener que hacer?
—Colocarte a mi lado y guardar el anillo de boda hasta que llegue el momento en que tengas que dár­melo.
—¿Qué hay de la fiesta de despedida de soltero?
Poncho sonrió traviesamente. El chico tenía el ceño fruncido, como si le preocupara que una mujer fuera a salir desnuda de una enorme tarta.
—Creo que no necesitamos despedida de soltero. Yo ya tuve una y te aseguro de que no merece la pena.
Wayne lanzó un suspiro de alivio.
—Estupendo, porque yo no sé nada de despedidas de soltero.
—Y será mejor que sigas así durante unos años. Cuando entraron en la casa, Terri y los demás sa­lieron al vestíbulo a recibirles.
— ¡Papá, a que no sabes una cosa! —gritó Terri.
—¿Qué, cielo?
— ¡Voy a ser la dama de honor de Dulce! —Te­rri sonrió como si la hubieran nombrado Miss Améri­ca.
— ¡Y yo voy a ser el padrino de Poncho! —anunció Wayne con una enorme sonrisa.
Dulce, saliendo de la cocina, entró en el vestí­bulo.
—¿Listos para almorzar?
Terri, ignorando la pregunta, repitió lo que Wayne había dicho.
—¿No es maravilloso?
Antes de que Poncho y Wayne volvieran al trabajo, Dulce ofreció a Poncho enseñarle la casa para familia­rizarle con su futuro hogar.
Los chicos quisieron acompañarlos, pero Dulce limitó el paseo a sus respectivas habitaciones.
Empezaron por los dormitorios. El primero fue el de las tres niñas. Después fueron a la habitación de Wayne y Billy; Billy, por supuesto, optó por leer, ya que se consideraba demasiado mayor para dormir la siesta. Dulce le había dado unos libros sobre dino­saurios.
Wayne se quedó con su hermano, y le pidió a Poncho que le avisara cuando estuviera listo para volver al trabajo.
   —No sé por qué tengo que quedarme a leer cuan­do Wayne puede ir a trabajar contigo —protestó Te­rri, después de haberle mostrado a su padre su habita­ción.
—Deberías estar contenta de tener tiempo para estar aquí, nunca has tenido una habitación tan bonita —dijo Poncho.
—Es preciosa, ¿verdad, papá? Ah, papá, ¿tengo que esperar a la boda para venir a vivir aquí? Quiero decir que como ya paso la mayor parte del tiempo aquí...
Antes de que Poncho pudiera contestar, Dulce le agarró del brazo.
—Terri, deja que tu padre y yo hablemos de ello, ¿te parece? Luego te diremos que hemos decidido.
—Está bien, pero...
—Terri, ya has oído a Dulce —interrumpió Poncho con decisión.
Dulce sonrió a Terri.
—Voy a enseñarle a tu padre el resto de la casa. ¿Tienes algo para leer? Porque he comprado una nue­va revista de chicas y, si quieres...
Terri, inmediatamente, optó por leer la revista.
Dulce condujo a Poncho a la siguiente habitación. Su dormitorio. Y fue entonces cuando se dio cuenta de la inmensidad de lo que iban a hacer.
Iba a compartir el dormitorio con un hombre ex­traordinario. Pero no la cama.


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Re: ~^~♥~^~♥ Siempre Junto A Ti ♥~^~♥~^~ Dulce Maria Y Poncho(Rancho Circle K02)

Capítulo 10
ERA una habitación grande y aireada, pero lo único que él vio fue la cama. Se aclaró la gar­ganta y decidió ir directo al asunto.
—Bonita habitación. ¿Dónde voy a dormir yo? Dulce se acercó a estirar una arruga de la col­cha. De espaldas a él, dijo:
—Tendremos que compartir la habitación para que los niños no se hagan preguntas sobre nuestro matrimonio y para evitar que le digan algo que no deban al señor Graham.
Compartir la habitación, no la cama.
Solo la idea de compartir ese espacio con aquella hermosa mujer le hizo temblar. Había creído poder hacer aquello por los niños; ahora no estaba tan segu­ro.
Dulce se volvió de cara a él.
—Es una cama bastante grande.
Poncho se la quedó mirando como si hubiera perdido la cabeza. Y debía haberla perdido; de no ser así, no haría una sugerencia tan ridicula.
—Esto no va a funcionar —declaró Poncho brusca­mente, y salió de la habitación.
Ella lo siguió hasta el piso inferior.
—Poncho, espera.
Por fin, en el vestíbulo, delante de la puerta, Poncho se detuvo.
—Poncho, ¿es que no se te había ocurrido pensar...? Quiero decir que la idea de este matrimonio es para convencer al señor Graham.
—No veo por qué tenemos que convencerlo de nada. Con invitarle a la boda, será suficiente. Lo úni­co que necesita es un papel, eso es lo que tú dijiste —Poncho la miró lanzando chispas por los ojos.
—Poncho, puede llevarse a los niños, tanto si esta­mos casados como si no, si piensa que el hogar que les proporcionamos no es... no satisface sus necesida­des.
Dulce se le acercó.
Lo único en lo que él podía pensar era en estre­charla contra sí y besarla hasta dejarla sin sentido, hasta convencerla de que tenía que compartir la cama igual que la habitación.
—No puedo hacerlo.
—¿Qué es lo que no puedes hacer? ¿No puedes compartir una habitación conmigo? Poncho, te prometo que no invadiré tu espacio. Me levantaré antes que tú y terminaré en el cuarto de baño antes de que tú te le­vantes. Además, tú sueles ducharte por la noche, an­tes de la cena. Yo me ducharé por las mañanas. Po­dríamos establecer un horario.
Esa mujer pensaba que el problema se podía solu­cionar con un horario. Era imposible de creer.
—No puedo compartir una habitación contigo. Antes de que Dulce consiguiera reaccionar, Poncho se volvió.
—Dile a Wayne que se reúna conmigo en el esta­blo.
Dulce pasó el resto del día tratando de pensar en cómo solucionar aquella crisis.
Por fin, después de hablar con Ellen por teléfono al mediodía, fue cuando encontró la forma de resol­ver el problema. Ellen había estado limpiando el áti­co y había encontrado unos colchones de aire que ella y sus hermanas cuando eran pequeñas llevaban a las pozas del río.
—Tengo que preguntarle a Abby si quiere guar­darlos —dijo Ellen con un suspiro—. Ahora los ha­cen mucho mejor que antes y no son caros.
—Estoy segura de que querrá tirarlos, Ellen — contestó Dulce, pensando en mirar en catálogos los colchones que en la actualidad había en el mer­cado.
Si Poncho no quería dormir en su cama, ella podría dormir en un colchón de aire dentro del armario. Era un armario empotrado del tamaño de una pequeña habitación.
—Ah, por cierto, que hoy me he enterado de que ya has fijado la fecha de tu boda. ¿Se lo has dicho a Abby? —preguntó Ellen.
—No, lo decidimos anoche. Iba a decírselo esta tarde. Por favor, Ellen, no se lo digas, espera a que lo haga yo.
—No te preocupes, no diré nada. Dime, ¿qué tie­nes pensado para la boda?
     —Va a ser el Cuatro de Julio. Se me ha ocurrido celebrar la boda al aire libre, con barbacoa, fuegos artificiales y baile. Estoy organizándolo todo de tal manera para que tú no tengas que trabajar mucho.
—No te preocupes por eso. Todo el mundo traerá algo de comida, como se hace siempre. Por mi parte, asar un ternero ya sabes que no es trabajo. ¿Has en­cargado la tarta nupcial?
—Sí, he llamado hoy. Mañana voy a ir a Wichita Falls de compras, ¿crees que podrías echarles un ojo a los chicos? Terrí va a venir conmigo, pero no nos llevará más de un par de horas.
—Claro que me encargaré de los chicos.
—Ellen, eres maravillosa. Eres casi como una verdadera madre.
—Tú y tus hermanas también lo sois.
Dulce colgó el teléfono sintiendo un gran alivio. Al menos, podía presentarse delante de Poncho con una solución. Pero tenía miedo de que, en el último mo­mento, él se negara a casarse.
Cada vez que ese hombre la tocaba, los temblores la consumían. Cuando la estrechaba en sus brazos, tenía miedo de desmayarse. Y nunca la habían besa­do como lo hacía Poncho.
Rechazó esos pensamientos y comenzó a preparar la cena, esperando que eso la distrajera.


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Re: ~^~♥~^~♥ Siempre Junto A Ti ♥~^~♥~^~ Dulce Maria Y Poncho(Rancho Circle K02)

Poncho no permitió que Wayne probase a los caba­llos que habían seleccionado. Sabía que Dulce nun­ca le perdonaría si el chico sufría un accidente; por eso los probó él mismo.
Y sufrió un accidente.
Se cayó y, en la caída, se dañó el hombro izquierdo. Aunque no se rompió ningún hueso, lo tenía in­flamado y magullado.
Wayne saltó la valla del corral y corrió a su lado.
—¿Estás bien?
Poncho trató de sonreír, pero sin mucho éxito.
—Creo que son solo unas magulladuras.
—Será mejor que llamemos al médico —sugirió Wayne mientras Poncho se ponía con dificultad en pie.
—No, no me he roto nada. Pero creo que hemos acertado con ese caballo, va a ser extraordinario. Tie­ne unos movimientos increíbles. ¿Crees que podrías quitarle la silla?
Poncho vigiló al muchacho mientras desensillaba al caballo. Wayne sabía tratar a los caballos; a pesar de su juventud, trabajaba como un profesional.
Cuando Wayne hubo terminado la tarea, Poncho de­cidió que era hora de acabar la jornada laboral.
—Me parece que voy a hacer reposo hasta maña­na.
—Sigo pensando que deberíamos llamar a un mé­dico—insistió Wayne.
Poncho le puso al chico el brazo bueno sobre los hombros.
—No te preocupes por mí, Wayne, estoy bien. Voy a ir a casa a lavarme antes de ir a casa de Dulce para cenar.
Cuando Wayne se hubo alejado, Poncho lanzó un suspiro. El hombro le dolía mucho mientras, apresu­radamente, se dirigía a su casa. Tan pronto como en­tró en la cocina, se tomó un par de aspirinas. Des­pués, se dio una ducha.
Cuando se secó, se ató la toalla a la cintura y fue a la cocina para agarrar una botella de linimento.
—¿Estás buscando esto?
Poncho se dio media vuelta y encontró a Dulce sentada a la mesa con la botella de linimento delan­te.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Poncho asegurándose la toalla.
—He venido a ver cómo estabas. Wayne me ha dicho que te has hecho daño en el hombro.
Dulce se puso en pie y se le acercó.
La respiración de Poncho se aceleró, y dio un paso atrás.
—Dulce, estoy bien. Le he dicho a Wayne que estoy bien.
—Pero estabas buscando el linimento, ¿no? — Dulce avanzó otro paso hacia él—. ¿Cómo vas a frotártelo tú solo por el hombro?
—Me las arreglaré —murmuró él apretando los dientes.
Ella enderezó los hombros y le ordenó que se sen­tara.
—Voy a ponerte la loción en el hombro. Y si para mañana por la mañana no estás mejor llamaré al mé­dico.
Que Dulce se mostrara preocupada por él le en­terneció, pero también le hizo aún más susceptible a sus encantos.
—En serio, Dulce, no es necesario...
—Por favor, Poncho, siéntate.
Dulce le ayudó a sentarse y luego comenzó a frotarle la loción con manos cálidas y tiernas.
Poncho cerró los ojos y, soñando despierto, imaginó que Dulce era su amante y fiel esposa cuidándolo. Cuando era joven y estaba enamorado se había ima­ginado esa clase de vida: él, después de una dura jor­nada de trabajo, volviendo a casa donde le esperaba una amante esposa, un hogar lleno de niños, comida caliente y un buen merecido descanso.
Hasta que la realidad se impuso a sus sueños.
Se encontró con un bebé y él solo para criarlo.
—¿Te ha aliviado algo?
La suave voz de Dulce le sacó de su ensimisma­miento.
—Sí, estoy mucho mejor. Siento que hayas tenido que molestarte...
—No seas tonto. Tú has hecho una infinidad de cosas por mí y por los niños, jamás podré pagártelo. Poncho se puso en pie bruscamente.
—Bueno, gracias. Voy a vestirme y enseguida es­taré en tu casa.
Ella lo miró de forma extraña, él se preguntó si había cometido alguna equivocación.
—Se supone que voy a ir a tu casa a cenar, ¿no? O... ¿vamos a cenar aquí Terri y yo esta noche?
—No, claro que no. La cena está preparada... Poncho, necesitas ayuda para vestirte.
Poncho se la quedó mirando con incredulidad. Las mejillas de Dulce enrojecieron.
—Me refiero a que si necesitas que te ayude a po­nerte la camisa.
—No, puedo yo solo.
Poncho salió de la cocina a toda prisa y fue a su dor­mitorio. Tenía que olvidarse de las suaves manos de Dulce acariciándole la piel.
Al salir de la casa de Poncho, Dulce vio a Abby ca­minando hacia ella.
-Hola, Abby.
—Hola. Venía a ver cómo estaba Poncho. Uno de los hombres me ha dicho que se ha caído, quería saber qué tal está.
—Está  bien. Acabo de darle un poco de linimento en el hombro. A propósito, iba a ir a verte esta noche después de cenar —dijo Dulce.
—¿Sí? ¿Algún problema? Si te resulta más fácil, puedo ir yo a tu casa; al fin y al cabo, no tengo un montón de chiquillos a los que cuidar.
—¿Por qué no vienes a cenar? Llamaremos a Ellen desde casa para decírselo.
—¿Estás segura de que no va a ser un problema? Das de cenar a  un  regimiento —observó Abby.
—No te preocupes por eso. Me pregunto qué diría la tía Beulah si pudiera vernos ahora.
—Sí; sobre todo, a Beth, casada y embarazada. Vamos a  ser  tías,  Dulce, ¿no  es  increíble?
—Sí, es maravilloso. Me daría envidia si no tu­viera mi propia familia —pero no era en los niños en quienes estaba  pensando, sino en Poncho.
—No se te ha olvidado que están en tu casa solo temporalmente, ¿verdad, Dulce? Los padres de Jessica y Mary Ann podrían volver, y el señor Graham también podría venir y llevarse a los hermanos Prine.
—No va a tener motivos para hacerlo. De eso pre­cisamente quería hablarte, he fijado la fecha de la boda. Va a ser el Cuatro de Julio y se me ha ocurrido celebrarla con una barbacoa.
Abby se detuvo inmediatamente y agarró a Dulce del brazo para detenerla.
—Dulce, ¿estás segura de que sabes lo que ha­ces? No me malinterpretes, Poncho me agrada mucho. Me parece un buen hombre, pero solo hace unas se­manas que lo conoces. ¿No crees que deberías espe­rar  un  poco?
Dulce, obstinadamente, sacudió la cabeza.
—No, tenemos que estabilizar la situación ya. Él ha aceptado — Abby no parecía muy convencida—. Por favor, Abby, quiero  hacerlo.
Con un suspiro, Abby reanudó sus pasos.
—Sabes que quiero que seas feliz.
—Lo sé. Este matrimonio va a hacerme feliz. No podría soportar que separasen a los hermanos Prine.
Al llegar al porche de la casa de Dulce, Abby volvió a detenerse.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Oh, Abby, gracias —Dulce dio un abrazo a  su  hermana—. Tú  y  Beth  sois  maravillosas.
—Yo no estoy tan segura de eso; sobre todo si es­peras de mí que decore la tarta nupcial o escriba las invitaciones de boda a mano. Ya sabes que tengo una letra terrible.
Dulce sonrió a su hermana.
—Con el ordenador no tendrás ese problema. Va­mos a imprimir las invitaciones y vamos a enviarlas por correo la semana que viene. Yo ya he empezado a encargarme de algunas cosas. Ah, por cierto, le he pedido a Terri que sea mi dama de honor. Va a ser una boda sencilla, al aire libre, con todos los niños. Wayne va a ser el padrino de Poncho. No te importa, ¿verdad?
Abby abrazó a  su  hermana.
—No, me  parece  muy  bien. Vas  a  ser  madre  antes  que  Beth, así que supongo que yo acabaré siendo la tía que cuida de los niños de ambas.
—No seas tonta. Ya verás como pronto encontra­rás al hombre de tu vida, Abby. Entonces, las tres se­remos felices —aseguró Dulce a su hermana.
Del brazo,, entraron en la casa donde seis niños hambrientos esperaban.


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