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trendyyque
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•°o.O Aventura Secreta O.o°• 3º En El Amor Y En La Guerra

Aventura secreta
Maya Banks
3º En el amor y en la guerra



Aventura secreta (2010)
Título Original: The tycoon's secret affair (2009)
Serie: 3º En el amor y en la guerra
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Deseo 1721
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Piers Anetakis y Jewel Henley
Argumento:
Embarazada del magnate.
Tras una increíble noche de pasión, Dulce Henley descubrió que el exótico extranjero que la había vuelto loca era su nuevo jefe, Alfonso Anetakis. Y antes de poder ofrecerle una explicación, se encontró sin trabajo… y embarazada.
Cinco meses después, Alfonso al fin dio con ella. Decidido a explicarle los errores cometidos, se encontró con una innegable evidencia: Dulce estaba embarazada de su hijo. Su honor griego le exigía pedirle matrimonio pero, ¿había entre ellos algo más que lujuria? ¿Bastaría para que su matrimonio de conveniencia durase?

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trendyyque
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Re: •°o.O Aventura Secreta O.o°• 3º En El Amor Y En La Guerra

Prólogo
Dulce Henley estaba tumbada en la cama del hospital con una mano aferrada al móvil y la otra enjugándose unas ardientes lágrimas. Tenía que llamarle. No había otra elección.
¿Cómo reaccionaría Alfonso? ¿Le importaría siquiera?
Sólo había una manera de averiguarlo. Pulsó la tecla de llamada pero, casi de inmediato, colgó.
—¿Qué tal está hoy, señorita Henley? —sus pensamientos fueron interrumpidos por la enfermera.
—Bien —susurró débilmente Dulce.
—¿Ya lo ha organizado todo?
Dulce tragó saliva, pero no contestó.
—Sabe muy bien que el doctor no la dejará marchar hasta que tenga a alguien que le cuide mientras guarda reposo en cama —la enfermera la miró con reprobación.
—Estaba a punto de hacer una llamada —un suspiro se escapó de labios de la joven.
—Bien —asintió la enfermera—. En cuanto termine, la dejaré sola.
Tras respirar hondo, Dulce miró la pantalla del móvil y volvió a pulsar la tecla de llamada.
—Anetakis.
Ella sintió que se le escapaban las fuerzas.
—¿Quién es? —insistió la voz.
Dulce colgó. No podía. Tenía que encontrar otro modo que no incluyera a Alfonso Anetakis.
Antes de poder reflexionar sobre ello, el teléfono que aún tenía en la mano empezó a vibrar. Descolgó automáticamente, sin darse cuenta de que era él que le devolvía la llamada.
—Sé que estás ahí —rugió él—. ¿Quién demonios eres y por qué tienes mi número?
—Lo siento —susurró ella—. No debería haberte molestado.
—Un momento —dijo él antes de una larga pausa—. Dulce, ¿eres tú?
Habían pasado cinco meses. Jamás pensó que la reconocería. ¿Cómo era posible?
—Pues… sí —balbuceó ella al fin.
—Gracias a Dios —murmuró él—. Te he estado buscando por todas partes. Sólo una maldita mujer desaparecería así de la faz de la tierra.
—¿Qué?
—¿Dónde estás?
Ambas preguntas se produjeron simultáneamente.
—Yo primero —ordenó él—. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
—Estoy en el hospital —dijo ella tras recuperarse de la impresión.
—Theos —dijo él junto a unas palabras en griego que ella no comprendió—. ¿Dónde? ¿En qué hospital? Dímelo.
Completamente aturdida ante el giro que tomaba la conversación, le dio el nombre del hospital.
—Llegaré en cuanto pueda —dijo él sin darle tiempo de contestar antes de colgar.
Con manos temblorosas. Dulce dejó el teléfono a un lado antes de abrazar la barriga con las manos. De repente se dio cuenta de que no le había dado la noticia más importante. El motivo de la llamada. No le había dicho que estaba embarazada.

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trendyyque
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Re: •°o.O Aventura Secreta O.o°• 3º En El Amor Y En La Guerra

Capítulo 1
Cinco meses antes…
Dulce se paró frente al bar y contempló el suelo cubierto de arena bajo las llameantes antorchas que bordeaban el camino que conducía a la playa.
Había llegado a aquella paradisíaca isla por casualidad. Un asiento libre en un avión, un billete barato y cinco minutos para decidir. Y allí estaba.
Lo primero que había hecho había sido buscar un trabajo y la suerte había querido que el propietario del lujoso hotel Anetakis fuera a residir temporalmente allí y necesitara una ayudante. Cuatro semanas. El tiempo perfecto para vivir en el paraíso antes de seguir su camino.
—¿Vas a entrar o has decidido pasar esta preciosa noche aquí fuera?
La masculina voz con un ligero acento le acarició los oídos. Se volvió y tuvo que mirar hacia arriba para encontrar la fuente de las roncas palabras.
Sus miradas se fundieron y el estómago se le agarrotó y, por un momento, no pudo respirar.
Ese hombre no sólo era guapo. Había muchos hombres guapos en el mundo, y ella había conocido a unos cuantos. Ése, en concreto, era… potente. Un depredador disfrazado de cordero.
Le devolvió la mirada, incapaz de despegarse de la fuerza de los masculinos ojos. Negros como la noche. Reflejaban un claro interés.
Su pelo era oscuro y su piel brillaba tostada bajo la suave luz de las antorchas.
Tenía la mandíbula cuadrada y un aire de fortaleza que reflejaba arrogancia, algo que siempre le había atraído en los hombres. Durante largo rato él se la quedó mirando antes de sonreír.
—Una mujer de pocas palabras por lo que veo.
—Estaba decidiendo si salir o no —ella se sacudió mentalmente.
—Si te quedas dentro, no podré invitarte a una copa —él enarcó una ceja, en un gesto de desafío.
Dulce ladeó la cabeza y sonrió tímidamente. La atracción sexual no era una sensación nueva para ella, pero no recordaba haberse sentido tan atraída, tan pronto, por ningún hombre.
¿Debería acceder a la silenciosa invitación que reflejaba la mirada de aquel hombre? Cierto que sólo le había invitado a una copa, pero era evidente que deseaba algo más.
¿Qué daño podría hacerle una sola noche? Normalmente, elegía a sus parejas con sumo cuidado. Y hacía más de dos años que no había tenido ningún amante. Sencillamente nadie le había interesado lo suficiente hasta la aparición de ese extraño de ojos oscuros, sensual sonrisa y burlona arrogancia. Decididamente lo deseaba.
—¿Estás aquí de vacaciones? —preguntó ella.
—Algo así —él sonrió casi imperceptiblemente.
La joven sintió un gran alivio. No. Una noche no le haría ningún daño. Él volvería a su vida y ella, con el tiempo, se marcharía a otro lugar y sus caminos jamás volverían a cruzarse.
—Una copa estaría bien —accedió ella al fin.
Los ojos de él emitieron un destello, casi depredador, antes de sujetarla por el codo y acariciarle sutilmente el brazo con los dedos de la mano mientras la conducía desde la entrada del hotel hasta la oscuridad de la noche. A su alrededor, las llamas de las antorchas bailaban al ritmo del jazz. La brisa marina se enredó entre los cabellos de la joven que aspiró profundamente el aire.
—Antes de tomar esa copa, bailemos —le susurró él al oído y, sin esperar respuesta, la tomó en sus brazos y la acercó contra su cuerpo.
Encajaban a la perfección, hasta el punto de que ella no supo dónde acababa su cuerpo y dónde empezaba el de él.
La mejilla del hombre se apoyaba en la cabeza de ella y sus brazos la rodeaban protectores, fuertes. Ella le correspondió rodeándole el cuello con sus delicados brazos.
—Eres hermosa —susurró él en un tono dulce como la miel.
—Tú también —respondió ella.
—¿Hermoso? ¿Yo? —él rió en voz baja—. No sé si debo sentirme halagado u ofendido.
—De lo que estoy segura es de que no soy la primera mujer que te llama «hermoso».
—¿Lo sabes? —él le acarició la espalda y ella contuvo la respiración—. Tú también lo sientes.
Dulce ni siquiera fingió no saber a qué se refería. La química entre ellos era explosiva.
—¿Vamos a hacer algo para solucionarlo?
—Me gustaría pensar que sí —ella echó la cabeza hacia atrás y lo miró a los ojos.
—Directa. Me gusta eso en una mujer.
—Me gusta eso en un hombre.
La intensidad de la mirada de él se suavizó, pero fue sustituida por otra cosa. Deseo.
—Podríamos tomar esa copa en mi habitación.
Ella contuvo el aliento. La invitación hizo que se sintiera paralizada. Los pechos se endurecieron bajo el vestido y la excitación empezó a latir en sus venas.
—Yo no… —por primera vez aparentó cierta inseguridad.
—Tú no, ¿qué? —le apremió él.
—No estoy protegida —dijo ella en un tono casi imperceptible mientras bajaba la mirada.
—Yo te protegeré —él le sujetó la barbilla con una mano y la obligó a mirarlo a los ojos.
La promesa susurrada la envolvió con más fuerza que los masculinos brazos y durante un instante se deleitó en la fantasía de lo que podría ser dejarse cuidar por un hombre así el resto de su vida. Pero enseguida se sacudió la idea de la cabeza. Era algo absurdo.
—¿Cuál es el número de tu habitación? —ella se puso de puntillas y le susurró al oído.
—Te llevaré a ella.
—Nos encontraremos allí —ella negó con la cabeza.
Él entornó los ojos un instante, como si no estuviera seguro de poder creer en ella. Luego, deslizó una mano sobre la nuca de la joven, la atrajo hacia sí con firmeza y la besó en los labios.
Ella se fundió en sus brazos y empezó a deslizarse hacia el suelo, pero él la sujetó con fuerza antes de acariciarle los labios con la lengua, exigente, instándole a que los abriera.

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Re: •°o.O Aventura Secreta O.o°• 3º En El Amor Y En La Guerra

Con un imperceptible estremecimiento, ella se rindió y abrió la boca para permitirle la entrada.
Los besos fueron húmedos y ardientes. Él le privó del aire antes de devolvérselo. Negándose a ser el elemento pasivo, Dulce entrelazó su lengua con la de él.
Al fin se separó de ella con la respiración entrecortada y un peligroso destello en los ojos.
—Última planta. Suite once. Date prisa —susurró mientras le entregaba una llave magnética.
Y sin más se dirigió al hotel con grandes zancadas.
Ella se le quedó mirando aturdida y con el cuerpo vibrando de excitación.
—Debo de estar loca. Me va a comer viva.
Con pasos temblorosos, se encaminó hacia el hotel.
No era la timidez la que le había impulsado a aplazar el encuentro con su hombre misterioso. Su hombre misterioso… ni siquiera sabía su nombre, pero había accedido a acostarse con él.
Una noche de fantasía. Sin nombres. Sin expectativas. Sin compromiso ni implicación emocional. Nadie saldría herido. En realidad, era perfecto.
Con más calma de la que sentía, subió a su habitación y se contempló en el espejo del cuarto de baño. Sus cabellos estaban ligeramente desordenados y sus labios hinchados. Pasión.
No reconocía a la tórrida seductora que miraba desde el espejo, pero decidió que le gustaba. Parecía hermosa y segura de sí misma, y la excitación ante lo que le esperaba en la suite número once hacía que sus ojos brillaran.
Se obligó a respirar hondo varias veces y esperó a que el rostro del espejo hubiera perdido su expresión salvaje. Por último se apartó los largos y rubios cabellos de la cara.
Satisfecha por haber recuperado el control, salió del cuarto de baño y se sentó en la cama. Esperaría quince o veinte minutos antes de subir. No quería parecer ansiosa.

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Capítulo 2
Alfonso andaba de un lado a otro de la habitación, poco acostumbrado a la inquietud que lo consumía desde que se había separado de la explosiva rubia. Por tercera vez, consultó el reloj.
¿Aparecería?
La deseaba. La había deseado desde el instante en que la había visto a la puerta del hotel. Se había sentido hechizado por su imagen. Era alta y delgada, con unas bien torneadas piernas, una cintura de avispa y unos pechos altos y turgentes. Sus cabellos caían como la seda sobre los hombros y la espalda. Ardía en deseo de hundirse en esos cabellos y devorar sus carnosos labios. Nunca había reaccionado con tanta fuerza hacia una mujer.
Los suaves golpes de unos nudillos contra la puerta le pusieron en alerta. Al abrir, la encontró allí, deliciosamente tímida, mirándole con sus ojos, extraña mezcla entre esmeraldas y zafiros.
—Ya sé que me diste una llave —susurró ella—, pero no me pareció correcto entrar aquí sin más.
—Me alegra que hayas venido —dijo él cuando al fin recuperó la voz.
En cuanto estuvo dentro de la suite, la rodeó con sus brazos y sintió cómo la mujer se estremecía suavemente contra él.
Incapaz de resistirse, agachó la cabeza hasta que sus bocas se juntaron. Quería saborearla una vez más. Sólo una vez. Pero cuando sus labios se fundieron, olvidó su intención.
Ella reaccionó con ardor y le rodeó con sus brazos. Las femeninas manos quemaban contra la masculina piel a través de la camisa. La deseaba desnuda. Deseaba estar desnudo contra ella.
La idea de seducirla poco a poco se esfumó mientras se impregnaba de la femenina dulzura. No estaba muy seguro de quién seducía a quién, pero en aquellos momentos tampoco importaba.
Los labios del hombre dibujaron un rastro por el cuello de ella mientras los dedos tiraban impacientes del cierre del vestido. Una piel suave y cremosa se hizo visible y la boca se dirigió impulsivamente hacia la piel desnuda.
Ella gruñó suavemente y tembló mientras la lengua de él se deslizaba por la curvatura de su hombro. El vestido cayó al suelo y ella quedó vestida sólo con una diminuta pieza de lencería.
Él se quedó sin aliento al contemplar la redondez de los senos. Los turgentes pezones parecían llamarlo a gritos. Jugueteó con ellos antes de tomar un pecho en la mano y agachar la cabeza para besar la areola color melocotón.
El sabor de Dulce le explotó en la boca. Dulce. Delicado como una flor. Femenino. Perfecto. Theos, esa mujer lo volvía loco. Le hacía reaccionar como si hiciera el amor por primera vez.
Finesse. Debía ir con calma. Primero la volvería loca, y sólo entonces la haría suya.
Dulce sintió que sus rodillas desfallecían y se agarró a los atléticos hombros. Aunque no tendría que haberse preocupado por ello, ya que él la tomó en sus brazos y la llevó al dormitorio.
La tumbó sobre la cama y empezó a quitarse la ropa. Los negros ojos le quemaban la piel.
Lo primero que se quitó fue la camisa, revelando unos atléticos hombros, un robusto pecho y una cintura cuya musculatura sugería que no se trataba de un ocioso hombre de negocios. El vello salpicaba el torso y se extendía hasta los pezones, y luego se espesaba a medida que descendía hacia el ombligo hasta extenderse justo por encima de la cinturilla del pantalón.
Ella contempló con deseo cómo se desabrochaba el pantalón, que él deslizó hasta el suelo junto con los calzoncillos. La erección quedó, al fin, liberada en medio de un oscuro nido velludo. Los ojos de Dulce se abrieron maravillados ante la imposible curvatura ascendente.
—¿Acaso alguien podría dudar de mi deseo por ti, yineka mou? —él se deslizó sobre la cama y sujetó las femeninas caderas con sus rodillas.
—No —ella sonrió.
—Te deseo mucho —dijo él con voz ronca antes de agachar la cabeza y besarla en los labios.
El cuerpo de la joven se arqueó para recibirlo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había buscado deliberadamente la compañía de un hombre.
Él le sujetó los brazos por encima de la cabeza hasta que estuvo inmóvil y desvalida. No se limitó a besarla, la devoró.
Los jadeos de ella resonaron en la habitación cuando él lamió y succionó un pecho y otro. La lengua inició un camino descendente hacia el ombligo, seguida por las manos que recorrieron cada curva hasta posarse en las caderas. Luego deslizó los pulgares bajo la braguita y presionó con la boca contra el suave montículo, aún cubierto por la prenda de lencería.
Ella no pudo contener un pequeño grito al sentir la sensación eléctrica de la masculina boca sobre el lugar más íntimo, a pesar de que aún no había tocado su piel.
Las manos de él siguieron descendiendo por las piernas, arrastrando la ropa interior con ellas. Al llegar a las rodillas, la desgarró con impaciencia en dos mitades antes de volver con dedos ansiosos a los muslos.
Con suma delicadeza, le separó las piernas y ella empezó a estremecerse violentamente.
—No tengas miedo —murmuró él—. Confía en mí. Quiero darte el más dulce de los placeres.
—Sí. Por favor, sí —suplicó ella.
—Dame tu placer, yineka mou. Sólo a mí —con un dedo, despejó delicadamente el camino antes de acercar su boca a la maraña de rizos que protegía su zona más sensible.
Ella se arqueó hacia atrás mientras gritaba salvajemente al sentir la lengua de él que se hundía en su interior. Era demasiado. Hacía rato que lo era.
—Qué consentimiento. Qué salvaje. No puedo esperar más para tomarte.
Ella empezó a protestar al ver que él se echaba a un lado, antes de darse cuenta de que se estaba colocando un preservativo.
—Tómame. Hazme tuya —suplicó.
Él cerró los ojos antes de lanzarse al vacío con una fuerte embestida.
Dulce quedó sin aliento, inmóvil y disfrutando de la sensación de sentirlo dentro.
—¿Te he hecho daño? —él abrió los ojos con evidentes signos de esfuerzo para controlarse.
Ella le acarició una mejilla. Los negros ojos emitían fuego y fue consciente de lo cerca que estaba de perder el control. Durante unos instantes, Dulce se deleitó en su poder.
—No —contestó con dulzura—. No me has hecho daño. Te deseo. Tómame ahora. No te contengas.
Él hizo un último intento por controlarse, pero ella no lo permitió. Rodeando la masculina cintura con sus piernas, arqueó la espalda, acercándolo más a ella. Lo deseaba. Lo necesitaba.
Él se rindió con un gruñido y la atrajo hacia sí. La fuerza, cada vez más rápida y dura la desbordó. Sentía una deliciosa mezcla de dolor erótico y éxtasis sensual. Cielos. Jamás había experimentado nada igual. Era como montar a lomos de un huracán.
—Vámonos —le dijo él al oído—. Tú primero.
Ella obedeció sin protestar y se rindió completamente a su voluntad. El orgasmo estalló, terrorífico y maravilloso al mismo tiempo mientras sus gritos se entremezclaban con los de él.
El hombre se movía cada vez más rápido, y con más fuerza, embistiéndola con salvaje intensidad. Los labios de él se fundieron con los suyos en un casi desesperado intento de amortiguar los gritos que, a pesar de todo, escaparon, duros y masculinos.
De repente se quedó quieto dentro de ella mientras sus caderas temblaban incontroladamente. Le acarició el dulce rostro y los cabellos antes de abrazarla con fuerza mientras le murmuraba al oído palabras que ella no entendía.
Después se hizo a un lado y se soltó del cálido abrazo para deshacerse del preservativo.
Ella esperó con anticipación. ¿Le iba a pedir que se marchara o que pasara la noche con él?
El hombre contestó su pregunta sin formular, tumbándose a su lado y abrazándola de nuevo. Minutos después, la relajada respiración le acarició los rubios cabellos. Se había dormido.
Con cuidado para no despertarlo, Dulce apoyó una mejilla en el velludo pecho mientras lo abrazaba por la cintura y aspiraba el masculino aroma de su piel.
Durante un fugaz instante se sintió segura. Aceptada. Incluso querida. Si lo pensaba, era estúpido, pero aquella noche no pensaría. Aquella noche sólo deseaba pertenecer a alguien.
Incluso mientras dormía, él sentía la inquietud de la mujer. La abrazó con más fuerza y ella sonrió mientras cedía al placer de rendirse al sueño.

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Re: •°o.O Aventura Secreta O.o°• 3º En El Amor Y En La Guerra

Alfonso despertó sin saber qué hora era. Normalmente despertaba cada mañana antes del amanecer. Aquel día, sin embargo, el sueño le nublaba la mente y una inhabitual pereza agarrotaba sus músculos. Algo suave despertó sus sentidos. Ella aún seguía en sus brazos.
En lugar de apartarse de inmediato, se quedó inmóvil, aspirando su aroma. Debería levantarse y ducharse, dejar claro que la aventura había terminado, pero no quería echarla aún de su lado.
Ella se movió cuando le acarició la espalda y sus manos descendieron por las curvas de sus caderas. Deseaba poseerla de nuevo. Una vez más. A pesar de las señales de alarma, le giró el cuerpo y se deslizó sobre ella mientras alargaba la mano en busca de otro preservativo.
La penetró en el instante en que los azules ojos se abrían somnolientos. Se hundió en su interior más lentamente, con más cuidado que la noche anterior. Quería saborear ese último encuentro.
—Buenos días —murmuró ella con una voz seductora que le hizo estremecerse.
Dulce bostezó y se estiró como un gato mientras le rodeaba el cuello con sus brazos. Hermosa y suave, sus movimientos imitaron los de él en un dulce balanceo.
Si la noche anterior había sido una rugiente tormenta, aquella mañana era la suave lluvia.
Él le retiró los cabellos del rostro, incapaz de resistirse a la tentación de besarla una y otra vez. No conseguía saciarse. En su mente surgió la idea de que no quería que se marchara, pero la expulsó de su cabeza, decidido a no caer en una trampa emocional.
Había vivido demasiado tiempo sin ataduras para permitir que volviera a suceder.
Ella lo envolvió en su abrazo mientras él embestía y se retiraba. El ritmo era lento, destinado a prolongar el placer.
Cuando ya no hubo manera de retrasar el exquisito placer, los llevó a ambos a la cima, quedando jadeantes y temblorosos, abrazados el uno al otro.
Se quedaron inmóviles durante largo rato, él aún dentro de ella.
De repente, la realidad se impuso. Era de día. La velada había terminado.
Bruscamente, se echó a un lado, se levantó de la cama y buscó sus pantalones.
—Voy a ducharme —dijo secamente al ver que la mujer lo miraba.
Ella asintió mientras él entraba en el cuarto de baño con más pena que alivio. Diez minutos después volvió al dormitorio. Ella había desaparecido de la cama, de la habitación. De su vida.
Parecía, en efecto, que había entendido a la perfección las reglas del juego. Quizás demasiado bien. Por un instante se había permitido soñar con que quizás, sólo quizás, ella aún estuviera en la cama. Saciada del amor que él le había hecho. Saciada y suya.

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Re: •°o.O Aventura Secreta O.o°• 3º En El Amor Y En La Guerra

Capítulo 3
Dulce se paró ante la puerta de las oficinas del hotel Anetakis y se alisó los cabellos por tercera vez, aunque sólo consiguió deshacer un poco más el elegante moño que se había hecho.
Tenía un aspecto frío y profesional, su trabajo le había costado lograrlo. No quedaba rastro de la mujer que se había entregado con tanta pasión dos noches antes.
Había esperado encontrárselo de nuevo. Por casualidad. A lo mejor conseguiría otra noche de pasión, aunque ella se había jurado que sólo sería una.
Tanto mejor así. Seguramente se había vuelto ya a dondequiera que viviese. Ella misma seguiría su camino en unas semanas, provista del dinero suficiente para costear sus viajes.
Consultó el reloj. Pasaban dos minutos de las ocho. Estaba citada a las ocho. Al parecer, la puntualidad no era uno de los puntos fuertes del señor Anetakis.
—Señorita Henley —a su espalda, la puerta se abrió y una mujer de mediana edad asomó la cabeza—, el señor Anetakis la recibirá ahora.
Dulce sonrió y siguió a la mujer al interior del despacho. El señor Anetakis estaba de espaldas y hablaba por el móvil. Al oírles entrar, se dio la vuelta y la joven se paró en seco.
El señor Anetakis se limitó a enarcar una ceja en señal de reconocimiento antes de colgar.
—Ya puede retirarse, Margery. La señorita Henley y yo tenemos cosas de que hablar.
Dulce tragó con dificultad mientras Margery salía del despacho y el señor Anetakis la taladraba con la mirada.
—Debes saber que no tenía ni idea de quién eras —dijo ella con voz temblorosa.
—Desde luego —contestó él con calma—. Lo noté por la expresión de espanto que tenías cuando me di la vuelta. Aun así, hace que las cosas resulten un poco incómodas, ¿no crees?
—No veo por qué —dijo ella mientras se acercaba a él con una mano extendida—. Buenos días, señor Anetakis, soy Dulce Henley, su nueva ayudante. Confío en que trabajemos bien juntos.
Él sonrió con cinismo, pero antes de poder decir nada, el móvil sonó de nuevo.
—Discúlpeme, señorita Henley —dijo con voz relajada antes de contestar al teléfono.
Aunque ella no entendía el idioma en el que hablaba, resultaba evidente que la llamada no le había agradado. Frunció el ceño y empezó a gritar antes de murmurar algo ininteligible y colgar.
—Le pido disculpas. Debo atender de inmediato un asunto. Reúnase con Margery en su despacho y ella se encargará de… instalarla.
Dulce asintió mientras él salía del despacho. Con las rodillas temblorosas, acudió en busca de Margery mientras rezaba para conservar la compostura durante las siguientes cuatro semanas.

Alfonso bajó del helicóptero y se dirigió al coche que había ido a recogerle. Camino del aeropuerto donde aguardaba el jet privado, hizo una llamada.
—¿En qué puedo servirle, señor Anetakis? —contestó el jefe de recursos humanos del hotel.
—Dulce Henley —rugió él.
—¿Su nueva ayudante?
—Deshazte de ella.
—¿Disculpe? ¿Hay algún problema?
—Limítate a deshacerte de ella. No quiero que siga ahí —respiró hondo—. Trasládala, asciéndela o págale el sueldo entero del contrato, pero deshazte de ella. No puede trabajar para mí. Tengo una política muy estricta sobre relaciones personales entre empleados.
Tras unos minutos sin oír nada al otro lado del teléfono, soltó un juramento y colgó. La llamada se había cortado. De todos modos, no quería una respuesta. Sólo quería que se solucionara.
La ayudante de su hermano había vendido información muy valiosa sobre la empresa a sus competidores. Después de aquel desastre, todos habían adoptado políticas muy estrictas sobre las personas que trabajaban con ellos. No podían permitirse otra Roslyn.
Aun así, sentía una opresión en el pecho mientras bajaba del coche y subía al jet. No podía negar que aquello había sido algo más que una aventura casual de una noche. Razón de más para cortarlo cuanto antes. No volvería a ceder ni un ápice de poder a otra mujer.

Dulce permanecía sentada ante el escritorio de Margery rellenando formularios. Había pasado la mañana en un estado de permanente nerviosismo mientras esperaba el regreso de Alfonso.
A la hora de la comida, bajó a la cafetería y comió un bocadillo mientras contemplaba las zambullidas de las gaviotas ante los turistas que les llevaban pan. Si Margery le permitía usar el ordenador por la tarde, mandaría un mensaje a Kirk.
Era su único amigo, aunque apenas se veían. Le divertía el hecho de que fueran dos almas errantes. Ninguno de los dos poseía un hogar, y a lo mejor por eso se entendían tan bien.
Un mensaje ocasional, una llamada de vez en cuando, y alguna reunión cuando sus caminos coincidían. Era lo más parecido a un hermano o un familiar de lo que jamás había soñado tener.
Terminó el bocadillo, arrojó el envoltorio a la papelera y se dirigió al ascensor de los empleados. ¿Habría vuelto Alfonso? Sintió un cosquilleo en el estómago, pero reprimió su nerviosismo. De nada serviría que él supiera hasta qué punto le había afectado su relación.
—El señor Patterson quiere verla de inmediato —fue el recibimiento de Margery.
Dulce frunció el ceño. Con un suspiro de resignación, se dirigió a la oficina del director de recursos humanos.
—Señorita Henley, pase —el hombre levantó la vista al verla entrar—. Siéntese, por favor.
Ella se sentó enfrente de él y esperó ansiosa.
—Cuando fue contratada —él carraspeó y tiró del cuello de la camisa antes de mirarla a los ojos—, fue para un puesto temporal. Como ayudante del señor Anetakis mientras estuviera aquí.
—Correcto —ya habían pasado por todo aquello.
—Siento mucho comunicarle que ya no necesita una ayudante. Ha cambiado de planes.
—¿Disculpe? —ella lo miró estupefacta durante unos segundos.
—Su contrato ha terminado con carácter inmediato.
—¡Bastardo! —exclamó ella—. ¡Es un completo y absoluto bastardo!
—El servicio de seguridad la acompañará a su habitación para que recoja sus pertenencias —continuó él como si tal cosa.
—Señor Patterson, puede decirle de mi parte, textualmente, al señor Anetakis, que es la peor de las escorias. Es una basura sin agallas y espero que se ahogue en su propia cobardía.
Acto seguido, se levantó y salió del despacho. El portazo retumbó por todo el pasillo.
No había tenido el valor de despedirla él mismo. Menudo farsante.
Dos guardas de seguridad se unieron a ella junto al ascensor, como si fuera una delincuente.
Subieron en medio de un tenso silencio y los hombres la siguieron por el pasillo hasta la habitación, apostándose cada uno a un lado de la puerta.
La joven se dejó caer sobre la cama como un globo desinflado. Maldito fuera ese hombre. No tenía dinero para seguir viajando. Había gastado hasta el último céntimo de sus ahorros en llegar hasta allí y ese trabajo debería haberle permitido recuperarse económicamente.
Pero en aquellos momentos sólo le quedaba una opción si quería tener un techo sobre la cabeza. Tendría que regresar a San Francisco y al apartamento de Kirk.
Tenían un acuerdo. Cada vez que ella necesitara un lugar en el que alojarse, podía ir allí.
Sólo podía ponerse en contacto con él por correo electrónico. Tan sólo esperaba que no coincidiera allí con ella, en una de las escasas ocasiones en que regresaba a su casa.
San Francisco pues, decidió al fin a regañadientes. A lo mejor encontraría un trabajo y podría ahorrar algo. Era una suerte disponer de alojamiento gratis, pero no le gustaba la idea de aprovecharse de la generosidad de Kirk.
—Maldito seas, Alfonso Anetakis —susurró. Ese hombre había conseguido convertir la noche más bella de su vida en algo sucio y odioso.
Se sacudió mentalmente. No servía de nada sentir lástima de sí misma. Sólo le quedaba recoger sus cosas, seguir adelante y, con suerte, aprender la lección.

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Re: •°o.O Aventura Secreta O.o°• 3º En El Amor Y En La Guerra

Capítulo 4
Cinco meses después…
Alfonso bajó la escalerilla del jet privado y se dirigió al coche que aguardaba. El conductor ya conocía el destino, de modo que no tuvo más que sentarse en el asiento de atrás mientras el coche se dirigía al hospital en el que estaba ingresada Dulce.
Debía de tener algo serio si había recurrido a él después de no dar señales de vida en cinco meses. La culpa era un fuerte estimulante, pero aun así había sido incapaz de localizarla.
Sin embargo lo importante era que la había encontrado. Se ocuparía de que tuviera los mejores cuidados para compensarle por la pérdida del empleo y, con suerte conseguiría sacársela de la cabeza.
Cuando llegaron al hospital, no perdió ni un segundo antes de correr hacia el ascensor.
Llamó con suavidad a la puerta, pero, al no recibir respuesta, entró en silencio.
Dulce estaba tumbada sobre la cama. La respiración, suave y rítmica, indicaba que dormía.
Sin embargo, tenía una expresión de preocupación en el rostro. Y las manos se aferraban a las sábanas a la altura del pecho. Aun así seguía tan hermosa como él la recordaba.
Arrojó la chaqueta sobre una silla junto a la cama y se sentó. El movimiento alertó a la joven que abrió los ojos.
Lo primero que reflejó su rostro fue estupefacción, en un gesto parecido al pánico. De inmediato, las manos se deslizaron hasta el estómago, en un gesto protector que sólo le habría pasado desapercibido a Alfonso de haber sido ciego.
Había una inconfundible hinchazón, un tenso montículo que protegía a un bebé en su interior.
—¡Estás embarazada!
—No lo digas así —ella entornó los ojos—. No lo conseguí yo sólita.
Durante unos segundos él estuvo demasiado aturdido para captar la insinuación y, cuando lo hizo, sintió una gélida sacudida en la columna. Los viejos recuerdos regresaron a su mente en una oleada de furia.
—¿Insinúas que eso es mío? —rugió. No volvería a caer en la misma trampa.
—Ella —corrigió Dulce—. Al menos habla de tu hija como si la consideraras un ser humano.
—¿Una hija?
En contra de su propia voluntad, la expresión de ira se relajó. Con impaciencia apartó las manos de la joven y dio un respingo cuando la tirante piel se movió al contacto con sus dedos.
—Theos! ¿Ha sido ella?
—Esta mañana está muy activa —Dulce asintió y sonrió.
Alfonso sacudió la cabeza en un intento de hacer desaparecer el hechizo. Una hija. De repente visualizó a una niña, idéntica a Dulce, pero con los ojos oscuros.
—¿Es mía? —la expresión volvió a endurecerse.
Dulce lo miró con calma a los ojos y asintió.
—Tomamos precauciones. Yo tomé precauciones.
—Es tuya —ella se encogió de hombros.
—¿Y esperas que me lo trague? ¿Así sin más?
—En dos años no me he acostado con ningún otro hombre —ella intentó incorporarse—. Es tuya.
—Entonces no te opondrás a la prueba de paternidad —él ya no era el confiado ******* de años atrás.
—No me opongo —ella cerró los ojos en un claro gesto de cansancio—. No tengo nada que ocultar.
—¿Y qué te pasa? ¿Por qué estás en el hospital? —preguntó él al fin. El descubrimiento del bebé, y la posibilidad de que fuera suyo, le habían hecho olvidar el motivo de su presencia allí.
—He estado enferma —dijo ella con voz cansada—. Tensión alta. Agotamiento. Mi médico dice que mi trabajo es en gran parte culpable y quiere que lo deje. Dice que no tengo elección.
—¿En qué demonios has estado trabajando? —preguntó él.
—De camarera. Fue lo único que encontré en tan poco tiempo. Necesitaba el dinero para poder marcharme de aquí. A algún lugar más cálido.
—¿Y por qué viniste aquí? Podrías haberle marchado a cualquier parte.
—Aquí dispongo de alojamiento. Alojamiento gratuito —ella lo miró con amargura—. Tras ser despedida no tuve elección. Necesitaba un sitio para dormir hasta poder ahorrar dinero.
—Escucha, Dulce, en cuanto al despido… —el remordimiento lo aguijoneó. No sólo la había despedido, sino que había empujado a una mujer embarazada a una situación desesperada.
—No quiero hablar de ello —la joven alzó una mano y lo miró con expresión airada—. Eres un cobarde y un bastardo. Jamás te habría vuelto a dirigir la palabra de no haber sido porque nuestra hija te necesitaba, de no ser porque yo necesitaba tu ayuda.
—De eso se trata. Jamás fue mi intención despedirte —dijo él con calma.
—Pues no me sirve de mucho consuelo teniendo en cuenta que sí fui despedida y escoltada hasta la puerta de la calle de tu hotel —ella lo miró furiosa.
Alfonso suspiró. No era el momento de intentar razonar. Cada vez estaba más alterada. Si había optado por pensar lo peor de él, estaba claro que en cinco minutos no iba a conseguir borrar cinco meses de ira.
—¿Y qué es lo que necesitas de mí? —preguntó—. Haré lo que pueda por ti.
Ella lo miró con la desconfianza reflejada en los ojos azules y él decidió que sin duda sería mucho mejor que la niña tuviera los ojos de su madre. El pelo oscuro y los ojos de color verde mar. ¿O eran azules? Parecían cambiar constantemente.
—Mi médico no me dará el alta hasta que le asegure que alguien cuidará de mí —ella cerró los ojos y dejó caer los hombros—. Deberé guardar reposo en cama hasta la operación.
—¿Operación? —Alfonso se echó hacia delante—. Creía que sufrías un problema de tensión alta —por el embarazo de su cuñada, sabía que el tratamiento para el estrés o la tensión alta era simplemente reposo—. No te pueden operar mientras estés embarazada. ¿Qué pasa con el bebé?
—Ese es el problema —dijo ella pacientemente—. Al realizarme una ecografía para comprobar el estado del bebé, encontraron un quiste en uno de mis ovarios. El quiste ha crecido y ahora empieza a presionar contra el útero. La única opción para que no dañe al bebé es operar.
—Esta operación… —Alfonso soltó un juramento—. ¿Es peligrosa? ¿Podría lastimar al bebé?
—El médico cree que no.
Él volvió a soltar un juramento. No quería verse nuevamente involucrado en una situación en la que podría perderlo todo. Ya no era tan *******. Las cosas se harían a su modo.
—Vas a casarte conmigo —anunció secamente.

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Re: •°o.O Aventura Secreta O.o°• 3º En El Amor Y En La Guerra

Capítulo 5
—¡Te has vuelto loco! —exclamó Dulce.
—No creo que hablar de matrimonio indique una mente trastornada —Alfonso entornó los ojos.
—Loco. Decididamente.
—No estoy loco —gruñó él.
—¡Hablas en serio! —ella lo miró con una mezcla de estupefacción y horror—. Por el amor de Dios. ¿De verdad crees que me casaría contigo?
—No hay motivo para mostrarte tan espantada.
—Espantada —murmuró ella—. Eso describe mejor mi reacción. Escucha, Alfonso. Necesito tu ayuda. Tu apoyo económico. Pero no necesito matrimonio. No contigo. Jamás contigo.
—Pues si quieres mi apoyo económico, puedes estar malditamente segura de que tendrás que casarte conmigo para conseguirlo —rugió él.
—Sal de aquí —espetó ella mientras con una mano temblorosa señalaba hacia la puerta.
—No debería haber dicho eso —Alfonso le tomó la mano y le acarició suavemente el interior de la muñeca—. Me has puesto furioso. Si es mi bebé, por supuesto que tendrás mi apoyo, Dulce.
Sorprendida por el brusco cambio, ella sólo fue capaz de mirarlo fijamente sin saber qué decir.
—¿Entonces nos olvidamos de todo eso del matrimonio?
—No te he prometido eso —él apretó los labios—. Tengo la intención de casarme contigo en cuanto pueda, y desde luego antes de la operación.
—Pero…
—Vas a sufrir una peligrosa intervención —él la hizo callar alzando una mano en el aire—. No tienes familia, nadie que esté a tu lado, que tome decisiones si sucediera lo peor.
Un escalofrío recorrió la columna de la joven. ¿Qué sabía él de su familia? ¿La había hecho investigar? Una náusea le agarrotó el estómago. No soportaba la idea de que alguien supiera algo de su pasado. Por lo que a ella respectaba, el pasado no existía. Ella no existía.
—Tiene que haber otro modo —dijo ella con la voz quebrada.
—No he venido para pelear contigo —la expresión de él se suavizó—. Tenemos mucho que hacer. Hablaré con tu médico y te trasladaré a un lugar mejor. Quiero que un especialista se ocupe de ti. Nos podrá dar una segunda opinión. Y también me ocuparé de organizar nuestra boda.
—Alto ahí —exclamó ella, furiosa—. No tienes derecho a irrumpir aquí, hacerte cargo de mi vida y tomar decisiones por mí. Ya he hablado con los médicos. Soy plenamente consciente de lo que hay que hacer, y yo decidiré qué es lo mejor para mí y mi hija. Si te supone un problema, puedes volver a tu isla y dejarme en paz.
—No te alteres, Dulce —él alzó las manos—. Siento haberte ofendido. Estoy acostumbrado a hacerme cargo. Me pediste ayuda y te la he ofrecido, y ahora no pareces quererla.
—Quiero tu ayuda, pero sin condiciones.
—Pues me temo que no puedo mantenerme al margen.
—Ni siquiera estás convencido de que sea tu hija —espetó ella.
—Es verdad —él asintió—. Sería un ******* si aceptara tu palabra sin más. Apenas nos conocemos. ¿Cómo sé que no te lo has inventado todo? En cualquier caso, estoy dispuesto a ayudarte. Te lo debo. De momento, estoy dispuesto a asumir que llevas dentro de ti a mi hija. Y quiero que nos casemos antes de que te sometas a cualquier tratamiento médico.
—Pero eso es una locura —protestó ella.
—Haré redactar un acuerdo que proteja los intereses de ambos —continuó él—. Si resulta que me has mentido y el bebé no es mío, el matrimonio será anulado de inmediato. Os proporcionaré una manutención a ti y a tu hija, y cada uno seguiremos caminos separados.
A ella no se le escapó el modo en que dijo «tu hija», distanciándose a propósito de la ecuación. La opinión que parecía tener de ella no era precisamente una buena base para un matrimonio.
—¿Y qué pasa si es tuya? —preguntó con dulzura.
—Entonces permaneceremos casados.
—No —ella sacudió la cabeza—. No quiero casarme contigo. Y no es posible que tú sí lo desees.
—No pienso discutir, Dulce. Te casarás conmigo, y lo harás enseguida. Piensa en qué es mejor para tu hija. Cuanto más tiempo perdamos, más tiempo estaréis tú y el bebé en peligro.
—Me estás chantajeando —exclamó ella perpleja.
—Piensa lo que quieras —él se encogió de hombros.
—Es tu hija —dijo ella furiosa—. Hazte las malditas pruebas, pero es tuya.
—No te habría ofrecido el matrimonio si no pensara en esa posibilidad —Alfonso asintió.
—¿Y no quieres esperar a los resultados antes de que nos atemos el uno al otro?
—Lo dices de un modo muy raro —Alfonso parecía hasta divertirse—. Nuestro acuerdo está abierto a cualquier posibilidad. Si me has mentido, estaré dispuesto a mostrarme generoso. Y si, tal y como afirmas, ella es hija mía, lo mejor será que estemos casados y le demos un hogar estable.
—¿Un hogar con dos padres que apenas se soportan?
—Yo no diría eso —él enarcó una ceja—. Aquella noche en mi hotel parecíamos llevarnos muy bien.
—La lujuria no es un buen sustituto para el amor, la confianza y el compromiso —ella se sonrojó.
—¿Y cómo sabes que todo eso no va a surgir con el tiempo?
Ella lo miró estupefacta.
—Dale una oportunidad, Dulce. Quién sabe qué nos deparará el futuro. De momento, hay que ocuparse de la operación, y por supuesto del resultado de la prueba de paternidad.
—Claro. Qué ******* por mi parte pensar en el matrimonio cuando estamos hablando de casarnos.
—No hace falta ser tan sarcástica. Y ahora, si hemos terminado, sugiero que descanses un poco. Tenemos mucho que hacer, y cuanto antes lo organice todo, antes podrás quedarte tranquila.
—No he dicho que vaya a casarme contigo —contestó ella.
—No. Y espero tu respuesta.
La frustración martilleaba las sienes de Dulce. Qué enervante resultaba ese hombre. Arrogante. Convencido de salirse siempre con la suya. Y aun así, el muy ******* tenía razón en todo.
Se echó hacia atrás y cerró los ojos mientras la tristeza la invadía. Sentía ganas de llorar. Aquello se alejaba mucho de sus sueños de futuro. Había aceptado el hecho de que seguramente jamás se casaría, que jamás podría llegar a confiar en alguien. Pero eso no le había impedido soñar con un hombre que no abusara de su confianza. Alguien que la amara sin condiciones.
—No será tan malo —dijo Alfonso mientras le tomaba nuevamente la mano.
—De acuerdo, Alfonso —ella abrió los ojos con expresión agotada—. Pero tengo mis condiciones.
—Te proporcionaré un abogado que vele por tus intereses.
Todo aquello sonaba estéril y frío. Sintió un escalofrío. No tenía ninguna duda de estar cometiendo un error. Quizás el mayor de su vida. Pero por su hija haría cualquier cosa. Desde el momento en que había descubierto que estaba embarazada, el bebé se había convertido en su prioridad. Si hiciera falta, se casaría hasta con el mismísimo demonio.
—¿Y qué tal si elijo yo al abogado y le pido que te pase la minuta? —se ofreció ella.
—¿No te fías de mí? —él soltó una carcajada—. Supongo que tienes tus motivos. De acuerdo.
Ella entornó los ojos. Alfonso se mostraba magnánimo. Podía permitírselo. Había ganado.
—¿Necesitas algo? ¿Quieres que te traiga algo?
—Comida —dijo ella tras dudar un instante.
—¿Comida? ¿No te dan de comer aquí?
—Me refiero a comida que esté buena —dijo ella—. Me muero de hambre.
Él sonrió y Dulce sintió una sacudida que le llegó hasta la punta de los pies. Maldito fuera por ser tan atractivo. Con la mano acarició la barriga en una silenciosa disculpa. No lamentaba ni un instante de aquella noche, pero no estaba dispuesta a pagar por ella el resto de su vida.
—Veré qué puedo hacer con la comida. Ahora descansa. Volveré en un rato.
Alfonso la sorprendió con un casto beso en la frente, un gesto muy tierno.
—No quiero que te preocupes por nada. Descansa y ponte bien. Y cuida de tu… nuestra hija.
Las últimas palabras parecieron costarle un esfuerzo, como si estuviera cediendo. A lo mejor no deseaba tener hijos. Sin embargo, tenía una hija y más le valía acostumbrarse a la idea.
Tras una última mirada, él salió de la habitación del hospital y cerró la puerta.
Casada.
No se imaginaba casada con un hombre de tamaña dureza. Ya había tenido bastantes personas duras en su vida. Individuos fríos, sin emociones, sin corazón, sin amor. Y de repente se veía abocada a un matrimonio que sería una réplica de su infancia.
—Para ti nunca será así, cariño —dijo mientras acariciaba la barriga—. Te amo y no permitiré que pase un solo día sin que lo sepas. Te lo juro. Pase lo que pase, siempre me tendrás a mí.

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Re: •°o.O Aventura Secreta O.o°• 3º En El Amor Y En La Guerra

Capítulo 6
—He hecho algo terrible —dijo Alfonso en cuanto su hermano, Chrysander, descolgó el teléfono.
—¿Por qué se está convirtiendo en una costumbre que mis hermanos pequeños llamen en medio de la noche pronunciando esas mismas palabras? —Chrysander suspiró y se sentó en la cama.
—¿Se ha metido Theron en algún lío? —preguntó Alfonso.
—No desde que sedujo a una mujer bajo su protección —contestó secamente el hermano mayor.
—Ah, te refieres a Bella. ¿Y por qué creo que fue ella quien le sedujo a él?
—Nos estamos desviando del tema. ¿Qué es eso tan horrible que has hecho y cuánto va a costar?
—Puede que nada. Puede que todo —contestó Alfonso con calma mientras oía a su hermano soltar un juramento y decirle algo a Marley—. No preocupes a Marley con esto. Siento haberla despertado.
—Demasiado tarde —rugió Chrysander—. Dame unos minutos para bajar al despacho.
Alfonso esperó martilleando con los dedos en la mesa. Al fin Chrysander volvió a hablar.
—Ahora cuéntame qué pasa.
—He tenido una aventura. En realidad, una aventura de una noche.
—¿Y? —preguntó su hermano con impaciencia—. Eso no es nuevo para ti.
—Era mi nueva ayudante.
Chrysander soltó otro juramento.
—Pero no lo supe hasta que apareció el primer día de trabajo. Hice que la despidieran.
—¿Y por cuánto nos ha demandado? —gruñó el otro hombre.
—Déjame terminar —le interrumpió Alfonso con impaciencia—. No tenía intención de despedirla. Le pedí a mi director de recursos humanos que la trasladara, o la ascendiera o que le pagara todo el contrato, pero él sólo oyó la parte de «deshazte de ella», y la despidió.
—Muy bien, ¿y cuál es el problema?
—Está en el hospital. Está enferma, necesita una operación… y está embarazada.
—Theos —exclamó Chrysander—. Alfonso, no puedes consentir que vuelva a suceder. La última vez…
—Lo sé —contestó él con irritación. Lo último que quería era que su hermano se lo recordara.
—¿Estás seguro de que el bebé es tuyo?
—No. He pedido una prueba de paternidad.
—Bien hecho.
—Hay algo más que deberías saber —dijo Alfonso—. Me voy a casar con ella. Dentro de unos días.
—¿Qué? ¿Te has vuelto loco?
—Qué curioso, ella dijo lo mismo.
—Menos mal que uno de los dos tiene algo de sentido común —dijo Chrysander airadamente—. ¿Por qué demonios quieres casarte con esa mujer si ni siquiera sabes si el niño es suyo?
—Es increíble cómo se han vuelto las tornas.
—No empieces. Escuché lo mismo de Theron cuando se empeñó en casarse con Alannis. Poco importó que acertara vaticinando el desastre que fue. Vuestra advertencia sobre Marley fue algo totalmente distinto. Tú no mantienes ninguna relación con esa mujer. Te acostaste con ella una noche, y ahora asegura que eres el padre de su bebé, ¿y te vas a casar con ella? ¿Así sin más?
—Necesita mi ayuda. No soy imbécil. Haré que nuestro abogado redacte un acuerdo que contemple la posibilidad de que el bebé no sea mío. De momento lo mejor será casarnos. Si es mi hija, ¿cómo me sentiría si no hubiera hecho nada mientras esperaba el resultado?
—¿Hija?
—Sí. Al parecer, Dulce está embarazada de una niña —a pesar de sus dudas y sospechas no pudo evitar sonreír ante la imagen de una niña con grandes ojos y una dulce sonrisa.
—Dulce. ¿Cuál es su apellido?
—No lo hagas, hermano. No hace falta investigar su pasado. Puedo ocuparme de ello yo solo.
—No quiero verte herido de nuevo —dijo el hermano mayor.
Ahí estaba. Por mucho que intentara evitar el pasado siempre estaba ahí, como un oscuro nubarrón. Sin previo aviso, la imagen de otro niño se formó dolorosamente en su mente. Un niño dulce de cabello oscuro y sonrisa angelical. Eric.
—Esta vez me aseguraré de que mis intereses estén mejor protegidos —dijo Alfonso con frialdad—. Entonces yo era un estúpido.
—Eras joven, Alfonso —Chrysander suspiró.
—Eso no es excusa.
—Llámame si me necesitas. A Marley y a mí nos gustará asistir a la boda.
—No hace falta.
—Sí hace falta —lo interrumpió su hermano—. Hazme saber los detalles y tomaremos un avión.
Alfonso cerró la mano con fuerza en torno al auricular. Era bueno tener un apoyo incondicional. De repente fue consciente de que a Dulce no le había ofrecido su apoyo incondicional. La había amordazado y se había aprovechado de la situación.
—De acuerdo. Te llamaré cuando esté todo organizado.
—Avisa también a Theron. A Bella y a él les encantará estar allí.
—Sí, hermano mayor —Alfonso suspiró.
—No te pido gran cosa —Chrysander rió—. Además, casi nunca me escuchas.
—Dale un beso a Marley de mi parte.
—Lo haré y… ¿Alfonso? Ten cuidado. No me gusta cómo huele este asunto.
Alfonso colgó el teléfono y luego llamó a su abogado al que le describió brevemente la situación. Después tomó medidas de seguridad para Dulce. Desde lo sucedido con la esposa de Chrysander, Marley, él y sus hermanos no corrían riesgos. Luego llamó al hospital para averiguar la hora de la siguiente visita del médico. Por último, encargó en un restaurante cercano una cena completa para llevar.

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