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Cristal
soledadlatina
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*ººº**LA TIA EULOGIA*ººº**

Una mañana, mi tía Eulogia despertó con la sensación de que ese día quedaría guardado para siempre en algún rincón de su memoria. La noche anterior había decidido hablar con Roberto y explicarle las razones por las cuales ella se iba a separar. —¿Tienes un momento para conversar conmigo? —Es que estoy atrasado y no quiero llegar tarde a la oficina —dijo Roberto, anudándose a toda carrera la corbata. —Lo que quiero decirte es muy importante. —A las siete de la mañana nada es tan importante —respondió él, dándole un beso apurado, frío y sin gusto a nada en la frente. —¿Ni siquiera que tu mujer te diga que se va de la casa? Quién sabe qué creyó Roberto, pero se quedó mirándola como si hubiera visto a un aparecido. —¿Qué dijiste? —Siéntate y hablemos —dijo ella, serenamente, sin perder la compostura, como si le estuviera pidiendo que se sentara para coserle un botón. Dos horas más tarde, Roberto salió de su casa con la mente llena de nubes. Se fue a la oficina de uno de sus mejores amigos, y le contó lo que pasaba. Eulogia quería separarse. En el curso de una larga conversación le había mencionado cosas rarísimas; le habló de libertad, de que necesitaba un espacio, dijo que ya había cumplido 40 años y... —Sí —le explicaba Eulogia en ese mismo momento a su hermana Filomena— cumplí 40 años y mírame, ¿quién soy? Un apéndice de Roberto. ¿Qué he hecho con mi vida aparte de querer matar a la flaca de la esquina o a esa crespa de la oficina con quien anda Roberto ahora? ¡Nada! ¿Una carrera? No tengo una carrera. ¿Medios propios para mantenerme? Tampoco. —¿Y entonces qué vas a hacer? —Son muchas las mujeres que se han separado de sus maridos y han tenido que luchar solas. Yo también seré capaz de hacerlo. —¡Pero si no sabes ni freír un huevo! —Aprenderé. —¿A estas alturas? ¿No será mejor que te resignes a tu suerte y te quedes con Roberto? Mal que mal ha sido tu marido por más de 20 años, el padre de tus hijos... Pero la tía Eulogia había tomado su decisión. No era tan cierto que apenas supiera freír un huevo, en el curso de su matrimonio con Roberto tuvo diversos oficios, pasó por la universidad, incluso, pero nunca tomó nada demasiado en serio. La casa, el cuidado de los niños, la flaca de la esquina, la vida de la Domitila... ocuparon siempre los primeros lugares en su lista de prioridades. Pero ahora había llegado su turno. Quería demostrar que era capaz de vivir sola, de mantenerse, de tener éxito en cualquier cosa que emprendiera. No quería seguir dependiendo de Roberto, de sus amores, de su mal genio. Lo quería mucho y eso no iba a cambiar, pero no deseaba seguir siendo una mujer pegada al marido, a la espera de que se aburriera de enamorar a cualquier cosa con faldas que pasara por su lado. Los hombres nunca piensan que puede llegar el día en que su mujer los deje. Para ellos, la vieja está hecha para soportar, no para irse de la casa. Y todavía quedan algunos, como Roberto, que esperan que la esposa los soporte hasta el final. Lo cierto es que nunca hubiera imaginado que la tía Eulogia se iría de su lado. —Te apuesto a que vuelve en un mes —dijo la flaca de la esquina. Estaba completamente equivocada. La tía Eulogia hizo sus maletas un martes por la mañana. Salió de su casa con sus únicas pertenencias: una maleta con algo de ropa, su maletín con los cosméticos más nuevos y las obras completas de Marguerite Yourcenar. Miró hacia atrás y vio su casa regia, el auto de Roberto estacionado frente al garaje, el jardín muy bien cuidado y en ese momento tuvo clara conciencia de la magnitud de su desastre: había vivido los últimos 20 años dependiendo de un hombre para todo, hasta para comprarse los calzones, y a los 40 años enfrentaba el mundo con una maleta, su libro de cabecera y sus cosméticos. El panorama distaba mucho de ser alentador... ‘Pero mi libertad no tiene precio’, se dijo, y echó a andar calle abajo. Las primeras semanas no fueron fáciles. Primero se fue a la casa de su madre y en cuanto encontró un departamento de un cuarto, se mudó. Sus hijos hacían fila en la puerta para convencerla. —Vuelve, mamá. No puedes hacerle esto a mi papá. ¿Qué vas a hacer sola en el mundo? La familia unida jamás será vencida —le decían. Pero ninguno de ellos logró convencerla. Una noche, el propio Roberto llegó a rogarle que volviera. —¿Y aquí vas a vivir, Eulo? Te va a dar claustrofobia. Este lugar es diminuto —paseó la vista por el pequeño estudio y casi no pudo creer que la tía Eulogia pudiera sentirse cómoda en aquel espacio tan reducido. —La claustrofobia no tiene nada que ver con el espacio, sino con la calidad del aire que se respira —filosofó mi tía. Hablaron. Hablaron mucho rato, algo totalmente nuevo en su relación, porque nunca antes había logrado mi tía sentar a Roberto 10 minutos seguidos para conversar sobre lo que les pasaba a ellos dos. Sin embargo, ahora tenía la sensación de que si bien podían seguir siendo buenos amigos, era tarde para encender el amor. —No quieres seguir casada conmigo —le dijo Roberto con una mirada de desconcierto. —La verdad es que no —le dijo mi tía y luego le explicó que ella necesitaba demostrarse a sí misma que era una persona independiente del marido. Después, tal vez... —¿Después de qué? ¿De que te enamores de otro y de otro y de otro, porque eso es lo único que saben hacer las mujeres separadas? —dijo Roberto con la voz aflautada, porque ante el espanto de enfrentar la vida sin su mujer se le había adelgazado la voz. —Después que me vaya bien en lo mío —señaló mi tía. Y eso fue todo. Roberto salió de allí 10 años más viejo, más desconcertado y deprimido. Anduvo un rato deambulando por las calles tratando de poner sus pensamientos en orden y luego se fue a la casa de la flaca de la esquina. Ahí le cayó otro balde de agua fría en la cabeza. La flaca le dijo que a ella le encantaba ser su amante, pero no quería cargar con un marido amargado al que su señora había abandonado por su libertad. Eso, le dijo, solo les pasaba a los tontos. Todas las viejas se iban porque tenían otro, porque se habían enamorado o porque querían enamorarse, pero ¿para encontrar un espacio propio? —Hay que ser muy poca cosa para que te dejen por unos metros —lo insultó sin misericordia—. Y yo no estoy para ser el pañuelo de nadie más que de mí misma. —¿Qué les pasa a las mujeres de estos días? —le preguntó Roberto a su terapeuta esa misma tarde. Y el hombre, a quien su mujer había abandonado porque decidió que quería ingresar a un convento, pues Dios le parecía un marido mucho más amoroso y amable que él, le dijo que llevaba años tratando de entenderlas. De la consulta del terapeuta se fue a su casa. Al entrar le cayó encima un silencio pesado. Subió al dormitorio que durante años había ocupado con Eulogia y al ver el clóset vacío, sintió unas lágrimas tibias. A los 10 minutos, entró la Domitila con una maleta. —Vengo a despedirme, don Rober —le dijo la Domi. —¿A despedirte? ¿Adónde te vas? —Adonde se vaya la señora Eulogia. —Eulogia quiere su independencia, de mí, de los hijos, de ti, hasta de la gata —dijo Roberto, rabioso. —Entonces me voy a mi casa, mal que mal tengo a mi marido y a mis hijos, pero sin la señora Eulogia, aquí no tengo nada que hacer —le dijo con firmeza. —¿Y yo? ¿Quién va a estar en casa cuando llegue? —¡Pero si ha pasado más de 20 años llegando a medianoche! ¿Ahora que ella no está quiere llegar temprano? Y fue entonces cuando Roberto se dio cuenta de las dimensiones de su precaria situación. La Domitila estaba en lo cierto. Si no había llegado a la casa nunca antes de las 12 de la noche, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Tal vez las cosas no eran tan malas después de todo. Eulogia había ganado libertad y ¿por qué no él? —Está bien. Vete. Yo me las arreglaré solo. —Entonces, don Rober, me despido. Ha sido un placer trabajar con usted, que tenga una buena vida con la flaca, la rubia, la crespa o con quien sea. Hasta luego —y se fue llevándose su maleta con un poco de ropa y la mente llena de recuerdos de esas paredes en medio de las cuales había pasado gran parte de su vida. Roberto estuvo un rato pensativo. De repente le dio hambre y bajó a la cocina. Abrió el refrigerador y lo vio medio vacío. —¡Eulogia! ¿Qué hay de comer? —gritó movido por la costumbre y le llegó de regreso el silencio. A esa misma hora, la tía Eulogia se encontraba comiendo una pizza frente al televisor usado que había conseguido por pocos pesos en un bazar. Vería su programa favorito, leería un rato, y a la cama. Al día siguiente, a primera hora, compraría los periódicos y se pondría a buscar trabajo. Así empezó su nueva vida.
Cristal
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*ººº**LA DIETA IDEAL*ººº**

Como todas las mujeres que han pasado los 40 años, mi tía Eulogia tenía problemas para bajar de peso. Los kilos de más eran la pesadilla de su vida y a decir verdad le importaban mucho más que la flaca de la esquina. ‘Si yo fuera como un espárrago, estoy segura de que no me pasarían ni la mitad de las tragedias que me pasan’, le decía a mi abuela. ‘Ay, hijita’, contestaba mi abuela que de la vida ya lo había visto todo o casi todo, ‘conociéndote, sé que te quejarías aunque te convirtieras en gu-sano’. Lo cierto es que mi tía se la pasaba envidiando a una prima que tenía, huesuda y de piernas largas, y haciendo dieta para adelgazar. Las probó todas. La del repollo, la Atkins, la macrobiótica, la de Beverly Hills, la de la avena, la antidieta, la dieta de la Luna y la del bisté con huevo; también probó el ayuno de una semana y esa semana se deshizo, literalmente hablando, pero la próxima vez que se echó un plato de comida a la boca los kilos volvieron, como golondrinas y se instalaron en sus muslos y en sus caderas para siempre. Iba día por medio a un gimnasio y se torturaba trotando en una máquina, ejercitando los músculos en otra y pedaleando en una bicicleta estática que detestaba con toda su alma... Pero no había solución. ‘Yo nací para ser gorda’, se lamentaba. Un día decidió vestirse de negro porque así se veía más flaca. —¿Quién se te murió ahora? —le preguntaba el pesado de Roberto, haciéndose el divertido... Fue en esa época cuando mi tía se convirtió en experta en venenos; había tomado la firme determinación de acabar con Roberto si seguía burlándose de ella. Nunca había sido más infeliz que en esos tiempos. Y todo por unos miserables kilos de más. —La vida está hecha de muchas cosas, hijita, la animaba mi abuela—. ¿No te da vergüenza quejarte por los kilos cuando tienes tanto de qué alegrarte? ¿No te importa que en el resto del mundo la gente se esté matando, que en Africa los niños se mueran de hambre y que el SIDA sea una epidemia cada vez más peligrosa? —No me importa nada, mamá, lo único que quiero es ser flaca como alambre y para siempre. Hasta que un día, así porque sí, su suerte cambió de un plumazo. Mi tía Eulogia iba caminando por una calle del barrio alto de Santiago sin atreverse a mirarse en las vitrinas para no verse como un globo, cuando un hombre muy guapo se detuvo a su lado y así como quien no quiere la cosa, soltó: —¿Qué santo ha muerto en el cielo que la Virgen va de luto? —¿Qué? —preguntó mi tía Eulogia, asombrada. —Le pregunto qué santo ha muerto en el cielo que la Virgen va de luto —dijo el guapo. Mi tía lo miró con atención y entonces se dio cuenta de que el guapo era un ángel. —Disculpe —dijo el ángel— tal vez me toma por un impertinente, pero no, no es eso, es que la encuentro muy bonita y he venido del cielo con un encargo muy especial de mi jefe. —¿Su jefe? —Sí, señora, mi jefe me ha enviado para que le haga entrega de una dieta ideal. —¿Para adelgazar? —Así es —dijo el ángel, sobándose las manos. —¿Y cómo dijo que se llamaba su jefe? —Bueno, usted debe saberlo muy bien, mi querida señora, es el único habitante del cielo —dijo, sonriendo. La tía Eulogia lo miró con curiosidad. —No estará hablando de Dios —aventuró. —Precisamente, señora mía, de él estoy hablando. —Y quiere hacerme creer que Dios anda perdiendo su tiempo con dietas para adelgazar —dijo mi tía apresurando el paso, porque el ángel estaba produciéndole una terrible desconfianza. —Yo no quiero hacerle creer nada en especial —dijo el ángel, sin inmutarse—, simplemente cumplo órdenes, y mis órdenes son enseñarle a usted la dieta ideal.
Cristal
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*ººº**LA DIETA IDEAL*ººº**

—¿Aquí? ¿En medio de la calle? —preguntó la tía Eulogia. —Bueno, no tiene por qué ser en medio de la calle. Podemos entrar en una cafetería, ¿qué le parece? —A ver, déjeme ver si estoy entendiendo bien. Usted dice ser un ángel enviado por su jefe, y que su jefe es Dios y que Dios lo ha enviado a la Tierra para que me enseñe la dieta ideal. ¿Es eso? —Eso mismo —sonrió muy complacido el ángel. Creer o no creer, se dijo la tía Eulogia y decidió que le creería, total, ¿qué podía perder? —Está bien, a una cuadra de aquí hay una cafetería. Vamos —le dijo, y se encaminaron hacia la esquina. El ángel pidió un pastel de moras y un chocolate batido con crema y la tía Eulogia, un vaso de agua mineral sin gas. Su última dieta para adelgazar prohibía el café, el té, las bebidas de dieta, la leche y el queso, cualquier tipo de licor, todas las carnes, los pescados azules, blancos y rojos, los huevos, las verduras rojas y naranjas, las hojas verdes, la fruta, el cordero, el pan y la mantequilla, los cereales y, por supuesto, el arroz y las pastas y todos los dulces del planeta. Lo único que podía ingerir era, en realidad, agua mineral sin gas con una rodaja de limón sin cáscara. Nada más. —¿Eso nada más va a pedir? —le preguntó el ángel, compadeciéndose de ella. —Es que estoy a dieta —dijo la tía Eulogia bajando los ojos, avergonzada de su ‘comida’. —Bueno, bueno, vamos a ponerle punto final a su calvario, señora mía, pídase un buen pan con mantequilla y un café con leche, porque vamos a comenzar a hacer la dieta ideal y ya verá como entre mi jefe y yo la tenemos convertida en un tallo de perejil en menos de un mes. —¿Está hablando en serio? ¿Comiendo pan con mantequilla? —los ojos de mi tía se habían abierto como platillos voladores. —Así es, pan con mantequilla, pero ya verá, mi querida señora, que al cabo de poco rato haciendo la dieta ni siquiera el pan con mantequilla le apetecerá. —Bueno, enséñeme —rogó mi tía— y entonces el ángel le explicó que todas las mujeres del mundo cometen el error de creer que sin comer o comiendo solo vegetales van a adelgazar, cuando la verdad de las verdades era que su jefe había dispuesto otras normas muy distintas de esas para mantener el peso ideal y, por supuesto, la buena salud. —¡No me diga! ¿Y cuáles son las normas? —preguntó mi tía, empezando a dudar de que el personaje que tenía frente a ella fuera realmente un ángel. —Es una sola norma —dijo el ángel— pensar, usar la cabeza, ejercitar las neuronas, alimentar la mente. —A ver, explíqueme mejor, que no le entiendo. —Las mujeres —empezó el ángel— creen que para adelgazar hay que ejercitar el cuerpo hasta el cansancio y no comer, cuando lo que hay que hacer, en realidad es ejercitar la mente y comer de todo. Mi jefe me lo ha dicho y usted, señora mía, no podrá negar que mi jefe sabe más que usted, que yo y que todos los mortales e inmortales nacidos y por nacer. ¿Ejercitar la mente? ¿Cómo se hacía eso? ¿Y el jefe decía que había que pensar para perder kilos? ¡Pero qué revolucionario! Le preguntó al ángel si podía ser un poco más claro y él entonces le explicó la ‘dieta’, paso a paso. Al abrir los ojos, en la mañana, se debía partir ejercitando las neuronas, un ejercicio muy simple: contar desde la ventana de su pieza todos los árboles que viera en la calle y después las flores que viera en su jardín. Siempre desde la ventana. Luego venía el desayuno. Y el desayuno consistía en una taza de té, un huevo cocido, una manzana orgánica y dos tostadas de pan de trigo con mantequilla y mermelada hecha en casa. Mientras se lo comía, debía pensar en algún filósofo antiguo, Aristóteles, por ejemplo, y si pudiera, debía leer algunos de sus párrafos. En el almuerzo, que consistía en comer lo que le diera la gana, podía ser un plato de lentejas con una ensalada, debía pensar en lo hermosa que era alguna música, como la de Beethoven y escucharla mientras saboreaba su comida. Sin olvidar un vasito de vino, que esta era parte fundamental de la dieta. Y después de almorzar, era bueno leer algún párrafo de El Quijote de la Mancha o dar comienzo a la lectura de Madame Bovary. Y a la hora de la cena, que consistía en un buen pedazo de carne a la parrilla, con una papa asada y ensalada de tomate con lechuga y cebolla, o de lo que más le gustara, debía pensar en el significado más profundo de las cosas, en la suerte que ella tenía de haber nacido mujer y no de ser hombre, como el pobre de Roberto, quien tenía sobre sus hombros la tremenda carga de mantener a toda la familia. Luego debía invitar a Roberto a tomarse un aperitivo. Y de noche, cuando solo el silencio los rodeara y la luna estuviera colgando en el medio del cielo, debía hacer el amor con él, lentamente, como si el tiempo nunca estuviera destinado a terminar... —Y yo le aseguro, señora mía, que si sigue todas mis instrucciones al pie de la letra, al cabo de un mes habrá perdido para siempre esos kilos que le estorban —dijo el ángel y emprendió el vuelo dejando a mi tía boquiabierta.
Diamante
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Re: *ººº**LA DIETA IDEAL*ººº**

:cara_oh: me tienes emocionada con la historia de tu tia .....
 
Cristal
soledadlatina
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*ººº**LA DIETA IDEAL*ººº**

La tia eulogia es escrita por  Elizabeth Subercaseaux en vanidades es buenisima y por ello la traigo aqui...disfrutala..!!!
Diamante
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Re: *ººº**LA DIETA IDEAL*ººº**

:cara_risa: jiji oohh ok.... entonces seguire leyendo.... gracias
Cristal
soledadlatina
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*ººº**EL PERDON*ººº**

El ciclo era más o menos así: mi tía lo sorprendía con otra, porque le encontraba una carta, una mancha de lápiz labial, o sentía olor a un perfume que no era el de ella; porque escuchaba una conversación por teléfono a las dos de la madrugada, o simplemente porque empezaba a darse cuenta de que Roberto no era el mismo. Algo lo estaba persiguiendo y se había puesto lejano... en fin, no había nada más fácil que sorprender a Roberto pegándole los cuernos a mi tía, pues con todo lo bruto que podía ser —y era medio bruto, hay que decirlo— era transparente como casi todos los hombres, como un cristal, siempre se podía ver para el otro lado. Entonces mi tía lo llamaba a la oficina para hacer las cosas más oficiales y más serias, y lo citaba a un café. —Tengo que hablar contigo —le decía, y Roberto, que sabía desde el primer instante de qué tenía que hablar con él, se ponía su impermeable color café, su sombrero de fieltro y partía a la ‘cita’. Los primeros años, en el transcurso de las primeras infidelidades, mi tía se ponía a llorar. Roberto hacía hasta lo imposible por consolarla y convencerla de que la ‘otra’ no era importante para nada, que todo había sido una simple aventura de un par de noches, que no se trataba de nada serio, que no era lo que ella creía, que a la única mujer en la vida que realmente amaba era a ella... y le pedía que por favor lo perdonara. —Te pido perdón de rodillas, si es necesario, y te prometo, por mi mamá y mi abuela Dorila que están en el cielo, que nunca, nunca más... —le decía. Entonces mi tía entornaba los ojos, ponía una cara decreerle, que a cualquiera le hubiera dado vergüenza, y decía: —¿Estás seguro? —Sí, mi amor —juraba Roberto—. Cómo no voy a estar seguro. Y salían del café, tomados de la mano y la vida seguía su curso sin que las cosas hubieran pasado a mayores. Pero con el correr del tiempo y como el gusto que Roberto tenía por las mujeres en vez de disminuir fue creciendo y mi tía fue poniéndose cada vez más agria y enfurecida con tanta flaca, rubia, crespa y secretaria nueva que revoloteaban por su vida, todo cambió. Cuando Roberto llegaba a la ‘cita’, ella se ponía de pie, para recibirlo, viéndose más alta, y casi le escupía en la cara: ‘¡Te vi!’. Y eso era todo. Abandonaba el lugar tan altivamente como había llegado y Roberto sabía que esa noche era mucho más prudente alojarse en un hotel y mandarle un ramo de flores con la consiguiente tarjetita pidiéndole perdón, al día siguiente. Vale decir que Roberto la engañaba, ella enfurecía, Roberto le pedía perdón y ella lo perdonaba. Y así se encontraron un día con que ya llevaban cerca de 25 años casados, y como era de esperar, a Roberto no se le había pasado, en absoluto, el gusto por las mujeres. A estas alturas mi tía no es que se hubiera convertido en sabia, pero algo había aprendido, ya no era la llorona de antes cuyo corazón se reblandecía a la primera disculpa de Roberto. Así que ese día, cuando llegó a su casa después de jugar canasta con un grupo de amigas, alrededor de las 10 de la noche y encontró que Roberto había dejado un recado en la máquina del teléfono —una reunión de trabajo— se puso a registrarle los bolsillos de una chaqueta, una ignominia que una mujer inteligente jamás debe permitirse... Y encontró lo que andaba buscando: una bella carta de amor. ‘Te espero donde siempre, corazón de mis entrañas’, leyó mi tía con los labios temblando de rabia. Dieron las 12 de la noche y Roberto no llegó. Dieron la una y seguía sin volver a la casa. A las tres de la mañana, mi tía reconoció el familiar ruido de la llave y saltó de la cama. Cuando Roberto alzó la vista, la vio, esperándolo en la parte superior de la escalera. —¿Cómo te fue, corazón de mis entrañas? —lo saludó mi tía, sin poder ocultar el frenesí que se estaba apoderando de su cuerpo.
Cristal
soledadlatina
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*ººº**EL PERDON*ººº**

Esa noche hablaron, ahí mismo, nada de cita al día siguiente en un café, y mi tía fue clara como el agua y sin rodeos le dijo lo que pensaba: que el matrimonio se había acabado. —Ahora mismo, en este mismo instante, te ruego que eches alguna ropa en un maletín y te vayas de mi casa, mañana te mandaré el resto. Esta vez no hay perdón, Roberto. Te deseo una vida pésima. Adiós —y se encerró en el baño para darle tiempo de hacer su maletín e irse. Roberto no podía creer lo que le estaba pasando. Golpeó la puerta del baño con fuerza. —¡Eulogia! Perdón, te pido perdón de rodillas, por mi mamá y mi abuela Dorila que están en el cielo, te juro que nunca, nunca más, te lo prometo, perdóname. Mi tía salió del baño y con una expresión solemne le dijo: —Mira, Roberto, el perdón tiene que conllevar alguna acción y todos estos años el círculo vicioso se ha repetido de la misma manera: me engañas, te sorprendo, me pides perdón, te perdono y al parecer, mi perdón funciona como una licencia para que me engañes de nuevo. ¡Se acabó! —Vamos a una terapia de pareja —propuso Roberto como último recurso, y cual no sería su sorpresa cuando la tía Eulogia, impredecible como el tiempo en marzo, aceptó. —Muy bien, vamos a una terapia de pareja; pero siempre que me prometas que te someterás a lo que el médico te recete, sea lo que sea. ¿Estás de acuerdo, Roberto? —Hecho —dijo Roberto, y esa noche durmió en el sofá. Hicieron una cita al día siguiente con el doctor Cirilo Mendoza, muy famoso por sus terapias de pareja, y el médico los recibió ese mismo día a las siete de la tarde. —Su marido no es infiel— dijo el doctor una vez que habló media hora con Roberto, media hora con mi tía y 15 minutos con los dos. —¿Ah, no? Una flaca de la esquina, tres secretarias nuevas, una rubia de la farmacia, la cajera de un banco y cuatro enfermeras, ¿no le parecen a usted suficiente como para afirmar que es un infiel? —No. —¿Quiere más? Y si no es infiel, ¿qué le pasa? —Está enfermo, señora, es adicto al sexo, pero eso tiene remedio, yo lo voy a someter a un tratamiento para curarlo. Durante las próximas dos semanas, el doctor Mendoza sometió a Roberto al ‘tratamiento’ y si no lo dejó i-diota, fue por milagro. Lo citaba a las siete de la tarde, todos los días. Lo sentaba en una silla especial, llena de electrodos. Le mostraba una foto de Marilyn Monroe, desnuda. Y cuando las partes de Roberto reaccionaban como las de cualquier hombre frente a Marilyn desnuda, echaba a andar la maquinita y ¡chas! Roberto recibía una descarga eléctrica que lo dejaba turulato. Al día siguiente, le mostraba una foto de una francesa, estupenda, para morirse de amor, medio desnuda, en la cubierta de una lancha, comiéndose un helado de frutillas, y ¡chas!, la corriente y la cabeza de Roberto caía hacia un lado y quedaba semiinconsciente por los próximos cinco minutos. Al otro día le mostraba una foto de una conejita de Playboy, en una postura que era como para enloquecer a cualquiera. Roberto sacaba la lengua, respiraba profundo, trataba de alcanzar la revista y ¡chas! Otro correntón que lo dejaba fuera de servicio por media hora. Lo tuvo a ‘tratamiento’ por dos semanas. Y cuando le dio de alta, Roberto llegó a la casa y se quedó en cama para no tener que salir a la calle. Mi tía Eulogia partió corriendo donde Mendoza, era obvio que Roberto podía haberse mejorado de su adicción al sexo; pero había quedado con una fobia extraña. —No se atreve a salir de la casa, doctor. —Eso se le va a pasar. Siempre ocurre al principio. —¿A qué se debe?—quiso saber la tía Eulogia, muy preocupada por la salud mental de su marido. —Bueno, usted sabe, en la calle andan mujeres y después de este tratamiento el hombre queda, digamos, un poco asustado —dijo Mendoza—. Pero se le va a pasar. No se preocupe. Efectivamente, se le pasó; pero en los próximos años, cada vez que Roberto veía a una mujer estupenda en la calle, salía corriendo a perderse. Y mi tía se sentía feliz.
Cristal
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*ººº**El Primer Amor*ººº**

No se olvida ni se deja, dice la canción sobre el primer amor. Y debe ser verdad. Conozco a muchas mujeres que nunca han olvidado al primer amor, lo han dejado para casarse con otro, pero ¿olvidarlo?, no. Yo misma. Hasta hoy veo la figura quijotesca de mi primer amor, un flaco con gusto a nada, que en ese momento me parecía el hombre más bello del universo. Llegaba a mi casa con un poncho largo hasta el suelo, con sus mechas desgreñadas, a veces amarradas con un elástico, produciendo el espanto de mi mamá. Un día me regaló una estrella de mar seca y yo creí que me iba a morir de amor. ¡Cómo han cambiado los tiempos! Si hoy llegara un novio con una estrella de mar seca en vez de un perfume de Chanel, seguramente lo mandarían de vuelta con su ‘regalito’. Sin embargo, a mí, la estrella me pareció un pedazo de la Luna. Todo esto ocurría cuando teníamos unos 14 años. Pasó el tiempo. Pasó la vida. Nunca más lo vi. No sé si está muerto, si vive en Santiago. Lo cierto es que jamás lo olvidé.
Una gran amiga mía se reencontró con su primer amor en un bus. Fue una sola mirada, me dijo mi amiga, una sola mirada y en un segundo volvió el pasado, los besos en la puerta de mi casa, las cartas de amor, los helados de los domingos, ‘en un segundo’. Se bajaron en la próxima parada. Se fueron a un motel. Hicieron el amor. Ella le escribió una carta a su marido explicándole la situación. Mi amiga se fue a vivir con su primer amor a los Estados Unidos, dejó su casa, su esposo de no sé cuántos años y sus hijos ya crecidos. ‘Ahora me toca a mí, ya he hecho todo lo que de mí se esperaba, crié a mis hijos, aguanté al guatón durante décadas y me toca ser feliz’. Eso fue todo. El marido, que no pudo reponerse de la impresión, quedó mirando al norte... Cada vez que pasaba un avión rumbo a New York el pobre hombre se secaba una lágrima... Qué se le va a hacer, la vida es así.
Algo similar le pasó a la tía Eulogia, pero, claro, a ella nunca le ocurrían las cosas como a la otra gente y esta vez...
Estaba mi tía en su casa leyendo el diario y esperando que una de sus hijas le trajera a su nieta mayor para hacerse cargo de la niña por un par de horas. A esas alturas, había cumplido 50 años, pero ya se había jubilado del sexo con Roberto y con los hombres de sus sueños, y estaba más o menos resignada a transformarse en abuela modelo y que esa fuera su vida de allí en adelante. Pero el destino le tenía reservada una pequeña sorpresa. Súbitamente el timbre la sacó del crucigrama que estaba resolviendo. Fue a abrir la puerta y se encontró con un hombre que le recordaba algo, pero no cualquier cosa, sino una profunda emoción escondida en su corazón. Lo miró. El la miró de vuelta y luego miró el número de la casa para cerciorarse de que no se había equivocado. Y cuando estaba a punto de pedirle disculpa, pues en realidad iba a la casa de al lado y se había equivocado, mi tía Eulogia alzó la vista y sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho, preguntó en un hilo de voz:
—¿Eres tú?
—Sí —le dijo él mirándola a los ojos tal como lo hacía en esas noches de calor en la arena tibia de la playa, donde se conocieron hacía tantos años.
—¿Eugenio? ¿El mismo Eugenio de hace 37 años, 4 meses, 2 semanas, 3 días y 4 horas? —preguntó mi tía, y él se rió.
—El mismo.
—¿Y qué haces aquí? —preguntó mi tía, y entonces él le explicó que en la casa de al lado vivía su hermana, se acababa de cambiar y había venido a conocer su casa nueva. La cara de mi tía Eulogia ensombreció. En un instante le había pasado una buena película por la cabeza: Eugenio la había amado todos esos años y finalmente se había decidido a buscarla y ahí estaba, tocando el timbre de su casa.
—¡Qué feliz coincidencia! ¿Tienes un minuto para tomar un café conmigo? —preguntó Eugenio.

Cristal
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*ººº**El Primer Amor*ººº**

Y mi tía, que para el primer amor se hubiera hecho el minuto de todas maneras, subió a peinarse y pintarse los labios, y al cabo de un rato ya estaban sentados en el café de la esquina sin poder apartar los ojos uno del otro.
Al día siguiente fue un almuerzo en una pizzería, por la tarde fue un paseo por el borde del río, y luego un trago en el bar del Sheraton, y por la noche... bueno, esa noche se selló el amor que no pudo sellarse casi 40 años antes por la sencilla razón de que entonces eran apenas unos niños.
Mi tía Eulogia regresó corriendo a su casa, con el corazón a punto de salírsele del pecho; se sentía nueva, amada, deseada, bonita, tenía un brillo en la mirada que el pajarón de Roberto confundió con una alergia, y se sentía caminando en los potreros vacíos de la Luna.
—Estoy enamorada —le dijo a su hermana Filo al día siguiente, y dos noches más tarde enfrentó a Roberto.
—Tenemos que hablar.
—¿De qué?
—De nosotros.
—Llevamos casi 40 años hablando de nosotros —le dijo Roberto.
—Pero esta será la última vez.
—Siempre es la última vez.
—Estoy enamorada y a lo mejor estoy embarazada —soltó mi tía.
—¿Qué?
Y entonces mi tía le explicó que había tenido un encuentro con su primer amor, y que tal como había hecho una de sus hermanas antes, ella estaba dispuesta a partir con él a una nueva vida.
A todo esto Eugenio estaba contento de haberse encontrado con mi tía, pero una sombra, un problemita se albergaba en su corazón y no se atrevía a enfrentarlo.
—Te recomiendo ser sincero con ella —le dijo el siquiatra en repetidas ocasiones, pero el miedo es cosa seria y Eugenio prefirió callar, y en lugar de franquearse con mi tía y contarle su verdad, optó por proponerle matrimonio.
Sobra decir que mi tía Eulogia aceptó encantada, bajó de peso, se tiñó el pelo de otro color, se compró ropa preciosa, y se veía regia, para qué estamos con cuentos, muy regia, tanto que cuando fue a despedirse de Roberto, Roberto se le tiró encima para besarla y llevarla al sofá, y mi tía lo atajó con una mano.
—Pare, señor, ya no estoy casada con usted —le dijo con firmeza.
Nunca he visto a Roberto más desesperado. A mi tía se le había metido entre ceja y ceja que el matrimonio estaba muerto desde quién sabe cuándo, había contratado a un abogado para que hiciera los papeles de divorcio con premura y se había lanzado a la vida. Roberto no había podido hacerla entrar en razón. Pasaba los días en la casa de mi abuela lamentando su tragedia:
—Y yo que creí que íbamos a envejecer juntos, y yo que pensé que era el único hombre en su vida, he caído de las nubes —decía el pobre, y mi abuela lo escuchaba lamentarse, le servía tacitas de té verde, pero no decía nada.
Llegó el día del matrimonio de mi tía. Esa mañana Roberto se quedó en cama con las persianas echadas, se tomó 3 aspirinas y media botella de Vodka y durmió su tristeza mientras, a 40 cuadras de allí, mi tía aceptaba a Eugenio por esposo.
Aquella noche los novios se quedaron en un hotel en Santiago, y al día siguiente tomaron el avión a Miami, donde esperaban pasar una semana. Eugenio siempre había querido conocer las playas de Miami. Reservó una pieza en uno de los mejores hoteles, a pocos pasos de la arena. Aterrizaron muy temprano, casi de madrugada, tomaron un auto y se instalaron en el hotel. Pasó un día, y todo muy bien, como Dios manda. Un rico desayuno con jugo de naranja, huevos con tocino y pan integral; toda la mañana en la playa, luego un almuerzo ligero, una siesta con el consiguiente parloteo amoroso de un par de recién casados, y por la noche iban a bailar a una ‘disco’ y regresaban al hotel cansados y contentos.
Pero de repente, fue una mañana, como si un huracán hubiese entrado en sus vidas, todo cambió. Mi tía estaba terminando de tomar su desayuno cuando Eugenio le dijo que iba al baño y volvía. Al cabo de media hora, como Eugenio no volvía, mi tía pensó que probablemente había subido a la habitación y llamó al ascensor. Luego de varios minutos, el ascensor bajó y cuando se abrieron las puertas, mi tía se encontró de frente con la que sería una de las mayores tragedias de su vida: Eugenio besándose con un joven bastante menor que él, en la boca, y con pasión. Mi tía se heló.
—¡Eugenio! —gritó, cuando fue capaz de articular una palabra.
—Perdóname, Eulogia —dijo él, poniéndose rojo.
—¡Pero si es un hombre! —chilló mi tía a punto de perder el conocimiento.
—Es que no me atreví a decírtelo —balbuceó Eugenio mientras el alemán se escabullía por un lado.
—¿A decirme qué? —preguntó mi tía Eulogia, horrorizada.
Y no hablaron más. Mi tía regresó a Santiago esa misma tarde. Desde el avión llamó a Roberto.
—¿Aló, Roberto? Ha pasado algo espantoso —le dijo.
—¿Qué? —preguntó Roberto.
—Eugenio es gay —dijo mi tía.
—Me alegro —dijo Roberto.
—¿Te alegras? Eres cruel, te estoy llamando desde el avión. Al llegar a Santiago me separaré de él.
—Solo a ti se te ocurre casarte con un gay —le dijo al verla en el aeropuerto.
—¿Me perdonas? —preguntó la descarada de mi tía.
—¡No! —dijo Roberto y enseguida se sintió mejor.
Por primera vez en su vida se había puesto, realmente, los pantalones