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Diamante
passion15
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LEYENDAS DE MICHOACAN

COMO SABRAN ACA YA A PARTIR DE HOY COMENZAMOS A FESTEJAR A LOS DIFUNTOS Y QUIZE TRAERLES UNAS LEYENDAS ESPERO LES GUSTEN SALE?
Diamante
passion15
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Re: LEYENDAS DE MICHOACAN

 

LA CALZADA DE GUADALUPE (mas conocida como calzada de san diego) de Morelia es una obra monumental de los pasados siglos.

En esa casa que moraba hace muchos años, muchisímos años un hidalgo tan noble como el Sol y tan pobre como la luna, sus abuelos allá en la madre patria, habían hospedado en su casa a don Carlos V y a don Felipe II, su padre había sido real trinchante, camarero secreto y guardia de corps de don Felipe V, y él, últimamente había desempeñado en la corte un cargo de honor que, despertando las envidias primero y las iras después, de los privados y favoritos, había tenido que refugiarse en este rinconcito de la Nueva España que se llamó Valladolid, para ponerse a cubierto de unas y otras. Era don Juan Nuñez de Castro, hidalgo de esclarecido linaje y sangre más azul que la de muchos.

Vinieron con el de España, su esposa doña Margarita de Estrada y su hija única doña Leonor. Era doña Margarita, segunda esposa, como de cuarenta años, gruesa de cuerpo. Hablaba tan ronca como un sochantre. Su pupila azul parecía nadar en un fluido de luz gris dentro de un cerco de pestañas desteñidas. La nariz roja y curva como de guila le daba el aspecto de haber sido en su tiempo gitana de pura sangre. Era rabiosa, más que un perro y furibunda como pantera. Con el lujo desplegado en la corte arruino a su marido irremediablemente.Y hoy en día, casi expatriados, en un medio que no era el suyo, consumía los restos de su antiguo esplendor y riqueza.

Era doña Leonor, entenada de doña Margarita e hija de la primera esposa de don Juan. Su belleza era sólo comparable a la de la azucena, blanca como sus pétalos y rubia como los estigmas de sus estambres.

Su cabellera rubia le envolvía la cabeza como en un nimbo de oro. Su nariz recta y sonrosada. Su boca pequeña, roja como cacho de granada. Sus labios delgados y rojos que al plegarse para sonreír mostraban dos hileras de dientes diminutos y apretados como perlas en su concha. Sus pupilas azules como el cielo parecían dos estrellas circuidas de un resplandor de luz dorada e intensa. Su cuerpo esbelto y delgado como una palma del desierto. De un temperamento dulce y apacible, de una delicadeza y finura incomparable que revelaba a las claras el origen noble de su madre.

Madrastra y entenada eran una verdadera antítesis. Un contraste de carácteres. Mas como la gitana había dominado a don Juan, lo había hecho también con Leonor, quien sufría constantemente las vejaciones que el destierro de la corte, la miseria de su situación y las pretensiones de su madrastra la hacían sufrir sin remedio. No podía la noble muchacha asomarse a la ventana, ni salir a paseo ni tener amigas, ni adornarse, ni siquiera dar a conocer que existía. Debía estar constantemente o en la cocina guisando o en el lavadero lavando o en las piezas barriendo. Jamás había de levantar los ojos para ver a nadie. Y !ay de ella!, si contrariando las órdenes que se le habían dado se asomaba al balcón o se adornaba, pues que había en casa sanquintín, perdiendo Leonor en todo caso.

Vino a Valladolid un noble de la corte del virrey a pasar semana santa como era costumbre en aquella época, y habiendo visto a Leonor en las visitas de monumentos quedó en seguida prendado de su hermosura. Ella por su parte no miró con malos ojos al pretendiente y desde luego, mediando el oro, recibió una carta en que se le consultaba su voluntad. , citando al galán para las ocho de la noche en la reja del sótano, lugar donde para sustraerla de las miradas de la juventud vallisoletana, la tenía confinada doña Margarita.

Era el galán don Manrique de la Serna y Frías, oficial mayor de la secretaría virreinal cuyos padres residían en España. Su posición en México superaba a toda ponderación. Joven, inteligente, activo, sumiso, lleno de las esperanzas, con su buen sueldo en la corte, estimado del virrey y de la nobleza mexicana. De seguro que al presentarse a don Juan de por sí o con una carta del virrey, este si consentía Leonor, no le negaría la mano de su hija. Pero don Manrique quiso primero estar seguro de la voluntad y del amor de Leonor. Pues bien para ahuyentar a los curiosos y conociendo perfectamente el poco ánimo de la gente y el miedo que causaban en ella los duendes y aparecidos, vistió a su paje de fraile dieguino, después de haberle pintado en su rostro una calavera, con la consigna de pasearse de un lado a otro a lo largo de la calzada de Guadalupe como ánima en pena, mostrando lo más que pudiese la calavera. Sonó el reloj de la catedral pausadamente las ocho de la noche y en seguida todos los campanarios de la ciudad, comenzaron a lanzar los tristes clamores, implorando los sufragios por los difuntos, según las costumbres de aquella santa época. La luna iba dibujándose entre las ligeras nubes que como con un manto de encaje envolvían el horizonte. Un vientecillo suave soplaba suavemente moviendo las ramas de los árboles y embalsamando el ambiente con el penetrante perfume de los jazmines. Todo estaba mudo, silencioso. El fingido difunto se paseaba a lo largo del muro donde estaba la reja del sótano, y la gente que se atrevía a verle la cara, corría despavorida, lanzando destemplados gritos. Entre tanto don Manrique se acercaba a la reja del sótano para platicar con doña Leonor.

Noche a noche, a las ocho, brotaba sin saber de donde aquel espanto que traía asustados a todos los pacíficos moradores de la calzada de Guadalupe, de modo que a las siete y media de la noche, en que terminaban los últimos reflejos del crepúsculo y se envolvía el cielo en su gran manto de estrellas, la gente estaba ya recogida en sus casas medrosa y espantada.

No le pasaba lo mismo a doña Margarita que maliciosa como era, anduvo espiando -sabedora del espanto y víctima ella misma de él-, el momento oportuno de averiguar el misterio. Descubrió al fin la patraña y usando de su para ella indiscutible autoridad, una vez, estando doña Leonor platicando con don Manrique acerca de los últimos preparativos para pedir su mano a don Juan, cerró por fuera el sótano dejando prisionera a dona Leonor.

Don Manrique llamado apresuradamente a la corte y llevando ya el proyecto de que el virrey le pidiese a don Juan la mano de su hija para él, partió al día siguiente con su comitiva para México.

Doña Leonor al querer al día siguiente salir del sótano, para entregarse a sus ordinarias ocupaciones, encontró que no podía salir por estar cerrada por fuera la puerta. Así pasó todo aquel día llorando y sin comer. Don Juan no la extraño porque jamás se presentaba en la mesa; duraba días y días sin verla; así es que no notó su ausencia. Además, había salido de Valladolid a fin de arreglar los últimos detalles de las siembras de una hacienda no lejana que había comprado con la herencia materna de su hija y por lo mismo no pudo darse cuenta de la prisión de doña Leonor.

Mas como doña Leonor no quería perecer de hambre y conservarse para su muy amado Manrique, durante el día sacaba por entre la reja su mano aristocrática pálida y casi descarnada, a fin de implorar una limosna por amor de Dios a los transeúntes que siempre ponían en ella un pedazo de pan. Doña Margarita había difundido que doña Leonor estaba loca y que se ponía furiosa y por eso estaba recluida y como no le bastase el mendrugo que le suministra la madrastra, por eso pedía pan. El espanto había acabado, ya no se veía al fraile discurrir por la noche a lo largo del muro; pero hoy de día no cesaba de estar una mano pálida como de muerte implorando por la reja la caridad publica, con voces débiles y lastimeras.

Mas un día, día de Corpus Christi, por más señas, cuando las sonoras campanas de la catedral echadas a vuelo pregonaban la majestad de la eucaristía que era llevada por las calles en medio de una pompa inusitada, llegaba a la puerta de la casa de don Juan, una comitiva casi real, a cuyo frente iba don Manrique que traía para don Juan la carta del virrey en que para el le pedía la mano de doña Leonor. Don Juan, asustado, conmovido, empezó a dar voces llamando a doña Leonor. Doña Margarita se había ido al corpus, de modo que nadie respondía, hasta que los criados, sabedores del martirio de doña Leonor, le descubrieron el escondite. Abrieron la puerta y quedaron petrificados, al ver que doña Leonor estaba muerta. Fueron aprehendidos en el acto padre, madrastra y criados, y consignados a las autoridades reales, sufriendo al fin cada cual el condigno castigo.

Don Manrique engalanando el cadáver de doña Leonor con el traje blanco de boda que llevaba para ella, le dio suntuosa sepultura en la iglesia de San Diego.

Después por mucho tiempo, se veía a deshora en la reja del sótano una mano aristocrática, pálida y descarnada como un lirio marchito, que apareciendo por la reja del sótano imploraba la caridad pública pidiendo un pedazo de pan por amor de Dios.

Diamante
passion15
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Re: LEYENDAS DE MICHOACAN

MISA DE MEDIA NOCHE
Catedral de Morelia

ERA DON JUAN VÉLEZ un venerable anciano de costumbres puras, de mirar candoroso y sereno, erguido siempre a pesar de sus noventa abriles y de un humor de perlas. Vestía de ordinario un larguísimo saco negro que era substituido en los días de gran fiesta por una levita cruzada de antiguo corte. Nunca se le caía de la calva y blanca testa el sombrero de copa alta, que por irrisión llama el vulgo sorbete.

Cuando hacia frío se envolvía en una amplia y obscura capa española y para librarse del Sol desplegaba una enorme sombrilla blanca de China con varillas de ballena. Amante como el que más de los chascarrillos y de las leyendas, entretenía a sus amigos con unos y otras en las noches de persistente lluvia o en las largas veladas de invierno. Su plática jamás decaía y su carácter era dulce, apacible y firme como roca.

Una noche le oí contar la siguiente fantástica leyenda que nos gustó sobremanera.

Hubo en tiempos pasados en la catedral de Morelia un sacristán mayor que fue de la familia de don Juan Vélez, a quien aconteció este maravilloso suceso.

La noche había cerrado obscura y fría. Un viento fuerte zumbaba ruidoso entre los macizos arcos de las torre de la catedral. Negras nubes acumuladas al oriente por la cañada del Rincón brillaban a ratos como relámpagos rojizos. Truenos lejanos repercutían de eco en eco, dando a conocer que la tempestad se aproximaba. El aroma de la tierra mojada hería fuertemente el olfato. De repente grandes gotas empezaron caer deshaciéndose los nubarrones en torrencial aguacero. Diluviaba, que no llovía. La gente había corrido a refugiarse en sus casas y la campana mayor con su sonora y potente voz tocaba la queda, cuyo sonido se perdía arrebatado por el viento. Los guardias nocturnos se mantenían serenos al abrigo de una puerta o de un balcón, dejando entre las cuatro esquinas de las calles la opaca linterna que brillaba como fuego fatuo merced a la lluvia y las tinieblas. Poco a poco fue calmando la tormenta. Los relámpagos fueron menos frecuentes y v&ividos;vidos. El trueno se alejó perdiéndose en la inmensidad del espacio. El obscuro cielo descubierto a grandes trechos lucía sus estrellas radiosas y brillantes. El aire húmedo y fresco había plegado sus alas. El búho y la lechuza lanzaban al espacio sus voces medrosas y destempladas, como anunciando fatídicos sucesos. El silencio sólo era interrumpido ya por las horas que daba el reloj de la catedral repetidas de sereno en sereno a voz en cuello.

Mediaba la noche, cuando el padre sacristán de la catedral escuchó con asombro un repique solemne dado por manos invisibles en las torres como si llamaran a misa pontifical. Se levantó de prisa y acudió a ver que significaba aquello, encontrando que las ventanas de la catedral filtraban profusamente una luz dorada como si hubiese maitines. Piensa en un incendio y vuela presuroso hacia la sacristía y !oh asombro! Allí estaban preparados sobre las cajoneras los ornamentos sagrados, como solían en las suntuosas solemnidades. Va a la iglesia, penetra y queda deslumbrado por la profusión de ceras encendidas en las arañas de cristal de roca y en los dorados altares churriguerescos.

En esos momentos un torrente de atronadora armonía salió volando de los tubos del viejo órgano, haciendo vibrar las bóvedas del templo. A esa explosión de acordes arrebatados, sucedió una marcha fúnebre que erizaba los cabellos y sacudía los nervios. La puerta de la cripta se abrió rechinando en sus goznes enmohecidos al empuje de unas manos descarnadas y amarillas. En el interior de la cripta se dejo oír un ruido macabro de huesos que se unen a huesos, de esqueletos que se levantan, de músculos que brotan, de piel que recubre la carne; ruido imposible de ojos que brillan y se asombran, rumor frío y apagado de acentos seculares, de palabras extrañas de ininteligibles para los oídos del tiempo, zumbido de aire húmedo y acre de cofres antiguos abiertos de repente después de haber estado cerrados durante muchos años; crujir de sedas apergaminadas y endurecidas por la humedad, el polvo y el vaho de los cadáveres.

Empiezan a salir por la obscura puerta de la cripta de dos en dos, para seguir a lo largo de las naves, todos los canónigos sepultados ahí, dirigiéndose lentamente a la sacristía. Era presidida la casi interminable procesión por un obispo revestido con sus ropajes violeta y escarlata. Entretanto que la procesión circulaba por las naves convertidas en ascuas de oro, el órgano seguía trinando como los pájaros, zumbando como el viento, gimiendo como las tórtolas, atronando como las cascadas, filtrando sus sonidos delicados como rayos de luz que pasan por las vitrinas de colores de góticos ventanales. Penetran en la sacristía que se agranda para dar cabida a aquella multitud que hasta entonces había pasado de pocos en pocos por su estrecho recinto. Se revisten con los ricos ornamentos toledanos; capas pluviales recamadas de oro, plata y seda. Ayudan al obispo a engalanarse con sus ropajes, su mitra y su báculo de inestimable y artística riqueza que le daba aspecto de emperador bizantino que fuese a presidir una fiesta de corte en los primitivos tiempos del bajo imperio. En seguida marchan de nuevo a lo largo de las naves de la catedral, encaminándose al altar mayor, pasando por el coro para celebrar la misa pontifical.

Un coro de niños, mezclando sus nuevas y argentinas voces con las graves y envejecidas de cantores antiguos, cantan el Introito, los Kiries, el Gloria, el Credo y el Gradual, acompañados de los acordes incomparables del órgano. Llega el momento en que el pontífice inclinando la frente levanta con sus blancos dedos la hostia consagrada. La muchedumbre de fieles de remotas edades allí presentes por una evocación del tiempo, se prosternan en estática adoración, nubes azuladas se levantan de los incensarios de oro envolviendo con su ambiente y sus perfumes la sagrada forma, al pontífice y a los sacerdotes que rodeaban el altar. Otra vez el coro, al cantar el Benedictus atronó en armonías colosales de alabanza que, no cabiendo en el ámbito de la basílica, se difundían atropelladamente por el espacio en retumbos como de tormenta, que luego se convertían gradualmente en suaves y melifluas melodías de éxtasis y adoración. Prosiguió la misa hasta entonar el diácono el Itemissa est con voz fría como si se levantara de la losa de un sepulcro, apagada como si se saliera de la garganta de un muerto, que se difundió de eco en eco hasta perderse en los rincones de las obscuras capillas. Dio el pontífice la triple bendición y al entonar el coro el Sanctus Deus, el sacristán mayor que atónito contemplaba aquel extraño espectáculo vio que se inclinaban las pilastras, se entreabrían las bóvedas, derrumbaba con grandísimo estruendo la cúpula aplastándolo y desmenuzándolo todo. Aquella ruina inmensa le aplastó también a él que cayó sin sentido, hasta que al amanecer del día siguiente; cuando la blanca luz de la aurora tímida se tamizaba por los cristales de las ventanas, le encontraron al pie del altar mayor, tendido, magullado, calenturiento. Apenas tuvo tiempo de referir el suceso, porque se agravó y se murió.

"¿Fue esto producto de una imaginación calenturienta? "¿Fue acaso un extraño delirio? Porque la catedral siguió como siempre altiva y suntuosa. "¿Fue acaso más bien una fábula medio profética de lo que sucedería después? "¿Era que don Juan Vélez tan serio, por fuera le bullía la risa por dentro mientras todos colgados de sus labios le escuchaban con profunda atención? !Tal vez!

Diamante
passion15
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Re: LEYENDAS DE MICHOACAN

EN MORELIA, DEL TEMPLO DE LA Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís, joya de arte y relicario histórico, no queda ya ni el polvo. Situado en un ángulo del cementerio del antiquísimo templo de los frailes franciscanos, se erguía con su torre afiligrana y su cúpula revestida de azulejos. En su recinto al pie de uno de los altares colaterales, estuvieron sepultados los restos mortales del señor cura don Mariano Matamoros, héroe de la independencia de México, bastando esto sólo para haberlo conservado intacto, como un homenaje y como un recuerdo amoroso.

El cementerio era muy pintoresco y melancólico. Una gruesa tapia coronada a lo largo de arcos invertidos y manchada de musgo merced a la acción de la humedad y de los años, lo cerraba por sus costados. Por encima sobresalían las copas de los olivos, de los fresnos y de los cipreses, que entrelazando sus ramajes daban misteriosa sombra a los sepulcros y a las capillas del Viacrucis que por dentro corrían en torno del cementerio.

En medio de la arboleda, sobre tres o cuatro gradas de mohosa cantería, entre cuyas junturas crece esa menuda hierba sin nombre que decora los edificios antiguos, se alzaba el cilíndrico pedestal que sostenía una cruz que entre los brazos tenía una fecha remota.

Por el poniente daba acceso al cementerio un portón de hierro forjado, mostrando en la parte de arriba el escudo de la orden, en cuya labor tejió un encaje de Bruselas el herrero que lo construyera. Servía de fondo la fachada del templo grande, con su puerta de marquetería, su ventanal con el escudo franciscano consistente en un cruz sobre la cual se cruzan dos brazos, habiendo por debajo tres clavos en forma de abanico. Entre la puerta y el ventanal adornados con pilastras, columnas, cornisas, flores y conchas, se destaca la fecha de 1610. Fecha sugestiva, tres veces secular llena de encanto como todo lo que resiste a la acción destructora del alado viejo de la guadaña. Un coronel discurrió que el cementerio de San Francisco servía para mercado y que el templo de la Orden Tercera de San Francisco estorbaba, y sin más ni más, acabó con ello de la noche a la mañana. En cuanto la impía ruina cernió sus negros aletones sobre aquellos edificios seculares, cayeron los muros, las pilastras, los capiteles; se vio el cielo a través de las bóvedas clareadas; surgieron montones de escombros donde se confundían las mesas de altares y sillones destrozados, cabezas de vírgenes y atriles chapados de carey y hueso con figuras mudéjares, angelones sin alas y balaustres de barandillas de rosas, molduras de cornisas y tubos de órgano, azulejos de Talavera de la Reina y fragmentos de loza de Puebla, el tornavoz debajo de la copa del púlpito tallado con primor exquisito.

Dio una zancada el tiempo y el famoso mercado dormía el sueño del olvido. Por doquier crecían la maleza y los zarzales; el jaramago, la yedra y las trompetillas de varios colores poblaban los agujeros, las grietas y las asperezas; las lianas trepaban agarrándose a las piedras de los muros y a las cornisas. La lagartija de ancha y triangular cabeza corría por entre los escombros mirando con sus ojos redondos y vivos.

La fantasía popular no tardó en fingir las más extravagantes consejas. Por la noche la gente, dadas las oraciones del Angelus, no quería atravesar por las ruinas; porque al tocar los campanarios los toques plañideros de las ocho y aún antes, se oían lamentos, como cuando el viento gime entre las ramas de los árboles; se adivinaban sombras ambulantes como frailes salidos de sus tumbas; voces frías como si se alzaran de las lozas de los sepulcros, apagadas en aquel mar de escombros, les daba un tinte de pavor y de tristeza. Si el viento agitaba la fronda, aparecían en el suelo desigual luces movedizas que animaban el paisaje.

El ronco reclamo del búho en las altas horas de la noche, retumbando de eco en eco, amedrentaba el ánimo y lo disponía para crear alucinaciones y fantasmas.

Por aquel entonces había un cantinero solemne con más barriga que una calabaza, con mas mofletes que un tomate de California y con mas cabellos que la palma de la mano. Usaba constantemente quevedos obscuros y un birrete de terciopelo rojo bordado en oro con que cubría su venerable calva. En su tienda o mejor su trastienda, se reunían noche a noche el coronel con tres o cuatro camaradas a charlar y echarse entre pecho y espalda copas de rubia carmelitana, no escaseando también los alburazos; de modo que a la una o dos de la mañana que se disolvía la reunión, salían tambaleándose con dirección a sus casas. El célebre coronel atravesaba siempre por entre las ruinas para acortar el camino y llegar cuanto antes a su ama, donde roncaba como las contras de un órgano viejo, exhalando así los vapores de la rubia carmelitana.

Una noche había cerrado obscura y amenazante, apiñándose negras nubes en las vecinas montañas del Rincón y del Punhuato. Vientos de tormentas azotaban con su látigo las tinieblas. Relámpagos cobrizos inflamaban sin interrupción los senos de los nimbos. Truenos colosales conmovían terriblemente la atmósfera. Gruesas gotas, casi chorros, empapaban la tierra reseca y tostada por los largos calores estivales. Las calles parecían ríos desbordados. El coronel y su amable compañía resolvieron no salir de la trastienda, en tanto que se alejase la tempestad a fin de no coger cuando menos un catarro.

Sonó el reloj de la catedral a las dos de la mañana. El trueno se apartaba poco a poco. Una llovizna quedaba tan sólo, acompañada de un frío y húmedo vientecillo que calaba hasta los huesos. Había granizado. Furtivos rayos de luna se filtraban por entre las nubes, abrillantando los manchones de granizo. Los parranderos, arropándose lo mejor que pudieron con sus capas españolas, se lanzaron a la calle. El coronel siguió el acostumbrado camino de las ruinas que en esos momentos estaban intransitables, para otro que no fuese él. Iba cruzando el cementerio cuando le llamó la atención el chirriar de las puertas del templo de San Francisco, que se abría girando sobre sus goznes enmohecidos. Una insólita claridad irradiaba del interior del templo como si fuese presa de la llamas. Notas perdidas de un concierto y murmullos de rezos en conjuntos corales de voces gangosas y profundas, brotaban del santuario.

A fin apareció una procesión de hermanos terceros con sus sayales azules ceñidos de cuerdas blancas. Marchaban de dos en dos con cirios encendidos en las manos. Sus caras demacradas y amarillas revelaban antigüedad remota. Al cabo de la procesión aparecía un fraile nimbado de luz albeante, de andar grave y majestuoso. Sus ojos centellaban como dos soles. De sus manos, de sus pies y de su costado brotaban rayos de luz apacible y serena como si estuviesen guarnecidos de brillantes.

Entonces el coronel perdida la embriaguez, se había arrodillado como fuera de sí, embobado, estupefacto. Vio que al llegar los Terceros adonde el estaba, le apagaron uno a uno las velas sobre la espalda; mas al llegar el fraile de semblante glorioso, se detuvo, asumió aire de majestad empuñando el cordón blanco y grueso con que iba ceñido y le azotó con el al mismo tiempo que exclamaba: !Lo hago por tu bien!. El coronel quiso llorar y las lágrimas se negaron a salir de sus ojos; quiso hablar y la voz se ahogó en su garganta; intentó pedir perdón pero antes que su mano golpease el pecho, cayó sin sentido entre los mojados escombros. . .

La alborada era de un día azul. Febo rubicundo lanzó sus primeras miradas alegres y risueñas, envolviendo el espacio en una telaraña de oro. Los pájaros que gorjeaban en la arboleda, soltaron a la postre sus melodiosos cantos. El coronel despertó pero no volvió en sí porque estaba. . . loco.

Posteriormente discurría por las calles de Morelia con su sombrero de anchas alas en la mano, deteniendo a sus amigos para decirles:

-"¿Me conocéis? Yo soy el coronel. . . Miradme bien que yo soy aquel a quien san Francisco dio un cordonazo. . . En seguida se marchaba sin despedirse.

Diamante
garciamichmexico
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Re: LEYENDAS DE MICHOACAN

HOLA BRENDA!!

QUE COSAS EH?! YO JAMAS HABIA ESCUCHADO DE ESTAS LEYENDAS

YA LAS LEI LAS TRES

Y LA QUE ME DEJO ASI :cara_ohno: FUE LA DE "MISA DE MEDIA NOCHE" :cara_omg:

HASTA SE PONE LA PIEL DE GALLINA, VOY A VER SI ALCANZO A GUARDARLAS PARA LEERSELAS EN MI CASA

BUEN FIN DE SEMANA :cara_peace:

Diamante
passion15
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Re: LEYENDAS DE MICHOACAN

:cara_burlon: HOLA PATY...PUES SON MUY FAMOSAS ESAS LEYENDAS AQUI EN MORELIA...DE HECHO HACEN RECORRIDOS NOCTURNOS A LA CASA DE LA CULTURA,AL JARDIN DE LAS ROSAS Y OTRAS PARTES Y ESTAN MUY BIEN ESOS RECORRIDOS :smileywink: FIJATE QUE UNA VEZ A MI ME PASO ALGO CURIOSO CUANDO FUI A UN VELORIO CERCA DE LA CATEDRAL :cara_omg: CLARO QUE SI AMIX...LLEVATELAS Y SI NO ALCANZAS ME DICES PARA PASARTELAS ZAZ? CUIDATE:smileywink:

Escrito por garciamichmexico:

HOLA BRENDA!!

QUE COSAS EH?! YO JAMAS HABIA ESCUCHADO DE ESTAS LEYENDAS

YA LAS LEI LAS TRES

Y LA QUE ME DEJO ASI :cara_ohno: FUE LA DE "MISA DE MEDIA NOCHE" :cara_omg:

HASTA SE PONE LA PIEL DE GALLINA, VOY A VER SI ALCANZO A GUARDARLAS PARA LEERSELAS EN MI CASA

BUEN FIN DE SEMANA :cara_peace: