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Quarzo
siolave12
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Se puede enfermar de amor? Se puede. ¿Y morir de amor?

Se puede enfermar de amor? Se puede. ¿Y morir de amor? También. Y parece que no se trata de un mero concepto romántico, algo que ocurre sólo en las novelas, en los libros o en las películas. Según explican los especialistas en cuestiones del corazón, las relaciones patológicas de pareja son más habituales de lo que se cree y engendran desórdenes de todo tipo e incluso llegan a enfermar, dando síntomas concretos, como por ejemplo problemas gastrointestinales, endocrinos, cardiovasculares, autoinmunes, depresión y angustia.El asunto no deja de inquietar a quienes trabajan en el tema, que ven con preocupación un fenómeno en alza: el de la falta de comunicación en las parejas y los conflictos que genera el hecho de vivir una cotidianidad en la que reina el amor mal entendido.

Sin ir más lejos, el Departamento de Psicología de la Universidad de Michigan, Estados Unidos, estudió durante diecisiete años los códigos de interacción de 192 parejas y concluyó que en aquellas cuyos integrantes suprimían sistemáticamente sus enojos, el índice de mortalidad temprana era del 23 por ciento. Pero entre los miembros de parejas capaces de enfrentar el conflicto, consensuar diferencias y resolver las crisis, la cifra disminuía al 6 por ciento. Otra investigación del Instituto Karolinska de Estocolmo, Suecia, concluyó que las mujeres eran más vulnerables que los hombres a reaccionar físicamente frente a indicadores de hostilidad conyugal como el sarcasmo, la descalificación, la ironía, los silencios, los insultos, la burla y el desprecio.

¿HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE? “Los trabajos son contundentes a la hora de mostrar que la ira reprimida incrementa el riesgo de padecer enfermedad coronaria y existe evidencia que indica que es más saludable discutir los problemas en la pareja que silenciarlos. El problema consiste en el modo en que se discuten los desacuerdos. Callarse durante una pelea puede afectar seriamente la salud, sobre todo en el caso de las mujeres que verían un incremento de enfermedad cardíaca frente a este tipo de interacciones”, sostiene la licenciada Patricia Faur, psicóloga, magíster en psiconeuroinmunoendocrinología, especialista en dependencias afectivas y autora del libro Estrés conyugal (Ediciones B), quien aporta además un dato valioso: “Otros trabajos realizados en la Universidad de Ohio probaron que durante una discusión las mujeres tenían variaciones en las hormonas implicadas en la respuesta de estrés: adrenalina, noradrenalina, ACTH y cortisol, como así también cambios en la prolactina y la hormona de crecimiento. Estas variaciones duraban, incluso, después de la discusión. En los hombres casi no se registraban modificaciones. Estos datos demuestran los comportamientos de ambos sexos durante la pelea: mientras que las mujeres necesitan hablar, los hombres son más propensos a cortar abruptamente el diálogo”.

Además, la especialista intenta desterrar la idea de que el amor sin sufrimiento no es amor, para apostar a una idea de relación más saludable, en la que la charla es vital. En su libro lo deja en claro: “Nadie tiene la capacidad de llenar los vacíos emocionales ni de mitigar la insatisfacción del otro. Esa es una búsqueda inútil. Rescatados y rescat dores sufren día tras día, hasta llegar a darse cuenta de que el único camino posible es que nadie los salve de sus propios demonios. (…) Es probable que, cuando nos tratemos con estima y respeto, nuestras elecciones nos guíen en dirección de aquellos para quienes solidaridad, compromiso y buen amor son mucho más que bonitas palabras”, concluye a modo de epílogo.

Del mismo modo, el psicólogo y escritor ítalo-argentino Walter Riso, autor del libro Manual para no morir de amor (Emecé), explica: “El amor nos toca a todos y, en algún punto, es un problema de salud pública: la gente sufre demasiado por amor. ¿Por qué? Porque no nos han educado para amar bien. Existe la creencia irracional de que hay que llorar por la pareja o que, de otro modo, no se estará viviendo un amor de verdad”. Desde su punto de vista, la idea del deseo como carencia de la que hablaba Platón hoy ya no debería tener vigencia. “Más vale que empecemos a ver el deseo como poder, tal cual nos lo presenta el filósofo Spinoza, entendiéndolo como una fortaleza, como la alegría de que el otro exista”, considera Riso y agrega: “El amor no es una cruz, ni todo lo puede, ni es eterno. Se extendió la creencia de que con sentirlo basta y eso no es así, porque la mayoría de las decisiones en una pareja no deberían tomarse con el corazón, sino con la cabeza. ¿Por qué al elegir un departamento nos fijamos que tenga luz, bajas expensas, sea amplio y esté bien ubicado, y a la hora de elegir pareja nos contentamos con una conducta irracional?”

En su manual, el autor propone diez principios básicos para no sucumbir en el intento de amar al otro, elaborados a través de su experiencia de consultorio, entre los cuales se destacan dos conceptos fundamentales: estar con alguien sin perder la dignidad y aprender a amar (y hacerse amar) sanamente, apelando a la comunicación y la reciprocidad. “Morir de amor es morir de desamor: el rechazo, el insoportable juego de la incertidumbre y de no saber si te quieren de verdad, la espera, el imposible o el ‘no’ que llega como un jarro de agua fría. Es humillarse, rogar, suplicar, insistir y persistir más allá de toda lógica, esperar milagros, reencarnaciones, pases mágicos y cualquier cosa que restituya a la persona amada o la intensidad de un sentimiento que languidece o que ya se nos ha ido de las manos”, escribe en su libro.

AMAR Y SER AMADO. ¿Quién no ha sentido alguna vez que llorar por una relación era el destino romántico que todos los seres humanos debíamos atravesar en esta vida? Romeo y Julieta, Alfonsina Storni, Marilyn Monroe… historias que instalaron la teoría de que sufrir –y hasta morir– era la mejor manera de amar. “La preocupación por el amor es universal. He tenido pacientes portorriqueños y noruegos, y todos tenían los mismos problemas: dependencia emocional, angustia, miedo al abandono, infidelidad, celos. Cuando hablamos de la pareja no somos de Marte ni de Venus, somos terráqueos sufrientes. No importan las nacionalidades ni las clases sociales: un alto ejecutivo llora del mismo modo el abandono que un obrero de la construcción”, destaca Riso.

Habrá que indagar, entonces, en ese vasto horizonte sociocultural que fue instalando sutilmente una manera nociva de construir relaciones con los otros. “Se asocia el dolor al amor porque tiene que ver con una exaltación de la primera etapa afectiva de las parejas, que es la más cinematográfica: los sentimientos a flor de piel, las acciones fuertes. Pero el verdadero amor tiene que ver con algo más tranquilo, no es tan estridente ni narcisista. Es llegar a casa, compartir una cena, a veces tener sexo y otras veces no, hacerse caricias, sentir ternura por el otro, acompañarlo y estimularlo para que crezca. En el buen amor, las personas no dejan de ser quienes son”, señala Faur.

Ambos autores, a su vez, coinciden en que el amar supone un trabajo, una construcción que no siempre es plácida y que contempla la existencia de discusiones y conflictos. Pero aseguran que una vez que éstos se presentan, hay que trabajar de a dos para salir airosos de la situación: hablar, comprender y ceder; intercambiar ideas sin dañar ni desmerecer a la persona que amamos. “El estrés conyugal es causado por situaciones más bien invisibles. El tema está en cómo se planta la pareja frente a cada situación. Hay que tener empatía, ponerse en lugar del otro y frenar cuando la discusión llega a un punto que hace daño. Hay modos de comunicación que son dolorosos y enferman, como el pequeño maltrato cotidiano: miradas, frases dichas a medias, descalificación y desvalorización (tanto a nivel laboral como físico y sexual) y desautorización frente a los hijos, son cosas que hieren la autoestima”, considera ella; y para él, a su vez, hay que dejar de pensar que en cuestiones de pareja todo está permitido: “El amor tiene sus límites y eso no se negocia. Si alguien no te quiere, no tenés que seguir ahí. Pero no es tan fácil: la gente espera el milagro del ‘ya me va a querer’. Una vez una paciente me dijo: ‘él me ama, lo que pasa es que no lo sabe’. ¡Qué locura!”

Entonces, ¿qué debemos hacer para escaparle al mal de amor? Para eso habrá que seguir los consejos de los especialistas, quienes aseguran que el cambio dentro de la pareja es posible. De otro modo, habrá que evaluar la posibilidad de tomar distancia de esa relación que hace daño. Antes que nada, ambos proponen que es vital identificar el problema y ponerse a trabajar cuanto antes en una solución. “Nada es perfecto ni único. El clic existencial no existe, porque nadie es el uno para el otro. Hay que cambiar la idea de que se debe dar sin recibir nada a cambio. No es egoísmo, sino individualismo responsable: te quiero y me quiero”, indica Riso. Y Faur completa: “Ninguna relación tiene que llevar al dolor crónico y a la enfermedad. No es normal hacer sentir al otro que es feo, tonto, inútil o que da vergüenza. Nunca hay que acostumbrarse a eso. El amor es lograr la mejor versión de uno mismo dentro de una pareja”. Lejos de las mariposas en el estómago y de los violines sonando con su cortina musical lacrimógena, las relaciones de pareja hoy nos ponen de frente a una necesidad más real y, por qué no, urgente: para amar bien y ser bien amados, hay que apostar al diálogo, al trabajo de a dos y velar por el bien común, porque, en el fondo, el amor plantea el desafío de ser cada día mejores personas por nosotros mismos y para los demás.

olivermmc
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Re: Se puede enfermar de amor? Se puede. ¿Y morir de amor?

wooow!!1

ke buena info!

graciias

ke kosas... no???????

morena3m
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Re: Se puede enfermar de amor? Se puede. ¿Y morir de amor?

INTERESANTE INFORMACION-GRACIAS