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Junior
sanbuco
Mensajes: 150
Registrado: ‎05-06-2006
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Cuento de La Taconuda : (

LA TACONUDA
 
Germán López era un campesino de 30 años de edad y padre de numerosa prole que andaban con él y su enfermiza mujer de hacienda en hacienda, pernoctando en los paupérrimos campamentos durante las temporadas de corte de café para ganarse el sustento. El campesino se jactaba de no tener miedo ante nada ni nadie y su mujer sufría cada vez que su hombre se le desaparecía a beber guarón en la cantina que distaba a una legua de la casa, sitio que era el maldecido “ Ojo de agua” de los humildes hogares circundantes por ser el antro donde la mayoría de los campesinos iban a desahogar sus vicios, dejando en manos de la Nicolasa López (dueña de la cantina y vieja meretriz) hasta el último centavo que recién habían ganado en la recolección semanal de café.

Pese a su guaro, Germán era un buen trabajador, “perro al machete” y experto cazador quien se esforzaba por sobrepasar las metas de recolección diaria para obtener una mejor paga para mantener a su familia. Su comportamiento lo había observando durante semanas el propietario de la finca quien decidió contratarlo como celador primero y después como capataz de la finca cafetalera “CORINTO”, heredad de la familia Wheelock. La misma estaba ubicada cerca del Crucero y poseía su propio Beneficio, campamento para los cortadores, grandes y profundas pilas de recolección de agua para lavar el corte y extensos patios embaldosados para el secado del grano.

Una de esas noches en que la luna parecía un disco de oro en el infinito Germán se dispuso a practicar su ronda de vigilancia por el oscuro cafetal armado de un filoso machete y lámpara de mano para alumbrar el camino o para identificar a los malandrines que asolaban el plantío en la oscuridad. También llevaba una botella llena de gas y fósforos secos en el bolsillo que le servirían para hacer una fogata para calentarse los huesos durante la última ronda en la madrugada.

Como esa noche hacía un fresco agradable Germán se quitó la camisa enrollándosela en la cintura para orinar al pie de un chaguital. Estaba terminando de hacerlo cuando del fondo del cafetal y a sus espaldas “alguien” le gritó: ¡CAPATAZ, DAME UN SURCO!. Sin volverse, pero sintiendo un latigazo de hielo en el espinazo que le paralizó las piernas y con la piel del cuerpo erizada como pellejo de gallina Germán le contestó: Esperame maldita hijue...... que aquí tengo algo mejor para vos, aventando un machetazo que se estrelló contra una piedra arrancando chispas de fuego, hacia los árboles y la maleza del rededor y hasta contra los débiles arbolitos de café sin fijar su mirada en ningún sitio, provocando tremendo ruido que aprovechó para alejarse a paso muy rápido del sitio, aparentando que nada lo había sobresaltado.

Había superado unos 10 metros de distancia sobre la trocha cuando a su derecha y encima de una pequeña loma del cafetal se perfiló una silueta más negra que la noche, quien volvió a gritarle: ¡CAPATAZ, DAME UN SURCO!. A Germán le hirvió la sangre, superando a su miedo. Tuvo la sensación de reventarse de cólera pues sabía muy bien de quién se trataba: El espíritu maligno de quien se hablaba por todo el valle desde que era muy niño, conocido por sus espeluznantes apariciones en las fincas del Crucero donde se le conocía como el espanto de “La Taconuda”, remedo huesoso, hediondo y escalofriante de una mujer de quien se decía que 150 años atrás había muerto trágicamente a manos de un familiar y que desde entonces aterrorizaba a los cortadores de café y a los caminantes que transitaban de un lugar a otro del valle dejándolos dundos, sin habla, y a otros muertos de profundo terror.

Sin perder tiempo Germán se agachó a recoger un puño de ramas secas del suelo para formar una antorcha con la camisa que traía en la cintura. La empapó con gas y prendió fuego con los fósforos que temblaban entre sus dedos, lanzándola enseguida hacia lo que parecía ser la cara del ente con greñas de mecate, que avanzaba furiosa hacia él. Al verse repelida con fuego, el grito de “La Taconuda” rasgó la noche. Los pocoyos emprendieron el vuelo y más de un animal nocturno corrió a ocultarse lleno de miedo, situación que Germán aprovechó para escapar como un enloquecido hacia el campamento donde estaría a salvo del ente infernal.

Platino Brillante
salsa30
Mensajes: 10,979
Registrado: ‎07-09-2002

Re: Cuento de La Taconuda : (

:cara_oh:epa sanbucooooooooooooooooooooooooooo
aja bandido como estas ?
rato sin leerte ..........................alo alo alo
saludes .................ala este cuento salio largiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiisimo jejejeje:cara_triste:
Cristal
virgencitanica
Mensajes: 6,799
Registrado: ‎11-19-2006

Re: Cuento de La Taconuda : (

:cara_risa::cara_yes:

Escrito por sanbuco:
LA TACONUDA
 
Germán López era un campesino de 30 años de edad y padre de numerosa prole que andaban con él y su enfermiza mujer de hacienda en hacienda, pernoctando en los paupérrimos campamentos durante las temporadas de corte de café para ganarse el sustento. El campesino se jactaba de no tener miedo ante nada ni nadie y su mujer sufría cada vez que su hombre se le desaparecía a beber guarón en la cantina que distaba a una legua de la casa, sitio que era el maldecido “ Ojo de agua” de los humildes hogares circundantes por ser el antro donde la mayoría de los campesinos iban a desahogar sus vicios, dejando en manos de la Nicolasa López (dueña de la cantina y vieja meretriz) hasta el último centavo que recién habían ganado en la recolección semanal de café.

Pese a su guaro, Germán era un buen trabajador, “perro al machete” y experto cazador quien se esforzaba por sobrepasar las metas de recolección diaria para obtener una mejor paga para mantener a su familia. Su comportamiento lo había observando durante semanas el propietario de la finca quien decidió contratarlo como celador primero y después como capataz de la finca cafetalera “CORINTO”, heredad de la familia Wheelock. La misma estaba ubicada cerca del Crucero y poseía su propio Beneficio, campamento para los cortadores, grandes y profundas pilas de recolección de agua para lavar el corte y extensos patios embaldosados para el secado del grano.

Una de esas noches en que la luna parecía un disco de oro en el infinito Germán se dispuso a practicar su ronda de vigilancia por el oscuro cafetal armado de un filoso machete y lámpara de mano para alumbrar el camino o para identificar a los malandrines que asolaban el plantío en la oscuridad. También llevaba una botella llena de gas y fósforos secos en el bolsillo que le servirían para hacer una fogata para calentarse los huesos durante la última ronda en la madrugada.

Como esa noche hacía un fresco agradable Germán se quitó la camisa enrollándosela en la cintura para orinar al pie de un chaguital. Estaba terminando de hacerlo cuando del fondo del cafetal y a sus espaldas “alguien” le gritó: ¡CAPATAZ, DAME UN SURCO!. Sin volverse, pero sintiendo un latigazo de hielo en el espinazo que le paralizó las piernas y con la piel del cuerpo erizada como pellejo de gallina Germán le contestó: Esperame maldita hijue...... que aquí tengo algo mejor para vos, aventando un machetazo que se estrelló contra una piedra arrancando chispas de fuego, hacia los árboles y la maleza del rededor y hasta contra los débiles arbolitos de café sin fijar su mirada en ningún sitio, provocando tremendo ruido que aprovechó para alejarse a paso muy rápido del sitio, aparentando que nada lo había sobresaltado.

Había superado unos 10 metros de distancia sobre la trocha cuando a su derecha y encima de una pequeña loma del cafetal se perfiló una silueta más negra que la noche, quien volvió a gritarle: ¡CAPATAZ, DAME UN SURCO!. A Germán le hirvió la sangre, superando a su miedo. Tuvo la sensación de reventarse de cólera pues sabía muy bien de quién se trataba: El espíritu maligno de quien se hablaba por todo el valle desde que era muy niño, conocido por sus espeluznantes apariciones en las fincas del Crucero donde se le conocía como el espanto de “La Taconuda”, remedo huesoso, hediondo y escalofriante de una mujer de quien se decía que 150 años atrás había muerto trágicamente a manos de un familiar y que desde entonces aterrorizaba a los cortadores de café y a los caminantes que transitaban de un lugar a otro del valle dejándolos dundos, sin habla, y a otros muertos de profundo terror.

Sin perder tiempo Germán se agachó a recoger un puño de ramas secas del suelo para formar una antorcha con la camisa que traía en la cintura. La empapó con gas y prendió fuego con los fósforos que temblaban entre sus dedos, lanzándola enseguida hacia lo que parecía ser la cara del ente con greñas de mecate, que avanzaba furiosa hacia él. Al verse repelida con fuego, el grito de “La Taconuda” rasgó la noche. Los pocoyos emprendieron el vuelo y más de un animal nocturno corrió a ocultarse lleno de miedo, situación que Germán aprovechó para escapar como un enloquecido hacia el campamento donde estaría a salvo del ente infernal.




Platino Brillante
mialove
Mensajes: 11,353
Registrado: ‎10-27-2002

Re: Cuento de La Taconuda : (

JAJAJAJJAJJAJAJAJA MI SAMBUCA, POR CASUALIDAD NO ERAS VOS EL TAL GERMAN JAJAJAJAJAJAJAJAAJJAJAJAA TA GUENO EL CUENTO MIJO, GRACIAS OKIS. Y TE ME CUIDAS MIJO.............

SALUDOS A TODOS POR AQUIIIIIIIII