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jsole15
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••. •´¯`•.••♥♥PROPOSICIÓN INDECENTE♥♥••. •´¯`•.••

Hola !! mi nombre es yoselin les voya subir una webnovela adaptada me parece que no la han subido pero si ya la subieron me avisan ....... les dejo el link donde estan todas mis WEB NOVELAS x si se las quieren leer..

 

((¯`»¦«´¯)) MIS WEBNOVELAS ((¯`»¦«´¯))

 

AHORITA LES SUBO EL ARGUMENTO....

                                                     


jsole15
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Re: ••. •´¯`•.••♥♥PROPOSICIÓN INDECENTE♥♥••. •´¯`•.••

PROPOSICIÓN INDECENTE

(The Playboy’s Proposition)

Miranda Lee

 

 

Argumento

Dulce lo sabía todo sobre Christopher Garrison. Insoportablemente atractivo y heredero de una gran fortuna, cambiaba de mujer con la misma facilidad con que cambiaba de coche. Sin embargo, cuando Dulce fue invitada a la boda de su ex novio, la emocionó que Christopher consintiera en acompañarla, y ello a pesar de la condición que le puso... que simularan ser amantes!

Dulce disfrutó con el efecto que produjo entre los invitados su aparición del brazo de Christopher. Pero quedó aún más sorprendida cuando él le hizo otra propuesta todavía más provocativa: que se convirtieran en amantes de verdad! Christopher Garrison, el soltero más codiciado de Sydney... ¿la deseaba a ella? ¿O se escondería alguna mentira detrás de la proposición del playboy?

                                                     


Cristal
candiibabiie
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Re: ••. •´¯`•.••♥♥PROPOSICIÓN INDECENTE♥♥••. •´¯`•.••

LISTA    ,    PARA    LEER    .  .  .

Diamante 1K
adileyne
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Re: ••. •´¯`•.••♥♥PROPOSICIÓN INDECENTE♥♥••. •´¯`•.••

NUEVA LECTORA, COMIENZALA PRONTO

Platino Brillante
caritoandrea
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Re: ••. •´¯`•.••♥♥PROPOSICIÓN INDECENTE♥♥••. •´¯`•.••

esperando cap

jsole15
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Re: ••. •´¯`•.••♥♥PROPOSICIÓN INDECENTE♥♥••. •´¯`•.••

Bienvenidas a todas! .. ya les subo el primer capítulo...

                                                     


jsole15
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Re: ••. •´¯`•.••♥♥PROPOSICIÓN INDECENTE♥♥••. •´¯`•.••

Capítulo 1

 

DULCE abandonó la oficina justo después de las seis, con las felicitaciones de sus co­legas de trabajo resonando todavía en sus oídos.

 

Aquel día había tenido una sesión de tormenta de ideas, lanzando y planteando ideas diversas para un proyecto publicitario en el que la compañía estaba trabajando, y que tenía que ser presentado a un clien­te para mediados de mayo. No podía evitar admitir que algunas de las iniciativas que ella había plantea­do habían sido realmente buenas... pero a punto estu­vo de caerse de la silla cuando su jefe, al final de la sesión, la eligió para que encabezara el equipo de la empresa Fabulosas Ideas. Por desgracia, para cuando dejó el edificio de oficinas, la impresión de asombro había dejado paso a una sorda e insistente inquietud.

 

Porque Fabulosas Ideas todavía no había conse­guido el contrato al que aspiraba en aquellos momen­tos. Tenía que competir con otras agencias de publi­cidad por el lucrativo negocio de actualizar la imagen de Comidas Packard, Dulce paseaba lentamente por la calle, repitiéndose que estaba más que prepara­da para asumir aquel desafío. Tenía veintiocho años, y cinco años de experiencia en publicidad: ¡toda una vida en aquel mundo! Recuperada la confianza, levantó nuevamente la mirada... pero no con la sufi­ciente rapidez como para evitar chocar contra la es­palda de una mujer, que tranquilamente estaba espe­rando en la acera ante un semáforo en rojo.

-¡Perdone! -exclamó, avergonzada. Cuando la ru­bia se volvió, Dulce esbozó una tímida sonrisa-. Perdona, Lucille. Estaba pensando en las musarañas.

 

Lucille vivía en el mismo edificio de apartamen­tos que ella. Era, de hecho, la dueña de la agencia inmobiliaria que le había vendido la propiedad. Pero recientemente Lucille había abandonado aquella ac­tividad para pasar a trabajar como especialista en traslados, asesorando a ejecutivos que deseaban cambiar de residencia dentro o fuera del país. Era un empleo bien remunerado, como quedaba de mani­fiesto por la ropa que gastaba. Hermosa y siempre impecable, Lucille podía tener hombres a puñados. Pero había quedado muy afectada por su matrimonio con el «cerdo más sexista de todos los tiempos», se­gún sus propias palabras, y dado que solo reciente­mente había terminado con los trámites del divorcio, se encontraba en una fase en la que «odiaba a los hombres de todos los tipos y tamaños». Dulce sospechaba, no obstante, que aquella fase no le duraría mucho. Durante el año anterior habían desarrollado una sincera amistad, y a veces salían juntas a cenar o a ver una película.

 

Trabajando hasta tarde otra vez, por lo que veo -le comentó Lucille. Dulce miró su reloj: eran más de las seis.

-Mira quién habla... ¡la adicta al trabajo!

-Trabajar es mejor que quedarse sentada en casa mirándose las manos y esperando lo imposible.

-¿Lo imposible? ¿Tiene eso algo que ver con un hombre? Admítelo, Lucille, en realidad no quieres seguir viviendo sola para siempre.

-Supongo que no -suspiró-. Pero no estoy intere­sada en volver a casarme. Y tampoco estoy interesa­da en cualquier hombre. Quiero un hombre con san­gre, y no cerveza fría, en las venas. ¡Un hombre que me anteponga a mí y no a sus amigotes, o a su golf, o a su maldito coche!

-Tienes razón, Lucille -rió Dulce-. Pides algo imposible.

El semáforo cambió a verde y las dos jóvenes cruza­ron juntas la calle; luego giraron

                                                     


jsole15
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Re: ••. •´¯`•.••♥♥PROPOSICIÓN INDECENTE♥♥••. •´¯`•.••

a la derecha para subir la corta cuesta que llevaba al edificio de apartamentos. Era un inmueble de tres pisos, de los años cincuenta, con fachada de ladrillo visto y balcones más bien pe­queños. El interior, sin embargo, había sido conve­nientemente remodelado y modernizado, con amplias cocinas y cuartos de baños en los doce apartamentos que, apenas el año anterior, habían sido rápidamente vendidos. Una de las razones de ese éxito no había sido otra que su localización en el centro de Sydney, algo que Dulce valoraba mucho. Su oficina solo estaba a unos diez minutos a pie de allí; cinco, si se daba prisa.

 

Pero durante esos días Dulce solía tardar algo más en hacer ese trayecto, al menos el de vuelta, por­que no estaba ni mucho menos tan deseosa de regre­sar a casa todos los días como de ir a su trabajo. Al igual de que Lucille, estaba viviendo sola. Pero se­guía esperando que Kevin le suplicara que le dejara volver con ella algún día. Siempre lo hacía. Solo te­nía que tener paciencia.

-¿Cómo es que hoy regresas a casa andando? -le preguntó a Lucille cuando llegaron al portal y reco­gieron su correspondencia.

-Tuve un choque esta tarde -contestó-. Y no hubo más remedio que llevar el coche al taller.

 

Dulce se distrajo momentáneamente de la con­versación al ver el elegante sobre blanco que acababa de sacar del buzón. El dibujo de unas campanas de boda en una esquina sugería que se trataba de una invitación. ¿Quién entre sus amigas y conocidas po­día haber tomado la decisión de casarse? Cuando fi­nalmente asimiló lo que le había respondido Lucille, exclamó consternada:

-¡Oh, qué fatalidad! ¿Y cómo estás?

-Bien, no me pasó nada. Y tampoco fue culpa mía. Un loco a bordo de un deportivo me golpeó por detrás. Conducía demasiado rápido, claro. Como ese tipo que está bajando la calle ahora mismo.

 

Un impresionante deportivo negro circulaba calle abajo hacia ellas a gran velocidad, hasta que se detu­vo frente al edificio de apartamentos. Su conductor salió en un abrir y cerrar de ojos, después de aparcar en una zona prohibida.

-¿Quién diablos se cree que es? ¿Acaso se piensa que la calle es suya? -exclamó Lucille, indignada.

-Parece que es mi querido amigo Christopher -comentó Dulce mientras observaba al hombre en cuestión-. Christopher  Garrison, ¿recuerdas? Te he hablado de él.

-Así que este es el infame Christopher  Garrison... -Lu­cille arqueó sus bien delineadas cejas-. Bueno, bue­no, bueno...

-¿Quieres conocerlo?

-No, gracias. No tengo mucho tiempo para play­boys, por muy atractivos que sean.

 

Lucille desapareció rápidamente, dejando a Dulce sola observando cómo se acercaba Christopher. Sin duda, era un hombre muy atractivo. Demasiado.

Francamente, Christopher era demasiado todo; demasia­do guapo, demasiado inteligente, demasiado seduc­tor. Pero por encima de todo... demasiado rico. Su so­berbio traje azul marino, que resaltaba su espléndido cuerpo, debía de haber costado una fortuna. Al igual que sus zapatos italianos. La corbata estampada en oro era indudablemente de seda, y su color iba a la perfección con su tez bronceada y con su cabello ru­bio oscuro. Era, en suma, la perfección personifica­da. Dulce tuvo que admitir a su pesar que, durante los diez años que duraba su relación de amistad, siempre había visto a Christopher como un hombre física­mente perfecto. Excepto en una sola cosa...

 

Retrocedió mentalmente a su época de estudiante universitaria, durante su último año de carrera. Christopher  jugaba por aquel entonces al rugby en el equipo de la universidad, y un violento placaje lo mandó al hospi­tal con las piernas paralizadas e indicios de una le­sión en la columna vertebral. Dulce había ido a vi­sitarlo tan pronto como se hubo enterado del suceso, colándose en el hospital después de las horas de visi­ta, y se había quedado impresionada al ver su penoso estado.

 

Durante un rato, Christopher se había esforzado por po­ner buena cara, pero no había sido capaz de mante­nerla después de que ella le tomara una mano entra las suyas y le dijera dulcemente que seguía siendo una persona muy atractiva... a pesar de estar paraliza­do. Aquella noche Christopher había llorado en sus brazos.

 

Dulce casi rió al recordar aquel suceso y la pro­fundidad con que la afectó en aquel tiempo. Desde entonces siempre se le había dado bien consolar y re­confortar a la gente. A las chicas como ella les gusta­ba sentirse necesitadas, y Christopher la había necesitado aquella noche. Afortunadamente, aquellos turbadores sentimientos no duraron mucho, al igual que la pará­lisis de Christopher. La lesión en la columna no revistió ma­yor gravedad y el paciente no tardó en recuperarse. Y, diez años después, Christopher no parecía en absoluto una persona necesitada de consuelo o de apoyo. Pa­recía exactamente lo que siempre había sido: el glo­rioso chico de oro, heredero de una multimillonaria compañía editorial. Aquel breve episodio solo había sido un simple traspié en el perfecto y privilegiado sendero que estaba destinado a recorrer.

-¿Coche nuevo? -inquirió cuando Christopher se detuvo frente a ella.

-¿Qué? Ah, sí. Lo compré el mes pasado.

Dulce sonrió, irónica. Christopher cambiaba de coche con la misma frecuencia que cambiaba de mujer.

-¿Te aburriste del Mercedes?

 

El hecho de que no correspondiera a su sonrisa, en contra de su costumbre, la alarmó. Y se puso aun más nerviosa al darse cuenta de que era muy extraño en Christopher que hubiera ido a buscarla a su casa de aquella forma. Y también que tuviera una expresión tan preocupada. Christopher nunca estaba preocupado.

                                                     


jsole15
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Re: ••. •´¯`•.••♥♥PROPOSICIÓN INDECENTE♥♥••. •´¯`•.••

-¿Qué pasa? ¿Algo va mal? -le preguntó, arru­gando sin darse cuenta el sobre que sostenía en la mano-. Oh, Dios mío, se trata de Kevin, ¿verdad? -lo agarró del brazo, con el corazón acelerado-. ¿Es que ha sufrido un accidente de coche? Conduce como un loco, incluso peor que tú. Siempre le estoy diciendo que no vaya tan rápido y...

 

-Nada malo le ha sucedido a Kevin -la interrum­pió Christopher, tomándole la mano entre las suyas-. Pero sí, he venido a hablarte por él. Pensé que podrías ne­cesitarme.

-¿Necesitarte?-repitió, asombrada.

Christopher esbozó entonces una sonrisa extrañamente triste, lo cual confundió aún más a Dulce. ¿ Christopher confundido y triste?

-Bueno, soy el último integrante de la antigua pandilla que podía ofrecerte un hombro sobre el cual llorar -musitó-. Todos los demás se han marchado. O se han casado -se interrumpió por un momento, para luego añadir con tono suave-: O están a punto de hacerlo.

 

Dulce simplemente se lo quedó mirando duran­te un buen rato, como si un pozo negro se le hubiera abierto de pronto en el estómago. Era una chica inte­ligente, y no tardó en captar el mensaje. Al fin bajó la mirada a la invitación de boda que todavía sostenía en la mano. Ya sabía quién se la había enviado. Ke­vin.

Kevin iba a casarse. Pero no con ella, la chica que lo había amado desde que, diez años antes, se cono­cieron en la universidad. La que había sido su fiel compañera durante aquellos cuatro maravillosos años, su fiel amante durante los dos siguientes y en periodos intermitentes desde entonces. Y la que estú­pidamente lo había estado esperando desde que sepa­raron la última vez, a comienzos de aquel año... con la esperanza de que entrara en razón y se diera cuenta de que nunca encontraría a otra mujer que lo amara como ella.

 

-Nada más llegar a casa encontré mi invitación en el correo -le explicó Christopher -, e inmediatamente pensé que regresarías del trabajo esta tarde, sola... y que muy bien podrías encontrarte con una invitación se­mejante en tu buzón. Así que me vine directamente para acá.

-Muy... amable por tu parte -pronunció con voz estrangulada.

-¿Amable? Yo no utilizaría esa palabra. Tú estu­viste a mi lado cuando más lo necesitaba, y eso es algo que jamás he olvidado. Permíteme devolverte el favor ahora.

 

Dulce lo miró asombrada. Qué extraño que le hubiese mencionado aquel incidente justo después de que ella lo hubiese recordado. Así que, contra todo pronóstico, no había olvidado aquel momento de de­rrumbe emocional...

-¿Con quién se va a casar? -inquirió, tensa-. ¿La conozco?

-Sí. La conociste en la fiesta de Nochevieja que celebré el pasado en mi casa. Se llama Danni Baker.

Dulce se sintió literalmente enferma. Kevin rompió con ella poco después de aquella fiesta. Aho­ra sabía por qué. Pero su dolorosa sorpresa no tardó en ceder el paso a la furia.

-¿Así que es a ti a quien debo agradecerle esto? -le espetó a Christopher, liberando su mano.

Por un instante. Christopher se vio afectado visiblemen­te por su amarga acusación.

-Eso no es justo, Dulce.

-Quizá no, ¡pero es verdad! -sollozó-. ¡Si no nos hubieras invitado a tus maravillosas fiestas! ¡Si no hubieras impresionado tanto a Kevin con tu maravi­lloso estilo de vida, tentándole a desear poseer más dinero del que podía ganar! ¡Si hubieras permaneci­do al margen de nuestras vidas...! Y ahora va a casar­se con una guapa millonaria con quien yo jamás po­dría competir...

 

-Lamento que reacciones así, Dulce -repuso Christopher, tenso-. Yo, en cambio, creo que podrías com­petir con cualquier mujer. Eres tan inteligente como hermosa.

Pero a Dulce no le quedaba paciencia para so­portar sus galanterías.

-Oh, vamos. ¿Inteligente? ¿Desde cuándo un hombre ha valorado la inteligencia en una mujer? Y en cuando a lo de hermosa... sé cómo soy. Y soy una morena medianamente atractiva con una figura me­dianamente buena. Fin de la historia.

-Creo que te subestimas. Eres una morena muy atractiva con una muy atractiva figura. Es cierto que Danni es una chica impresionante, y rica, pero la ver­dad es que no es mala chica, y la compadezco. Tú y yo sabemos que Kevin no se casa por amor.

-¡Desde luego, porque me ama a mí!

-¿Tú crees? -el tono de Christopher fue brutalmente cáustico.

-¡Sí! -insistió, y ello a pesar de que la realidad le decía lo contrario. Si Kevin la amaba a ella... ¿por qué se iba a casar con otra mujer?

 

¡Y demostrar la insensibilidad de enviarle una in­vitación de boda sin decírselo antes siquiera! ¡Si ape­nas hacía un mes había tomado café con él y no le había contado ni una palabra de su compromiso con Danni! Solamente habían hablado de trabajo. Kevin también era publicista, y había tenido algunos pro­blemas para rematar un proyecto. Dulce le había dado algunas ideas y él se lo había agradecido enca­recidamente. El descorazonador descubrimiento de que solo se había estado aprovechando de su inteli­gencia hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas.

 

-La única persona a la que Kevin ama... -le espe­tó Christopher -... es él mismo. Vamos, no te pongas a llorar aquí. Sabes lo mucho que detestas dar espectáculos en público. Vamos dentro. Luego podrás desahogarte en privado -la tomó del codo y empezó a guiarla ha­cia las escaleras.

                                                     


jsole15
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Re: ••. •´¯`•.••♥♥PROPOSICIÓN INDECENTE♥♥••. •´¯`•.••

En un primer momento, a Dulce la irritó aquella autoritaria actitud, pero luego se dijo que Christopher solo estaba intentando ser amable con ella. Tenía que reco­nocer, no obstante, que él siempre había tenido la ha­bilidad de irritarla, ya desde el primer día que lo co­noció en la universidad, cuando apareció en la sala de lectura con la apariencia del protagonista de El Gran Gatsby más que con la de un estudiante normal.

 

Recordaba bien aquella escena. Cuando todas sus compañeras lo miraron con ojos como platos, Dulce volvió a concentrar su atención en Kevin, atractivo y encantador, además de buen estudiante, sincera­mente apasionado por el curso que acababa de empe­zar. Kevin estaba trabajando duro para conseguir gra­duarse en diseño gráfico y comunicación visual mientras que Christopher le había parecido poco interesado por sus estudios.

 

A pesar de las brillantes notas que obtuvo durante los siguientes cuatro años, Dulce siempre tuvo la sensación de que Christopher estaba en la universidad para divertirse, para entretenerse hasta que su padre se ju­bilara y lo pusiera al frente de su imperio familiar. Christopher ya se había graduado en administración de em­presas antes de empezar el curso en el que se encon­traban Dulce y Kevin, lo cual explicaba que fuera cuatro años mayor que ellos. Dulce no le había de­jado entrar de principio en la pequeña pandilla que habían formado, pero cuando necesitaron una perso­na más para el proyecto de vídeo y Kevin se lo pidió a Christopher, dio comienzo su relación de amistad.

 

Nunca estuvo muy segura de lo que pudo ver Christopher en aquellos cinco amigos entre los que ella se contaba, pero con el tiempo se preocupó mucho de cultivar su amistad y, hasta el momento presente, no había dejado que se perdiera. Seguía invitando a los cinco a sus las numerosas y variadas fiestas que cele­braba en su casa, aunque no todos asistían a las mis­mas. Como Linda, que dos años atrás se había trasla­dado a Nueva York para trabajar en el Times. O Greta, casada y con un niño, que había vuelto a su ciudad natal de Orange. Jeff aparecía ocasionalmente por aquellas fiestas, pero pasaba cada vez más tiem­po en San Francisco.

 

La única razón por la que ella seguía asistiendo era porque Kevin siempre la llevaba. Pero, en reali­dad, no le gustaban los sentimientos que Christopher le ins­piraba. A su lado, siempre se sentía nerviosa e irrita­da... ¡como en aquel preciso momento!

-Tendrás que mover tu coche primero -le dijo ella bruscamente-, o te pondrán una multa por apar­car en prohibido.

-Olvídate del maldito coche. Tú eres más impor­tante que cualquier estúpida multa.

-¡Ha hablado un verdadero millonario!

-¿Qué es lo que te pasa con mi dinero? -se detuvo para mirarla-. ¡No puedo evitar haber nacido rico, al igual que Kevin no pudo evitar haber nacido pobre!

-No, pero ciertamente podrías evitar derrochar tu dinero. Y despreciarlo como si no tuviera ningún va­lor. Nosotros somos seres mortales preocupados por cosas tales como las multas de tráfico, ¿sabes?

-Ya lo sé, Dulce -rezongo-. Muy bien, ¿dónde puedo aparcar correctamente aquí? ¿Tiene este edifi­cio garaje, o alguna zona de aparcamiento?

-Sí.

-¿Dónde, por el amor de Dios?

 

Dulce levantó la mirada para ver la expresión de frustración de Christopher, y se dio cuenta de que la si­tuación se estaba deteriorando, como siempre ocurría cuando los dos se quedaban solos. Aquel escenario se estaba tornando en algo deprimentemente familiar. Christopher no tardaría en criticarla por su rendido e incon­dicional amor por Kevin, y ella le lanzaría algunas pullas por su interminable relación de amiguitas. Lo cierto era que procedían de mundos distintos y que deberían haber dejado de verse años atrás. No tenían nada en común. ¡Nada en absoluto!

 

-Mira -le dijo Dulce con el tono más razonable del que fue capaz-. ¿Por qué no te vas a casa? Apre­cio tu gesto al haber venido aquí para ver cómo esta­ba. Me recuperaré, te lo aseguro. No creas que voy a tirarme por el balcón.

-No imaginaba que hicieras algo así -repuso iró­nico-, dado que vives en un primer piso.

-¿Cómo sabes que vivo en un primer piso? -le preguntó, frunciendo el ceño-. Nunca has subido a mi apartamento. Solo me acompañaste hasta aquí una vez, si mal no recuerdo.

 

Kevin había bebido demasiado en la última fiesta de Navidad que había celebrado Christopher, de modo que este había insistido en llevarlo a casa de Dulce en su coche. Durante todo el trayecto, habían estado dis­cutiendo sobre Kevin.

-En aquella ocasión me limité a esperar apoyado en mi coche, después de que tú entraras como una fu­ria en casa. Cuando vi encenderse una luz en el pri­mer piso, supuse que se trataría de tu apartamento. Después de todo, eran las cuatro de la mañana y to­das las demás ventanas estaban a oscuras.

-Oh... -la culpa y la vergüenza le atenazaron el estómago. Recordaba haberse comportado de manera abominable aquella noche. Y en aquel momento no lo estaba haciendo mucho mejor.

 

Por mucho que detestara admitirlo, Christopher  se había comportado como un buen amigo suyo durante los últimos años. Y tenía razón. No podía evitar haber nacido rico, y guapo, e inteligente... Y suponía que tampoco podía evitar ser un poquito playboy. ¿Qué otro hombre, en su posición, no habría hecho lo mis­mo?

-Si quieres que me vaya... -pronunció él, cansa­do-... me iré.