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Diamante
marcela
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WEBNOVELA: "Besos traviesos" De Lora Leigh

Lora Leigh

Besos traviesos

6 Serie Traviesos

Roberta Lucas esconde un increíble enamoramiento por Diego Walker. El problema es que el padre de Diego es el muy protector padrino de Roberta. A todos los efectos, Roberta y Diego han crecido más como hermanos que otra cosa. Al saber Roberta que la prometida de Diego le engaña, es una pesada carga que ya no puede ignorar más. Diego está dolido y recurre a Roberta para consolarse. Después de una sola noche, Roberta rechaza a Diego y él abandona la ciudad. 

 
Cuando Roberta es brutalmente atacada, el padre de Diego le pide que la cuide hasta que el criminal sea capturado. Tener a Roberta en su casa flotante sin duda conducirá a otras cosas, pero ¿está listo Diego para admitir lo que siente por ella? Si lo hace, ¿obstaculizarán sus sentimientos la seguridad de Roberta?

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1º ANIVERSARIO

EL DESAFÍO 2011

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Cristal
candiibabiie
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Re: WEBNOVELA: "Besos traviesos" De Lora Leigh

ME   GUSTA   LA  INTRODUCCION   .

Junior
chanty8a
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Re: WEBNOVELA: "Besos traviesos" De Lora Leigh

SIGUELA X FAVOR

Quarzo
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Re: WEBNOVELA: "Besos traviesos" De Lora Leigh

Buenisimaaaaaaaaa mi marce!! pero yo ya me lei esta serie!!..

la reeleere de nuevo :smileyhappy:

Diamante
soniathebest
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Registrado: ‎08-14-2008

Re: WEBNOVELA: "Besos traviesos" De Lora Leigh

comienzala

 

Ian And Paul :Inlove:



 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 

















Diamante
marcela
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Re: WEBNOVELA: "Besos traviesos" De Lora Leigh

Prólogo

Había momentos en la vida de un hombre que permanecían indeleblemente grabados en su mente por una razón u otra. Acontecimientos que abrían la ventana a un sombrío y oscuro rincón del alma y revelaban verdades que había buscado dentro de sí toda la vida.

Ese día había llegado para Diego Calvin Walker Junior.

Se había despertado aquella mañana sabiendo que la vida ya no le presentaba ningún desafío. Tenía mucho éxito en el trabajo de la firma de abogados de su padre. Su prometida era la aristócrata perfecta, una exquisita anfitriona y también considerada una de las más bellas y exitosas abogadas de Boston. Sin embargo, era casi tan emocional, compasiva y apasionada como un trozo de arcilla.

Según su prometida necesitaba encontrar un pasatiempo para reemplazar sus inclinaciones excesivamente libidinosas. Eso dicho por la mujer que había pasado la mayor parte del primer mes que estuvieron juntos agotándolo en la cama.

La pasión había languidecido, lentamente al principio, hasta que ahora, seis meses después, ella pensaba que él más bien necesitaba un pasatiempo.

Su vida se había ido al infierno. O tal vez, O tal vez, sólo ahora se daba cuenta que la vida podría ser mucho más. Qué, no lo había decidido aún. Cómo tratar con las complicaciones, no lo había decidido aún. Una cosa era segura, el nerviosismo dentro de él estaba aumentado al punto que se estaba convirtiendo en un sufrimiento.

Mientras estaba sentado frente a ella en el restaurante italiano favorito de Marlena y fingía escuchar la aburrida diatriba relacionada con uno de sus proyectos de caridad, se dio cuenta que algo estaba cambiando dentro de él.

Aceptarlo era otra cosa. Tratar con eso sería más difícil. Mientras ella hablaba, él le echó una mirada al camarero. Era un buen hombre, pensó Diego, le había servido lo suficiente para saber lo que esa mirada significaba. En cuestión de minutos había un vaso de whisky apoyado discretamente a su lado a pesar de la mirada reprobatoria de Marlena.

A ella no le gustaba que él bebiera whisky. A ella no le gustaban las amistades con las que se juntaba y estaba comenzando a preguntarse si le gustaba algo de él aparte del apellido Walker y la fortuna que su padre había construido durante más de tres décadas. Esa fortuna, sumada a la herencia de siglos de antigüedad Evanworth por el lado de la familia de su madre, Brianna, hacía a Diego un impresionante buen partido y él lo sabía.

No tenía nada que ver con él, con la persona y Diego estaba empezando a sospechar que, cuando se trataba de Marlena, era la fortuna más que el hombre lo que la atraía.

—Creo que deberíamos irnos ahora —dijo Marlena cuando él terminaba un segundo whisky.

Ella echó un vistazo alrededor del restaurante, dirigiendo la atención a una mesa de sonrientes mujeres jóvenes celebrando un reciente compromiso matrimonial de una de sus amigas.

Marlena las miraba como si algo no oliese muy bien.

—Vamos a tener que encontrar otro restaurante, querido. Éste comienza a aceptar un menos que deseable gentío.

Diego miró a su alrededor.

—A mí me parece el de siempre. –Quitándole importancia.

Las jóvenes de la mesa cercana eran clientas habituales, solo que no siempre juntas.

Él juraba que veía las mismas caras todas las noches que cenaban allí

—Como si le prestaras atención.

Levantó la delicada nariz con desdén. Los rasgos angostos de Marlena eran puntiagudos, demasiado puntiagudos, casi dándole la apariencia de un roedor.

Diego entornó los ojos. Él había estado de viaje unas pocas semanas; ¿se había hecho una cirugía de nariz en ese tiempo? No podía recordar que antes fuese tan angosta.

Asintiendo con la cabeza al camarero, le indicó que habían terminado, sabiendo que, en cuestión de minutos, sería facturada en la tarjeta de crédito registrada una cantidad exorbitante.

Mientras avanzaban a través del lujoso vestíbulo, la mano de Diego se apoyó en la espalda de su prometida. Un segundo después apretó la mandíbula y dejó caer la mano cuando percibió su rigidez.

Tan apasionada como el hielo. *******. Y tal vez ese segundo whisky no había sido una buena idea, porque su temperamento estaba empezando a aparecer.

—Dios mío, no mires, querido, pero esa fresca de Roberta está aquí. —Había un dejo de rabia en el tono—. ¿Y no es ese tu amigo Gerard?

Diego sintió que se le tensaban las mandíbulas ante la vista de Roberta Lucas, esbelta, casi con aspecto de duendecillo, con sus rizos largos y gruesos cayéndole en cascada por la espalda.

El vestido blanco de seda que llevaba puesto le resaltaba la curvilínea silueta. Los pechos llenos e insolentes estaban obviamente sin sujetador y tan tentadores como el diablo. Mientras observaba, los diminutos pezones se endurecieron perceptiblemente a la misma velocidad en que su ***** se engrosó. Maldita sea, la conocía de toda la vida. Esta reacción hacia ella se estaba volviendo irritante.

Realmente debería haber evitado ese segundo whisky.

—Diego. —La sonrisa de Gerard era tan fría como siempre mientras la mirada se movía rápidamente a Marlena—. No te he visto en mucho tiempo. ¿Es ésta tu adorable prometida sobre la que tanto oigo hablar?

Diego dio un paso adelante. En los tres meses en que él y Marlena habían estado comprometidos, aún tenía que presentarla al amigo que haría las funciones de su padrino de boda.

Y luego Roberta abrió la boca.

—Deberías saberlo, Gerard, dado que ella es la misma mujer que he visto salir de tu casa todas las mañanas durante las dos últimas semanas.

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marcela
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Re: WEBNOVELA: "Besos traviesos" De Lora Leigh

Fue entonces cuando Diego vio el rabioso dolor y la furia en los ojos color gris pizarra de Roberta mientras ella miraba ferozmente a Marlena y a Gerard retrocediendo poco a poco.

Él entornó los ojos, su estómago tensándose ante la sospecha.

— ¿Qué acabas de decir, Roberta?

Una cosa que lo golpeó más rápido incluso que las palabras fue el hecho que ni Marlena ni Gerard lo estaban negando. En cambio la culpa brillaba en los ojos de ambos.

—Dios mío, esta pequeña fulana tiene agallas —masculló finalmente Marlena—. ¿Dónde está su guardián?

No obstante, Gerard vigilaba a Diego. Era una maldita buena cosa, pensó Diego, porque él no estaba seguro de su reacción. ¿Era esta una pizca de alivio mezclada con la rabia repentina que su mejor amigo y su prometida le hubiesen estado mintiendo? Mintiendo. ¿Engañándolo como si fuese tan estúpido para al final darse cuenta de lo que estaba pasando?

— ¿Por qué estabas en la casa de Gerard? —preguntó—. Me habías dicho que no lo conocías.

—Realmente Diego, estas cosas no se discuten en público. —Los ojos fríos y azules de Marlena se entornaron sobre él—. Tus raíces se notan, querido. Un matrimonio como el nuestro no necesita tales respuestas.

¿Un matrimonio como el de ellos? ¿De dónde diablos había venido eso y qué la hizo pensar que el matrimonio de ellos sería diferente al de cualquier otra pareja?

—Una ******* no las necesita. —Era consciente de las miradas que les echaban los comensales cercanos. El hambre sutil mientras olfateaban el jugoso chisme preparándose para echar a rodar—. Si te estabas follando a mi mejor amigo, entonces es un momento tan bueno como cualquier otro para discutirlo.

Marlena abrió ampliamente los ojos.

—Diablos, Diego —masculló Gerard mirando a su alrededor avergonzado—. Los arreglos comerciales no incluyen los celos.

— ¿Arreglos comerciales? —La furia comenzaba a envolverlo.

—Bueno, seguramente no pensabas que era un matrimonio por amor —dijo arrastrando las palabras Marlena—. Tu dinero, mi familia. Eso no hace un romance apasionado.

¿Su familia? El padre de ella no tenía una ******* comparado con el éxito financiero del suyo. ¿Creía honestamente que el apellido Genoa representaba una ventaja para él?

—Diego. —Y allí estaba Roberta, acercándose suavemente, la mano diminuta apoyada en el brazo—. Este es el lugar equivocado para pelear. No quieres testigos cuando los mates, ¿verdad?

Él casi se rió. Diablos casi estaba divertido cuando clavó la mirada en la taciturna carita de Roberta.

—Tengo un buen abogado —le aseguró en un susurro alto—. Y la capacidad disminuida da buenos resultados.

Al levantar la mirada, vio como Marlena y Gerard retrocedían.

— ¿Qué tienes de malo, Gerry, amigo? ¿No tienes tanto dinero como yo?

Gerard respingó; ambos sabían que no lo tenía.

—Iros a la ******* —gruñó—. Tú puedes enviar por correo el anillo, conservarlo o tirarlo por el inodoro, a quien ******* le importa. Ahora sé porque dudaba en darte la reliquia de la familia que mamá tiene. No te la mereces.

Marlena jadeó por la afrenta, los labios se abrieron para dar lo que él estaba seguro sería una réplica mordaz cuando él le volvió la espalda y se alejó.

—Vete a casa, Roberta. Hiciste tu buena obra del día —le gruñó mientras hacía señas a un taxi, luego abrió bruscamente la puerta cuando uno aparcó junto a él.

—Diego.

La mano de Roberta estaba sobre su brazo otra vez. Los pezones presionaban tensos y duros contra el vestido. Diablos, había días en los que deseaba que no fuese la ahijada de su padre. Se hacía muy difícil follarla como había deseado desde que había aprendido lo fácil que podría ser tenerla.

—Trataré contigo más tarde, pequeña buscapleitos —le espetó mientras ella retiraba bruscamente la mano—. Hasta entonces, no te metas en mi camino.

—Tú tenías derecho a saber y ella no tenía derecho a mentirte.

Roberta se mordisqueaba el labio, la rabia y la condena le brillaban en los ojos, junto con las lágrimas.

—No soy tan fácil de engañar —le advirtió bruscamente—. Joder, Roberta. Ve a jugar con tus novietes artistas y déjame en paz.

Se deslizó en el taxi y cerró de un portazo, la imagen de la carita pálida y seria en su periferia mientras el taxi se alejaba. Dándole la dirección de su ático de lujo, Diego se recostó en el asiento y cerró los ojos por un instante.

*******. Tendría que haber sabido que ella lo engañaba. Debería haber sabido que toda la relación no era más que una farsa. En el año y medio que habían estado juntos, ni siquiera una vez había sentido lo que sabía debería haber sentido por Marlena. No había habido profundidad, ni pasión. Se había convencido a sí mismo que cambiaría una vez casados. Debería haber sabido cuando su madre dio a la noticia de su compromiso algo semejante a una fría recepción que algo andaba mal.

Cuando entró en el ático, media hora más tarde, fue directamente al bar. Había estado haciendo eso cada vez más últimamente, pensó. Dirigirse directamente al bar al minuto que entraba por la puerta.

Lo había estado haciendo durante los últimos tres meses.

¿Qué era lo que nunca le había parecido una buena idea con respecto a casarse con Marlena?

Oh sí. Ella era fría. Tranquila. Le exigía muy poco y le daba aún menos.

Fue por el whisky.

Algunas veces, un hombre necesitaba un poco de falso coraje para tomar decisiones que había sabido durante años que llegarían.

Eso era por lo qué le había pedido a Marlena que se casara con él. Un último esfuerzo por adaptarse a la vida en la que había nacido, a la sociedad de la que formaba parte por derecho de nacimiento.

La familia de su madre había sido una parte integrante de la sociedad de Boston durante más de doscientos años. Su apellido podría ser Walker, pero era el Boston Brahmin  por el lado de su madre, descendiente de una de las familias fundadoras de Boston, lo que le había asegurado carta blanca en el mundo en que vivía.

 

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Re: WEBNOVELA: "Besos traviesos" De Lora Leigh

Era un mundo que estaba abandonando.

Ahora aceptaba lo que había percibido durante un tiempo. Pudo haber nacido en este mundo, pero era uno que se encontraba incapaz de aceptar en el presente.

Era hora de irse.

El whisky le quemaba de camino al estómago mientras inspiraba a través del ardor lento y floreciente.

Diablos, él no tenía derecho a echarse encima de Roberta como lo había hecho. Ella era muy protectora y no era como si él no hubiese estado pendiente de ella en modos similares cuando atrapaba a sus amantes engañándola en el pasado.

Siempre había estado pendiente de ella, especialmente cuando estuvo involucrada con personas que particularmente no aprobaba.

Bebió otro trago del caro licor.

Era culpa suya.

Había tenido tales reservas respecto a pedirle a Marlena que se casara con él, que no le había solicitado a su madre el anillo de compromiso de la herencia familiar para dárselo. Debería haber sabido cuando no le había dado ese maldito anillo que algo andaba mal.

Un matrimonio de conveniencia. El dinero de él por el nombre de ella. Como si su familia necesitara el maldito nombre de ella. La línea aristocrática de su madre le abría puertas, que el supuesto reverenciado apellido Genoa nunca abriría.

Bebió otro trago, una llave raspó en la puerta y la abrió lentamente.

Hija de puta, no se daba por vencida ¿verdad?

Marlena entró en el vestíbulo, la nariz levantada con altiva arrogancia.

Definitivamente, se había hecho una cirugía plástica en la nariz y a él no le había importado lo suficiente para darse cuenta antes.

—Tenemos que discutir esto.

La cadera ladeada, aquella nariz inclinada, lucía delgada y altiva.

— ¿Cuándo te hiciste la cirugía plástica en la nariz? —Diego entornó los ojos.

La sorpresa se movió veloz en los ojos de Marlena.

—Hace meses.

Él se encogió de hombros.

—No tenemos una ******* de que hablar. Recoge tus cosas y sal o puedo hacer que te las entreguen mañana.

—Realmente Diego, actúas como si no tuvieses ni idea de lo que estaba pasando. —Ella sorbió con frialdad—. Deberías haberlo sabido. Tan pervertido como eres, ¿realmente creíste que alguna mujer decente de categoría iba a querer algo más que la fortuna que te respalda?

Él dejó que la mirada lentamente bajara y subiera de regreso por el cuerpo delgado como un junco.

—Entonces fuiste una pésima puta.

Los labios de ella se apretaron mientras se quitaba el anillo de compromiso del dedo y lo colocaba tranquilamente sobre la mesa antigua junto a ella.

—Muy bien, entonces, si eso es lo que sientes. Una vez que la borrachera se te pase, llamarás.

—No apuestes tu nariz en ello —gruñó—. Vete de aquí, Marlena, antes que diga algo que luego lamentaré.

—Sin duda lo harás —suspiró—. En verdad, Diego, deberías hacer algo sobre esa exhibición de tus desagradables orígenes. Sólo porque procedas de un linaje plebeyo no significa que tengas que hacer honor al apellido.

—Mejor que hacer honor al tuyo —le comunicó mordaz—. Que te diviertas con Gerard. Tal vez le guste el numerito de la reina de hielo.

Los labios de Marlena se curvaron.

—Él no tenía a la reina de hielo, querido. Yo estaba allí para divertirme. Tú eras la obligación.

—Dichoso él —dijo arrastrando las palabras—. Ahora en cambio ve a estropear su menos que perfecta vida.

La risa tintineante de ella le crispó los nervios mientras se volvía y salía por donde había venido. Maldición. Tan aliviado como estaba que el compromiso se hubiese terminado, el sabor de la traición aún estaba espeso en su boca. Su mejor amigo y su prometida. ¿Cuán clásico era eso? El cliché fue suficiente para arrastrar un burlón bufido de él.

Clavó la mirada en el whisky, luego se sirvió otra copa.

No bebió más que un trago cuando, hija de puta, la puerta volvió a abrirse. Iba a tener que recolectar seriamente las llaves que había dado del ático. Esto se estaba saliendo de control.

El maldito lugar era la Gran Estación Central de Nueva York esta noche y casi estaba harto de ello.

Y allí estaba ella.

El diablillo.

El pequeño y maligno duendecillo.

El tormento de su vida.

Demasiado malditamente joven, pero con muchísima experiencia.

Había participado de un promiscuo grupo de amigos durante años. Amigos que no habían tenido problema en jactarse de los privilegios que ella concedía.

No la culpaba por ellos. Diablos, era una mujer hermosa. Era casi de la familia. Ese era el problema. Era "casi" familia. Eso lo atormentaba porque estaba condenado por querer exactamente lo que ella había regalado a otros hombres. Quería eso y más. Muchísimo más que mantenerse lo más lejos posible de ella.

Él no se lo echaba en cara. *******, él lo había hecho peor en su pasado sexual, pero le ardía en las entrañas como una úlcera porque no fue uno de esos afortunados. ¿Cuán jodidamente cruel era eso?

—Vete a casa, Roberta.

Estaba demasiado borracho para esto. Había tenido su vida primorosamente planificada al detalle y así como se sentía aliviado que el compromiso hubiese terminado, aún así, había sido su plan y ella lo había jodido. Y estaba tan borracho que sus capacidades lógicas no eran de las más fuertes.

—No quiero que me odies.

 

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Re: WEBNOVELA: "Besos traviesos" De Lora Leigh

Ella era más valiente que Marlena. Incluso entró en la habitación principal y lo enfrentó con osadía.

Con los pezones endurecidos.

Con los labios exuberantes y los ojos color gris pizarra hambrientos.

— ¿Por qué diablos tenías que tomarlo como cosa tuya? —gruñó Diego.

Por la misma razón por la que él lo habría tomado como cosa suya, por supuesto. Estaba pasando, estaba mal y ellos eran amigos. Casi. Ardían de deseo uno por el otro y ambos luchaban contra eso.

—Porque me preocupo por ti —susurró—. Eres mi amigo, Diego. Cuando Gerard me invitó al restaurante, sabía que él lo estaba haciendo porque tu madre me había dicho que creía que tú y Marlena estaríais allí esta noche. Ellos iban a estar allí y mentirte en la cara. Iban a restregártelo por el rostro y lo odié.

Tenía las manos estrechamente apretadas, la sinceridad y ese maldito hambre le brillaban en los ojos.

—Gilipolleces —espetó Diego—. No eres mi jodida amiga, Roberta. Los amigos se regodean después, no les importa un carajo si cometes un error mientras lo estás haciendo.

Él lo sabía bien. Aparte que posiblemente Roberta era la única especie de amiga que alguna vez había tenido.

Ella apretó los labios. A él le gustaba más la apariencia exuberante.

—Entonces cásate ya con ella—respondió furiosa—. Si estás tan cabreado conmigo, ponte de rodillas y suplícale que regrese. Estoy segura que ella estará más que feliz de verte rogar.

— ¡Que te jodan, Roberta! —Y sólo Dios sabía las ganas que tenía él de hacerlo.

Su ***** estaba a punto de reventar, dura y apremiante. Ella siempre lo afectaba así y ahora el alcohol lo agravaba. Nunca bebía en torno a Roberta por una razón. Jodía su autocontrol.

— ¿Incluso por qué ******* te importa?

No se lo podía sacar de la mente. Nadie más se lo habría dicho y él conocía a Gerard. Gerard no lo había escondido de nadie más que de Diego. Y de todos sus así llamados "amigos", sólo Roberta se había atrevido a revelar la verdad de una manera que ni Marlena ni Gerard lo pudieron negar.

—Porque me preocupo por ti, bobo —prorrumpió ella exasperada—. ¿Tengo que metértelo a golpes en la cabeza?

Era más. Se lo había visto en los ojos en el restaurante y lo veía ahora.

Veía algo que no quería ver. Iba más allá de una conciencia sexual o de arder de deseo por él. Iba más allá de lo que él había querido ver en el pasado.

—Estás celosa —la acusó a media voz, la verdad abofeteándolo—. ¿Crees que estás enamorada de mí? ¿Te has vuelto loca, Roberta?

La incredulidad le resonaba en la voz a la vez que le impactó en la mente. No lo había visto antes. ¿Por qué no había notado esa emoción en sus ojos antes?

—Lo hice hace mucho tiempo.

La voz era ronca ahora, los ojos reluciendo por la humedad. Por las lágrimas. Joder, no iba a llorar encima de él.

—No te atrevas a llorar. —Se movió hacia ella, la arrojó contra él.

Garrafal error, pero allí estaba ella, contra él. Tan joven y diminuta. Estaba hambriento de ella. Esa hambre había pulsado en su interior durante demasiado tiempo, le había quemado en las entrañas, le había atormentado. No quería esto, no con Roberta. Con la única persona en la vida que había contado como amiga.

—No quiero esto contigo —le gruñó.

Era demasiado suave para lo que él quería y lo sabía. Demasiado vulnerable, incluso si ella era lo suficientemente experimentada para eso. Pero él estaba borracho. Estaba duro por ella. Y había luchado contra esto durante muchísimo tiempo.

— ¿Por qué? —La vulnerabilidad en esa sola palabra le llegó al corazón. Como si él precisamente le hubiera destrozado todos los sueños, todas las esperanzas—. ¿Por qué no conmigo, Diego?

—Porque maldita seas, no quiero hacerte daño.

Él no le dio la oportunidad de replicar. Bajó la cabeza, sus labios se apropiaron de los de ella rápidamente, separando las exuberantes curvas mientras deslizaba una mano dentro de los rizos alborotados que le rodeaban la cara y le aferraba los suaves mechones para pegarla a él.

Los sedosos rizos se le enroscaron alrededor de los dedos como si lo abrazasen a ella. Al igual que hebras vivas de calor, toqueteaban la piel de él, la acariciaban.

El sabor de ella, la adrenalina y el hambre corriéndole por las venas, sólo lo emborracharon más. Ebrio por ella. Sabía que tocarla sería peligroso y cuánta razón había tenido.

Gruñendo ante la oleada de desgarradora lujuria que lo atravesaba, dejó caer el vaso vacío al suelo y agarró el fino tirante del vestido para arrastrarlo por encima del brazo. Sólo la lujuria iría tan lejos. No podía encontrar la cremallera. No estaba en la espalda de Roberta. No quería buscarla.

El sonido del material rasgándose no lo perturbó; lo que hizo fue darle entrada al corpiño del vestido y a las curvas inflamadas de los pechos, los apretados y duros pezones coronándolos.

— ¿Diego? —El placer y la confusión le llenaban la voz ahora—. Oh, Dios, Diego, ¿qué estás haciendo?

¿Qué diablos creía que estaba haciendo? Dándoles a ambos lo que estaban deseando desesperadamente.

Le deslizó los labios por el cuello, moviéndose hacia esas bayas pequeñas y apretadas. La sensación de ellas contra la lengua envió un desgarrador gemido desde el pecho.

Chupando uno dentro de la boca, lo lamió con la lengua y lo amó con la boca mientras bajaba la mano de nuevo, esta vez a sus pantalones.

Si él no liberaba su *****, iba a volverse loco. Presionaba contra la cremallera de los pantalones, exigiendo ser puesta en libertad. Al igual que una bestia voraz, palpitaba y pulsaba en el confinamiento, exigiendo atención en silencio. Reclamando la boca, los dedos, los pliegues lujuriosos y ardientes del ******* mojado de Roberta. Gimió al pensar en follarla. En bombear dentro de ella, profundo, duro, sintiendo los ajustados tejidos tensarse sobre su pene.

Cuando le soltó el pezón, retiró los labios.

 

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Re: WEBNOVELA: "Besos traviesos" De Lora Leigh

Apretó la mano en el cabello de Roberta mientras centraba la mirada en los labios y la empujaba hacia abajo.

Dios, él quería su boca sobre su *****. La lengua lamiendo sobre la hinchada punta, los labios cubriéndola y la boca chupándola.

Lo deseaba con un hambre como nunca había querido nada antes. Había perdido toda razón, toda lógica. La objetividad era simplemente una cosa del pasado. Nada existía ahora excepto conseguir su ***** dentro de la boca de Roberta.

Ella perdió el aliento ante la exigencia en la cara de él, ante la mirada mientras la arrastraba más abajo. Sabía lo que él quería. Con una mano él le agarró los dedos y los arrastró por la pesada longitud de su pene mientras atravesaba como una lanza la abertura de los pantalones. Largo, grueso, el pesado glande oscuro y encendido. Palpitaba, brillaba por la humedad y se le hacía la boca agua de pensar en el sabor de Diego. Sus dedos no envolverían el ancho de la carne palpitante, como seda sobre hierro, le calentaba la palma de la mano y la hacía ansiar sentirlo.

Podía percibir su ******* poniéndose más mojado, más caliente. El dolor entre los muslos, el clítoris endurecido, latía por la necesidad de ser tocado como nunca antes lo había hecho.

—He soñado contigo chupándome la ***** —gimió mientras ella lentamente se arrodillaba delante de él—. Noches de eso, Roberta. Tantas noches pasadas sudando ante la idea de tenerte.

Él no tenía idea de lo que le estaba haciendo a ella… no podría. Él no tenía ni idea que ella nunca había hecho esto antes; todo lo que tenía eran los rumores que él creyó de sus maneras salvajes. Rumores que sabía que él los creyó porque le gastaba bromas sobre ello. Siempre con delicadeza, siempre con afecto pero siempre con un atisbo de cierta emoción más tenebrosa en los ojos.

Sin embargo él creía en ellos. ¿Cuán sorprendido estaría cuando se enterase que era virgen?

Arrodillándose delante de él con los dedos acariciando la carne dura, ella tragó con fuerza, luchando por conservar la mente lo suficientemente lúcida para complacerlo. Sin embargo, deseaba pasar hambre de él. Deseaba perder la necesidad abrumadora de, sencillamente, devorarlo.

—Dámelo, Roberta —exigió con los ojos azul violeta más oscuros, centellando con embriagadora lujuria.

Él tenía los labios más llenos, el rostro sonrojado debajo de la piel oscura, los ojos brillantes. Ella nunca había visto tal necesidad, tal excitación en un hombre antes. La debería asustar, pero este era Diego. Este era el hombre que ella había deseado desde que había tenido la edad suficiente para darse cuenta de lo que deseaba.

Ella estaba temblando ante la vista del grueso y demandante glande, el pecho tenso por la excitación y el miedo. Nunca, jamás había tocado a un hombre de esta manera antes. ¿Podría hacerlo realmente?

Inclinándose hacia adelante, tocó la punta con la lengua, lamiendo la humedad que se acumulaba sobre ella. El sabor salobre y tempestuoso de él le estalló en la lengua y ella juró que se estaba emborrachándo como él.

Los dedos acariciaban el grueso pene y restregaba la lengua sobre la punta mientras luchaba contra el miedo y la inexperiencia. Quería memorizar este instante en el tiempo. Cada sabor, cada emoción, cada sensación.

—Maldita seas, Roberta, chúpame. Déjame follar tu boca antes que muera por ello.

Los labios se abrieron para él, un gemido se le escapó de la garganta mientras él le llenaba la boca, deslizándose dentro poco a poco hasta quemar contra la lengua.

Ella gimió de nuevo. Apretando los labios mientras comenzaba a chupar la carne dura como el hierro, la excitación y el hambre aumentando dentro de ella hasta que ya no se conoció más.

Esa hambre era disoluta ahora. No tenía manera de controlarla, no tenía manera de detener las necesidades que de repente la llenaban, que le inundaban todo el cuerpo.

Deseaba esto. Deseaba a Diego, hasta sentirse como si estuviese muriendo por ello.

—Ah, sí —gimió él, el placer le llenaba la voz, las manos deslizándose dentro del cabello de Roberta mientras las caderas comenzaban a moverse—. Tan jodidamente caliente. Sabía que tu boca sería dulce y caliente. Esos preciosos labios se sienten como seda.

Los dedos de Diego se cerraron en el cabello de Roberta mientras su ***** comenzaba a ir y venir entre los labios, profundo dentro de su boca, casi hasta la garganta, mientras ella luchaba por aceptar la pesada longitud.

—Relájate, Roberta —rechinó, la voz ronca por la lujuria—. Respira tranquila, cariño. Llévame más profundo. Déjame tenerte.

Había leído sobre ello. Incluso lo había visto. Podía hacerlo. Esta vez, con este hombre que ella amaba por encima de todos los demás. Respirando por la nariz, luchó por llevar el grueso glande hasta la garganta, por chuparlo, frotando la lengua contra la parte de abajo mientras él gemía en su aprobación.

—Diablos, sí. —Ella podía sentir el placer en la voz mientras que los empujes dentro de la boca se aligeraban, se tornaron superficiales—. Mírame, Roberta.

Ella luchaba por clavarle la mirada con los ojos llenos de lágrimas mientras la erección le atravesaba los labios lentamente esta vez. El placer latía por las venas de Roberta, le inundaba el cuerpo. Era la mujer que siempre había querido ser. Era su mujer. Para este momento, este hambre, ella era su mujer.

—Tan jodidamente bonita. He soñado con esto, nena. Soñado con follarte. Mirar tu boca tomarme. Sentir esa lengüita perversa rozando mi *****.

Y ella estaba frotándola contra el pene, lamiéndolo. Diego sabía a medianoche y a hombre y el efecto sobre sus sentidos era devastador.

Mientras la mirada de él se trababa con la de ella, él se inclinó, le agarró la mano que se apretaba contra la pierna dura y movió los dedos hacia la bolsa tensa entre los muslos.

—Tócame ahí —exigió con voz áspera por el deseo—. Déjame sentir tus dedos suaves, Roberta. Dame lo que necesito.

Los dedos le temblaban cuando acunó el peso de los testículos antes de acariciarlos con indecisión. Ella no podía creer que esto estaba pasando. Por fin, después de tantos años. Sin embrago sabía que no podría durar. Sabía que cuando la mañana llegara, lo que sea que fuere el desliz que él estaba teniendo en su autocontrol sería rápidamente subsanado. Diego no era nadie si no se controlaba. Él tenía su vida planeada y ella siempre lo había intuido. Un plan que nunca la había incluido. Al llegar la mañana, él recordaría ese plan. Pero Roberta siempre tendría esta noche.

 

Tengo DIABETES... ¿y ahora QUÉ?

1º ANIVERSARIO

EL DESAFÍO 2011

ES PAISA