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Diamante
marcela
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***WEBNOVELA: "DULCE VENGANZA" De Lynsay Sands***

Lynsay Sands

Dulce Venganza

LOCURA DE AMOR…

La vida de su hermano corre un grave peligro y su intento por huir a las escarpadas montañas de las Highlands ha sido un tremendo fracaso... Dulce es capturada por unos escoceses, los más salvajes y peligrosos con los que se haya encontrado; pero la visión de los muslos más recios y musculosos que jamás haya visto la obnubilan hasta el borde de la locura. Una locura que poco a poco se va transformando en puro deseo y que calentará lugares de su cuerpo que no sabía siquiera que existieran.

Sin embargo, aunque el atractivo Christopher MacDonald la recogiera y se casase con ella, todavía tendría en mente volver y destruir a sus enemigos. Pero ¿y si consiguiera hacerse con la ayuda de su feroz guerrero? El lord escocés afirma que el plato más dulce de todos nunca se sirve frío...

Esta noche, ella descubrirá si tiene razón.

Tengo DIABETES... ¿y ahora QUÉ?

1º ANIVERSARIO

 

Cristal
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Re: ***WEBNOVELA: "DULCE VENGANZA" De Lynsay Sands***

EMPIEZALA  ,  PRONTO

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Re: ***WEBNOVELA: "DULCE VENGANZA" De Lynsay Sands***

empiezala 

Ian And Paul :Inlove:



 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 

















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Re: ***WEBNOVELA: "DULCE VENGANZA" De Lynsay Sands***

Capítulo 1

Dulce fue la primera que los vio. Estaba tendida boca abajo en la carreta; dormía un sueño ligero cuando una hoja le cayó en la frente. Frunció el ceño, hizo a un lado las pieles que la cubrían, las apartó un poco e intentó acomodarse de nuevo en el cálido y reparador ovillo del sueño; pero el malestar se lo impidió.

Abrió los ojos con esfuerzo y parpadeó; las pieles que la cubrían le pesaban como una losa, y se movió lentamente para encontrar una posición que mitigara el intenso dolor que sentía en la espalda. Era un dolor creciente y punzante; una forma miserable de comenzar el día, concluyó disgustada, e inmediatamente recordó el ungüento milagroso de Morag. El remedio tenía un olor tan repugnante como el de un retrete en un caluroso día de verano, pero su dolor había desaparecido en el instante en que le fue aplicado; por lo menos temporalmente, pues los efectos le duraron unas pocas horas, y tuvieron que untarle de nuevo el fétido bálsamo para contrarrestar el ardor de la agonía. Todo era más soportable gracias a su agradable efecto adormecedor, pensó exhalando un suspiro; se incorporó con cuidado y miró esperanzada a Morag, que dormía a su lado.

Creyó que una gota de lluvia le había caído en el rostro. La piel que la cubría se deslizó hacia abajo y su irritación dio paso a la sorpresa cuando sintió una textura arenosa en el dedo; entonces comprendió que no era agua, sino una pequeña gota de fango. Levantó la mirada instintivamente y vio las siluetas suspendidas en las ramas. Se ocultaban silenciosas e inmóviles entre los árboles, observando atentamente la caravana que avanzaba.

Dulce iba a advertirle a su escolta cuando un gemido fuerte y prolongado invadió el aire, poniéndole los pelos de punta. A la primera voz se le unió lo que parecía ser otro centenar de voces, y la carreta se detuvo bruscamente.

Desconcertada, Dulce vio cómo un hombre se lanzaba con agilidad desde las alturas y en un segundo se encontraba entre Morag y ella. El hombre tenía el cabello rojo como el fuego y los ojos le brillaban. Su espada refulgía a la luz de la luna. La joven reparó en que su kilt ondeaba con la brisa de las primeras horas de la tarde. Desde donde estaba, tuvo una vista privilegiada de sus piernas, desnudas hasta los muslos. Eran firmes y armoniosas, advirtió la joven con un interés totalmente inapropiado, dada la situación. Se distrajo en los moldeados tobillos, las pantorrillas musculosas, las rodillas proporcionadas y los fuertes muslos, pero él dejó escapar otro largo gemido y la atención de la muchacha volvió a la espada que sostenía.

De no haberlo visto, Dulce habría pensado que su lamento era el alarido de los muertos que ascendía desde el abismo del infierno. Era un gemido agudo y estridente que parecía atravesarle el cerebro y rivalizar con su dolor de espalda. De nada sirvió que la voz del hombre fuera seguida por las de quienes estaban en las ramas, y cuando éstos comenzaron a lanzarse desde allí, se formó un gran alboroto en el claro del bosque. Urgentes gritos de advertencia y gemidos de dolor brotaron alrededor de Dulce como las aguas de primavera del río que pasaba por su tierra natal, y el hombre que estaba a su lado saltó del carruaje y desapareció.

Dulce entrecerró los ojos e intentó levantarse. Los brazos le temblaron a pesar del esfuerzo leve, y la base de la carreta pareció moverse ante sus ojos. Respiró profundamente y logró sentarse. Levantó la cabeza con determinación y observó a su alrededor, mientras el estruendo del metal se unía a los gritos y lamentos que invadían el claro antes apacible.

Cuando fue plenamente consciente de lo que sucedía a su alrededor se olvidó del dolor punzante que sentía en la espalda y del martilleo de su cabeza. Estaban siendo atacados. Lo peor de todo era que los bárbaros que atacaban a sus escoltas parecían ir ganando, aunque éstos llevaran cotas de malla.

Varios miembros de su escolta ya habían caído de sus caballos. Los otros intentaban dirigir sus monturas hacia el carro para cerrar filas en torno a ella y defenderla, pero sus intentos fueron silenciados por los caballos encabritados y sin jinetes que parecían correr asustados en todas direcciones.

Dulce se tragó el miedo que le oprimía la garganta y observó detenidamente alrededor del claro con un aire de aprensión y sorpresa. Sus escoltas caían como moscas al final del verano; un tercio de ellos yacían heridos o agonizantes en el suelo fangoso.

Un fragor llamó su atención; un hombre descomunal se aferró violentamente a la parte posterior de la carreta y forcejeó con uno de sus escoltas. Sin tiempo para prepararse contra el fuerte vaivén, Dulce cayó de nuevo a la base del carro y a pesar de las pieles mullidas recibió un fuerte golpe en la barbilla.

Intentó incorporarse y maldijo, pero no había tenido tiempo de levantarse cuando uno de sus escoltas se acercó a la carreta. La lanzó de nuevo contra la base con un fuerte empujón y le ordenó que permaneciera inmóvil antes de alejarse.

Dulce frunció el ceño, masculló y obedeció por un instante, despues se sentó de nuevo.

—¿Qué sucede?

Dulce recordó a la mujer que descansaba a su lado durante el viaje, desvió su mirada de la refriega y se acomodó de nuevo en el carromato. Se incorporó con cuidado sobre un costado, y observó preocupada el rostro arrugado de la anciana que había sido su doncella, enfermera y figura materna durante tanto tiempo como podía recordar.

—Todo está bien, no pasa nada. Duérmete —mintió.

Las mejillas arrugadas de Morag se encendieron de rabia.

—Me estás mintiendo, niña. No puedes engañarme.

 

 

 

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Re: ***WEBNOVELA: "DULCE VENGANZA" De Lynsay Sands***

Intentó levantarse, decidida a constatarlo personalmente, pero Dulce se lo impidió con rapidez.

—No; no te levantes.

—¡Entonces dime qué está pasando! —le ordenó tajantemente—. Quiero la verdad.

—De acuerdo —suspiró Dulce, procurando encontrar la forma de aplacar el creciente terror de la anciana, pero se encogió de hombros: no se le ocurría nada—. Nos están atacando.

—¿Qué? —exclamó horrorizada y procuró levantarse de nuevo.

Dulce agradecía la seguridad que ofrecían las paredes del carruaje, cuando otra sacudida las hizo detenerse; inmóviles, vieron al guerrero en el fondo del coche. Era el mismo hombre que había saltado a la carreta, y Dulce quedó hipnotizada de nuevo al verlo. Era alto, fuerte y espléndido. Permaneció erguido, observando brevemente la batalla, el sudor de su cuerpo resplandeciendo a la luz del sol; y luego desapareció de la carreta tan súbitamente como había aparecido, blandiendo su espada ferozmente.

—¡Rayos! —Morag movió su mano sana para abanicarse un poco, pero cayó de nuevo sobre las pieles que cubrían la base de la carreta—. ¡Salvajes! —murmuró enfadada—. Y con uno de esos montañeses quiere casarte Catriona... Tu difunta madre debe de estar revolcándose en su tumba.

—Sí —convino Dulce con curiosidad.

Morag, terca, volvió a incorporarse para mirar por fuera de la carreta.

—¿Qué haces?—le dijo Dulce ayudándola.

—Ver si ganamos.

Dulce iba a decir que poco importaba, pues ella no conseguiría nada aunque ganaran los hombres de Catriona, pero antes que dijera esto, dos combatientes escoceses se estrellaron contra un costado del carruaje, enviando a las dos mujeres a la otra pared. Morag se disponía a levantarse de nuevo para observar la batalla, cuando una espada pasó sobre sus cabezas y luego se clavó en la madera del carromato. Un hombre gimió en agonía.

El escocés que había aparecido en el carruaje las miró con una expresión temible.

—¡No levantéis la cabeza, arpías estúpidas! —les gritó en gaélico.

Los ojos de Dulce reflejaron su confusión, y el hombre repitió su orden en inglés. Obviamente, él creía que no le había entendido, aunque en realidad su confusión se debía precisamente al hecho que ese hombre les hubiera dado semejante orden. No era uno de sus escoltas, sino uno de sus atacantes. ¿Qué diablos le importaba a él si ella sobrevivía o era asesinada?

Dulce observó lo que sucedía fuera. Se sintió consternada al ver que todos sus escoltas habían caído. Hasta el conductor de la carreta estaba tendido sobre su silla con una herida en el hombro que sangraba profusamente. Los únicos guerreros que la protegían de la captura eran los escoceses que su prometido había enviado para esperarla en la frontera. Aparentemente, quedaban pocos.

Dulce observó a los escoltas y calculó que aún quedaban quince. Catorce, corrigió cuando un hombre cayó; trece...

—¿Qué sucede? —preguntó Morag con ansiedad. Dulce se mordió los labios cuando miró a su compañera.

Cuando el último de sus defensores fuera abatido, era indudable que los atacantes dirigirían su atención hacia ellas. Dulce no quería pensar en lo que les sucedería. Esos salvajes no se parecían en lo más mínimo a los caballeros de la corte de su hermano.

Murmurando en silencio, Dulce ignoró la pregunta de Morag, así como sus dolores y achaques, y reaccionó. Saltó por un costado de la carreta, se sentó al lado del conductor que estaba desplomado, le arrebató las riendas de sus manos laxas, y las agitó con fuerza. Desconcertadas por el olor a sangre y la confusión de la batalla, las dos bestias aceptaron con beneplácito la orden silenciosa. Tras bufar y relinchar, se pusieron en marcha; sus cascos penetraron en la tierra húmeda y sacaron rápidamente a la carreta del tumulto.

Dulce observó que el movimiento agitado del carromato había hecho que el conductor se desplomara en la silla. Hizo una mueca de dolor cuando éste cayó estrepitosamente a tierra, pero recobró la compostura y asió de nuevo las riendas para que los caballos fueran más rápido.

—¡Maldición! —Morag se incorporó con esfuerzo y se asomó por la parte posterior de la carreta. Los atacantes que dejaban atrás no parecían reparar en la huida.

Dulce frunció el ceño y estiró su brazo para acomodarla en la base de la carreta.

—Quédate ahí, Morag; no estás bien.

La anciana refunfuñó, se arropó de mala gana con las pieles, y replicó:

—Ah, sí. Supongo que tú sí lo estás.

Dulce ignoró el comentario sarcástico y se concentró en dirigir la carroza a través de los árboles. Habían avanzado poco cuando vio los caballos; eran unos veinte, y seguramente pertenecían a sus atacantes. La posibilidad que hubieran dejado a alguien para cuidar a los animales la preocupó, y Morag lanzó un grito desgarrador que invadió la carreta. Dulce se dio vuelta y vio que un hombre saltaba a la carreta desde una rama.

Era inmenso como una mole, y la carreta tembló al caer el hombre en ella. Dulce observó la espada reluciente que sostenía en una mano y sintió pánico. Su doncella y enfermera tenía un brazo fracturado y varias costillas rotas, y estaba indefensa ante semejante bestia.

Soltó las riendas, se levantó, sacó su puñal de la cintura y se abalanzó contra él. Fue realmente sorprendente que lograra atacarlo, pero no sólo lo atacó, sino que lo arrinconó contra la parte posterior del carruaje.

 

 

 

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Re: ***WEBNOVELA: "DULCE VENGANZA" De Lynsay Sands***

La joven sabía que era descabellado, no podía hacerle daño, sólo podía aferrarse a él, y eso fue lo que hizo. Los dos rodaron por el carro. La carreta sin conductor siguió su rumbo incierto, mientras Morag gemía desesperadamente.

El cuerpo del hombre amortiguó la caída de Dulce, pero cayó aparatosamente y quedó por un instante encima de él, mientras intentaba recobrar el aliento. El resplandor del sol veraniego que penetraba sutilmente a través de las hojas y que hacía refulgir la punta de la espada que ella había derribado la hizo reaccionar. Apenas alcanzó a tomar el puñal cuando su musculoso asaltante emitió un grito estruendoso, la hizo caer de espaldas y la dejó sin aire.

Dulce jadeó dolorida y lo atacó con su puñal. Para su alivio, el hombre descomunal maldijo y la apartó sin esfuerzo, lo que ella aprovechó para alejarse. Se encogió y suspiró, pues el dolor que la estaba desgarrando había disminuido un poco. Sin embargo, su visión se hizo ligeramente borrosa al ver que él se miraba sorprendido la herida que ella le había infligido en un costado. Dulce advirtió que la herida no era de consideración, y que seguramente la atacaría de nuevo cuando se recuperara de su sorpresa ante la agresión sufrida.

Observó a su alrededor y sus ojos se detuvieron en una rama grande que había caído a pocos centímetros de su mano derecha. No tenía hojas, y la intemperie le había dado un color marrón pálido. Tenía la punta frente a ella, pero la rama se ensanchaba progresivamente y su extremo era más grueso que su antebrazo. Se estiró, sujetó la rama con sus dedos y la utilizó para ponerse de pie.

El hombre la vio levantar el tronco de madera con sus manos temblorosas y blandirlo contra él. Intentó levantarse, pero Dulce lo golpeó antes que tuviera tiempo de hacerlo. La madera produjo un sonido seco y la rama inerte se partió en dos al golpearle la cabeza. Por un momento, la chica creyó que sólo había logrado enfurecer al hombre, pero dejó escapar un murmullo de sorpresa cuando él se derrumbó en el carruaje.

Comenzó a sentir náuseas y los gritos de Morag la dejaron consternada. Se separó de su enemigo para recobrar el dominio de la carreta; pero sus penalidades no habían terminado, pues entonces otro hombre saltó desde los árboles... Los caballos se asustaron y encabritaron, la carreta se tambaleó... y Morag cayó lanzando un grito que heló la sangre a Dulce. El vehículo rectificó su rumbo y los caballos se detuvieron atemorizados, coceando con fuerza contra el suelo.

Lo único que pudo ver fue el frágil cuerpo de Morag tendido en el suelo mientras el vehículo avanzaba. Dulce se olvidó del hombre y corrió hacia su doncella:

—¿Morag? ¡Morag! —le dijo, tocándole suavemente sus mejillas ajadas.

El parpadeo de sus pestañas blancas le pareció el espectáculo más hermoso del mundo. Jadeó a punto de llorar y abrazó su cuerpo débil, ofreciendo a Dios una plegaria de agradecimiento en silencio.

Fue entonces cuando pensó en el otro bárbaro. Miró hacia arriba y constató, sorprendida, que sólo se trataba de un niño que no le prestaba la menor atención, absorto como estaba en la distancia.

Miró entonces en la dirección en que miraba el muchacho y comprendió su despreocupación: la batalla había terminado y los guerreros se acercaban con una expresión desagradable.

Dulce recostó rápidamente a Morag, agarró el puñal y se puso de pie. A continuación avanzó instintivamente entre la mujer postrada y los hombres que se aproximaban. Pero al igual que el chico, los guerreros escasamente repararon en ella; se aproximaron a su compañero caído y lo rodearon, ocultándolo de su vista.

Dulce apretó con fuerza el puñal en su mano sudorosa y observó atentamente a su alrededor. Parecía evidente que no tenía escape, pues no podía huir sin Morag. Aunque no lo quisiera, luchar era su única opción; nunca había imaginado que moriría de esta forma, y menos tan joven.

Los hombres la miraron. Avanzaron con expresión severa hacia ella formando un semicírculo; la observaron y vieron el puñal.

Dulce creyó que la atacarían de inmediato. Por eso la desconcertó un poco que simplemente se limitaran a mirarla y comenzaran a hablar en gaélico, sin saber que ella entendía esta lengua.

—Es linda —señaló uno de ellos, y ella lo miró asustada. Era alto como todos los demás. Dulce tenía una estatura media, pero estos hombres parecían gigantes y se erguían ante ella como un bosque de árboles. Tenían pechos musculosos, eran grandes, fuertes y amenazantes.

—Sí, linda, pero pequeñita —dijo el que parecía ser el líder. Había visto que los otros le habían mostrado sumisión cuando los condujo hacia ella. Era el mismo hombre que había saltado a la parte posterior del carromato, que la llamó arpía y le ordenó que mantuviera la cabeza agachada. Aunque destacaba entre todos y parecía ser uno de los más musculosos, el que le había dicho «linda» era mucho más alto. ¡Santo cielo! Ese hombre podía confundirse desde la distancia con una torre, pensó ella, mirándolo sorprendida antes de concentrar su atención en el jefe. Comprendió que los hombres estaban de acuerdo con él y que no la halagaban.

—Sí, es enclenque.

—Está lloriqueando.

—Es un saco de huesos.

—Y de aspecto débil.

—Es tan pálida como la muerte, y está temblando. Me temo que no sobrevivirá al viaje, y menos los crudos inviernos.

El jefe asintió y todos la miraron con preocupación. Un hombre de cabello oscuro que estaba detrás del jefe comentó:

—Tal vez no sea ella. Quizá nos hayamos equivocado.

Su observación les dio un poco de esperanza a sus hombres, pero el líder negó con la cabeza.

 

 

 

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Re: ***WEBNOVELA: "DULCE VENGANZA" De Lynsay Sands***

—Eran los MacGregor, contra quienes combatimos junto a los ingleses. Reconocí al menos a dos de ellos.

El suspiro de desilusión de Dulce se unió al de los hombres. Por un momento había contemplado la libertad; si se habían equivocado, seguramente la dejarían libre. Pero no. Los MacGregor la habían escoltado; se habían reunido en la frontera con ella y con su séquito, formado por cuarenta hombres que Catriona le había asignado para que la acompañaran. Entonces ella había pensado que era una precaución innecesaria, pero ahora comprendió que estaba equivocada, y que habría necesitado muchos más hombres. Los combatientes ingleses luchaban con torpeza y lentitud, pues sus movimientos se veían frenados por las pesadas cotas de malla, y habían sucumbido rápidamente ante esos salvajes, dejándolas bajo la protección exclusiva de los hombres de MacGregor. Concluyó que la buscaban a ella, aunque no atinaba a saber por qué. A menos que las nupcias fueran una treta para que abandonara el castillo y poder asesinarla. Ésa era una posibilidad que seguramente favorecería mucho a los infames propósitos de su cuñada.

—Bien, deberíamos llevárnosla ya —comentó finalmente el líder. Esto bastó para que Dulce se olvidara de sus conjeturas. El hombre parecía tener mucha prisa; de hecho, se limitó a mover los pies mientras la observaba. Sin embargo, fue motivo suficiente para que ella sintiera miedo, aunque no se rendiría sin antes luchar.

—Cuidado con su cuchillo; está muy afilado: me ha hecho una herida muy desagradable con él.

Dulce miró al que había hablado; era el hombre que podía confundirse con una torre. Su rostro tembló al reconocerlo: era el mismo hombre a quien había herido con el puñal. Estaba de pie, y su rostro no delataba la menor señal de su ataque, salvo por la sangre en sus ropas, que no era precisamente abundante, advirtió disgustada.

Dulce apretó la boca, separó un poco los pies y dobló ligeramente las rodillas, tal como le había visto hacer a su hermano durante los combates cuerpo a cuerpo.

El jefe giró la cabeza hacia un lado, la miró un instante y le sugirió en inglés:

—Es mejor que sueltes el cuchillo; no vayas a hacerte daño.

La joven levantó el mentón con dureza a modo de respuesta. El jefe avanzó hacia ella parsimoniosamente y Dulce se dispuso a atacarlo.

Avanzó dos pasos con ritmo serpenteante y se abalanzó sobre ella. Le sujetó la muñeca con una mano, la levantó en el aire, le arrebató el cuchillo con una facilidad increíble y luego se lo lanzó al hombre al que ella había atacado. Dulce gritó para desahogar su frustración y dio una patada. Gritó con mayor ferocidad cuando la levantó y la cargó sobre su hombro como si fuera un saco de trigo.

—¡Cálmate! —La orden severa fue acompañada por una palmada en el trasero, y la dejó muda de sorpresa—. No te haremos daño, ni tampoco a la vieja hechicera.

Dulce lo maldijo, golpeándolo infructuosamente en la espalda. Luego se detuvo y observó ansiosa cuando uno de los hombres examinó a Morag y estuvo a punto de llorar de alivio cuando el hombre pareció comprender el delicado estado de la mujer, la levantó con cuidado y siguió al hombre que llevaba a Dulce.

El que la cargaba se detuvo repentinamente y Dulce supuso que habían llegado al carruaje y que seguramente la dejarían allí. Intentó prepararse para lo que seguiría, pero toda la preparación del mundo no le impidió caer en la parte posterior de la carreta. No es que él hubiera sido excesivamente brusco, simplemente no estaba enterado de su herida y la lanzó contra la base del carromato con un leve empujón. Sin embargo, fue como si la hubieran arrojado contra una tabla llena de clavos. El dolor le quitó el aliento sin dejarle siquiera lanzar un gemido. Las luces brillaron fugazmente antes que todo se volviera completamente negro.

 

 

 

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Re: ***WEBNOVELA: "DULCE VENGANZA" De Lynsay Sands***

 

Capítulo 2

—La anciana está muy mal—. Christopher miró preocupado al hombre que había cabalgado a su lado; era Tommy MacDonald, su senescal y también su primo.

—¿Qué te hace pensar eso?

—La miré bien cuando la llevé a la carreta. Tiene un brazo fracturado y una o dos costillas rotas.

Christopher frunció el ceño.

—¿Me lo dices por algo?

Su primo asintió lentamente con aire pensativo mientras observaba los árboles que dejaban atrás.

—Es normal que las criadas vayan en un carromato, pero las damas nobles generalmente van montadas. A menos que estén enfermas o heridas.

Al ver que su señor no respondía y que hacía un gesto de preocupación, Tommy añadió:

—La anciana huele a hierbas; me pregunto si la joven también. Aseguraría que se trata de hierbas medicinales.

Christopher se extrañó un poco.

—Sí, ella también.

El otro asintió.

—Está durmiendo desde que la dejaste en la carreta.

—¿Y?

—Creo que es una reacción extraña para una dama que acaba de ser capturada y sus soldados diezmados, especialmente cuando había mostrado tanto ímpetu.

—¿Ímpetu? —Frunció el ceño en señal de sorpresa ante esa palabra.

—Sí. Se requiere mucho ímpetu y valor para enfrentarse a treinta guerreros con poco menos que un cuchillo —señaló Tommy.

—Sí, es cierto —confirmó escuetamente el jefe de los MacDonald. Sólo había notado que ella era débil, pero no había pensado que había resistido con valor e intentado defender a la anciana. —Es impetuosa —dijo, advirtiendo que era la primera señal esperanzadora que percibía en su futura esposa. Era reconfortante tener esta certeza, especialmente cuando llevaba dos horas renegando de su aventura.

Tenía sentido cuando la planeó. Unos nueve meses atrás, los MacGregor habían asesinado a su esposa y a su pequeño hijo. Christopher juró venganza, al igual que sus hombres, pero esperó el momento oportuno. Luego se enteró del nuevo matrimonio de MacGregor, y con una inglesa para rematar. Christopher no debió sorprenderse tanto, pues MacGregor era mitad inglés.

Sin embargo, fuera inglés o no, Christopher no podía encontrar ninguna excusa para el ataque y posterior asesinato de su familia. Su esposa no tenía nada que ver con lo ocurrido; era tan inocente como la esposa de MacGregor. No obstante, juró vengarse, y para satisfacer su ansia de venganza, así como su sentido de justicia, decidió raptar a la muchacha y casarse con ella. Logró convencerse incluso que le haría un favor, pues todos sabían que MacGregor era cruel con las mujeres; de hecho, había algunas sospechas sobre la causa de la muerte de su primera esposa. ¿Ocurrió mientras daba a luz, o debido a la paliza que le dio mientras estaba de parto?

En aquel entonces, raptar a la prometida de MacGregor le pareció la solución perfecta; tendría una esposa, futuros herederos, y se vengaría de él con un pequeño ataque.

Sí, parecía la solución perfecta, salvo por el hecho que ella era inglesa... además, y sólo ahora se daba cuenta de ese detalle, que era muy débil y frágil. Todos esos detalles le estaban haciendo dudar, por eso el comentario de Tommy sobre el arrojo del que había hecho alarde la muchacha suponía un alivio placentero en medio de la lluvia de autocríticas en la que se había enfrascado. Cierto, era pequeña, pero impetuosa... A veces el ímpetu contribuía notablemente a compensar la falta de estatura y fortaleza física.

—Ya sabe, señor. Creo que se recuperará.

Christopher se sobresaltó al observar al hombre que había cabalgado a su lado durante toda la tarde, pues se había olvidado por completo de la presencia de Duncan.

—Sí—asintió su auxiliar—. Es una mujer valiente.

Él también estaba visiblemente alegre, y Christopher comprendía por qué les preocupaba a todos cómo fuera la mujer. La elección de su futura esposa era algo que afectaría a todos sus súbditos.

—¿Quién tiene ímpetu? —Angus dirigió su caballo a un costado de Duncan, y su expresión se llenó de curiosidad al escuchar estas palabras.

—Los ingleses. —El otro hombre miró dubitativo y Duncan se refirió a lo que había dicho Tommy—. Ella pensaba derrotarnos con poco menos que un pequeño cuchillo. Ofreció resistencia y defendió a la hechicera. Y apuñaló al Gigante Robbie.

—Sólo fue un rasguño —dijo Robbie, dirigiendo su caballo hacia delante para darles alcance a los cuatro. Varios hombres se acercaron con sus caballos para escuchar la conversación.

—La herida le sangró —señaló Duncan sin amilanarse—. Ella tenía la mano llena de sangre. Incluso tenéis un poco en vuestras camisas.

Robbie se miró sorprendido y maldijo.

 

 

 

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Re: ***WEBNOVELA: "DULCE VENGANZA" De Lynsay Sands***

—Aelfread se molestará mucho. Seguramente tomará medidas drásticas si no logro convencerla que es una herida leve.

Todos sonrieron ante este comentario, pues les pareció divertido que un hombre tan grande se preocupara por el temperamento de una mujer que medía un metro cincuenta. Sin embargo, su esposa era muy irritable.

—Es probable que tengáis razón —murmuró Angus pensativo, ignorando la queja del hombre alto—. Puede que haya mostrado ímpetu. Creí que se trataba de una tontería, pero tal vez sea ímpetu.

—Bien —exclamó Duncan, indeciso—. Tal vez fue una tontería, pero también fue un acto valiente.

Duncan volvió a la carga tras los murmullos de aprobación general, aunque poco entusiastas.

—Sí, fue un acto de valor. Fue valiente al tratar de escapar en la carreta. Por lo que sé, la mayoría de las damas inglesas se habrían sentado a llorar y habrían exclamado: «Pobre de mí».

Como vio que los demás le daban la razón, añadió emocionado:

—Sí, es una dama impetuosa. De hecho, y después de lo que he visto, estoy seguro que en cualquier momento intentará escapar de nuevo. Tal vez lo esté haciendo en este instante.

Todos detuvieron sus caballos y observaron con ansiedad el carromato que se acercaba, incluso Christopher.

El conductor de la carreta sintió curiosidad, aminoró la marcha y se detuvo al acercarse a ellos; los hombres la rodearon inmediatamente para mirar en su interior y Christopher estiró el cuello para hacer lo mismo. Su joven rostro adquirió una expresión de perplejidad tras la decepción que sintieron los demás al ver a las dos mujeres que dormían.

—Bien; tal vez su valor la ha dejado exhausta —murmuró Duncan, y se estremeció ante las miradas de rechazo que le lanzaron los demás. Tommy se inclinó hacia el interior del carromato, tocó con una mano la frente de la mujer y se preocupó. En ese instante, Christopher observó el rubor de sus mejillas.

—¿Es fiebre? —preguntó preocupado, recordando que Tommy había dicho que podía estar enferma.

—Sí. —Tommy frenó su caballo, estiró la pierna hasta el borde y subió al carruaje. La anciana se despertó de inmediato; abrió los ojos cuando percibió que todos la observaban, y entonces miró a su protegida. Se enfadó cuando vio que el hombre se inclinaba sobre Dulce.

—¡Déjala en paz, miserable! —le dijo, intentando levantarse a pesar del dolor que sentía.

—No te enfades, anciana. No le haré daño. —Tommy no se molestó en mirarla, pues quería examinar a la joven, que tenía el rostro extremadamente caliente y tan rojo como una rosa inglesa. Tenía mucha fiebre—. Está enferma.

Morag hizo una mueca de dolor al sentarse y palpó la frente de la joven.

—Pasadme la bolsa con las medicinas.

—¿Dónde está? —preguntó Christopher, apeándose para acercarse a ellos.

—En ese rincón.

Tommy comenzó a buscarla, y Christopher se arrodilló ante la joven, le tocó la frente y le sorprendió el calor que irradiaba.

—¿Le duele algo?

La respuesta de la hechicera se vio interrumpida cuando la joven abrió los ojos y lo observó con una mirada febril.

—¿Johnny? Estoy muy mal, me duele todo, Johnny. Estoy ardiendo. Cúrame.

Por un momento, Christopher observó sus ojos atormentados, y luego se dirigió malhumorado a la anciana.

—¿Quién demonios es Johnny?

—La salvia ha perdido su efecto —murmuró Morag con preocupación, y se maldijo por no haber pensado en ello cuando las dos estaban despiertas—. Tiéndela hacia abajo.

Christopher vaciló, le obedeció y dejó sus preguntas para más tarde.

—¿Ya has encontrado la maldita bolsa? —le preguntó la anciana a Tommy mientras éste inspeccionaba la última bolsa.

—Sí.

—Ábrele el vestido —le ordenó y cogió la bolsa.

Los dos hombres se miraron. Christopher se encogió de hombros y sacó un pequeño cuchillo de su bota. Rasgó la parte posterior del vestido con pulso firme y decidido, y arqueó las cejas al ver las gruesas vendas.

—Los vendajes —dijo Morag, escarbando en su bolsa mientras Dulce se quejaba.

Christopher siguió cortando el vestido con cuidado y reparó en las vendas que le cubrían toda la espalda y las retiró con mucho cuidado; la joven se quejó de nuevo. Él se sentó y profirió una exclamación, asombrado, cuando vio la herida. Sus hombres también se acercaron asombrados, muchos de ellos se apearon para mirarla de cerca. Sin embargo, Christopher apenas lo notó pues toda su atención estaba centrada en la herida de la joven.

Era un corte largo, profundo, que le recorría la espalda en diagonal, desde el hombro izquierdo hasta la cintura. Sin duda alguna, era una herida de espada que bien podría haber terminado con la vida de la joven menuda que yacía frente a él, concluyó sorprendido al observarla con detenimiento y ver los innumerables puntos de hilo que surcaban su piel de porcelana. La herida parecía tener un par de semanas; había comenzado a sanar, pero no lo suficiente como para que la muchacha estuviera en condiciones de viajar, y menos aún de corretear puñal en mano mientras intentaba defender a una anciana. Le sorprendió que no se hubiera saltado ninguno de los puntos.

 

 

 

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Re: ***WEBNOVELA: "DULCE VENGANZA" De Lynsay Sands***

—Debe de dolerle mucho —dijo su senescal.

Christopher lo miró a él y a los hombres reunidos en torno al carromato, quienes asintieron con una especie de aprobación maravillada.

—Bien. Ya sabemos por qué no ha intentado escapar de nuevo —dijo Duncan suspirando.

—Sí —asintió Angus—. Es asombroso que tuviera fuerzas para luchar y resistirse como lo hizo.

—No es fuerte... pero es muy terca —les dijo Morag mientras intentaba abrir un pequeño zurrón de cuero que había sacado de su bolsa—. Fue eso lo que la mantuvo con vida cuando fue atacada: su terquedad. La heredó de su madre, Dios la bendiga. Era Ferguson —añadió con orgullo.

—¿No es inglesa? —Tommy cogió el zurrón con el que forcejeaba la anciana y lo abrió antes de entregárselo.

—Medio; su madre era Ferguson, al igual que yo. Lord Forsythe era inglés.

Christopher abrió los ojos, sorprendido ante la joven herida. Así que no era completamente inglesa; era mitad escocesa. De las tierras bajas, pero escocesa de todos modos. Esa era una virtud; era mejor ser mitad escocesa de las tierras bajas que completamente inglesa. Observó el rostro sofocado de la joven y advirtió que ni siquiera sabía su nombre. Había atacado a sus acompañantes, y básicamente la había raptado con la intención de hacerla su esposa, pero no sabía nada de ella, ni siquiera su nombre. Sólo sabía que era una inglesa que iba a casarse con MacGregor. Y ni siquiera eso era completamente cierto.

—¿Cómo se llama? —preguntó Christopher.

—Dulce. Toma esto —le dijo Morag.

Christopher se dio vuelta y miró extrañado el zurrón que le entregó la anciana.

—Mezcla un poco de esto con agua y aplícalo en la herida.

Christopher miró en el interior del zurrón y alzó rápidamente la cabeza al sentir el olor.

—¿Qué es?

—Salvia. Le limpiará la herida: está infectada. Advertí que podría suceder —agregó malhumorada casi para sus adentros—. Puedes limpiar y vendar la herida todas las veces que quieras, pero de poco sirve cuando acampas en medio del fango. Esa arpía inglesa no hizo caso; poco le importa si mi pequeña vive o muere, sólo quería deshacerse de ella.

—¿Quién quería hacerlo? —preguntó Duncan, inclinándose sobre el carruaje y pasándole a su señor una jarra de agua para mezclar la salvia. Todos los hombres se apearon de sus caballos y se acercaron al carromato para ver más de cerca la herida.

—La nueva esposa de lord Forsythe.

—¿La madrastra de Dulce?

—No. Sus padres ya están muertos. Su hermano Johnny es lord. Mientras siga con vida —añadió contrariada—. Pero no será por mucho tiempo si la arpía se sale con la suya.

—¿Johnny? —Dulce abrió los ojos; de sus labios escapó un quejido cuando escuchó el nombre de su hermano—.¿Johnny?

—No, muchacha. Duérmete; él no está aquí. —La anciana estiró la mano para tranquilizar a la joven, pero de nada sirvió.

—Morag, tenemos que ayudar a Johnny. Catriona lo asfixiará mientras se recupera en su lecho —dijo con una tenue ansiedad.

—No puedes hacer nada por él. Descansa; te limpiaremos la herida. —Miró a Christopher, que se limitaba a sostener el agua y la salvia. Morag sacó un pequeño cuenco de madera de su bolsa, se lo dio y le ordenó—: Muévete. Hay que limpiarle la herida. —Esperó a que comenzara a hacerlo antes de buscar otro zurrón y otro cuenco y entregárselos a Tommy—. Mezcla esto con un poco de agua. Le mitigará el dolor cuando le limpiemos la herida.

—¿No sería mejor adormecerla antes? —preguntó ansiosamente uno de los hombres.

—Seguramente le dolerá mucho.

—No. Limpiaremos la herida y luego le daremos una pomada calmante en la espalda —dijo con firmeza, sacando una tira de cuero de la bolsa y arrimándola a la boca de su protegida—. Dulce, niña. Tenemos que limpiarte la herida de nuevo.

La joven abrió los ojos, que reflejaban confusión, hasta reconocer la estola de cuero que Morag pretendía introducirle en la boca. Entendió temerosa, antes de resignarse y abrirla para recibir la tira.

Morag se enderezó con dificultad, echó un vistazo alrededor para asegurarse que todo estaba listo y asintió.

Christopher dudó. La salvia que la anciana le había ordenado preparar iba a causarle un dolor indescriptible a la joven; lo sabía muy bien, pues le habían aplicado ungüentos semejantes en sus propias heridas. La posibilidad de infligirle semejante dolor a una mujer era inconcebible para él; por desgracia, tenía que hacerlo. Suspiró decidido, respiró profundamente y vertió el líquido a lo largo de la herida.

Había esperado gritos histéricos, y no era el único en pensar que tendrían que sujetarla para que no hiciera un escándalo. Tommy se puso de pie para contenerla, y les ordenó a los hombres que rodeaban el carruaje que hicieran lo mismo. Todos se prepararon y estiraron los brazos. Sin embargo, se habían equivocado. La joven inglesa se entumeció, su cuerpo se hizo duro e impenetrable como la espada que la había herido, y no se movió ni emitió sonido alguno, a excepción de un pequeño quejido y del crujido del cuero al morderlo.

 

 

 

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