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Diamante
marcela
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WEBNOVELA: "Revancha De Amor" De Virginia Henley

Revancha de Amor

Virginia Henley

Desde que la vio nadar en las aguas frescas y cristalinas de una gruta, Christopher O’Toole no pudo olvidar a Roberta. Para la propia joven la repentina aparición del apuesto irlandés marcó el inicio de una pasión que jamás se apagaría

Sin embargo, el día de su primer encuentro fue también el comienzo de sus desgracias. Lord Montague. El ambicioso padre de Roberta, descubrió entonces que su mujer tenía como amante a Joseph, el hermano de Christopher.

Lleno de ira la golpeó y la abandonó, llevándose a sus hijos. En su sed de venganza, Lord Montague no tuvo en cuenta los sentimientos de su hija.

Roberta deberá elegir entre el amor y el odio mientras dos hombres desesperados se traban en una lucha sin cuartel.

Senior
brerebel
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Re: WEBNOVELA: "Revancha De Amor" De Virginia Henley

empiezala q se ve q va estar muy buena, como todas las q subes .........
Diamante
marcela
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Re: WEBNOVELA: "Revancha De Amor" De Virginia Henley

1

El contorno perfecto, la forma eterna de la cabeza redonda emergió, todavía brillante de humedad, y Emerald no pudo quitarle la vista de encima. Luego, salió el resto del cuerpo duro, sedoso, cilíndrico.

Ese día, él estaba muy juguetón y se deslizaba arriba y abajo con algún que otro impulso hacia atrás, desafiando la gravedad. Se acercó hasta quedar casi pegado a ella y rogó, provocó, tentó, invitándola a compartir la cabalgata de su vida.

Roberta no pudo resistir la tentación de tocarlo otro Momento. Cuando extendió la mano y dejó resbalar con suavidad los dedos sobre la piel reluciente más abajo de la cabeza, él le salpicó la cara sorpresivamente. El sabor tibio y salado era tan conocido; ella lo sorbió con deleite. Sujetándolo todavía con una mano, se alzó las enaguas y levantó su cuerpo para quedar a horcajadas sobre él con sus piernas desnudas.

Ya habían gozado muchas veces de este juego; él sabía bien qué tenía que hacer. Inmediatamente rodó con ella, que quedó debajo de él, y luego volvieron a rodar. Él esperó a que ella aspirase una honda bocanada de aire y luego, con un envión poderoso, se sumergió en las oscuras profundidades húmedas.

A duras penas, Roberta pudo sostenerse sobre el lomo del delfín que se zambulló en el fondo del profundo estanque de la caverna jugando y retozando, como lo habían hecho desde el mismo día en que se descubrieron mutuamente.

Fascinado, Christopher FitzGeraId O’Toole observaba desde la entrada de la caverna. Lo que veía le quitaba el aliento y hacía volar su imaginación. La exquisita joven que cabalgaba un delfín debía de ser una ondina como las de los cuentos de hadas, que moraba en esa resplandeciente caverna de cristal.

Una primera mirada le mostró a una niña con rostro en forma de corazón, rodeado de una nube de humo de carbón hasta que, al fin, comprendió que aquello era su pelo. Después, la breve camisa que llevaba, transparente por el agua de mar, dejó ver sus pechos, a los que él vio como frutos deliciosos. En ese momento llegó a la conclusión de que se trataba de una muchacha menuda, de unos 16 años; si bien todavía no era una mujer, su figura deliciosa excitaba su cuerpo joven y firme.

Cuando oyó la risa de la muchacha que sonaba como una cascada de campanillas de plata en los altos muros de la caverna, Christopher no pudo recordar haber oído nada más subyugante. Era evidente que esos dos seres gozaban de un vínculo de amor, confianza y alegría como él jamás había presenciado. Estaba maravillado por haber tenido la ventura de estar en ese sitio... de sorprender esa escena. De pronto, muchacha y delfín desaparecieron bajo el agua, y Christopher dudó de que esas criaturas hubiesen sido algo más que un producto de su imaginación.

Los ojos oscuros de Christopher se dirigieron hacia arriba, atraídos por la belleza con la que se había topado. La cueva de alta bóveda resplandecía iridiscente, proyectando miríadas de arco iris sobre la superficie del agua y convirtiéndola en un estanque mágico. Pero su innata inteligencia dominó a su imaginación y admitió que estaba en la isla de Anglesey, en Gales. Ese mineral debía de ser anglesita, sulfato de plomo en cristales prismáticos blancos semitransparentes, que le daban un brillo parecido al del diamante.

Surgió su natural curiosidad y entró en la caverna para examinar más de cerca las paredes de cristal; el hecho de comprender qué era lo que daba a ese sitio su aura encantada, no disminuyó para nada la sensación que le producía tanta belleza. Más aún, la mirada de sus ojos de reflejos plateados viajó sobre esa encantadora superficie iridiscente con el goce de un conocedor.

De repente, el hechizo se quebró cuando la joven ninfa salió resoplando a la superficie, con el largo pelo negro aplastado sobre la cabeza y los hombros. Saltando del lomo de la criatura marina, nadó hasta el borde del estanque rocoso y se trepó a la orilla, sin preocuparse de sus rodillas arañadas y de su aspecto de rata ahogada. Sólo se trataba de una chica mortal, Christopher se ruborizó de su propia estu - pidez.

Con gesto impaciente, la joven apartó el pelo que cubría sus ojos, entonces su mirada cayó sobre el intruso. Un par de ojos verdes se dilataron en medio de ese delicado rostro con forma de corazón y lo miraron, asombrados. Recorrió con la mirada cada rasgo de la cara del hombre, bajó por el cuello y los anchos hombros, examinó el pecho desnudo como si estuviese siguiendo el contorno de cada músculo Los ojos color esmeralda lo observaron minuciosamente como si fuese el primer hombre que veía en su vida.

Christopher O’Toole estaba habituado a las miradas de soslayo y admirativas de las mujeres que le dirigían expresiones incitantes. Pero no estaba acostumbrado a ser inspeccionado como un joven potro en la feria de caballos de Puck.

— ¿Quién es usted? —preguntó la joven como si fuese la reina en el trono de su reino de cristal.

La muchacha vio cómo él levantaba la cabeza con natural orgullo.

— Christopher O’Toole —respondió.

El semblante de la muchacha se iluminó de deleite.

—Oooh —exhaló—, es irlandés —lo dijo en tono reverente, como adorando el rostro de él con sus ojos como gemas—. Mi madre es irlandesa, ¡y yo la adoro! Es una FitzGeraId de Kildare, y es la dama más encantadora que he conocida

Christopher sonrió: ya sabía quién era ella.

—Mi señora madre es una FitzGeraId. Somos de la misma familia —dijo, esbozando una reverencia.

—Oh, qué maravilloso. ¡Eso explica su belleza!

— ¿Mi belleza? —dijo, casi ahogándose.

La ninfa volvió a inspeccionar su cuerpo con la mirada.

Roberta admiró otra vez la belleza de ese hombre. Jamás había visto a un hombre casi desnudo. Su torso era musculoso y estaba cubierto de carne joven y firme. Su vista perspicaz apreció la graciosa curva de la mejilla, el ancho hombro, la espalda flexible. Su piel era de tono oliváceo, tostado por el sol. Sus pantalones de lona blanca cortados en las rodillas contrastaban notablemente con su piel morena. Su pelo negro como el carbón era un caos de rizos, y sus ojos, de un extraño tono peltre, parecían de plata a la luz insólita de la caverna. En su corta vida, Roberta nunca había visto a una persona tan hermosa; estaba completamente fascinada.

—Salgamos al sol, así podré verlo mejor.

Confundido, Christopher accedió, consideró que aquello era un justo intercambio: él había podido ver sus pechos; estaba en ventaja. Mientras salían caminando de la cueva, comprobó que le llevaba unos veinticinco centímetros de altura. Cuando salieron a la playa, bañados por la luz plena del sol, de repente se sintió avergonzado de sus pensamientos impuros. Esa exquisita muchacha era totalmente inconsciente de su cuerpo. No sabía que su enagua mojada se transparentaba. Tenía la inocencia natural de una niña pero, por el modo en que lo miraba, con expresión arrobada, percibió que estaría viviendo el primer atisbo de su feminidad.

Como paganos, se tendieron al sol sobre la arena cubierta de conchillas, y conversaron.

—Usted ya ha montado antes ese delfín.

Diamante
marcela
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Re: WEBNOVELA: "Revancha De Amor" De Virginia Henley

1

El contorno perfecto, la forma eterna de la cabeza redonda emergió, todavía brillante de humedad, y Emerald no pudo quitarle la vista de encima. Luego, salió el resto del cuerpo duro, sedoso, cilíndrico.

Ese día, él estaba muy juguetón y se deslizaba arriba y abajo con algún que otro impulso hacia atrás, desafiando la gravedad. Se acercó hasta quedar casi pegado a ella y rogó, provocó, tentó, invitándola a compartir la cabalgata de su vida.

Roberta no pudo resistir la tentación de tocarlo otro Momento. Cuando extendió la mano y dejó resbalar con suavidad los dedos sobre la piel reluciente más abajo de la cabeza, él le salpicó la cara sorpresivamente. El sabor tibio y salado era tan conocido; ella lo sorbió con deleite. Sujetándolo todavía con una mano, se alzó las enaguas y levantó su cuerpo para quedar a horcajadas sobre él con sus piernas desnudas.

Ya habían gozado muchas veces de este juego; él sabía bien qué tenía que hacer. Inmediatamente rodó con ella, que quedó debajo de él, y luego volvieron a rodar. Él esperó a que ella aspirase una honda bocanada de aire y luego, con un envión poderoso, se sumergió en las oscuras profundidades húmedas.

A duras penas, Roberta pudo sostenerse sobre el lomo del delfín que se zambulló en el fondo del profundo estanque de la caverna jugando y retozando, como lo habían hecho desde el mismo día en que se descubrieron mutuamente.

Fascinado, Christopher FitzGeraId O’Toole observaba desde la entrada de la caverna. Lo que veía le quitaba el aliento y hacía volar su imaginación. La exquisita joven que cabalgaba un delfín debía de ser una ondina como las de los cuentos de hadas, que moraba en esa resplandeciente caverna de cristal.

Una primera mirada le mostró a una niña con rostro en forma de corazón, rodeado de una nube de humo de carbón hasta que, al fin, comprendió que aquello era su pelo. Después, la breve camisa que llevaba, transparente por el agua de mar, dejó ver sus pechos, a los que él vio como frutos deliciosos. En ese momento llegó a la conclusión de que se trataba de una muchacha menuda, de unos 16 años; si bien todavía no era una mujer, su figura deliciosa excitaba su cuerpo joven y firme.

Cuando oyó la risa de la muchacha que sonaba como una cascada de campanillas de plata en los altos muros de la caverna, Christopher no pudo recordar haber oído nada más subyugante. Era evidente que esos dos seres gozaban de un vínculo de amor, confianza y alegría como él jamás había presenciado. Estaba maravillado por haber tenido la ventura de estar en ese sitio... de sorprender esa escena. De pronto, muchacha y delfín desaparecieron bajo el agua, y Christopher dudó de que esas criaturas hubiesen sido algo más que un producto de su imaginación.

Los ojos oscuros de Christopher se dirigieron hacia arriba, atraídos por la belleza con la que se había topado. La cueva de alta bóveda resplandecía iridiscente, proyectando miríadas de arco iris sobre la superficie del agua y convirtiéndola en un estanque mágico. Pero su innata inteligencia dominó a su imaginación y admitió que estaba en la isla de Anglesey, en Gales. Ese mineral debía de ser anglesita, sulfato de plomo en cristales prismáticos blancos semitransparentes, que le daban un brillo parecido al del diamante.

Surgió su natural curiosidad y entró en la caverna para examinar más de cerca las paredes de cristal; el hecho de comprender qué era lo que daba a ese sitio su aura encantada, no disminuyó para nada la sensación que le producía tanta belleza. Más aún, la mirada de sus ojos de reflejos plateados viajó sobre esa encantadora superficie iridiscente con el goce de un conocedor.

De repente, el hechizo se quebró cuando la joven ninfa salió resoplando a la superficie, con el largo pelo negro aplastado sobre la cabeza y los hombros. Saltando del lomo de la criatura marina, nadó hasta el borde del estanque rocoso y se trepó a la orilla, sin preocuparse de sus rodillas arañadas y de su aspecto de rata ahogada. Sólo se trataba de una chica mortal, Christopher se ruborizó de su propia estu - pidez.

Con gesto impaciente, la joven apartó el pelo que cubría sus ojos, entonces su mirada cayó sobre el intruso. Un par de ojos verdes se dilataron en medio de ese delicado rostro con forma de corazón y lo miraron, asombrados. Recorrió con la mirada cada rasgo de la cara del hombre, bajó por el cuello y los anchos hombros, examinó el pecho desnudo como si estuviese siguiendo el contorno de cada músculo Los ojos color esmeralda lo observaron minuciosamente como si fuese el primer hombre que veía en su vida.

Christopher O’Toole estaba habituado a las miradas de soslayo y admirativas de las mujeres que le dirigían expresiones incitantes. Pero no estaba acostumbrado a ser inspeccionado como un joven potro en la feria de caballos de Puck.

— ¿Quién es usted? —preguntó la joven como si fuese la reina en el trono de su reino de cristal.

La muchacha vio cómo él levantaba la cabeza con natural orgullo.

— Christopher O’Toole —respondió.

El semblante de la muchacha se iluminó de deleite.

—Oooh —exhaló—, es irlandés —lo dijo en tono reverente, como adorando el rostro de él con sus ojos como gemas—. Mi madre es irlandesa, ¡y yo la adoro! Es una FitzGeraId de Kildare, y es la dama más encantadora que he conocida

Christopher sonrió: ya sabía quién era ella.

—Mi señora madre es una FitzGeraId. Somos de la misma familia —dijo, esbozando una reverencia.

—Oh, qué maravilloso. ¡Eso explica su belleza!

— ¿Mi belleza? —dijo, casi ahogándose.

La ninfa volvió a inspeccionar su cuerpo con la mirada.

Roberta admiró otra vez la belleza de ese hombre. Jamás había visto a un hombre casi desnudo. Su torso era musculoso y estaba cubierto de carne joven y firme. Su vista perspicaz apreció la graciosa curva de la mejilla, el ancho hombro, la espalda flexible. Su piel era de tono oliváceo, tostado por el sol. Sus pantalones de lona blanca cortados en las rodillas contrastaban notablemente con su piel morena. Su pelo negro como el carbón era un caos de rizos, y sus ojos, de un extraño tono peltre, parecían de plata a la luz insólita de la caverna. En su corta vida, Roberta nunca había visto a una persona tan hermosa; estaba completamente fascinada.

—Salgamos al sol, así podré verlo mejor.

Diamante
marcela
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Re: WEBNOVELA: "Revancha De Amor" De Virginia Henley

Confundido, Christopher accedió, consideró que aquello era un justo intercambio: él había podido ver sus pechos; estaba en ventaja. Mientras salían caminando de la cueva, comprobó que le llevaba unos veinticinco centímetros de altura. Cuando salieron a la playa, bañados por la luz plena del sol, de repente se sintió avergonzado de sus pensamientos impuros. Esa exquisita muchacha era totalmente inconsciente de su cuerpo. No sabía que su enagua mojada se transparentaba. Tenía la inocencia natural de una niña pero, por el modo en que lo miraba, con expresión arrobada, percibió que estaría viviendo el primer atisbo de su feminidad.

Como paganos, se tendieron al sol sobre la arena cubierta de conchillas, y conversaron.

—Usted ya ha montado antes ese delfín.

Todavía asombrado, él no hacía más que expresar sus pensamientos en voz alta.

—Es una marsopa.

—Es lo mismo. Esto demuestra que los ingleses no lo saben todo, aunque se lo crean —bromeó.

—Sólo soy inglesa a medias —dijo Roberta con vehemencia.

—Y a medias sirena. Nunca había visto delfines en estas aguas. Prefieren los lugares más cálidos, como las costas de Francia y de España.

—Es evidente que éste siguió la corriente del Golfo. Anglesey tiene un suave clima oceánico; de ahí esta primavera tan temprana y tibia.

Una de las comisuras de la boca de Christopher se elevó.

—Habla como un libro.

—Como una enciclopedia —corrigió ella.

Christopher estalló de risa, dejando ver sus dientes blancos.

—Ha interpretado bien eso, inglesa.

—Mi nombre es Roberta FitzGeraId Montague. ¡Soy mitad irlandesa!—insistió, apasionada.

El sol había secado su camisa de algodón y los rizos oscuros que enmarcaban su rostro volvían a parecer una nube de humo.

Christopher rió divertido.

—Espero que su padre no la oiga.

Una sombra oscura cruzó el rostro de la muchacha.

— ¿Conoce a mi padre?

Aun sin saberlo, se estremeció violentamente.

¿Qué si lo conozco? Ha sido cómplice de mi padre en el crimen desde antes de que yo naciera. Nuestros padres están inextricablemente unidos, no sólo por haber desposado a dos hermanas sino por una alianza profana de contrabando, robo, piratería y todo tipo de trapacerías que incluían el chantaje y la traición.

¿Le tiene miedo?

—Me aterroriza —confesó ella, agregando una solemne justificación—: No sólo a mí; a mi hermano Johnny todavía más.

La admisión rozó un punto tierno de compasión en lo profundo de Christopher. En nombre de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ¿cómo era posible que William Montague concibiera a una criatura tan exquisita? Ella estaba ansiosa por confiarse a él pero Christopher estaba en guardia. Era la hija de Montague, un aristócrata inglés y por lo tanto enemigo congénito de un irlandés. Si bien los O’Toole y los Montague habían tenido vínculos comerciales regulares durante 20 años, había sido sólo por las ganancias. Por instinto. Christopher sabía que los dos hombres no se tragaban.

—Pero mi madre es un ángel. Nos protege de la ira de nuestro padre. Él se enfada tanto que se pone rojo de ira. En esos momentos, ella se lo lleva arriba para calmarlo Quizá le aplique algún embrujo irlandés porque, cuando bajan, él está apaciguado.

Christopher podía imaginar lo que haría la bella y joven Amber FitzGeraId para proteger a sus hijos.

—No se puede apaciguar a un tirano —dijo él, disgustado

—Es un tirano. Jamás la deja ir de visita a Irlanda pero ella se las ingenia para convencerlo de dejarnos venir a Anglesey a comienzos del verano, mientras él se ocupa de los asuntos del almirantazgo en Liverpool. Está a sólo dos horas. La casa es maravillosa: tiene una torre mirador. Mi madre pasa horas allí, tendiendo la mirada hasta su amada isla, contemplando los barcos. ¿Está muy lejos?

—Dublín está a unas cincuenta o sesenta millas de aquí... hoy hemos navegado en tiempo récord.

— ¿Ha venido aquí por negocios del almirantazgo?

Hemos venido aquí por negocios del diablo,

pensó él.

—Sí, por negocios —admitió.

Se preguntó si ella estaría al tanto de las cuevas de contrabandistas que había debajo de la gran casa. Por la seguridad de ella, deseó que no. Dirigió la mirada hacia la casa que se elevaba sobre el promontorio. Amber estaría enterada del comercio ilegal: desde el mirador vería el ir y venir de los barcos.

Su hermano Joseph había hecho el último viaje a Anglesey mientras Christopher iba a Liverpool. Esa vez, hacían falta las espaldas de ambos para llevar la pesada carga y una cabeza más fría que la de Joseph para engañar a los funcionarios de la Aduana. Cuando estaban descargando y volviendo a cargar, Joseph había sugerido a Christopher que hiciese un paseo por la isla.

—Tómate tu tiempo. La tripulación ha trabajado tanto que creo que les daré una hora de descanso nadando antes de embarcarnos de regreso aquí, en primavera hace tanto calor como en verano.

Christopher sintió como si un dedo de sospecha se clavara en su plexo solar. ¿Qué demonios estaría haciendo Joseph mientras los muchachos nadaban y él exploraba la isla? Se incorporó de repente.

— ¿Se espera que hoy regrese su padre?

—Gracias al Cielo, no. Si fuese a regresar, yo no me atrevería a jugar en la cueva y mi madre no estaría cantando adornada con su bata de seda.

Diamante
marcela
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Re: WEBNOVELA: "Revancha De Amor" De Virginia Henley

La sospecha de Christopher se convirtió en certeza. Joseph habría conocido a Amber en alguno de sus viajes a Anglesey, cuando su marido estaba ausente. Joseph le llevaba dos años pero no tenía su privilegiado cerebro. Christopher se puso de pie de un salto y echó a correr: tal vez estuviese a tiempo de impedir el daño.

— ¿Adonde va? —gritó Roberta, apenada.

—A apagar un maldito incendio —gritó él por encima del hombro.

Roberta rió: ese hombre decía las cosas más divertidas. En verdad, ese lugar era un sitio mágico donde los sueños se hacian realidad: había aparecido su príncipe y era irlandés. Tal como debe ser, se dijo. Un día perfecto, él llegará en su gran barco y zarparemos hacia Irlanda donde viviremos felices para siempre. Metió los pies en el agua y tuvo un delicioso estremecimiento.

 

Amber FitzGeraId también tuvo un delicioso estremecimiento cuando Joseph O’Toole, juguetón, le chupó los dedos de los pies. Estaban tendidos sobre la gran cama, descansando de sus locos retozos.

—Muchacho goloso —ronroneó ella—, ¿piensas comerme?

Los ojos azules adquirieron un tono más intenso.

—Te comeré —prometió, moviendo su cabeza oscura entre los muslos cremosos de la mujer.

Amber gimió.

—Anoche soñé contigo, Joseph.

—Entonces, tú eres tan golosa como yo.

—Después de dieciocho años de matrimonio sin amor, ¿te parece extraño?

Joseph, con su boca cálida pegada al precioso pubis de ella, exigió:

— ¡Repíteme que soy tu primer amante!

—Es verdad. Él es tan celoso y suspicaz que me custodia como un dragón; me vigila como un águila.

—El viejo Montague parece más un buitre que un águila.

Amber tembló, pero esta vez no fue por la bella boca de Joseph. Montague era un buitre que devoraba su cuerpo y su alma, pero antes de devorarla la castigaba. La castigaba por ser bella, por ser joven, por ser irlandesa.

La intensidad de su tono, cargado de odio hacia su aristocrático marido inglés, hizo que el miembro de Joseph se convirtiese en mármol: era un deleite adornar la frente de ese viejo demonio brutal. Un par de cuernos le sentaba bien. Montague fastidiaba a los ingleses, a los irlandeses y a cualquiera que le diera ganancias. Y éste era su pago: fastidiar a Montague. Joseph se olvidó por completo del hombre cuando cubrió el cuerpo voluptuoso de Arnber con el suyo. Ella era tan adorable, estaba tan necesitada, y estaba tan, pero tan en sazón.

Mientras su joven amante impulsaba su cuerpo duro penetrando el de ella, Amber se esforzó por hacerlo durar lo más posible. Por lo que sabía, ese amor tendría que durarle una vida entera. Pero Joseph era demasiado joven y viril para retirarse. La penetraba con embestidas rápidas y furiosas, hasta que arqueó el cuello en las tres últimas y explotó. Amber se entregó a las exigencias de ese cuerpo juvenil. Cuando el centro de su feminidad se convulsionó, explotó y luego latió, ella hundió los dedos de las manos y de los pies en la espalda de él, exclamando:

—Joe, Joe, Joe!

Christopher estaba a punto de irrumpir por la puerta del dormitorio cuando oyó ese grito y supo que era demasiado tarde: el daño estaba hecho. Ya no podía hacer nada más que dejarlos tranquilos mientras gozaban de los últimos momentos de la pasión. Tenía ganas de moler a palos a Joseph por haber hecho algo tan arriesgado, pero los gritos de placer de la mujer eran tan vehementes que estaba seguro de que esos momentos de éxtasis eran escasos y poco frecuentes para ella. ¿Qué había de malo? ¿Qué había de malo en procurarse un instante de alegría en una vida de servidumbre?

Salió de la casa y caminó por el largo muelle de piedra donde estaba amarrado el HalfMoon. Cuando los marineros lo vieron, subieron a bordo con él. Todos estaban emparentados: eran sobrinos, tíos, o primos segundos, terceros y cuartos. El abuelo materno de Christopher era Edward FitzGeraId, conde de Kildare; era uno entre 23 descendientes. Tres generaciones de FitzGeraId formaban un clan completo por derecho propia La mayoría de los varones tripulaban los barcos mercantes de los O’Toole.

—Danny, Davie, vengan conmigo. Controlaremos la carga.

Christopher O’Toole tenía capacidad para el mando. Desde los 12 años había sido educado para hacerse cargo del negocio naviero de la familia. Shamus, su padre, decía que el temperamento de Christopher era más apto para mandar a los hombres que el de Joseph, porque aquél los regia con humor. Casi siempre lograba disolver la tensión de una situación con su encanto y su ingenio. Joseph estaba siendo formado para la política irlandesa, que requería otras habilidades.

Shamus O’Toole tenía una de las mentes más brillantes de Irlanda. Para eludir la ley penal había registrado a todos los suyos como protestantes aunque no lo eran. Greystones, su magnífico hogar georgiano era conocido como «Castillo de las mentiras». Había numerosos motivos para semejante apodo, y uno de los más importantes era la misa católica celebrada en su capilla todas las mañanas de Dios. El único consejo que Shamus daba a sus hijos era:

¡Haz siempre lo más conveniente y nunca te equivocaréis demasiado!

Bajo cubierta. Christopher probó las cuerdas que sujetaban las cubas de brandy y luego dio instrucciones a los mozos de que las cubriesen con los barriles de arenque que habían usado en el viaje para ocultar los toneles de whisky irlandés. Dios fuese loado; la bebida era el vicio sobresaliente del siglo XVIII, y los O’Toole habían hecho una fortuna contrabandeando whisky irlandés y otra con el brandy francés para satisfacer las exigencias insaciables de los ricos anglo irlandeses que gobernaban el país... o así lo creían.

Cuando, al fin, Joseph subió a bordo, la tripulación no necesitaba indicaciones para soltar amarras e izar velas. Antes de que él llegara al camarote donde Christopher estaba falsificando conocimientos de embarque, la nave se había apartado del muelle y enfilaba el canal que llevaba hacia el mar de Irlanda.

—Lamento no haberme ocupado de los papeles; pero tú lo haces mucho mejor que yo.

Christopher respondió arrastrando las palabras:

—Has estado mojando tu pluma, pero no en tinta.

Joseph se crispó de inmediato.

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marcela
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Re: WEBNOVELA: "Revancha De Amor" De Virginia Henley

— ¿Qué demonios quieres decir?

Los ojos de peltre de Christopher miraron a su hermano de frente y sostuvieron su mirada desafiante.

—Exactamente lo que tú estás pensando —la mirada de Christopher cayó sobre el cuello abierto de la camisa de su hermano—. Tienes marcas de dientes en el cuello.

Joseph rió y su piel clara se tiño de un sonrojo revelador.

—Allí en la casa, una doncella no podía sacarme las manos de encima.

Los ojos de Christopher se clavaron otra vez en los de su hermano.

—Joseph, miente todo lo que quieras pero nunca cometas el estú - pido error de mentirme a mí. ¿Cómo diablos podría cubrirte las espaldas si no sé en qué andas?

Miró a su hermano con divertida irritación.

—Si la vieras, entenderías.

—No necesito verla: sé que es una muchacha FitzGeraId y eso lo dice todo — Christopher suspiró y recogió los papeles—. Lo hecho, hecho está y no puede volver atrás, pero la próxima vez que te sientas tentado piensa en lo que haría Montague si te pescara. En el Almirantazgo, dispone de toda la red de espías y correveidiles que jamás dejan de murmurar.

Joseph tragó con dificultad, imaginando una castración, pero luego echó a reír con su típica jactancia.

— ¡No me asusta ese viejo bribón!

Tendría que asustarte,

pensó Christopher, porque ese hombre no tiene alma. Disimulando el miedo que sentía por su hermano, le dio una palmada en el hombro.

—Joven demonio inconsciente, no me preocupas tú sino Amber FitzGeraId.

Cuando el barco de los O’Toole entró en el puerto de Dublín, que supuestamente era propiedad exclusiva de los ingleses, quienes lo administraban, y estaba bajo la autoridad del Almirantazgo inglés, Christopher resolvió sin demoras el paso de la carga por los controles de la aduana. Saltó sobre la borda con los documentos falsos en la mano.

—Quita de tu cara esa expresión afligida, Joseph. El funcionario de la aduana está en el bolsillo de Montague. Por una jarra de cerveza me ofreció en venta su mosquete y a su hermana de propina —bromeó Christopher.

Mientras el Half Moon enfilaba hacia el embarcadero propio en Greystones, al norte de Dublín, Joseph dijo:

—Padre estará contento con nuestra jornada de trabajo.

—Sí —dijo Christopher —, pero jamás lo dejará entrever. Te apuesto un soberano de oro a que las primeras palabras que saldrán de su boca serán: ¿Dónde demonios han estado ustedes, jovencitos?

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marcela
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Re: WEBNOVELA: "Revancha De Amor" De Virginia Henley

2

— ¿Dónde demonios habéis estado, jovencitos? —preguntó Shamus O’Toole—. Hace dos horas que tendríais que haber estado aquí.

— ¿Por qué, qué pasó? —preguntó Christopher con expresión seria. Joseph se echó a reír y Paddy Burke, el mayordomo de Shamus, que sabia todo lo que pasaba en Greystones, lo imitó. Shamus echó a Paddy una mirada de reproche.

—No alientes a esos jóvenes demonios.

—Padre, ¿no vas a preguntamos cómo nos ha ido? —dijo Joseph, sonriendo.

—No es necesario. Los dos estáis tan satisfechos que parecéis un par de gallos de riña —la mirada chispeante de Shamus escudriñó las caras de la sonriente tripulación. Eran tantos FitzGeraId que no intentó, siquiera, individualizarlos. — Habéis hecho un buen trabajo. El señor Burke pondrá un equipo para descargar. Id a la cocina y decidle a Mary Malone que os dé de comer.

Greystones tenía la mejor cocinera en el condado de Dublín; ninguna guisaba como ella. Lanzando un grito de alegría, los FitzGeraId se empujaron intentando ser los primeros en llegar a la cocina.

—Vosotros dos no, pillos —la voz de su padre detuvo a Christopher y Joseph a mitad de camino—. Bueno, alguien tiene que supervisarla descarga. ¿Necesito recordaros lo perezosos que son los FitzGeraId?

Cuando el padre de ambos y el señor Burke se fueron, Joseph dijo en tono seco:

— ¡Está más contento con nosotros de lo que yo hubiese esperado!

Christopher sonrió.

—Es su manera de subrayar que debemos controlar la operación hasta el final.

Joseph estiró sus músculos fatigados pensando que ya habían hecho bastante ejercicio por ese día.

—No veremos nuestras camas antes de la medianoche.

Christopher le dio un puñetazo juguetón en las costillas y bromeó:

— ¿De qué diablos te quejas? ¿Acaso no pasaste toda la tarde en cama?

 

El único miembro de la familia FitzGeraId que Shamus O’Toole realmente admiraba era su esposa Kathleen. A decir verdad, adoraba el suelo que ella pisaba. Cuando se retiró al dormitorio que compartían, llevó una botella del más fino brandy francés que acababa de adquirir.

Le irritó comprobar que Kathleen no estaba sola. Kate Kennedy, ama de llaves de Greystones, que además era doncella personal de su esposa, acababa de empezar a cepillar el pelo de Kathleen. Era una mujer alta, de actitud práctica, que no se amedrentaba ni ante él mismo. De otra manera, el ama de llaves no habría durado ni cinco minutos.

—Fuera de aquí, Kate Kennedy. Yo puedo ocuparme de las necesidades de Kathleen.

— ¿Está seguro que puede? Hay que darle cien pasadas —dijo Kate, atrevida, mientras le entregaba el cepillo.

— ¡Shamus! —Advirtió Kathleen con vivacidad—. Nada de comentarios impropios, por favor.

Kate se marchó pero antes de que ella cerrara la puerta, Shamus gritó:

—La lengua de esa mujer podría cortar hojalata —decidido, arrojó el cepillo y cruzó el cuarto. Bajando la voz, amenazó en tono lascivo—: Ya te daré yo cien pasadas.

Kathleen rió entre dientes al verlo acercarse con la botella.

—Conque cien pasadas, ¿eh? Te apuesto a que no puedes pasar de cincuenta.

— ¿Y ahora, quién hace comentarios impropios, bella mía?

Kathleen estaba sentada ante el espejo con un prístino camisón con dos docenas de botones que iban desde el pecho hasta la barbilla. Shamus se pasó la lengua por los labios resecos al imaginarse desabotonándolos uno a uno. Dejó el brandy delante de ella y se llevó a la mejilla uno de sus largos mechones.

—Bebe un pequeño sorbo, Kathe mía; sentirás un fuego en la barriga.

—Sumado a otros estimulantes que tienes en mente —levantó la botella y la llevó hacia la cama—. Primero vamos a conversar —al ver la expresión decepcionada que aparecía en el rostro aún apuesto de su marido, agregó—: Después de que hayamos hablado, compartiremos el brandy como lo hicimos en nuestra noche de bodas.

Shamus sacudió la cabeza, recordando.

—Es indecente estar enamorados después de veintidós años.

El lecho de plumas se hundió bajo su peso.

—Escandaloso —coincidió ella deslizándose bajo las sábanas y acercándose a él. Se inclinó para frotar la mejilla contra el áspero vello negro de sus brazos que él pasó alrededor de ella—. Y en lo que se refiere a la celebración de cumpleaños... —empezó a decir.

Shamus gimió en broma.

—Otra vez, no. Juro que esos dos demonios dominan todos tus pensamientos de vigilia.

— ¿En serio? ¿Y quién fue que compró dos barcos nuevos como regalos de cumpleaños?

—Son hermosos, Kathe. Unas goletas más veloces que el mismo viento. Ya es hora de que posean sus propios veleros. Joseph cumplirá veintiuno. Qué raro que, siendo sus fechas de nacimiento tan próximas, sean tan diferentes como el día y la noche.

—Es porque han nacido bajo estrellas diferentes. Las constelaciones son las que deciden nuestra personalidad. Nuestros hijos tienen diferente temperamento. Joseph es precipitado y se ofende con facilidad.

Diamante
marcela
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Re: WEBNOVELA: "Revancha De Amor" De Virginia Henley

—Sí, se enfurece por cualquier cosa. Tiene los puños siempre listos para estamparlos en la cara de alguien.

— Christopher es más profundo: siempre piensa antes de actuar.

Christopher era el preferido de su madre. Era un muchacho bello, con encanto natural. Las muchachas se enloquecían por él y no lo dejaban en paz. Además, tenía un repertorio humorístico que iba de lo más sofisticado a lo más crudo. Podía ser divertido, grosero, malévolo, cruel, ingenioso, encantador o auto conmiserativo con el mismo resultado: divertía a los demás al mismo tiempo que se divertía él mismo.

— Christopher lo piensa antes, piensa su estrategia y luego se aplica a hacer lo que pensó.

Y

los resultados suelen ser devastadores, pensó Shamus para si.

—Falta menos de una semana para sus cumpleaños. Es preciso planear la celebración, Shamus. El de Christopher cae en sábado y el de Joseph en lunes, y por eso el día lógico para festejar es el domingo, pero me parece blasfemo.

—En absoluto. ¿Acaso no somos protestantes?

Kathleen puso los ojos en blanco.

—Si tú lo dices, Shamus.

—Así es; el asunto está arreglado.

Sus dedos fueron al primer botón del camisón. Ella le detuvo la mano.

—No hemos terminado.

El gimió.

—No hemos empezado, siquiera.

—Tengo que hacer un cálculo para enviar las invitaciones. Los FitzGeraId solos son más de cincuenta.

— ¿Nunca los invitaste a todos? —preguntó Shamus, horrorizado.

— ¿Puedes decirme qué tienes contra los FitzGeraId, por favor?

En sus ojos brilló la luz de la batalla. Shamus abrió la boca con la intención de suavizar sus palabras, pero metió la pata.

—Bueno, no tengo objeciones contra tu padre ni contra los muchachos de las tripulaciones, ¡pero todas esas mujeres que dominan la familia son peores que una plaga de piojos!

— ¿Acaso es mi culpa que los varones se mueran mientras las mujeres prosperan? Tendrías que agradecer al cielo que pase eso. Tu hijo Joseph será conde de Kildare cuando mi padre muera; que Dios me perdone por decir estas cosas en voz alta.

—No quise alterarte, belleza mía. Claro que puedes invitar a tus hermanas.

—Y a mis sobrinas, primas y tías.

Shamus volvió a gemir.

—Una de ellas se cree una princesa celta y se atavía con velos purpúreos.

—Tiara: es una chiflada.

— ¡Todas ellas son unas mal - ditas chifladas!

—Ni siquiera sabes sus nombres —lo acusó.

—Claro que sí —se defendió él—. Son Meggie, Maggie y Meagan, y luego ésas con fantasiosos nombres de piedras preciosas como Opal, Beryl y Amber...

—Amber es la que se casó con William Montague. Ya he enviado su invitación a Montague pero él vendrá solo, recuerda lo que te digo. Amber me da pena.

—No puede culpar a nadie más que a sí misma. Se casó con él por su dinero y su aristocrático apellido inglés.

—Era una inocente muchacha de quince años. Vio la posibilidad de salir del castillo Maynooth que estaba, y sigue estando, gobernado por una tribu de hembras FitzGeraId, más numerosa que la Tribu de Israel.

Kathleen no veía nada de malo en cambiar de opinión en relación a su familia y en ponerse de acuerdo con su marido. Este apretó los brazos.

—Si alguien puede superar a un Montague, ése es un FitzGeraId.

—Eso lo dudo, Shamus, mi querido. Creo que haría falta un O’Toole.

Entonces, él la besó. La besó con pasión. Ya no podía esperar más. Ella era la hija mayor del conde de Kildare y sin lugar a dudas la más bella e inteligente de las condesas FitzGeraId.

Era la primera y la mejor. Shamus jamás dejaría de agradecer su buena fortuna.

 

En la enorme cocina de Greystones, Mary Malone revolvía una gran olla de gachas para el desayuno. Al mismo tiempo que entraba Kate Kennedy y comenzaba a buscar una bandeja, Paddy Burke abría la puerta exterior y entraba en el tibio recinto. Al ver al alto mayordomo, a Mary se le formaron hoyuelos en las mejillas.

— ¿Cómo está el tiempo, señor Burke?

—Ahí fuera está lloviendo a cántaros, señora Malone.

La cocinera le sirvió un cuenco de gachas y lo aderezó con whisky.

—Métase ésto entre pecho y espalda, señor Burke. Le entibiará las entretelas del corazón.

—Es usted muy bondadosa, señora Malone. ¿Cómo está su dolor de muelas esta mañana?

—Está mucho mejor, señor Burke. Muchas veces, cuando no estaba ni la mitad de mal, me he sentido peor.

Kate Kennedy extendió un níveo paño de cocina sobre la bandeja y le guiñó un ojo a Paddy Burke.

—No me extraña que esté mucho mejor. Anoche tragaste suficiente whisky como para revivir a un muerto.

—Sí, y eso me hace pensar, Kate Kennedy. Una pequeña medida de whisky puede ser ideal para endulzarle a una la lengua, ¿no lo cree, señor Burke?

—No me arrastre a esto, señora Malone, se lo ruego. No me gusta la idea de ser una horrible espina entre dos rosas.

—Mary, quisiera uno de tus pasteles de trigo especiales para la señora —dijo Kate.

La cocinera echó una mirada alarmada a la bandeja que Kate estaba preparando.

— ¿Está enferma?

Diamante
marcela
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Re: WEBNOVELA: "Revancha De Amor" De Virginia Henley

—Sí, se enfurece por cualquier cosa. Tiene los puños siempre listos para estamparlos en la cara de alguien.

— Christopher es más profundo: siempre piensa antes de actuar.

Christopher era el preferido de su madre. Era un muchacho bello, con encanto natural. Las muchachas se enloquecían por él y no lo dejaban en paz. Además, tenía un repertorio humorístico que iba de lo más sofisticado a lo más crudo. Podía ser divertido, grosero, malévolo, cruel, ingenioso, encantador o auto conmiserativo con el mismo resultado: divertía a los demás al mismo tiempo que se divertía él mismo.

— Christopher lo piensa antes, piensa su estrategia y luego se aplica a hacer lo que pensó.

Y

los resultados suelen ser devastadores, pensó Shamus para si.

—Falta menos de una semana para sus cumpleaños. Es preciso planear la celebración, Shamus. El de Christopher cae en sábado y el de Joseph en lunes, y por eso el día lógico para festejar es el domingo, pero me parece blasfemo.

—En absoluto. ¿Acaso no somos protestantes?

Kathleen puso los ojos en blanco.

—Si tú lo dices, Shamus.

—Así es; el asunto está arreglado.

Sus dedos fueron al primer botón del camisón. Ella le detuvo la mano.

—No hemos terminado.

El gimió.

—No hemos empezado, siquiera.

—Tengo que hacer un cálculo para enviar las invitaciones. Los FitzGeraId solos son más de cincuenta.

— ¿Nunca los invitaste a todos? —preguntó Shamus, horrorizado.

— ¿Puedes decirme qué tienes contra los FitzGeraId, por favor?

En sus ojos brilló la luz de la batalla. Shamus abrió la boca con la intención de suavizar sus palabras, pero metió la pata.

—Bueno, no tengo objeciones contra tu padre ni contra los muchachos de las tripulaciones, ¡pero todas esas mujeres que dominan la familia son peores que una plaga de piojos!

— ¿Acaso es mi culpa que los varones se mueran mientras las mujeres prosperan? Tendrías que agradecer al cielo que pase eso. Tu hijo Joseph será conde de Kildare cuando mi padre muera; que Dios me perdone por decir estas cosas en voz alta.

—No quise alterarte, belleza mía. Claro que puedes invitar a tus hermanas.

—Y a mis sobrinas, primas y tías.

Shamus volvió a gemir.

—Una de ellas se cree una princesa celta y se atavía con velos purpúreos.

—Tiara: es una chiflada.

— ¡Todas ellas son unas mal - ditas chifladas!

—Ni siquiera sabes sus nombres —lo acusó.

—Claro que sí —se defendió él—. Son Meggie, Maggie y Meagan, y luego ésas con fantasiosos nombres de piedras preciosas como Opal, Beryl y Amber...

—Amber es la que se casó con William Montague. Ya he enviado su invitación a Montague pero él vendrá solo, recuerda lo que te digo. Amber me da pena.

—No puede culpar a nadie más que a sí misma. Se casó con él por su dinero y su aristocrático apellido inglés.

—Era una inocente muchacha de quince años. Vio la posibilidad de salir del castillo Maynooth que estaba, y sigue estando, gobernado por una tribu de hembras FitzGeraId, más numerosa que la Tribu de Israel.

Kathleen no veía nada de malo en cambiar de opinión en relación a su familia y en ponerse de acuerdo con su marido. Este apretó los brazos.

—Si alguien puede superar a un Montague, ése es un FitzGeraId.

—Eso lo dudo, Shamus, mi querido. Creo que haría falta un O’Toole.

Entonces, él la besó. La besó con pasión. Ya no podía esperar más. Ella era la hija mayor del conde de Kildare y sin lugar a dudas la más bella e inteligente de las condesas FitzGeraId.

Era la primera y la mejor. Shamus jamás dejaría de agradecer su buena fortuna.

 

En la enorme cocina de Greystones, Mary Malone revolvía una gran olla de gachas para el desayuno. Al mismo tiempo que entraba Kate Kennedy y comenzaba a buscar una bandeja, Paddy Burke abría la puerta exterior y entraba en el tibio recinto. Al ver al alto mayordomo, a Mary se le formaron hoyuelos en las mejillas.

— ¿Cómo está el tiempo, señor Burke?

—Ahí fuera está lloviendo a cántaros, señora Malone.

La cocinera le sirvió un cuenco de gachas y lo aderezó con whisky.

—Métase ésto entre pecho y espalda, señor Burke. Le entibiará las entretelas del corazón.

—Es usted muy bondadosa, señora Malone. ¿Cómo está su dolor de muelas esta mañana?

—Está mucho mejor, señor Burke. Muchas veces, cuando no estaba ni la mitad de mal, me he sentido peor.

Kate Kennedy extendió un níveo paño de cocina sobre la bandeja y le guiñó un ojo a Paddy Burke.

—No me extraña que esté mucho mejor. Anoche tragaste suficiente whisky como para revivir a un muerto.

—Sí, y eso me hace pensar, Kate Kennedy. Una pequeña medida de whisky puede ser ideal para endulzarle a una la lengua, ¿no lo cree, señor Burke?

—No me arrastre a esto, señora Malone, se lo ruego. No me gusta la idea de ser una horrible espina entre dos rosas.