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Diamante
patymoon
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Re: (WN)♥*!* ♥ CONDUCTA INAPROPIADA ♥ *!* ♥ *( DYC)

mmm quiero acción :cara_risa:
Diamante
kimadulceyucker
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Re: (WN)♥*!* ♥ CONDUCTA INAPROPIADA ♥ *!* ♥ *( DYC)

Acero
yolisucker
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Re: (WN)♥*!* ♥ CONDUCTA INAPROPIADA ♥ *!* ♥ *( DYC)

:cara_coqueta:
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Acero
UckerYPoncholover
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(WN)♥*!* ♥ CONDUCTA INAPROPIADA ♥ *!* ♥ *( DYC)

Junior
danielaespinoza
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Re: (WN)♥*!* ♥ CONDUCTA INAPROPIADA ♥ *!* ♥ *( DYC)

Estas prepada para las noches, Dulce ??? 

...Osea va estar mas ke preparada  :cara_lenguazo:

Que Dul acepte de todas formas, aunque creo que lo hara  :cara_risa:  no puede desperdiciar una propuesta como esa !!!!!!

 

           SIGUELE PLIZZZZ !!!!!!!!!

                                  

 

vonale
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Re: (WN)♥*!* ♥ CONDUCTA INAPROPIADA ♥ *!* ♥ *( DYC)

aaaaaaa!!! dios esta muy buena siguele pliZz!!!

 

  Mi Gatito Bebé, orgullosa de ser tu fan y de los logros que has obtenido y

dios mio de lo jod*idamente sexy que te estas volviendo a poner.  

Platino Brillante
denigise
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Re: (WN)♥*!* ♥ CONDUCTA INAPROPIADA ♥ *!* ♥ *( DYC)

siguele!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Platino Brillante
daniii18
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Re: (WN)♥*!* ♥ CONDUCTA INAPROPIADA ♥ *!* ♥ *( DYC)

UUUUUUUUUUUUUUH ANDAAAAAAAAAAAAAAAALEEEEEEEEEEEEEE PAPAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA CHRIIIIIIIIIS NO JUEGUES CON FUEGOOOOOOO XQ TE PUEDES QUEMAAAAAAAAAAR
 
 
AAAAAAAAAAAAAAAAH ME ENCANTAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA PERO PSS CREO Q CHRIS ESTA MUY EQUIVOCADO SI CREE Q DUL VA A DESISTIR DE SU AYUDA.............
 
 
AAAAAAAAAAAAAAANDALEEEEEEEEEEE PLEASEEEEEEEEEE SIGUELAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
Bronze
traumadapordyc
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Re: (WN)♥*!* ♥ CONDUCTA INAPROPIADA ♥ *!* ♥ *( DYC)

Sigue cap 2...

Al parecer, no lo estaba. Casi podía oler el miedo que irradiaba en crecientes oleadas. En ese mo¬mento se hallaba detrás de ella, contemplando la nuca larga y elegante, luchando contra el poderoso impulso de probar la delicada piel. Recordó la facili¬dad con que respondía a él.
Pero no necesitaba que eso desestabilizara su vida.
Se inclinó y le murmuró directamente al oído:
-Muéstrame qué tienes.
La vio temblar.
«Esto tiene que bastar», pensó. «Ahora cancelará todo el asunto».
Pero no sucedió nada de eso. Todavía rígida, res¬piró de forma audible y alzó unas manos trémulas a la parte superior de la blusa. Mirando por en¬cima de su hombro, Chris podía ver cada movimiento. Fascinado, le fue imposible apartar la vista. Indicarle que parara.
¿Hasta dónde estaría dispuesta a llegar?
-¿Qué es lo que quieres de mí, Chris? -pre¬guntó con voz serena, dura incluso, mientras se soltaba el primer botón-. ¿Pruebas de que te mantendré cobijado por la noche? Perfecto -el segundo botón-. Puedo hacerlo. Y seré lo que quieras que sea.
Con la vista clavada en el escote que se abría a él, se dijo que quería que se marchara.
« ¡Mentiroso!».
El cuerpo le indicó lo mentiroso que era mien¬tras ella terminaba de desabotonarse la blusa con la delicadeza de una profesional. Desde lo alto, pudo contemplar con claridad unos pechos her¬mosos que sobresalían de un material transpa¬rente que bien podría no haber estado allí.
El corazón le latió más deprisa. La boca se le re¬secó. La erección se tornó más dura.
Decidido a empujarla hasta el precipicio del cual al final huiría, pegó su extensión contra la es¬palda de ella y quedó atónito al ver que se ar¬queaba hacia él. Vio que los pezones florecían y se endurecían a través de la tela transparente. La oferta resultaba demasiado tentadora. No pudo evitarlo. Deslizó las manos por el cuello y las bajó lentamente hasta los senos.
Ella emitió un leve jadeo y Chris sintió que ar¬día.
Arqueándose más hasta que los pechos casi su¬plicaron que los acariciara, echó las manos hacia atrás hasta apoyarlas contra la parte posterior de sus muslos y lo pegó a ella de modo que la exten¬sión de su erección encajó en las nalgas suaves.
Se movió tan levemente que Chris habría podido achacarlo a su imaginación. Salvo que volvió a mo¬verse, una y otra vez... movimientos sutiles, furti¬vos, que no tardaron en tenerlo listo para la eyacu¬lación. Los pechos se deslizaron hacia sus manos como por voluntad propia. Le frotó los pezones ya excitados a través del sujetador y la oyó gemir.
Su boca anhelaba rodearle los senos con -su ca¬lor húmedo; su pene ansiaba verse cubierto por la boca de ella.
Y si los dedos que se tensaban sobre sus muslos servían de indicación, ambos pensaban en lo mismo. La respuesta sexual de Dulce despertó recuerdos largo tiempo reprimidos.
Por aquel entonces habían sido jóvenes, e ino¬centes Y habían compartidos sus cuerpos con una entrega que desde entonces nunca había experi¬mentado.
Con esos recuerdos demasiado abrumadores para sentirse cómodo, se obligó a apartar las ma¬nos y a separarse, permaneciendo detrás de Dulce hasta recuperar la compostura.
Pero ella giró en el taburete y lo desafió.
-¿Y bien? -preguntó con frialdad, desvane¬cida la mujer apasionada de momentos atrás-. ¿He pasado tu prueba, Chris? ¿Serviré?
Unos instantes antes, habría jurado que estaba tan excitada como él. De hecho, lo seguía jurando aunque la expresión que mostrara fuera pasiva. Lo miraba con tanta expectación como si fueran a ce¬rrar un trato de negocios. Sabía que había estado excitada. Pero sin poner el corazón en ello... lo cual estaba bien, porque tampoco el suyo podía volver a involucrarse.
-Perfectamente -respondió.
Después de pasar esa prueba estúpida, Dulce tragó saliva y acalló sus emociones. No quena pen¬sar en lo mucho que la había afectado el ardiente encuentro. Había sabido que hallarse cerca de Chris iba a ser un reto. Lo que no había imaginado era lo devastador que resultaría. La reacción fácil que le había provocado había representado toda una sorpresa.
-Entonces, trato hecho -expuso, con más calma de la que sentía. ¿En qué se había metido?-. Bien, ¿cómo procedemos? -preguntó.
-Empezaremos esta noche.
-Esta noche -repitió. Ganaba tiempo para ver qué podía obtener de ella antes de encontrar a Roberta-. ¿Por qué esperar?
-Porque esta tarde tengo una cita con un cliente y un potencial vídeo industrial para rodar. Y mañana se suponía que debía reunirme con Tomás en el Club Undercover para planificar algu¬nos vídeos musicales nuevos que quiere para el club, de manera que tendré que fijar una nueva cita con él. ¿Sabes?, tengo un negocio que llevar. Además, por la noche es cuando resulta más fácil encontrar a los chicos.
-Oh -asintió-. Esta noche, entonces. ¿Que¬damos aquí?
-Abajo, en el Any's Cybercafé a las ocho -ella asintió, pasó delante de él y se dirigió a la puerta-. Dulce, espera.
Se detuvo con una mano en el picaporte. No iba a permitir que viera cómo se sentía.
-Con respeto a esta noche... -dijo él- ve a casa y ponte algo un poco más... informal.
¿Acaso pensaba que iba a salir a recorrer las ca¬lles con ropa que la convirtiera en un blanco?
-No soy estúpida.
-No pensé que lo fueras -la estudió minucio¬samente, desde los zapatos italianos hasta el pelo cuidadosamente peinado-. Pero tendrás que es¬forzarte para encajar.
Recordó cuando era él quien no encajaba.
-No te preocupes, Chris. Estaré apropiada... como siempre.
-A propósito... -comentó él cuando iba a abrir la puerta-, ¿dónde está tu casa en la actua¬lidad?
-Sigo en la zona DePaul -supuso lo que pen¬saba, se ruborizó y lo miró a los ojos-. Sí, Chris, aún vivo en la casa de mis padres, si eso te parece bien -tenía que quedarse allí por el bien de Roberta.
-Eh, es tu vida.
Abandonar el alojamiento cerrado de Chris ali¬vió una gran parte de la tensión que sentía. Sintió como si respirara por primera vez desde que se encontrara con él en la escalera.
«Esta noche será más fácil», se dijo. Estarían ro¬deados de gente. Podría sobrellevarlo sin pro¬blema.
Pero ¿y luego? ¿Cómo podría soportar pasar la noche con él?
Experimentó un escalofrío al tratar de quitarse de la cabeza lo que Chris esperaría de ella. Las co¬sas que tendría que hacer para mantenerlo satisfe¬cho. Pero las imágenes sensuales que la invadieron no quisieron desaparecer con tanta facilidad. Ni la tensión que había vuelto a crecer en su interior. Desearlo era como una enfermedad.
A pesar de sus esfuerzos, jamás había podido ol¬vidarlo. Pero no era el mismo muchacho del que se había enamorado, y quizá estar con él la curara.
Detuvo un taxi y fue directamente al despacho de su padre, situado en Lincoln Park West. Como el Congreso disfrutaba de las vacaciones de verano, él se hallaba en la ciudad, pero molesto por tener que ocuparse de los negocios en otras partes del estado.
Cualquier cosa menos atender a su propia hija. La carrera de Martín Espinoza siempre había sido lo primero.
Como el dinero que había invertido en el des¬pacho. Mientras, por lo general, un político alqui¬laba un local aceptable, eso no era para su padre. Con fondos personales, había comprado una de las casas de piedra de tres plantas que quedaban en Clark Street. Supuestamente, los inquilinos de las dos plantas superiores cubrían la hipoteca y los gastos del edificio, mientras su padre había convertido toda la planta baja en una lujosa ofi¬cina. Dulce compartía una oficina con Poncho Herrera, el otro encargado de prensa. Cuando el Congreso inauguraba las sesiones, Poncho pasaba más tiempo con su padre en Washington, D. C, mientras ella se encargaba de las cosas en el es¬tado natal. Poncho era un chico guapo con el pelo rubio y unos poco comunes ojos azul marino que en¬cendían los corazones de muchas mujeres...

Bronze
traumadapordyc
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Registrado: ‎08-14-2006

Re: (WN)♥*!* ♥ CONDUCTA INAPROPIADA ♥ *!* ♥ *( DYC)

Sigue cap 2...

A pesar de ser un hombre decente, Dulce nunca había sentido atracción alguna por él, quizá porque tenía el sello de aprobación de su padre. Había salido con demasiados de esos hombres, más interesados en el trabajo del senador que en ella, como para sentirse atraída por Poncho. Casi todo su mundo personal estaba habitado por polí¬ticos y periodistas, de modo que le costaba encon¬trar a alguien que de verdad le interesara.
Salvo por Chris Uckermann...
-¿Has sabido algo de la pequeña? -preguntó Poncho cuando ella se sentó ante la montaña de co¬rreo que tenía en su mesa.
«La pequeña» era Roberta, desde luego. Los dos se caían bien, y hacía tiempo que Dulce sospe¬chaba que su hermana se había convertido en mu¬jer con Poncho en la cabeza.
-No, pero espero saber algo pronto -dijo, sin explayarse.
-¿De verdad? Echo de menos a esa mocosa y me tiene preocupado -reconoció Poncho-. Como no averigüemos pronto algo de su paradero, el se¬nador va a tener que cambiar de enfoque y poner a las autoridades al corriente de la situación.
-No creo que llegue a eso.
No quería hablar más del asunto, y menos con un compañero de trabajo.
Ni siquiera lo había hecho con Nora Hamilton, su compañera de piso de la universidad y mejor amiga desde hacía mucho tiempo. Luchó contra el impulso de llamarla, ya que sabía que Nora tenía problemas propios. Problemas masculinos, como de costumbre.
Lo que hizo que pensara otra vez en Chris. Era un problema, desde luego, y en todos los sentidos de la palabra. Pero de algún modo lo superaría.
Se puso a repasar los papeles que tenía sobre la mesa, pero no consiguió concentrarse. No dejaba de pensar en Chris, en lo que iba a tener que hacer para lograr que siguiera buscando a Roberta.
Miró la hora. Su padre aún estaría en la oficina. Por lo general, salía a comer a la una o a veces más tarde.
Se dirigió a la parte de atrás del edificio y a los dominios de él, donde llamó a la puerta de su des¬pacho antes de abrir.
-No tienes nada de qué preocuparte -decía en voz baja cuando ella entró, cerrando en silen¬cio. Estaba sentado, el cuerpo ancho y físicamente tonificado de espaldas a ella. Con voz exasperada, continuó-: ¡Cuántas veces voy a tener que tran¬quilizarte!
Dulce se preguntó a qué clase de problema iban a tener que enfrentarse. Pensando que no te¬nía ganas de apagar más fuegos, suspiró, indicán¬dole así que no estaba solo.
-Volveré a llamarte -dijo él con voz otra vez cordial.
En cuanto colgó, le dijo:
-Espero que sea algo que pueda, solucionar
Poncho, porque...
-¡Es algo que solucionaré yo! -exclamó. Sus ojos, una tonalidad más oscura que el pelo pla¬teado, se clavaron en ella.
Dulce enarcó las cejas pero no hizo comentario alguno.
-Sólo he venido para comunicarte que voy a estar buscando a Roberta. No he conseguido nada sola, de modo que he traído refuerzos.
-¡Te he dicho que nada de policía!
Era evidente que no estaba de buen humor.
-Nada de policía -le aseguró.
-Ni investigadores privados. No necesito que ningún pelagatos me chantajee para guardar mis secretos.
Sus secretos. Sí, eso era lo que los había metido en problemas, algo que no le había revelado a Chris.
-Ningún investigador privado -convino-. Le he pedido un favor a Chris Uckermann.
Su padre maldijo hasta que el rostro se le puso rojo.
-¡Te he hablado de él!
-Ya no tengo dieciséis años Y yo... nosotros lo necesitamos para que encuentre a Roberta. Chris co¬noce a chicos de la calle. Ha estado preparando un documental sobre ellos. Coman en él. Hablarán con él.
-Y él hablará con la prensa.
-No -movió la cabeza-, porque yo me en¬cargaré de que no lo haga.
Así como se encargaba de todo lo demás que su padre necesitaba. Pero cada vez más, se sentía divi¬dida entre la lealtad hacia él y ese caso. Tenía- mu¬cho en qué pensar. Sin duda podría encontrar otra cosa en el ámbito profesional que le resultara igual de satisfactoria y mucho menos dolorosa.
La puerta se abrió a su espalda y Poncho entró con unos papeles.
-Lo siento, señor, necesito su firma.
Con un gesto, su padre le indicó que se acercara.
-De acuerdo. ¿Cuánto tiempo crees que tar¬dará?
-No tengo ni idea. Pensé que encontraría a Roberta de inmediato, o que ella regresaría a casa -movió la cabeza-. Es nuestra última oportuni¬dad de encontrarla con discreción.
-Estoy seguro de que harás lo que sea necesa¬rio -mientras firmaba los papeles, preguntó con tono distraído-: ¿Llamarás cada día y hablarás conmigo en persona?
Dulce parpadeó. ¿Eso era todo? ¿Ninguna discu¬sión? ¿Ninguna pregunta? ¿Ni siquiera curiosidad por saber cómo mantendría a raya a Chris Uckermann?
No, claro que no.
«Estoy seguro de que harás lo que sea necesa¬rio...».
El senador Martín Espinoza calculaba que su leal hija ordenaría su caos antes de que lo tocara políticamente, y eso era lo único que le impor¬taba. Aunque supiera lo que había aceptado, habría considerado la conveniencia política de esos actos y habría dormido bien aquella noche.
-Muy bien, entonces -dijo, luchando contra el nudo que tenía en la garganta-. Me marcharé pronto.
De pronto su padre alzó la vista hacia la puerta e hizo entrar al jefe de personal, Jeff Enger, un hombre delgado de mediana edad y de buen as¬pecto. Otro político con grandes ambiciones, que últimamente había hecho que Dulce se pregun¬tara cuánto tiempo le sería leal a su padre antes de iniciar un camino político propio.
-Tengo los resultados de esa encuesta -anun¬ció Enger.
-Ya era hora.
Su padre la despidió con un gesto de la mano sin mirarla siquiera.
Al salir del despacho, Poncho la alcanzó.
-Escucha, Dulce, si hay algo que pueda hacer para ayudarte a encontrar a Roberta, sólo tienes que decírmelo.
Poncho no podía ayudarla. Únicamente Chris Uckermann tenía los medios para llevar a buen puerto esa tarea.
-Lo tengo controlado, Poncho.
-Es que... pareces molesta. Si quieres hablar de ello, tengo tiempo.
Dulce le ofreció una sonrisa agradecida.
-Gracias, Poncho. Aprecio tu preocupación -al menos alguien había notado su infelicidad-. Cuando Roberta se encuentre en casa, a salvo, en¬tonces quizá acepte tu ofrecimiento -le dedicó una sonrisa-. He de tomar algunas decisiones im¬portantes y me vendría bien un amigo.
-Suena serio.
-No te haces ni idea -murmuró al dar la vuelta para marcharse.
Y tampoco su padre...