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ŜЄĝůηđαѕ ӨÞøŔΤυηΐĐα ðєѕ
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Publicado: 11-09-2006 07:02 PM

Sipnosis
Un trágico accidente le quitó a Chris Mathews todo lo que tenía en la vida: su mujer y sus dos hijos. Ahora, Dulce Harper, la mejor amiga de su esposa, estaba dispuesta a ayudarlo sin revelar el secreto que siempre le ocultó a su amiga: llevaba toda la vida enamorada de Chris. ¿Podría Dulce superar lo que sentía por él para demostrarle que en la vida hay segundas oportunidades?
Re: ŜЄĝůηđαѕ ӨÞøŔΤυηΐĐα ðєѕ
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Publicado: 11-11-2006 09:36 AM

Capitulo 1
La larga semana tocaba a su fin y Dulce sabía que debía volver a casa, pero la perspectiva de ahogarse en la flama de últimos de agosto bastaba para mantenerla pegada a la silla, escuchando el grato zumbido del aire acondicionado.
No estaba trabajando; había girado el asiento y llevaba un cuarto de hora mirando por la ventana, demasiado relajada para preocuparse de que se estuviera haciendo tarde. A la luz del sol de poniente, los deslumbrantes rascacielos de acero y cristal de Dallas se recortaban sobre un horizonte cobrizo, una clara indicación de que había vuelto a perderse las noticias de las seis.
Era viernes por la tarde; su jefe, el señor Gras, se había ido hacía más de una hora. No tenía motivos para no sumarse al éxodo callejero, pero se sentía reacia a volver a casa. Se había afanado en decorar su apartamento, en hacerlo acogedor y confortable pero, últimamente, el vacío que sentía en él la atormentaba.
Podía llenarlo con música, alquilar una película y verla con su reproductor de vídeo, ensimismarse en la lectura e imaginar que vivía en otro país pero, aun así, seguiría sola. Últimamente, era una mujer sola más que solitaria.
Tal vez fuera el tiempo, pensó con ánimo cansino. El verano había sido húmedo y caluroso, agotador para todo el mundo, pero, en el fondo, Dulce sabía que no era el bochorno lo que la desazonaba.
Era la inevitable sensación de que el tiempo se le escurría entre los dedos, al igual que el verano perecía y daba paso a otro otoño. Incluso a pleno sol del mediodía, sentía el frío invernal en los huesos.
No se trataba solo del cambio de estación, sino de la pérdida inexorable de la juventud. Habían pasado los años y ella se había volcado en el trabajo porque no había nada más y, de repente, se daba cuenta de que sus sueños la habían dejado atrás.
Nunca había ambicionado riquezas ni posesiones materiales. Quería amor, un marido y unos hijos, un hogar alegre y seguro, todo lo que había echado en falta en la niñez. Ya ni siquiera albergaba ese sueño, y eso era lo que más la entristecía.
Claro que no era más que una quimera: se había enamorado del único hombre que jamás podría ser suyo y, al parecer, era de esas mujeres que solo amaban una vez en la vida. Sonó el timbre apagado del teléfono, y un leve ceño de perplejidad se dibujó en su frente. ¿ Quién podría estar llamando a la oficina a aquella hora? --
-Dulce Harper al habla -dijo en tono enérgico.
-Dulce, soy Chris -contestó una voz grave.
El corazón le dio un vuelco y se le hizo un nudo en la garganta. No necesitaba oír su nombre para saber quién estaba al aparato.
Conocía aquella voz tan bien como la suya, y el acento brusco, que no se había suavizado pese a los años vividos en el sur, siempre lo delataría.
Pero Dulce tragó saliva, enderezó la espalda y fingió que se trataba de una llamada de negocios como otra cualquiera.
-¿Sí, señor Matthews? El hombre resopló con impaciencia.
-Maldita sea, no me llames así. En la oficina, vale, pero ahora... ahora no estamos trabajando.
Dulce volvió a tragar saliva, pero fue incapaz de articular palabra. ¿Habría provocado aquella llamada al pensar en él? Hacía meses que Chris no le decía nada, aparte de un educado «buenos días», siempre que entraba en el despacho para hablar con el señor Graham.
-¿Dulce? -rugió.
Estaba perdiendo la paciencia.
-Sí, te escucho -atinó a decir Dulce.
-Voy a vender la casa -anunció sin preámbulos-. Estoy embalando las cosas de Mia... y de los niños. Voy a donarlo todo a la beneficencia. Pero he encontrado una caja con los recuerdos de Mia del instituto, cosas que hicisteis las dos juntas, dibujos, y pensé que querrías echarle un vistazo. Si quieres quedarte con algo, puedes hacerlo. Sino...
No terminó la frase, pero no hacía falta. Si no, las quemaría. Destruiría todos los recuerdos. A Dulce le desgarraba el alma pensar en abrir la caja y revivir los años de adolescencia con Mia, porque todavía no había superado la pérdida de su amiga, pero tampoco podía permitir que Chris condenara al fuego los recuerdos de Mia.
Si todavía no se sentía con fuerzas, guardaría la caja y, con el tiempo, la vaciaría y recordaría a su amiga sin mucho dolor, solo con melancolía y nostalgia.
-Sí -dijo con voz ronca, forzada-. Sí, la quiero.
-Me voy ya. Iré a casa para terminar de embalar. Puedes pasarte a recoger la caja cuando quieras.
-Iré, gracias -susurró Dulce.
Él colgó y la dejó con el auricular pegado a la oreja, escuchando el zumbido de la línea. La mano le temblaba mientras colgaba y, de repente, advirtió que ya no estaba sentada. En algún momento de la conversación, la tensión la había impulsado a ponerse en pie.
Enseguida, se inclinó para sacar el bolso del cajón inferior del escritorio, lo cerró con llave, apagó las luces y se aseguro de cerrar bien la puerta al salir. No solo le temblaba la mano, sino el cuerpo entero. Siempre que hablaba con Chris le ocurría lo mismo
. Se había ejercitado durante años en no pensar en él, en ni siquiera soñar con él, pero oír su voz bastaba para que se pusiera como un flan.
Trabajar para la misma compañía ya era desgracia suficiente; incluso se había trasladado a otro departamento para no verlo con tanta asiduidad, pero el tiro le había salido por la culata: Chris había ido ascendiendo y, en aquellos momentos, era uno de los vicepresidentes.
Su cargo de secretaria del vicepresidente primero la mantenía en constante comunicación con él; su única salvación era que Chris mantenía una actitud estrictamente profesional, y ella se había disciplinado para darle el mismo trato. ¿Qué otra cosa podía hacer, cuando había cometido la estupidez de enamorarse del marido de su mejor amiga?
Re: ŜЄĝůηđαѕ ӨÞøŔΤυηΐĐα ðєѕ
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Publicado: 11-11-2006 09:37 AM
Aunque en el aparcamiento subterráneo hacía una temperatura más benigna que en la calle sintió la bofetada de calor mientras caminaba a paso rápido hacia su Datsun 280 ZX, un último modelo aerodinámico.
El coche era, como temía, un ejemplo de su creciente tendencia a coleccionar cosas para llenar el vacío de su hogar. De niña se había prometido remediar el frío y la hipocresía de la casa de sus padres, pero a medida que crecía se esforzaba con más ahínco por llenar los vacíos con cosas.
El coche era magnífico, y le permitía desplazarse a más velocidad de la necesaria; Dulce disfrutaba conduciendo, pero no lo necesitaba. El utilitario por el que lo había cambiado era un buen coche, y no estaba tan viejo.
En lugar de dirigirse directamente a la casa en la que Chris y Mia habían vivido, situada en uno de los vecindarios más elegantes de Dallas, Dulce hizo un alto en un restaurante y mató el tiempo picoteando un plato de marisco.
Su instinto la apremiaba para que se diera prisa, para que viera a Chris lo antes posible; pero se sentía reacia a entrar en la casa en la que él había vivido con Mia, donde ella y Mia habían reído y jugado con los bebés.
Hacía dos años que Dulce no ponía el pie en esa casa... dos años desde que ocurrió el accidente. Cuando el reloj marcó las ocho en punto, pagó la cuenta y condujo despacio, con cuidado, hacia la casa.
El corazón le latía con fuerza, y sentía un poco de náuseas. Tenía las palmas sudorosas; sujetó el volante con fuerza para que no se le escapara. ¿Qué aspecto tendría? No se había mirado al espejo. La pintura de labios ya habría desaparecido, pero no se molestó en retocárselos.
Se palpó con una mano el austero moño que se hacía para ir a la oficina, por temor a que algún mechón hubiera escapado a su confinamiento; pero parecía estar en orden, así que suspiró y se despreocupó. El Mercedes azul oscuro de Chris estaba aparcado delante de la casa, así que Dulce dejó el coche justo detrás.
Se apeó, recorrió a paso lento la senda de entrada, subió los cinco peldaños y tocó el timbre. El césped estaba segado y los setos podados. La casa no parecía vacía, pero lo estaba. Había un vacío desgarrador. Un momento después, Chris abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarla pasar.
Mirarlo apenas un instante fue como recibir un puñetazo en el estómago. No esperaba verlo con traje y chaleco, pero había olvidado lo corpulento que era, lo viril que estaba en vaqueros. Llevaba zapatillas de deporte, sin calcetines, unos vaqueros viejos y ceñidos, y una camiseta blanca que se adhería a su sólido torso. A ojos de Dulce, estaba increíblemente bello. La miró y reparó en el traje elegante que llevaba.
-¿Todavía no has pasado por tu casa?
-No. Paré a cenar en un restaurante -hacía un calor sofocante en la casa
Chris había abierto algunas ventanas pero no había encendido el aire acondicionado. Dulce se despojó de su ligera chaqueta de hilo y se dispuso a colgarla en el armario, como siempre había hecho cuando iba a visitar a Mia, pero se contuvo y se limitó a dejarla sobre la barandilla de la escalera.
Mientras Chris la conducía a la planta de arriba, se abrió el cuello de su blusa de seda y se la remangó hasta los codos. Chris se detuvo delante del dormitorio que había compartido con Mia. Tenía la mirada sombría, los labios apretados, mientras contemplaba la puerta cerrada.
-Está ahí dentro -se limitó a decir-. En el armario. Yo iré al dormitorio de los niños, a guardar sus cosas. Tómate el tiempo que necesites.
Dulce esperó a que Chris entrara en el otro dormitorio para abrir la puerta despacio. Traspasó el umbral, encendió la luz y se quedó inmóvil un momento, mirando alrededor.
Todo estaba igual que el día del accidente: la lectura de Mia sobre la mesilla de noche, el camisón a los pies de la cama... Chris no había dormido ni una sola noche allí desde la muerte de su esposa. Dulce sacó la caja del armario y se sentó en el suelo para revisar su contenido.
Las lágrimas le nublaron la vista al contemplar la primera foto de ella con Mia. Cielos, si tanta agonía le producía perder a una amiga, ¿qué dolor no sentiría Chris? Había perdido a su esposa y a sus dos hijos. Dulce y Mia habían sido amigas íntimas desde el colegio.
Mia había sido una dinamo humana, una joven alegre y dicharachera que había llevado de la mano a Dulce, más reservada. De ojos azules centelleantes y rizos de color miel, su entusiasmo por la vida siempre había resultado contagioso. ¡Cuántos proyectos había fraguado! No pensaba casarse nunca. Se convertiría en una célebre modista y viajaría por todo el mundo.
Dulce solo había soñado con tener una familia de verdad, una familia amorosa. En algún punto de sus vidas, se trocaron los papeles. Mia se enamoró de un prometedor ejecutivo de ojos oscuros que trabajaba en la misma empresa que Dulce y, desde ese momento, Dulce supo que su sueño nunca se haría realidad.
Mia no había dudado en renunciar a su glamoroso futuro como modista a cambio de Chris Matthews, de sus dos adorables y adorados hijos y del amor con que la envolvían. Dulce se había entregado en silencio a su trabajo, que era su único consuelo.
Había intentado no amar a Chris, pero pronto descubrió que no era fácil controlar las emociones. De no haberlo amado antes de que Mia lo conociera, podría haber puesto freno a sus sentimientos, pero fue suya desde el principio.
Desde que lo conoció, supo que, para ella, siempre sería algo más que un colega. Eran sus ojos, pensó Dulce, tan oscuros y profundos... unos ojos que ardían con una intensidad propia. Christopher Caldwell Matthews no era ningún alfeñique.
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Publicado: 11-11-2006 09:38 AM
Tenía impulso y ambición, además de una inteligencia privilegiada con la que había ascendido en la ejecutiva de la empresa como un cohete. Sí, no era hermoso: su rostro tenía un aire tosco y un tanto castigado; los pómulos eran demasiado altos; la prominente nariz conservaba la secuela de una fractura; y tenía una mandíbula sólida como el granito.
Era un hombre capaz de lanzarse a la vida y de amoldarla a su gusto. Siempre había tratado a Sara con amabilidad, pero ella sabía que era demasiado pálida y callada para Interesar a un hombre con una personalidad tan arrolladora.
Aun así, el verano en que invitó a Mia al picnic de la empresa, no imaginó que Chris, nada más ver la belleza vibrante de Mia, la reclamaría para sí. Pero así fue, y Mia y Chris se casaron cinco meses más tarde.
Justin nació tres meses después de su primer aniversario y Shane, dos años después. Dos niños preciosos, con el atractivo de su madre y la determinación de su padre, y Dulce los había querido porque eran los hijos de Chris.
Se había mantenido unida a Mia, pero siempre había tenido cuidado de no robar tiempo a la familia. Chris viajaba mucho, y Dulce había limitado sus visitas a los días en que él estaba fuera de la ciudad. No sabía decir por qué, pero intuía que Chris había reprobado su amistad con Mia, aunque, que ella supiera, nunca se había manifestado al respecto.
Quizá solo fuera que Dulce despertaba antipatía en él, aunque nunca había hecho nada para merecerla. Había intentado mantenerse al margen y nunca, nunca, le había revelado a Mia sus sentimientos hacia su marido. No tenía sentido, solo habría servido para afligir a Mia y para que su amistad se resintiera.
Dulce había salido con otros hombres, y todavía lo hacía, pero sin comprometerse con ninguno. No habría sido justo alentar una relación más formal cuando le resultaría imposible corresponder al amor que pudieran ofrecerle.
Todos los que le preguntaban, en broma, cuándo pensaba casarse, recibían la misma respuesta: estaba demasiado enamorada de su trabajo para lavarle los calcetines a ningún hombre. Era una excusa típica y desenfadada con la que protegía su frágil corazón, pero también era una mentira.
Nunca había deseado volcarse en el trabajo, pero era lo único que le quedaba. Con aquella farsa había engañado a todos... menos a sí misma. Chris había sido un esposo y un padre abnegado. El accidente en la autovía, dos años atrás, estuvo a punto de destruirlo.
Y, de hecho, había extinguido su alegría y el fuego ardiente de su mirada. Mia llevaba a los niños al colegio, cuando un borracho que regresaba a su casa en la hora punta matutina se salió del carril y chocó de frente con ella.
De no haber muerto en el acto, Dulce sospechaba que Chris lo habría estrangulado con sus propias manos, tan honda había sido su desesperación al recibir la noticia. Justin murió en el impacto; Shane, dos días más tarde.
Dos semanas después del accidente, Mia murió sin haber salido del coma ni saber que había perdido a sus dos hijos. Durante esas dos semanas, Dulce pasó el mayor tiempo posible velando a su amiga, sosteniendo la mano inerme y apremiándola para que luchara por vivir; aunque sospechó que Mia no querría despertarse de su sueño letal.
Chris había sido un elemento más del decorado, sentado al otro lado de la cama, sosteniendo la mano que lucía la alianza, con el rostro ceniciento, cansado e impenetrable. Mia había sido su única esperanza, el último resquicio de luz de su vida, y aquella frágil llama titiló y se apagó, sumiéndolo en la oscuridad.
Dulce fue pasando una a una todas las fotografías, en las que ella y Mia aparecían en distintas fases de su niñez y adolescencia, aunque también había retratos de los niños en la cuna, dando sus primeros pasos y correteando con energía.
Chris aparecía en algunas de las imágenes jugando con sus hijos, lavando el coche, segando el césped, realizando las labores propias de un padre y de un marido. En una de ellas, Chris estaba tumbado boca arriba sobre la hierba, vestido únicamente con unos vaqueros cortos, sosteniendo en alto a Justin.
Sus brazos morenos y fuertes soportaban con firmeza el peso del pequeño, y era evidente que el niño se sentía a salvo en las manos de su padre, porque chillaba de placer. Sobre la hierba, junto a ellos, Shane intentaba ponerse en pie, y había cerrado una minúscula mano regordeta en torno al vello del pecho de Chris en un intento por enderezarse.
-¿ Ves algo interesante?
La pregunta la sobresaltó, y la fotografía resbaló de sus dedos y cayó en la caja. Dulce comprendió que Chris había hecho la pregunta en general, que no había reparado en el angustioso anhelo con que ella contemplaba su fotografía pero, aun así, sus enigmáticos ojos verdes brillaron con recelo mientras se ponía en pie y se alisaba la falda.
-Sí. Me llevaré la caja. Hay muchas fotografías de Mia y de los niños... si a ti no...
-Llévatelas -le dijo Chris con aspereza, y entró en el dormitorio.
Se detuvo en el centro y paseó la mirada por la habitación, como si nunca hubiese estado allí. Tenía una expresión sombría, y su boca parecía incapaz de volver a sonreír. A veces sí sonreía, pensó Dulce, en cierta medida, pero era una mueca cortés más que una expresión de buen humor.
La risa nunca se reflejaba en sus ojos, ni se encendía el fuego antes patente en ellos. Chris hundió las manos en los bolsillos de los vaqueros, como si tuviera que hacer algo para no cerrar los puños. Tenía los hombros contraídos, como si estuviera acorazándose contra los recuerdos que evocaba aquella habitación.
Había dormido con Mia en aquella cama, había hecho el amor con ella, había jugado con los niños los sábados por la mañana cuando corrían a despertarlo. Dulce se apresuró a recoger la caja y desvió la mirada de Chris para no tener que presenciar su congoja.
La congoja era tanto de Chris como de ella. Lo amaba lo bastante para desear que recuperara a Mia y así volviera a sonreír. De todas formas, siempre sería de Mia, porque Chris no había dejado de amarla. Todavía lloraba su muerte, todavía sufría por su pérdida.
-He terminado en el cuarto de los niños –dijo con voz remota-. Ya lo he guardado todo y... - se le anudó la voz, y a Dulce se le encogió el corazón.
Chris inspiró con aspereza y luchó por mantener el control. De repente, su rostro se distorsionó por la rabia, giró en redondo y dio un puñetazo al tocador; los frascos de perfume y los cosméticos que salpicaban la superficie temblaron con estrépito.
-¡Dios! ¡Cuántas vidas malogradas! –maldijo con virulencia y, después, cuando su cuerpo cedió bajo el peso de la furia y el dolor, se aferró al tocador.
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Publicado: 11-11-2006 09:39 AM
Hasta que no le habían arrebatado a su familia, Chris nunca había conocido el fracaso. La muerte era definitiva, permanente, sobrevenía sin previo aviso... y había destruido la vida que él había creado para sí
-En cierto sentido, perder a los niños fue peor que perder a Mia -dijo con voz apagada-. Eran tan jóvenes, no habían tenido oportunidad de vivir. No llegaron a jugar en el equipo del instituto, ni a ir a la universidad, ni a besar a sus novias por primera vez. No hicieron el amor, ni vieron nacer a sus hijos. No les dio tiempo. Dulce apretó la caja contra su pecho.
-Justin besó a su novia -dijo con voz trémula, y esbozó una pequeña sonrisa a pesar del dolor-. Se llamaba Jennifer. Había cuatro Jennifer en su clase, pero me aseguró que su Jennifer era «la más bonita. Le plantó un beso en los labios y le pidió que se casara con él, pero ella se asustó y salió corriendo. Justin me dijo que todavía no estaba preparada para casarse, pero que no le quitaría el ojo de encima. Esas fueron sus palabras exactas -añadió Dulce, y profirió una carcajada.
Había imitado la manera de hablar de Justin, burlona y brusca para un niño de siete años, y Chris sonrió. La miró y, de repente, sus ojos casi negros lanzaron destellos dorados. Profirió un sonido ahogado y, después, prorrumpió en carcajadas. Hasta echó la cabeza morena hacia atrás para dar paso a aquella risa grave y saludable.
-Dios mío, era duro de pelar -rió Chris entre dientes-. La pobre Jennifer no habría tenido escapatoria.
Como tampoco la tenía la pobre Dulce. Justin había heredado su rudo encanto de su padre. El corazón le dio un vuelco al oír su risa, las primeras carcajadas auténticas que habían emergido de su garganta en dos años.
Chris no había hablado de los niños, ni de Mia, desde el accidente. Había guardado bajo llave todos los recuerdos y el dolor, como si, de otra forma, ni siquiera hubiese podido realizar las funciones más básicas. Dulce cambió de postura, todavía con la caja en los brazos.
-Las fotografías... Si alguna vez las quieres, son tuyas.
-Gracias -Chris encogió los hombros, como si quisiera relajarlos-. Está siendo más difícil de lo que creía. Sigue siendo... casi insoportable.
Dulce bajó la cabeza, incapaz de contestar o de mirarlo sin echarse a llorar. Estaba siendo una experiencia tan traumática, que empezaba a dudar de su propia capacidad de superarla, pero no quería ponérselo más difícil.
Si Chris se echaba a llorar, ella se moriría en el acto. Una parte de la agonía que había sentido después del accidente era por Chris, porque sabía lo mucho que estaba sufriendo.
Ni siquiera había sido capaz de rodearlo con el brazo en ninguno de los actos religiosos; Chris se había mantenido erguido y rígido, con la cara pálida y la expresión retraída, aislado por el dolor de todos los que lo rodeaban.
Cuando Dulce alzó la vista, Chris estaba sentado sobre la cama en la que había dormido con Mia, y sostenía el camisón de seda en sus fuertes manos. Estaba cabizbajo, y deslizaba la seda entre los dedos una y otra vez.
-Chris... -Dulce se interrumpió, sin saber qué decir. ¿Qué podía decir?
-Todavía me despierto de noche y la busco en la oscuridad -dijo con aspereza"-. Este es el camisón que llevaba la última noche que estuvimos juntos, la última noche que le hice el amor. No me acostumbro a no tenerla a mi lado. Es un vacío sangrante que no desaparece por muchas mujeres que posea.
Dulce profirió una exclamación y abrió de par en par sus ojos verdes como el Nilo, antes de cerrar los párpados con fuerza.
-¿ Te sorprende, Dulce, que haya estado con otras mujeres? Fui fiel a Mia durante ocho años, ni siquiera besé a otra mujer aunque, a veces, cuando estaba de viaje, yacía despierto en la cama toda la noche, agonizando por una mujer. Pero nadie más servía, tenía que ser ella. Así que esperaba a volver a casa, y no pegábamos ojo en toda la noche.
Dulce retrocedió al sentir la puñalada que le habían asestado aquellas palabras. No quería oírlo. Siempre había procurado no pensar en Chris en la cama con Mia, no envidiar a su amiga, y se había esforzado sin cesar por impedir que los celos echaran a perder su amistad.
Lo había logrado cuando Mia vivía, pero las palabras de Chris le estaban desgarrando el alma; hacían surgir imágenes en su cabeza que Dulce no quería ver. Le dio la espalda para no oír lo que decía. La cama crujió y, de repente, Chris la estaba agarrando de los brazos y obligándola a mirarlo. Tenía la cara pálida y llena de rabia, y le latía el pulso en la sien.
-¿Qué pasa, santa Dulce? ¿Estás tan enclaustrada en tu convento mental que no soportas oír hablar de personas normales que disfrutan del pecaminoso placer del sexo? -gruñó
Dulce se quedó helada en sus manos, atónita por la furia que había estallado en él. Vagamente, comprendió que no estaba enfadado con ella, sino con el destino que le había arrebatado a su esposa y lo había dejado con los brazos vacíos pero, aun así, Chris, iracundo, era un hombre temible.
La zarandeó, como si quisiera castigarla por estar viva y tibia, cuando Mia se había ido para siempre.
-Sigo sin poder dormir con otra mujer –dijo con voz áspera por el dolor-. No me refiero al sexo. Me acosté con otra mujer apenas dos meses después de la muerte de Mia, y me aborrecí por ello a la mañana siguiente... diablos, en cuanto terminé. Me sentí como si le hubiera sido infiel, y tan culpable, que regresé a mi habitación del hotel y vomité. Ni siquiera disfruté mucho, pero a la noche siguiente, repetí, para sentirme culpable otra vez. Intenté castigarme, hacerme pagar por estar vivo cuando ella estaba muerta. Ha habido muchas mujeres desde entonces. Cuando... necesito sexo, siempre hay una mujer dispuesta a yacer conmigo. Necesito sexo y lo he estado practicando, pero no puedo dormir con ellas. Cuando se termina, tengo que irme. Todavía me considero el marido de Mia, y no puedo dormir con ninguna otra mujer que no sea ella.
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Publicado: 11-11-2006 09:39 AM
No soportaba oír las intimidades de Chris con otra mujer, con ninguna mujer. Le lanzó una mirada frenética de desesperación, pero él no se dio, cuenta. Con un gemido, Chris se hincó de rodillas en el suelo, enterró el rostro entre las manos y se estremeció.
No había suficiente oxígeno en la habitación. Dulce jadeó, sentía cómo sus pulmones se afanaban trabajosamente por tomar aire; le daba vueltas la cabeza, como si fuera a desmayarse, pero no lo hizo. Sin saber cómo, se sorprendió cayendo de rodillas junto a Chris y lo abrazó, como tantas veces había ansiado hacerlo.
Al instante, los brazos fuertes de Chris se cerraron en tomo a ella y la estrecharon hasta casi romperle las costillas. Chris enterró el rostro entre sus suaves senos y lloró, unos sollozos desgarradores que sacudieron todo su cuerpo.
Dulce le acarició el pelo y le dejó llorar; tenía derecho a desahogarse, había vivido demasiado tiempo sin compartir con nadie su dolor.
Ella también tenía el rostro húmedo, pero no reparó en las lágrimas ardientes que empañaban su visión. Lo único que importaba era Chris, y lo meció con suavidad, sin pronunciar palabra, con su presencia como único escudo contra la amarga soledad que había convertido en un desierto helado el corazón de Chris.
Poco a poco se tranquilizó; se acercó más a ella y movió las manos por la espalda de Dulce. Al inspirar hondo, su sólido pecho se inflamaba, y Dulce sentía el calor de sus exhalaciones en los senos. Sus pezones se contrajeron de forma automática y vergonzosa, ocultos bajo la blusa de seda y el sujetador de encaje, y no pudo evitar cerrar los dedos en torno a los mechones de Chris.
Chris alzó la cabeza. Tenía los ojos húmedos, pero sus iris se habían oscurecido de tal forma que no había rastro de marrón en ellos. La miró a los ojos, alargó la mano y le secó con ternura las lágrimas de las mejillas con el pulgar.
-Dulce -suspiró, y unió sus labios a los de ella.
Dulce se quedó inmóvil y dejó de respirar en el momento en que, con aquel leve roce de labios, fueron contestadas todas sus plegarias. Apoyó las manos en los hombros de Chris y hundió las uñas en los músculos que conformaban su férrea complexión.
Era un sencillo beso s de agradecimiento, pero se abrió una sima en su estómago y la sangre dejó de fluir por su cabeza, tan intenso fue el placer que la asaltó. Se inclinó sobre él, y su cuerpo torneado entró en contacto con el de Chris desde el hombro hasta el muslo, arrodillados como estaban en el suelo.
Ella sostuvo de forma automática, estrechando las curvas femeninas de su cuerpo entre sus poderosos brazos. Chris se apartó y la miró otra vez. La expresión de sus ojos se había intensificado y reflejaba un ardiente deseo. Era demasiado hombre para no reconocer su reacción de mujer.
Bajó la vista a los labios trémulos y generosos de Dulce y ella los entreabrió. El instinto lo impulsó a bajar la cabeza para volver a beber de su dulzura. En aquella ocasión, el contacto no fue leve; fue un beso hambriento, fiero, posesivo. Dulce gimió, y él hundió la lengua en su boca con autoridad y anhelo masculinos.
Dulce estuvo a punto de hacerse añicos de puro placer. Chris la apretó contra él y la arrastró al suelo. Dulce sintió vértigo: aquello se parecía tanto a los contados sueños prohibidos que había albergado que se olvidó de dónde estaban, se olvidó de todo salvo del hombre que se inclinaba sobre ella con boca ardiente y llena de pasión.
Le comunicó su respuesta clavándole las uñas, arqueando su figura cálida, buscando el peso embriagador de su cuerpo. No había sensación de tiempo o de espacio, solo una espiral de necesidad física que llameó entre ellos, inesperada y fuera de control.
Chris le acarició los senos, deslizó las manos por debajo de la falda para frotarle los muslos y acariciarla de forma íntima, y ella profirió un gemido silencioso. Ninguna palabra de protesta emergió en la mente de Dulce. Dejó que Chris hiciera lo que quisiera, ajena a todo menos al placer que generaban aquellas manos expertas. Chris conocía a las mujeres, y su destreza la enardecía.
Ofreció su cuerpo esbelto para disfrute de Chris sin pensar en nada salvo en lo placentero que era estar en sus brazos, conocer sus besos y sus caricias. Chris se levantó con ella en brazos; el cuerpo ligero de Dulce era una pluma para sus poderosos músculos.
Con paso rápido, se acercó a la cama y la dejó tendida sobre la colcha, y con un gruñido descendió sobre ella, le separó las piernas con la rodilla y se acomodó entre sus muslos con un movimiento tan natural y básico como respirar.
Dulce se aferró a él, aturdida por el ansia suscitada por Chris, y lo besó con labios tiernos y fervientes. Hacía tanto tiempo que lo amaba, y era como si todos los deseos pedidos a las estrellas fugaces se estuvieran cumpliendo... Iba a dejarle que hiciera con ella lo que quisiera, y sabía lo que Chris ansiaba. Podía sentir cómo apretaba su virilidad contra ella.
Las prendas que los separaban eran insufribles, barreras que se interponían entre sus carnes trémulas. De pronto, en el momento menos pensado, el paraíso terminó. Chris se puso rígido, se apartó, se sentó en el borde de la cama Y enterró la cabeza entre las manos.
-Maldita seas -dijo con voz gruesa, cargada de desagrado-. Decías ser su amiga, pero estás retozando con su marido en su cama.
Aturdida, Dulce se incorporó, se alisó la ropa y se retiró el pelo de los ojos. Oyó la acusación en la voz de Chris y descubrió que era incapaz de enojarse con él. Comprendía lo culpable que se sentía, y lo vulnerable que estaba después de la tormenta de emociones que acababa de sacudirla
-Era su mejor amiga -dijo con voz temblorosa.
-¡Pues no te comportas como tal!
Dulce se levantó con piernas tambaleantes.
-Los dos estamos un poco alterados -dijo a la cabeza gacha de Chris, también con voz igual de tambaleante-. y hemos perdido un poco el control. Quería a Mia como a una hermana, y yo también la echo de menos -empezó a retroceder, incapaz de permanecer allí un momento más.
Había rebasado su límite de tolerancia por una noche, y balbucía sin ton ni son
- No tenemos por qué sentimos culpables, no ha habido nada sexual en todo esto. Los dos estábamos afligidos... Chris se levantó de la cama dando un respingo.
-¿Nada sexual? ¡Y un cuerno! ¡Estaba entre tus piernas! Un minuto más, y estaríamos dando un revolcón. ¿Cómo lo habrías llamado entonces? ¿Nos habríamos estado «consolando»? Dios, no reconocerías el sexo aunque lo tuvieras delante de tus narices. ¡Eres todo un iceberg, no sabes nada de los hombres ni de lo que quieren!
Dulce giró en redondo, con la cara blanca y mirada de angustia. Le temblaban los labios.
-Eres injusto -susurró, y salió disparada hacia la puerta.
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Publicado: 11-11-2006 09:39 AM
Bajó a toda prisa las escaleras antes incluso de darse cuenta de que se iba. Con un rugido, Chris corrió tras ella.
-¡Dulce! -gritó con furia, y llegó a la puerta principal justo cuando ella arrancaba su pequeño bólido rojo.
Los neumáticos chirriaron sobre el cemento mientras salía en marcha atrás a la calle. Chris se quedó de pie en el umbral, contemplando el y resplandor rojizo de las luces de posición hasta que desaparecieron; después, dio un portazo y maldijo con virulencia durante varios minutos.
Advirtió que Dulce se había dejado la chaqueta del traje y la recogió. ¡Maldición! ¿Cómo había sido capaz de insultarla de aquella manera? Dulce tenía razón, había sido injusto. Se había descargado con ella por la culpabilidad que sentía, no solo por lo ocurrido aquella noche sino por todos los años que había pasado mirándola y deseando llevarla a la cama, pese a que era la mejor amiga de Mia.
Chris contempló la chaqueta de hilo que tenía en las manos y apretó los labios. ¿No era consciente Dulce del reto que constituía para un hombre? Era tan serena, pálida y distante, tan reservada... Vivía entregada a su profesión, y dejaba bien claro que no necesitaba a ningún hombre salvo como compañía esporádica.
Se había rumoreado durante años que había sido amante del presidente de la junta directiva, pero Mia nunca lo creyó, y él se fiaba de su criterio. Mia pensaba, más bien, que había sufrido un desengaño amoroso pero, como había dicho en más de una ocasión, Dulce era agua quieta pero profunda.
Chris evocó la primera vez que había deseado a Dulce; fue en su propia boda. Estaba impaciente por marcharse con Mia cuando la vio, de pie, un poco apartada del resto, como a menudo parecía estar, con el pelo rubio platino recogido en lo alto de la cabeza y una expresión educada en su cara pálida.
¿Nunca estaba furiosa o despeinada?, se había preguntado al verla ¿Agitada? Imaginó el aspecto que tendría si estuviera en la cama con él, con el pelo blanquecino enmarañado por el frenesí de la pasión, los labios rojos y henchidos por sus besos, el cuerpo esbelto húmedo por la transpiración.
Su propio cuerpo se había puesto tenso de repente, sacudido por el ansia, y tuvo que darse la vuelta para disimular su estado. ¡Cuánto rencor había alimentado hacia ella, porque incluso mientras se casaba con Mia, había estado deseando a Dulce! Los años no habían alterado la situación. Ella siempre se mostraba altiva y distante con él y nunca había visitado a Mia estando él en casa.
Chris amaba a Mia, le había sido fiel, se había sentido completamente satisfecho con ella en la cama; pero, en algún rincón de su mente, siempre había albergado la noción de que deseaba a Dulce. Si ella se le hubiera insinuado, ¿se habría mantenido fiel a Mia? Quería pensar que sí, pero no podía estar seguro. ¿ Qué había pasado la primera vez que había besado a Dulce?
Había estado a punto de poseerla allí mismo, en el suelo, pero un instante de preocupación por su suave piel lo había impulsado a llevarla a la cama, y aquella fisura en su concentración era lo que, al final, lo había frenado.
Pero Dulce no había estado fría y reservada en sus brazos, sino cálida y efusiva, y había abierto las piernas para él sin vacilación. Sus mejillas se habían sonrojado, y unos cuantos mechones finos de pelo habían escapado a su encierro para rizarse de forma sensual sobre sus sienes.
Así era como la deseaba: con su imagen impecable y altiva hecha añicos. En una ocasión, al regresar pronto a casa de un viaje, la había visto en la piscina con Mia y los niños. Dulce reía y jugueteaba como una chiquilla, y por primera vez la vio con el pelo suelto, flotando a su alrededor como un halo.
Chris se puso el bañador y salió a la piscina, pero en cuanto hizo acto de presencia, Dulce dejó de reír. Lo hizo con mucha naturalidad, pero se disculpó ante Mia, salió del agua y se secó deprisa antes de ponerse unos vaqueros cortos raídos que realzaban sus piernas largas y torneadas.
Verla con aquel biquini amarillo pálido lo había excitado tanto que tuvo que tirarse de cabeza al agua y, cuando emergió, ella ya se alejaba con paso rápido. U n hombre no podría haber pedido una esposa mejor que Mia, ni más cariñosa.
Pero, pese a lo mucho que la amaba, pese a lo mucho que todavía ansiaba tenerla entre sus brazos, deseaba a Dulce. No se trataba de amor; no había cabida para emociones sutiles. La atracción que sentía por ella era estrictamente física.
La había increpado porque con ella, el sexo era una infidelidad mas grave que con las demás mujeres sin rostro ni nombre. Habían sido meros cuerpos, sin personalidad. Pero conocía a Dulce, y no podía borrar su identidad de la cabeza.
Quería acostarse con ella, quería contemplar cómo se retorcía con desenfreno bajo su cuerpo, quería oír cómo pronunciaba su nombre en el ardor de la pasión. Y era la mejor amiga de Mia. Horas después, Dulce se acurrucó, aturdida, y entre las sábanas, agotadas las lágrimas, pero no podía dormir.
Estaba hecha trizas, con el corazón destrozado. Cuando sonó el teléfono, se sintió tentada a no contestar, porque, fuese quien fuese, no le apetecía hablar con nadie. Pero una llamada a las dos de la madrugada podía ser una emergencia, así que acabó estirando el brazo le para descolgar.
Cuando contestó, hizo una mueca al oír su propia voz, todavía gruesa por las lágrimas derramadas.
-Dulce, no pretendía...
-No quiero hablar contigo -lo interrumpió, porque el sonido de aquella voz grave hizo jirones el frágil control que había recuperado sobre sus emociones, y se echó a llorar otra vez. Los suaves sollozos impregnaban su voz, a pesar de sus intentos por ocultarlos-. Puede que no sepa nada sobre los hombres, pero tú no sabes nada sobre mí. No quiero hablar contigo, ¿me oyes?
-Dios, estás llorando -Chris gimió con suavidad, un sonido áspero y masculino que la embargó a partes iguales de anhelo y dolor.
-¡He dicho que no quiero hablar contigo!
-¡No cuelgues! -exclamó Chris con repentina ira, al adivinar sus intenciones; pero Dulce colgó de todas formas, enterró el rostro en la almohada y lloró hasta que sintió los ojos resecos y escocidos.
-No sabes nada sobre mí -dijo en voz alta, en la oscuridad.
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Publicado: 11-11-2006 09:41 AM
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Publicado: 11-11-2006 11:01 AM

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Publicado: 11-17-2006 01:55 PM

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Publicado: 11-17-2006 08:48 PM
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Publicado: 11-17-2006 09:02 PM
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Publicado: 11-17-2006 10:48 PM
como un recuerdo pero
despierto y te pierdo
estas tan lejos Christopher
Me hace falta respirar
ver tu cuerpo y no pensar
olvidar mi soledad sin ti no puedo Christopher
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Publicado: 11-17-2006 11:23 PM
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