Responder
¡Bienvenido! Para que puedas participar, intercambiar mensajes privados, subir fotos, dar kudos y ser parte de las conversaciones necesitas estar ingresado en los Foros. | Ingresa | Regístrate Gratis
stars23
Mensajes: 21,191
Temas: 54
Kudos: 836
Publicaciones de blog: 0
Registrado: ‎02-21-2003

Re: ωи ╬•La Imagen en el Espejo•╬ ℓeνуяяoиι

Me sorprendi mucho de que Carole, formaba parte de un complot para seducir a William (cosa esta que logro llegandose a casarse con el) despues eliminarlo, para que no llegue a senador. Fancy tan vulgar y malcriada como siempre pero dice cosas que resultan muy interesantes y que van descubriendo un poco toda la complicada intriga de odio, ambiciones politicas, y traiciones. Eddy fue amante de Carole, pero no creo que el haya sido el hombre que le hablo a Maite cuando ella estaba en el hospital, porque Maite hubiera identificado su voz y eso no ha sucedido. Que pena la esposa de Jack es alcoholica. Hay muchos problemas y misterios en la familia de William, y pienso que Maite pudiera descubrirlos. Maria, muchisimas gracias por los capitulos. Cada vez la web se pone mejor. Me encanta.

Platino Brillante
Pili36
Mensajes: 14,025
Registrado: ‎02-05-2009

Re: ωи ╬•La Imagen en el Espejo•╬ ℓeνуяяoиι

GRACIAS MARIA POR LOS CAPS!  LA WN ESTA MUY INTERESANTE!! FANCY ESTA PERDIDA LA POBRE Y ESO CON EDDY, ESPERO QUE NO SUCEDA NADA MAS! SE HABRA ACOSTADO CAROLE CON EDDY?? AY NO CREO, WILL ES SU MEJOR AMIGO! POBRE MAITE, ESTA COBRANDO TODO LOS DELITOS  DE CAROLE, QUE POR CIERTO ERA MUY MALA MUJER!! 

BESOS!

Platino Brillante
bambooch
Mensajes: 18,598
Registrado: ‎10-10-2008

Re: ωи ╬•La Imagen en el Espejo•╬ ℓeνуяяoиι

Acuerdense chicas que Carole era una mujer sin escrupulos, que no le importaba nada... ademas, que era una mujer de bajo mundo... ya sabran mas de ella al transcurrir la historia... tengo unos tiempitos asi que les subire como dos capis mas...




 

Platino Brillante
bambooch
Mensajes: 18,598
Registrado: ‎10-10-2008

Re: ωи ╬•La Imagen en el Espejo•╬ ℓeνуяяoиι

Atencion!! subi los capis 15, 16, 17, 18 y 19 ayer en la noche... ahora mismo subire dos capis mas...




 

Platino Brillante
bambooch
Mensajes: 18,598
Registrado: ‎10-10-2008

Re: ωи ╬•La Imagen en el Espejo•╬ ℓeνуяяoиι

Capítulo 20

 

El apartamento de Van Lovejoy era como una pesadilla de Decoración y hogar. Dormía sobre un estrecho colchón sostenido por unos ladrillos de cemento. El resto de los muebles estaban igualmente desvencijados, recogidos en los mercados de segunda mano y en las tiendas de trastos viejos.

 

Había una triste y polvorienta piñata, una efigie sacrílega de Elvis Presley, colgando del aplique de la luz. Se trataba de un recuerdo que se trajo de una visita a Nuevo Laredo. El tesoro de dentro varios kilos de marihuana era ya únicamente historia. A excepción de la piñata, el apartamento carecía de adornos.

 

Las demás estancias vacías se hallaban llenas de vídeos. Estos y el equipo que utilizaba para duplicar, editar y visionar sus cintas constituían las únicas pertenencias de algún valor en el apartamento, y su valor era inestimable. Van estaba mejor equipado que muchas productoras videográficas pequeñas.

 

Por todas partes se veían pilas de catálogos de vídeo. Estaba suscrito a todos ellos y cada mes los leía cuidadosamente en busca de alguno que no tuviera o que no hubiera visto. Se gastaba casi todo el sueldo en mantener la videoteca bien abastecida y al día.

Su colección de películas rivalizaba con cualquier tienda de alquiler de vídeos. Estudiaba técnicas cinematográficas y de producción. Sus gustos eran eclécticos, desde Orson Welles hasta Frank Capra, desde Sam Peckinpah hasta Steven Spielberg. Tanto en blanco y negro como en tecnicolor, los movimientos de las cámaras lo fascinaban.

 

Además de películas; su colección incluía seriales y documentales, junto con cada centímetro de cinta que él había grabado a lo largo de toda su carrera. Era bien conocido en todo el Estado que, si se necesitaba un metraje de cualquier acontecimiento y no se encontraba en ningún sitio, Van Lovejoy de KTEX, en San Antonio, lo tendría.

 

Dedicaba todo su tiempo de ocio a ver cintas. Esa noche, su atención estaba puesta en el material grabado en el rancho Rocking R unos días antes. Había entregado las cintas en la Productora MB, pero no sin antes hacer copia para sí mismo. Nunca se sabía cuándo algo que habías filmado años antes te podía resultar útil y valioso, de modo que guardaba copia de todo.

 

En la posproducción, la productora escribiría el guión, editaría, grabaría las voces, mezclaría la música y el resultado final sería un espacio publicitario de distintas duraciones. El trabajo de Van aparecería esterilizado y pulido cuando el anuncio apareciera por televisión. A él no le importaba. Ya le habían pagado. Lo que le interesaba eran las tomas espontáneas.

 

William Rutledge resultaba un hombre carismático en televisión y al natural. Guapo y rico, era todo un éxito, el tipo de hombre que Van normalmente odiaba por principio. Pero, si él fuera un votante, votaría a ese tipo sólo porque parecía disparar directamente desde la cadera. No decía tonterías, ni siquiera cuando lo que decía no era particularmente lo que la gente quería oír. Pudiera ser que perdiera las elecciones, pero no sería por falta de integridad.

 

Seguía pensando que algo le ocurría a la niña. Era mona, aunque, en opinión de Van, todos los niños eran iguales. Casi nunca le pedían que hiciera vídeos de niños, pero, cuando eso ocurría, su experiencia era que o los amenazabas o los sobornabas para que se estuvieran quietos y se comportaran debidamente, en especial al repetir las tomas.

 

Y eso no ocurrió con la hija de Rutledge. Se estuvo quieta y no le dio ninguna pataleta. No había hecho nada, punto; a no ser que se lo mandaran, y entonces se movía como una muñeca a la que le hubieran dado cuerda. Quien mejor la hacía reaccionar era Carole Rutledge.

 

Era ella la que realmente había cautivado a Van.

Una y otra vez había pasado las cintas, las grabadas en el rancho y las del día en que abandonó la clínica. La mujer sabía qué debía hacer ante una cámara.

 

Él tuvo que dirigir a Rutledge y a la niña, pero no a la mujer. Ella era natural, siempre se situaba en los lugares bien iluminados y sabía instintivamente lo que debía hacer. Parecía intuir lo que él iba a hacer antes de que lo hiciera. Su rostro reclamaba primeros planos. Su lenguaje corporal no era ni afectado ni automatizado, como en el caso de la mayoría de aficionados.

Era una profesional.

 

Su parecido con otra profesional, a la que conoció y con la que trabajó resultaba fantasmagórico.

 

Durante horas había permanecido delante de su escritorio visionando una y otra vez los vídeos de Carole Rutledge. Cuando se movía incorrectamente, estaba seguro de que lo hacía a propósito, como si se diera cuenta de lo bien que lo hacía y quisiese disimular.

 

Sacó una cinta y metió otra, una que había grabado para poder ver a cámara lenta. Conocía bien la escena. Mostraba a los tres miembros de la familia paseando por un prado verde; Rutledge con su hija en brazos y su esposa al lado. Van había planificado la escena para recoger el sol que se ponía detrás de la colina, convirtiendo a los personajes en una silueta. Era estupenda, pensó al volverla a ver por enésima vez.

 

¡Y en aquel momento se dio cuenta! La señora Rutledge volvió la cabeza y le sonrió a su marido. Le tocó el brazo. La sonrisa de él se heló. Movió el brazo; ligeramente, pero lo suficiente como para evitar la caricia de su esposa. Si no hubiera estado visionando la cinta a cámara lenta seguramente Van ni siquiera se hubiese dado cuenta del sutil rechazo.

 

Estaba seguro de que, una vez editada la cinta, esa escena quedaría fuera. Los Rutledge acabarían pareciendo una pareja feliz. Pero algo no iba bien en el matrimonio, al igual que algo raro le pasaba a la niña. Algo apestaba en Camelot.

 

Van era un cínico por naturaleza. No le sorprendía nada que el matrimonio no funcionara. Supuso que ocurría con todos, y le importaba un pepino.

 

Sin embargo, la mujer lo seguía fascinando. Hubiera jurado que ella lo reconoció aquel día antes de que se presentara. Él estaba siempre pendiente de las expresiones y las reacciones, y no pudo equivocarse al percibir la momentánea sorpresa en sus ojos y la leve respiración entrecortada. A pesar de que los rasgos no eran idénticos y de que el peinado no era el mismo, el parecido entre Carole Rutledge y Maite Daniels resultaba increíble. Los movimientos de Carole eran exactamente iguales a los de Maite, y la afectación inconsciente extrañamente evocadora.

 

Dejó que se acabara la cinta. Cerró los ojos y se pellizcó y se frotó la nariz con el índice y el pulgar hasta hacerse daño, como si quisiera quitarse la idea de la cabeza, porque lo que estaba pensando era simplemente una locura, algo del más allá. Pero la idea se ensañaba en su mente y no podía quitársela de la cabeza, por loca que fuera.

 

Unos días atrás, entró en el despacho de Irish, se dejó caer en uno de los sillones y preguntó:

 

— ¿Has tenido oportunidad de ver la cinta que te dejé?

 

Como de costumbre, Irish estaba haciendo seis cosas distintas a la vez. Se mesó el rizado cabello canoso.

 

— ¿Cinta? ¿La de los Rutledge? ¿Qué tenemos sobre aquel montón de huesos humanos que encontraron en el condado de Comal? —le preguntó a gritos a un reportero que pasaba por delante de su despacho.

— ¿Qué te parece? —preguntó Van, una vez hubo atraído de nuevo su atención.

 

Irish había vuelto a fumar desde que Maite ya no estaba allí para darle lata. Parecía querer recuperar el tiempo perdido. Encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior y empezó a hablar a través de una nube de humo.

 

— ¿El qué?

—La cinta —contestó Van, irritado.

— ¿Por qué? ¿Estás pluriempleado como encuestador?

—Jesús —murmuró Van, y empezó a levantarse del sillón. De real humor, Irish le hizo una señal para que volviera a sentarse—. ¿Qué quieres que vea? Concretamente, quiero decir.

—La mujer.

 

Irish se echó a reír.

 

— ¿Te has enamorado de ella?

 

Van recordaba su irritación cuando Irish no se fijó en el parecido entre Carole Rutledge y Maite Daniels. Eso debería de ser una indicación de lo ridículo de sus pensamientos, porque nadie conocía a Maite mejor que Irish. Hacía ya más de dos décadas que la conocía cuando se la presentó a Van. No obstante, la terquedad y la impertinencia de Irish le obligaron a demostrar que tenía razón.

 

—Creo que se parece mucho a Maite.

 

Irish se estaba sirviendo una taza de café bien espeso de la cafetera colocada sobre la desordenada repisa. Miró a Van fijamente.

 

— ¿Y qué hay de nuevo en eso? Alguien ya comentó lo mismo en cuanto Rutledge se metió en política y empezamos a verlos a él y a su mujer por la televisión.

—Supongo que yo no estaba aquí aquel día.

—O estabas demasiado pasado de marihuana para recordarlo.

—Quizá.

 

Irish volvió al escritorio y se sentó con esfuerzo. Trabajaba más que nunca, dedicando al trabajo largas e innecesarias horas. Todos los de la redacción hablaban de ello. El trabajo actuaba como panacea para su pérdida. Católico como era, no se suicidaría directamente, pero acabaría matándose por exceso de trabajo, alcohol, tabaco y estrés; todas las cosas que Maite cariñosamente intentaba prohibirle.

 

— ¿Has conseguido averiguar quién te envió sus joyas? —preguntó Van.




 

Platino Brillante
bambooch
Mensajes: 18,598
Registrado: ‎10-10-2008

Re: ωи ╬•La Imagen en el Espejo•╬ ℓeνуяяoиι

Irish le había contado el extraño incidente, y le pareció raro en aquel momento, pero lo olvidó hasta que se encontró cara a cara con Carole Rutledge. Pensativo, Irish negó con la cabeza.

 

—No.

— ¿Lo has intentado?

—Hice algunas llamadas. —Evidentemente, no quería hablar de ello. Van insistió

— ¿Y?

—Conseguí ponerme en contacto con algún tonto del cu*lo que no quería molestarse. Dijo que, después del accidente, el caos fue tan total que cualquier cosa es posible.

 

«¿Como confundir dos cadáveres?», se preguntó Van.

Le hubiera gustado plantear esa pregunta, pero no lo hizo. Irish estaba sobrellevando la muerte de Maite lo mejor que podía, sólo que no le estaba resultando muy fácil. No tenía necesidad alguna de oír la disparatada hipótesis de Van. Además, aún cuando fuera posible, no tenía sentido. Si Maite estuviera viva, estaría viviendo su propia vida, no la de otra persona.

 

De modo que decidió no plantearle la posibilidad a Irish. Se había desbordado su imaginación, eso era todo. A causa de un montón de extrañas coincidencias había elaborado una absurda e ilógica teoría.

 

Irish seguramente le hubiera dicho que tenía el cerebro achicharrado a causa de la marihuana, lo cual con mucha probabilidad era cierto. No era más que un inútil, un don nadie. Un réprobo. ¿Qué cojones sabía él?

Pero, de todas formas, metió otra de las cintas de los Rutledge en el magnetoscopio.

* * * *

 

El primer grito la despertó. El segundo lo registró. Y el tercero hizo que se destapara y saltara de la cama.

Maite agarró una bata, abrió de par en par la puerta de su dormitorio y corrió por el pasillo hasta la habitación de Mandy. Segundos después de salir de su cama, se encontraba al lado de la niña. Mandy estaba retorciéndose y gritando.

 

—Mandy, cariño, despierta ya. —Esquivó un puño agitado—. ¡Mandy!

 

William apareció al otro lado de la cama. Se arrodilló sobre la alfombra e intentó dominar a su hija. Una vez le hubo sujetado las manitas, el cuerpo se retorció de un lado a otro, mientras que agitaba la cabeza sobre la almohada y los talones se hundían en el colchón. Continuaba gritando.

 

Maite colocó las manos sobre la mejilla de la niña y presionó con fuerza.

 

—Mandy, despierta. Despierta, cariño. William, ¿qué hacemos? —Sigue intentando despertarla.

— ¿Tiene otra pesadilla? —preguntó Zee, al entrar corriendo con Nelson.

 

Zee se colocó detrás de William. Nelson permaneció al pie de la cama de su nieta.

 

—Se oían los gritos incluso en nuestra ala —comentó—. Pobrecita. — Maite golpeó ligeramente las mejillas de Mandy.

—Soy mamá. Mamá y papá están aquí. No pasa nada. No te va a pasar nada.

 

Gradualmente, los gritos fueron apaciguándose. En cuanto abrió los ojos, se lanzó a los brazos abiertos de Maite, que la abrazó con fuerza, le puso una mano sobre la cabeza y presionó contra su cuello la carita inundada de lágrimas. Los hombros de Mandy se agitaban, su cuerpo entero se retorcía a causa de los sollozos.

 

—Dios mío, no tenía ni idea de que sus pesadillas eran tan fuertes.

—Las tenía casi cada noche cuando tú todavía estabas en el hospital —le dijo William—. Después fueron disminuyendo poco a poco. Llevaba varias semanas sin tener ninguna. Yo esperaba que desaparecieran por completo cuando tú regresaras a casa.

 

Su rostro mostraba una gran preocupación.

 

— ¿Hay algo que podamos hacer?

 

William miró a Nelson.

 

—No. Creo que se calmará ahora y se volverá a dormir, papá, pero gracias.

—Vosotros dos tenéis que poner fin a esto. Inmediatamente.

 

Tomó a Zee por el brazo y la condujo hacia la puerta. Ella pare la reacia a marcharse y miró angustiada a Maite.

 

—Se pondrá bien —dijo Maite, frotándole la espalda a Mandy, que seguía sollozando, aunque lo peor ya había pasado.

—A veces vuelven a empezar —apuntó Zee con intranquilidad. —Me quedaré con ella el resto de la noche.

 

Cuando ella y William se quedaron solos con la niña, Maite preguntó:

 

— ¿Por qué no me contaste que las pesadillas eran tan terribles?

 

Él se sentó en la mecedora junto a la cama.

 

—Tenías tus propios problemas que resolver. Los sueños dejaron de aparecer con tanta regularidad, tal como predijo la psicóloga. Pensé que se le estaban pasando.

—Igualmente tendrías que habérmelo contado.

 

Maite continuaba sosteniendo con fuerza a Mandy, meciéndola y murmurando frases tranquilizadoras. No la soltaría hasta que viera que Mandy estaba preparada. Por fin, la niña levantó la cabeza.

 

— ¿Estás mejor ahora? —le preguntó William. Mandy asintió.

—Siento que hayas tenido un sueño tan malo —le susurró Maite, limpiándole las mejillas húmedas con los pulgares—. ¿Quieres contárselo a mamá?

—Me va a coger —tartamudeó entrecortadamente.

—¿Qué es lo que te va a coger?

—El fuego.

 

Maite se estremeció con sus propios recuerdos. Se apoderaban de ella a veces inesperadamente y a menudo tardaba varios minutos en reponerse. Como persona adulta, le resultada difícil enfrentarse a sus recuerdos del accidente; ¿cómo sería para una niña pequeña?

 

—Yo te saqué del fuego, ¿no te acuerdas? —dijo Maite dulcemente—. Ya no hay más fuego. Pero sigue dando miedo cuando lo piensas, ¿verdad?

 

Mandy asintió.

 

En cierta ocasión, Maite le hizo una entrevista a un conocido psicólogo infantil y recordaba que el hombre dijo que, negar la autenticidad de los temores de un niño era lo peor que podía hacer un padre. Primero había que reconocer los miedos antes de que se pudieran resolver y, con suerte, superar.

 

—Quizás un paño fresco y húmedo le resulte agradable —le sugirió Maite a William, que se levantó de la mecedora y regresó a los pocos minutos con una toallita—. Gracias.

 

Él se sentó a su lado mientras frotaba la cara de Mandy. En un gesto que le produjo ternura a Maite, tomó el oso y lo colocó en los brazos de la niña, que se aferró al animal de peluche.

 

— ¿Estás preparada para volver a la cama? —le preguntó Maite con cariño.

—No.

 

Con aprensión, sus ojos saltaron de un rincón al otro de la habitación.

 

—Mamá no te va a dejar. Yo me tumbaré aquí contigo.

 

Acomodó a Mandy y, a continuación, se tumbó a su lado, las dos cara a cara y con las cabezas compartiendo la almohada. William las tapó, apoyó las manos en la almohada y se inclinó para besar a Mandy.

 

No llevaba encima nada más que unos calzoncillos. Su cuerpo tenía un aspecto excepcionalmente fuerte y bello a la suave luz dula noche. Cuando estaba a punto de ponerse de pie, su mirada se cruzó con la de Maite. Actuando impulsivamente, ella colocó una mano sobre su torso velludo y levantó ligeramente la cara para besarle en los labios.

 

—Buenas noches, William.

 

Él se incorporó lentamente. Mientras lo hacía, la mano de Maite se deslizó por su pecho, por los duros y bien formados músculos, por los pezones, por el denso y fuerte vello, por el estómago; hasta que las yemas de sus dedos rozaron la goma elástica de los calzoncillos y cayeron a un lado.

 

—Vuelvo enseguida —murmuró William.

 

Estuvo fuera sólo unos minutos, pero, cuando regresó, Mandy ya dormía tranquilamente. Llevaba puesta una bata ligera, aunque la había dejado abierta. Cuando se acomodó en la mecedora vio que los ojos de Maite seguían abiertos.

                                                                                                      

—Esa cama no es para dos. ¿Estás cómoda?

—Estoy muy bien.

—No creo que Mandy se entere de nada si te levantas ahora y te vas a tu cuarto.

—Yo me enteraría. Y le dije que me quedaría con ella el resto de la noche. —Acarició la ruborizada mejilla de la niña con los dedos—. ¿Qué vamos a hacer, William?

 

Él descansó los codos sobre las rodillas, se inclinó hacia delante y se hundió los pulgares en los ojos. Un despeinado mechón de cabello le caía sobre la frente. Con la incipiente barba, la hendidura vertical de la barbilla parecía más pronunciada. Suspiró, con lo que se ensanchó su torso bajo el batín.

 

—No lo sé.

— ¿Crees que la psicóloga le está haciendo algún bien?

 

Levantó la cabeza.




 

Platino Brillante
bambooch
Mensajes: 18,598
Registrado: ‎10-10-2008

Re: ωи ╬•La Imagen en el Espejo•╬ ℓeνуяяoиι

— ¿Tú crees que no?

—No debería poner en duda la elección que hicisteis tus padres y tú mientras yo estaba hospitalizada.

 

Sabía perfectamente que no debía meterse en ese asunto. Era un problema personal y Maite Daniels no tenía ningún derecho a meter las narices. Pero no podía quedarse al margen viendo cómo se iba deteriorando la estabilidad emocional de una niña.

 

—Si tienes alguna idea te invito a que me la cuentes —la animó William—. Estamos hablando de nuestra hija. No me pondré a discutir quién ha tenido la mejor idea.

—Conozco un médico de Houston —empezó a decir. William arqueó una ceja, con curiosidad—. Él... lo vi por televisión un día y me quedé muy impresionada por lo que dijo y por las ideas que expuso. No parecía arrogante. Era muy directo y práctico. Dado que el médico de ahora no está consiguiendo progresar mucho, quizá deberíamos llevar a Mandy a verlo.

—No tenemos nada que perder. Pide hora.

—Llamaré mañana.

 

Su cabeza se hundió más en la almohada, pero no apartó la mirada de William. Él estaba sentado en la mecedora con la cabeza descansando sobre el cojín rosa.

 

—No tienes que quedarte toda la noche aquí sentado, William —dijo con cariño.

 

Sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada.

 

—Sí que tengo que hacerlo.

 

Maite se quedó dormida mirando cómo la miraba él.




 

Platino Brillante
bambooch
Mensajes: 18,598
Registrado: ‎10-10-2008

Re: ωи ╬•La Imagen en el Espejo•╬ ℓeνуяяoиι

Capítulo 21

 

Maite fue la primera en despertarse. Era muy pronto y la habitación estaba a oscuras, aunque la lamparita de noche seguía encendida. Sonrió tristemente al darse cuenta de que la pequeña mano de Mandy descansaba sobre su mejilla. Tenía los músculos agarrotados de estar tanto tiempo en la misma posición; de no haber sido por eso, seguramente se hubiera vuelto a dormir. Sintiendo la necesidad de estirarse, apartó la mano de Mandy, la colocó sobre la almohada y, con muchísimo cuidado para no despertar a la niña, se levantó.

 

William dormía en la mecedora. La cabeza le colgaba tanto a un lado que casi le descansaba sobre el hombro. Parecía una postura muy incómoda, pero su abdomen subía y bajaba rítmicamente y ella distinguió la suave respiración en la tranquila habitación.

 

El batín abierto le dejaba al descubierto el torso y las caderas. Tenía doblada la rodilla de la pierna derecha y la izquierda, estirada por delante. Sus pantorrillas y los pies estaban bien formados. Las manos eran venosas y velludas. Una de ellas colgaba del brazo de la mecedora y la otra se apoyaba sobre su estómago.

 

El sueño le había borrado del entrecejo las arrugas de preocupación. Las pestañas dibujaban negros semicírculos sobre las mejillas. Relajado, su boca era sensual, capaz de proporcionarle grandes placeres a una mujer. Maite supuso que haría el amor con intensidad, apasionadamente y, bien, como hacía todo lo demás. La emoción le desbordó el corazón hasta dolerle. Sintió unas terribles ganas de llorar.

 

Lo amaba.

 

Tanto como para hacer méritos y compensar sus fracasos profesionales, se dio cuenta de que también había asumido el papel de esposa porque se había enamorado de él antes tan siquiera de poder pronunciar su nombre. Lo amaba cuando lo observaba a través de un velo de vendas y dependía del sonido de su voz para tener el ánimo suficiente de luchar por su vida.

 

Estaba interpretando el papel de su esposa porque deseaba ser su esposa. Quería protegerlo. Quería cicatrizar las heridas que le había infligido tina mujer egoísta y vengativa. Quería acostarse con él.

 

Si él reclamara sus derechos conyugales, lo complacería con mucho gusto. Aquella sería su mayor mentira, y él no podría perdonársela cuando al final se descubriera su verdadera identidad. La odiaría más que a Carole porque pensaría que lo había engañado. Nunca se creería que su amor era verdadero. Pero lo era.

 

William se removió. Cuando levantó la cabeza, hizo una mueca de dolor. Le temblaron los párpados, abrió los ojos y la miró. Estaba a corta distancia de él.

 

— ¿Qué hora es? —preguntó con voz ronca y somnolienta.

—No lo sé. Pronto. ¿Te duele el cuello?

 

Le pasó los dedos por el cabello despeinado y, a continuación, dobló las manos en torno a su cuello.

 

—Un poco.

 

Le dio un masaje en los músculos del cuello, intentando relajarlos.

 

Al cabo de un momento se cubrió con la bata, echando un lado sobre el otro. Encogió la pierna estirada y se sentó erguido. Maite se preguntó si su tierno masaje le había producido una erección matutina y no quería que ella lo viera.

 

—Mandy sigue durmiendo —comentó él por decir algo—. ¿Quieres desayunar?

—Me basta un café.

—Prepararé el desayuno.

 

Estaba amaneciendo. Mona no se había levantado todavía y la cocina estaba a oscuras. William empezó a poner café en el filtro de la cafetera. Maite se dirigió al frigorífico.

 

—No te molestes —dijo William.

— ¿No tienes hambre?

—Puedo esperar a que se despierte Mona.

—Me gustaría prepararte algo.

 

Él se volvió de espaldas y pidió, como sin darle importancia:

 

—Bueno. Un par de huevos, supongo.

 

Conocía suficientemente bien la cocina como para encontrar todos los utensilios necesarios para preparar el desayuno. Todo fue bien hasta que empezó a batir los huevos.

 

— ¿Qué haces?

—Huevos revueltos. Pa... para mí —mintió cuando la miró extrañado. No tenía ni idea de cómo le gustaban los huevos a él—. Toma. Acaba con esto y yo me dedicaré a las tostadas.

 

Se entretuvo en poner mantequilla a las rebanadas de pan cuando salieron dula tostadora, a la vez que de reojo veía que William se preparaba dos huevos fritos, los ponía en un plato y los llevaba a la mesa junto con sus huevos revueltos.

 

 

—Hace mucho tiempo que no desayunamos juntos.

 

Mordió un trozo de pan y empezó a comerse los huevos y bebió un sorbo de zumo de naranja. En aquel momento se dio cuenta de que era la única que comía. William estaba sentado enfrente con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en la mesa.

 

—Nunca hemos desayunado juntos, Carole. Tú odias desayunar.

 

Le resultó difícil tragar. Se aferró al vaso de zumo.

 

—Me hacían desayunar cuando estaba en la clínica. Ya sabes, después de que me implantaran la dentadura para que pudiera comer alimentos sólidos. Tenía que volver a ganar peso. —Él seguía mirándola fijamente; evidentemente, no la creía—. Me..., me acostumbré a comer y ahora lo echo de menos cuando no desayuno. —A la defensiva, añadió—: ¿Por qué armas un escándalo por nada?

 

William tomó su tenedor y empezó a comer. Sus movimientos eran demasiado controlados como para ser naturales. Estaba enfadado.

 

—Ahórrate las molestias.

 

Ella supuso que se refería a las molestias que le esperaban en el futuro.

 

— ¿Qué molestias?

—Hacerme el desayuno es sólo otra de tus maquinaciones para que vuelva a quererte.

 

Perdió todo el apetito. El olor de la comida le hizo sentir náuseas.

 

— ¿Maquinaciones?

 

Aparentemente, él también había perdido el apetito. Apartó el plato.

 

—Desayuno. Vida doméstica. Esas muestras de cariño como acariciarme el pelo o darme un masaje.

—Parecía gustarte.

—Me importan un rábano.

— ¡Sí que te importan!

— ¡Un ca*rajo! —Se reclinó en la silla, mirándola fijamente, la mandíbula rebosante de ira—. Los roces y los dulces besos de buenas noches puedo llegar a tragármelos si es necesario. Si quieres fingir que somos una pareja cariñosa y enamorada, adelante. Por mí puedes hacer el ridículo. Simplemente, no esperes que yo te trate de la misma forma. Ni siquiera por mi puesto en el Senado volvería a meterme en la cama contigo, y sólo con lo que acabo de decir puedes imaginarte lo mucho que te desprecio. —Hizo una pausa para recuperar la respiración—. Pero lo que más me cabrea es tu repentina preocupación por Mandy. Hiciste una buena actuación ayer por la noche.

—No era teatro.

 

Él ignoró la negativa.

 

—Será mejor que sigas adelante con tu actuación maternal hasta que ella esté completamente curada. No podría soportar otra recaída.

—Eres un mojigato... — Maite estaba empezando a enfadarse—. Me interesa tanto la recuperación de Mandy como a ti.

—Sí. Seguro.

— ¿No me crees?

—No.

—Eso no es justo.

—Buena eres tú para hablar de justicia.

—Me preocupa muchísimo Mandy.

— ¿Por qué?

— ¿Por qué? Porque es nuestra hija.

— ¡También lo era el que abortaste! ¡Eso no te impidió matarlo!

 

Esas palabras la atravesaron como un cuchillo. De hecho, colocó un brazo sobre el estómago y se dobló como si se estuvieran fundiendo sus órganos vitales. Contuvo la respiración durante varios segundos mientras lo observaba muda de sorpresa.

 

Reacio a mirarla, él se levantó y se dio la vuelta. En el aparador de la cocina se sirvió otra taza de café.

 

—Al final me hubiera enterado, claro está.

 

Su tono de voz era frío como el hielo. Cuando se volvió para enfrentarse a ella cara a cara, su mirada era igual de penetrante y de gélida.

 

—Pero que un extraño me informara de que mi mujer ya no estaba embarazada... —Echando chispas, apartó la mirada. De nuevo era como si no pudiera soportar verla—. ¿Puedes imaginarte cómo me sentí, Carole?




 

Platino Brillante
bambooch
Mensajes: 18,598
Registrado: ‎10-10-2008

Re: ωи ╬•La Imagen en el Espejo•╬ ℓeνуяяoиι

Ahí estabas, a las puertas de la muerte, y yo quería matarte con mis propias manos.

 

Volvió la cabeza y, mientras la observaba con mirada penetrante, cerró la mano en un puño.

 

De su memoria borrosa, Maite recordó voces. La de William: «El niño... ¿efectos sobre el feto?»

Y la de otra persona: «¿Niño? Su mujer no estaba embarazada.»

 

Aquellos retazos de conversación no habían significado nada para ella. No lo entendió. Todo se mezcló con las innumerables conversaciones que oyó antes de recuperar por completo el conocimiento. Lo había olvidado hasta ese momento.

 

— ¿Crees que no me daría cuenta del hecho de que no estabas embarazada? Te mostraste muy ansiosa de echarme en cara el que estuvieras embarazada, ¿por qué no me contaste también lo del aborto?

 

Maite movió la cabeza compungida. No tenía palabras para contestarle. Ninguna explicación. Pero ahora sabía por qué William odiaba tanto a Carole.

 

— ¿Cuándo lo hiciste? Tiene que haber sido pocos días antes de tu viaje a Dallas. No querías las molestias de un bebé, ¿era eso? Hubiera sido un estorbo en tu vida. —La acosó con fuerza y, con gran estruendo, golpeó la superficie de la mesa—. ¡Contéstame, mal*dita sea! ¡Di algo! Ya es hora de que hablemos de esto, ¿no te parece?

 

Maite tartamudeó:

 

—Yo..., yo pensé que no tendría mucha importancia.

 

El rostro de William se transformó con tal ferocidad que ella pensó que iba a pegarle. Intentando con rapidez defenderse, exclamó.

 

— ¡Ya conozco sus ideas sobre el aborto, señor Rutledge! ¿Cuántas veces te he oído predicar que la mujer tiene derecho a elegir? ¿Se aplica eso a todas las mujeres del estado de Tejas menos a tu esposa?

— ¡Sí, mal*dita sea!

— ¡Qué hipocresía!

 

La asió por el brazo y la puso de pie.

 

—Los principios que se aplican al público en general no necesariamente tienen que ver con mi vida personal. Este aborto no era un tema electoral. Era mi hijo. —Sus ojos volvieron a entrecerrarse—. ¿O no lo era? ¿Fue otra mentira para evitar que te echara de casa, además de toda la demás *******?

 

Intentó imaginarse cómo hubiera reaccionado Carole.

 

—Se necesitan dos para hacer un niño, William.

 

Tal como esperaba, había llegado al fondo de la cuestión. Inmediatamente, le soltó el brazo y se apartó de ella.

 

—Verdaderamente lamento lo de aquella noche. Lo dejé bien claro en cuanto ocurrió. Había jurado no volver a tocar tu cuerpo de pu*ta. Pero tú siempre has sabido qué botones tocar, Carole. Durante días estuviste acercándote a mí como una gata en celo, maullando tus excusas y prometiendo ser una fiel y cariñosa esposa. Si yo no hubiera bebido tanto aquella noche hubiera sido capaz de reconocer la trampa que me tenías preparada. —La miró de arriba a abajo con total desprecio—. ¿Es eso lo que estás haciendo ahora, preparando otra trampa? ¿Por eso te has estado comportando como una esposa modelo desde que saliste de la clínica? Dime —añadió, apoyando las manos sobre las caderas—. ¿Te equivocaste aquella noche y te quedaste embarazada por error? ¿O quedarse embarazada y abortar era parte de tu juego para atormentarme? ¿Es eso lo que intentas hacer de nuevo, lograr que te desee? ¿Demostrar que puedes meterme en tu cama otra vez, incluso si eso significa sacrificar el bienestar de tu hija?

—No —rechazó Maite con voz ronca. No podía soportar ese odio, a pesar de saber que no iba dirigido contra ella.

—Ya no tienes ningún poder sobre mí, Carole. Ni siquiera te odio ya. No vales la energía que se requiere para odiarte. Puedes tener todos los amantes que te dé la gana. Ya verás cómo no me importa un ca*rajo. La única forma en la que podrías hacerme daño ahora sería a través de Mandy, y te veré en el infierno antes de que hagas eso.

* * * *

 

Aquella tarde salió a montar a caballo. Necesitaba el espacio y el aire libre para pensar. Sintiéndose ridícula con aquella ropa de montar tan formal, le pidió al chico del establo que le ensillara un caballo. La yegua intentó huir de ella. Mientras el viejo vaquero la ayudaba a montar, dijo:

 

—Supongo que no ha olvidado aún los latigazos que le dio la última vez.

 

La yegua estaba asustada porque no reconocía el olor del jinete, pero Maite dejó que el hombre pensara lo que quisiera.

 

Carole Rutledge había sido un monstruo, abusó de su marido, de su hija y de todo lo que entraba en contacto con ella. La escena del desayuno había dejado a Maite con los nervios de punta, pero al menos ya sabía a qué debía enfrentarse. El odio de William por su esposa le resultaba comprensible. Carole tenía intención de perder el hijo, fuera realmente suyo o no; aunque, si lo hizo antes del accidente, sería siempre un misterio.

 

Reconstruyó el escenario. Carole era infiel y no mantenía en secreto sus andanzas. La infidelidad debía de resultarle intolerable a William, pero, con su carrera política en juego, decidió permanecer casado hasta después de las elecciones.

 

Durante un tiempo indeterminado, no se había acostado con su mujer. Incluso se mudó a otra habitación. Pero Carole consiguió seducirlo para que hiciera el amor con ella una vez más.

 

Tanto si el hijo era de William como si no, el aborto de Carole fue una cuestión política, y Maite estaba convencida de que así lo había planeado. La ponía enferma pensar en la publicidad negativa y en las graves repercusiones si alguien llegaba a enterarse. Las consecuencias políticas para William serían tan profundas como las personales.

 

Cuando regresó del paseo a caballo, encontró a Mandy ayudando a Mona a preparar unos bizcochos. La mujer se llevaba muy bien con Mandy, de modo que Maite alabó los bizcochos de Mandy y la dejó al cuidado de Mona.

 

La casa estaba tranquila. Había visto a Fancy desaparecer en su Mustang anteriormente. Jack, Eddy y William estaban siempre en la ciudad a esa hora del día, trabajando en la sede de la campaña o en su despacho de abogados. Dorothy Rae se encontraba recluida en su ala de la casa, como de costumbre. Mona le dijo que Nelson y Zee habían ido a Kerrville a pasar la tarde. Al llegar a su dormitorio, Maite tiró la fusta sobre la cama y utilizó el tirabotas para descalzarse. Entró en el cuarto de baño y abrió los grifos de la ducha.

 

No por primera vez, la invadió una sensación extraña. Tuvo la impresión de que alguien había estado en el dormitorio durante su ausencia. Se le puso la piel de gallina mientras examinaba detenidamente el tocador.

 

No recordaba si había dejado el cepillo allí encima. ¿Habían movido el bote de crema para las manos? Estaba segura de que no había dejado el joyero abierto y con un collar de perlas medio salido. Se fijó también en que algunas cosas del dormitorio estaban cambiadas de sitio. Hizo algo que no había hecho desde que llegó a la habitación de Carole: cerró la puerta con llave.

 

Se duchó y se puso un grueso albornoz. Intranquila y preocupada, decidió estirarse un rato antes de vestirse. Al descansar la cabeza sobre la almohada oyó un pequeño crujido.

 

Encontró una hoja de papel entre la almohada y la funda. Lo examinó con recelo. El papel había sido doblado en dos, pero no se veía nada escrito en la parte de afuera. Le horrorizaba la idea de desdoblarlo. ¿Qué esperaría encontrar el intruso? ¿Qué andaría buscando?

 

Una cosa era segura: la nota no era una casualidad. La habían colocado de forma deliberada e inteligente en un lugar donde ella, y sólo ella, pudiera encontrarla. Abrió el papel. Una sola línea aparecía en el centro, escrita a máquina:

 

«Sea lo que sea lo que le estás haciendo, funciona. Adelante.»

* * * * *

 

—Nelson.

— ¿Hum?

 

Su despistada respuesta hizo fruncir el ceño a Zinnia. Dejó su cepillo del pelo a un lado y se dio la vuelta sobre el taburete del tocador.

 

—Esto es importante.

 

Nelson apartó una esquina del periódico. Al ver que estaba preocupada, dobló el periódico y presionó sobre el reposapiés hasta quedar bien sentado.

 

—Lo siento, cariño. ¿Qué has dicho?

—Nada todavía.

— ¿Ocurre algo?

 

Se encontraban en su dormitorio. Las noticias de las diez, que veían diariamente, habían terminado. Se estaban preparando para irse a la cama.

 

El oscuro cabello de Zee resplandecía gracias al reciente cepillado su cutis, bien cuidado, a causa del duro sol de Tejas, era suave. No tenía excesivas arrugas de preocupación. Y tampoco excesivas arrugas de alegría.

 

—Algo está ocurriendo entre William y Carole.

—Creo que hoy se han peleado. —Él se levantó de la butaca y empezó a desvestirse—. Los dos estaban terriblemente silenciosos a la hora de cenar.

 




 

Platino Brillante
bambooch
Mensajes: 18,598
Registrado: ‎10-10-2008

Re: ωи ╬•La Imagen en el Espejo•╬ ℓeνуяяoиι

Zee también se había fijado en la hostilidad que se respiraba en el ambiente aquella noche. En lo referente al humor de su hijo menor era especialmente sensible.

 

—William no estaba simplemente de mal humor, sino enfadado. Seguramente Carole ha hecho algo que no le ha sentado bien.

—Y, cuando William está enfadado —continuó Zee, como si él no hubiera hablado—, es cuando Carole está más dicharachera. Siempre que él está irritado, ella lo provoca aún más comportándose de forma ridícula y frívola.

 

Nelson colgó cuidadosamente los pantalones en el armario. El desorden era anatema.

 

—Pues esta noche no estaba nada frívola. Apenas ha pronunciado una palabra.

 

Zee se apoyó en el taburete del tocador.

 

—Eso es lo que quiero decir, Nelson. Estaba tan de mal humor y tan preocupada como él. Sus peleas nunca eran así.

 

Cubierto sólo con los calzoncillos, Nelson apartó el cubrecama y se metió en el lecho. Colocó las manos bajo la cabeza y se quedó mirando fijamente al techo.

 

—Últimamente he notado varias cosas que no tienen nada que ver con la vieja Carole.

—Gracias a Dios —dijo Zee—. Empezaba a pensar que me estaba volviendo loca. Me alivia saber que alguien más se ha dado cuenta. —Apagó las lámparas y se metió en la cama al lado de su marido—. No es tan superficial como antes, ¿verdad?

—El roce con la muerte la ha serenado.

—Quizá.

— ¿No lo crees?

—Si eso fuera todo, podría creérmelo.

— ¿Qué más hay? —se interesó Nelson.

—Mandy por una parte. Carole es una persona distinta cuando está con ella. ¿Alguna vez has visto a Carole tan preocupada por Mandy como lo estaba anoche después de la pesadilla? Recuerdo una vez, cuando Mandy tenía cuarenta de fiebre. Yo estaba desesperada y pensé que habría que llevarla a urgencias. Carole se mostró totalmente desinteresada, dijo que todos los niños tenían fiebres. Pero, ayer por la noche, Carole estaba tan afectada como Mandy.

 

Nelson se dio la vuelta incómodo. Zee sabía por qué. Un razonamiento deductivo lo irritaba. Las cosas eran o blancas o negras. Creía sólo en los absolutos, con la excepción de Dios, que, para él, era un absoluto tan seguro como el cielo y el infierno. A parte de eso, no creía en nada intangible. Era escéptico en lo que se refería al psicoanálisis y a la psiquiatría. En su opinión, cualquier persona valiosa podía resolver sus problemas sin la ayuda de los demás.

 

—Carole se está haciendo mayor, eso es todo —sentenció—. El trauma que ha tenido que soportar la ha madurado. Ve las cosas bajo un prisma distinto. Finalmente ha empezado a apreciar lo que tiene, William, Mandy, esta familia. Ya, era hora de que empezara a serenarse.

 

Zee deseaba poderse creer aquellas palabras.

 

—Sólo espero que dure.

 

Nelson se dio la vuelta, poniéndose de cara a ella, y colocó el brazo en el hueco de su cintura. Le besó la frente, donde empezaba la mecha gris.

 

— ¿Qué es lo que esperas que dure?

—Su actitud cariñosa hacia William y hacia Mandy. Desde fuera parece quererlos.

—Eso es bueno, ¿verdad?

—Siempre que esté siendo sincera. Mandy es tan frágil que temo que no pudiera enfrentarse a otro rechazo si Carole volviera a ser una persona impaciente y malhumorada. Y William —suspiró— quiero que sea feliz, especialmente en este momento de su vida, tanto si gana las elecciones como si no. Merece ser feliz. Merece que lo quieran.

—Siempre te has preocupado por la felicidad de tus hijos, Zee.

—Pero ninguno de los dos ha tenido un matrimonio feliz, Nelson —lamentó con tristeza—. Hubiera deseado que las cosas fuesen distintas.

 

El dedo de Nelson le tocó los labios, intentando trazar una sonrisa que no aparecía.

 

—No has cambiado en absoluto. Sigues tan romántica como siempre.

 

Atrajo hacia sí su delicado cuerpo y la besó. Con sus grandes manos le quitó el camisón y de un modo posesivo acarició la carne desnuda. Hicieron el amor a oscuras.